Amaneció un día sin hojas secas
revueltas por el frío o por la distancia,
un día sin miedo,
y yo quise pintarlo de antiguo,
de cuando buscaba rosas en mayo.
La mañana se hizo suspiro
sobre las rayas horizontales de la camisa,
alrededor de la espiral de los volantes,
mientras se apartaban las montañas dejando paso.
Pero al llegar me persiguen los silencios, todos
los silencios propios y los ajenos me persiguen.
Todas las paradas, los semáforos, los atascos
me atenazan la saliva, el corazón me palpita
como una bomba, todas las manos
se me llenan de bolsillos y me persiguen
todos los humos del silencio, todas las esquinas
que guardan algún secreto.
Es verdad que mi corazón silencioso
es un verso roto e incontable,
un corazón que nunca rima,
que hace grumos inútiles
cuando se revuelve y salpica el pasado.
Es verdad que todos mis pasos penden del hilo
de una carcajada que flota en el aire,
que respiro sin estilo, que mis secretos
son bromas ya muy conocidas,
que la luz en donde veo destellos
no me impide equivocarme
ni que me duelan contra el suelo las rodillas.
Pero también es cierto que las hojas secas
pueden llegar a todos los caminos
y venir de todas partes,
así que resoplemos fuerte,
tropecemos erguidos, mantengamos en equilibrio
las heridas y el cansancio,
y desarruguemos la frente.
Nadie está a salvo, no es bueno confiarse,
porque desde cualquier vida que uno cuente
¡es tan sencillo despeñarse!
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