Me acabo de enterar que a Alicia Choin le han ofrecido publicar sus poemas. No me sorprende en absoluto, lo raro es que no se lo haya planteado mucho antes. Y ella dice que no lo tiene claro, que no sabe qué hacer.
Pues esto es lo que sabe hacer...
A veces, muchas veces, me ignoras.
Y yo sé que me ignoras.
Los besos están secos
y desisto de saciar inútilmente
mi sed en unas pocas gotas.
No, no te sorprendas…
Las mariposas no aletean en el desierto.
A veces, muchas veces, me pregunto
y tú sabes que me pregunto
por qué mis caricias no fueron crisálidas
que dieran a luz en tu vientre.
No… No hay metamorfosis
cuando se arrastra un sueño de seda roto
que no se alimenta de verde.
A veces, pocas veces, te acercas,
pero ellos no saben que te acercas,
me inundas con lluvias falsas
de agua de mayo,
nace una amapola en tus labios
y retiras mi insomnio
solo una semana.
No, no te excuses…
No hay primavera sin semillas.
Pero siempre, siempre recordamos,
Y tú y yo sabemos que recordamos,
cuando fuimos oasis
sin ver que nos rodeaba la arena,
depredadora insaciable de amor.
¿Qué es la vida sino amor?
O quizás, ni siquiera hubo oasis,
y la calima con la que se engañan los cuerpos
nos condujo al espejismo.
Imagino que es cuestión de tiempo
acostumbrarse a la soledad del desierto.
Dos reptiles “restando” en una tierra
descuadrada de raíces,
dos buitres sumando la carroña de los días
y dos vidas sin resolver llenas de incógnitas.
¿No te parece triste?
Te lo pido. Quizás por última vez.
Aunque sea de yeso, dame por favor una rosa.
Qué frías son las noches del desierto.
(Alicia Choin)
¿Está vivo lo nuestro?
Me pregunto cómo fluye la sangre
debajo de tu piel cuando te toco.
Si cada gota es un triste usuario de metro,
que choca agobiada con las demás,
si circula mirando al vacío de la boca
de donde salen tus besos agotados.
O si, por el contrario, cuando te toco,
burbujean cosquillas en tus venas,
y tú entero eres un manantial subterráneo,
fluyes agitado en cada caricia,
y das a luz a tus besos
en la gruta húmeda de tus labios.
Me pregunto qué ves cuando salen tus sentimientos.
Yo creo que sí, que hay hierba.
Porque la otra noche, cuando tus labios preñados
iluminaron el paso de mi deseo por tu piel,
noté cómo rompías aguas
y brotaba extasiado tu vello.
Y eso, mi vida,
estoy segura de que no lo da el cemento.
(Alicia Choin)
A CIENCIA CIERTA
No me avergüenza decir que mido el tiempo en besos.
Tus labios son el reloj que avanza al ritmo que marca la lengua.
Amanece con tu mirada y cae la noche cuando te vas.
Son las leyes de mi ciencia. Tan cierta
como que el universo ya no es infinito y se limita a tú y yo.
Y no hay más atmósfera que la que envuelve nuestro deseo.
¿Sabes? A veces pierdo la noción. Y no sé, ni me importa,
si afuera es primavera, verano, otoño o invierno.
Solo llueve de tu boca y florecen girasoles en mi pecho.
No hay más pájaros que las manos que revolotean mi piel,
ni otro deshielo que no sea el del susurro de tu voz.
Me parece escuchar a los demás debajo del agua,
como si nuestro mundo fuera ajeno.
Y, cuando te entregas, te espero con la ilusión
de la adolescente que espera su primera carta,
cuando todavía se escribían cartas,
y acudo con la llave de los besos a abrir
lo que me deja el azar vestido de mensajero.
Y así pasan mis días. Intentando saltarme
la página en blanco de las horas con un compás,
como aquel con el que hacíamos círculos aburridos
en el papel de una clase que sabía a vacío.
Merece la pena. Luego te veré al dorso,
y haré garabatos en tu espalda,
aunque sea con letra pequeña y tan solo un instante
para no dejar huella.
Da igual que fuera haga frío o calor, que nieve o truene.
Ya te digo que mi tiempo cae en forma de besos.
Será por eso que siempre es abril cuando estoy contigo.
(Alicia Choin)
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