Mostrando entradas con la etiqueta leer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta leer. Mostrar todas las entradas

jueves, 26 de julio de 2012

Impersonal

Y todo para confesarte -por si aún no te habías dado cuenta a estas alturas-, que no sé escribir como yo desearía, ni como tú quisieras. Que sólo escribo como puedo, como me sale, como yo mismo me dejo; con el único sustento razonable de que tú sí sepas leerme.

Aunque siempre arrastro esta impresión, impresa y triste, de que nunca he sabido decirte lo que te digo.



ESTRICTAMENTE PERSONAL

El dolor o el cansancio traen a veces
un desmedrado desfallecimiento
unas ganas terribles de olvidar
todo lo que no sea intransferible
-personal como dicen- pero luego
no se distingue ya lo que es de uno
y el egoísmo llega a ser total
a invadir el dominio de otra gente.
Y hoy padezco por algo que no es mío
por lo que ocurrirá con una chica
que no me pertenece: que tan sólo
camina y lee; se equivoca y riñe
casi todos los días en su casa.
No: no es posible dijo; pero sé
que aún guarda mi retrato y que ahora entiende
mis palabras; que hace años la llevaron
a extrañas situaciones. Y me mira
desde un sillón distante sin decirme
qué será de su vida. De la mía
ya sé que nada bueno. Y como esto
mucho tiene que ver con mi neurosis
termino aquí el asunto y a la calle;
me bebo un buen café y a la puñeta.

(José Agustín Goytisolo)

lunes, 12 de marzo de 2012

El otro kilómetro cero

La carretera y el filo del asiento van llenando de plomo la cabeza, de borrachera de asfalto, con duermevela de reflejos y un esguince de sueño mal vendado. Plata en los arcenes, obras de luces amarillas y un sol que va hundiéndose hacia la derecha del paisaje inquieto.

El hilo blanco empieza a confundirse con el negro y los brillantes emparejados, que se suceden infinitos, vuelven ácido el trayecto. ¿Fueron las luces cuadradas de plasma o el lento caminar de los kilómetros por la memoria? Me deprime leer el mundo por pantallas, porque es como tararear canciones tristes y desgarradas.

Dos horas antes de llegar, leí que ya estaba en casa, ya sabía que no me había ido a ninguna parte. Un nuevo engaño de los parabrisas, apariencias que no se desgastan con la ausencia. Con el vertiginoso transcurrir de las viñas y por el peso de la propia alma, los pies dejan de sentirse y la espalda registra minuciosamente cada paso robado a la distancia.

Me deprime leer el mundo por pantallas, mirar a cuadros las voces que dictan amarguras y dejar que vayan resbalando por los dedos, con impaciencia transitoria, hacia el devenir hipnótico de las curvas venideras. Hablar en el entretanto, reír para que no quede ni huella de lo impactado, escuchar al locutor de cada radio que va empecinándose en subvertir el horario previsto.

Después del intercambio de volantes, cerrar los ojos y viajar más deprisa, posar la cabeza en la frialdad del cristal que separa el mundo de la línea de un mapa. Dejar entonces la mente en blanco rectangular, permitir que siga siendo redonda y negra la noche.

En la llave que gira solitaria, en los dedos que palpan el estómago de las bombillas, se acaba el paréntesis del mundo. Y vuelve la vida a deshacerse en desorden de esperas, en revoluciones de letras, en desbarajuste de vajillas y en ropa sucia que cae ahíta de mi cuerpo hacia el cesto que señala el más indiscutible kilómetro cero de mi vida.



sábado, 7 de enero de 2012

Ese tipo que dices

Si es que insistes en ir adivinándolo todo, en acercarte al espejo con el radar encendido, con los ojos detrás de la lupa extendida en busca de indicios.

No dejas de querer mirar adentro, no haces más que toquetearme las rimas y las letras para dejarlas desordenadas y patas arriba, como si, cuando te llevas el ojo, les dejaras pasar el huracán por encima.

Eso te pasa por estrujar las palabras, por hacerles cosquillas para que confiesen todos los secretos que albergan. Por intentar convencerlas, en voz alta, de que prolonguen el eco de lo que piensas.

Mira que te advertí que el peligro de que te escribieras en mis renglones, era que acabarías congeniando con mi semántica. Que me arrancarías la piel de las metáforas a jirones mientras te da por predecir lo impredecible.

Eso te pasa por leerme, por leerme así, con los ojos condescendientes y la imaginación encendida. Por leerme como costumbre y como manía. Pero lo grave no eso, que sólo es un efecto -afortunadamente pasajero y no tan increíble- de un cierto exceso de palabras fermentadas en el pensamiento.

No. Lo lamentable de tu descuido, lo impactante de tu desliz, no es que me inventes a tu medida como, por otra parte, yo también te invento a ti, como todos nos inventamos, unos a otros, a la más mínima ocasión. Lo peor es que hay muchas veces, muchas, en las que quisiera parecerme, un poco, a ese tipo que dices que parece que siempre escribiera para ti.

Sería fantástico que yo pudiera ser tal y como alguien siempre me imaginó.



sábado, 1 de octubre de 2011

Leerte siempre es abril (y II)

Todo el mundo se lo dice de diferentes modos, cada cual a su manera: no pierdas la ocasión, danos el gusto y publica. Estamos esperando ver tus poemas en un libro. Yo también te lo digo, también a mi manera...


LEERTE SIEMPRE ES ABRIL
A Alicia Choin, con toda mi envidia.

Me pregunto cómo fluye la sangre
debajo de tu piel cuando te leo,
de dónde burbujean los versos
que se te escapan de las manos,
cómo es que consigues huir
hacia la gran pregunta del deseo
para responderla entornada,
cerrarnos los ojos y abrirnos el sueño.

Me pregunto cómo miras tan desde dentro
que consigues salir tan afuera,
cómo mueves los dedos cuando incendias
los renglones con humedad en llamas,
qué parte del otro lado de las palabras
dejas aterida en el silencio.

Me pregunto cómo tiembla el papel
por debajo de tus versos
cuando lo estiras hacia esas mariposas
que no saben aletear en el desierto
pero que a ti te vuelan más allá.

Me pregunto por qué te escondes
si leerte siempre es abril, perder
la noción y los pájaros, descifrar una rosa
en la frialdad del desierto
y amar en círculos.

Me pregunto por qué nos ignoras,
por qué no te derramas en un libro
para que podamos creer en el espejismo,
sentir el tumulto de que nos miras,
medir el tiempo en tus versos
y página a página, palpar la envidia
de todos esos humedales en los que andas
desnudándote a la vida.

Leerte siempre es abril (I)

Me acabo de enterar que a Alicia Choin le han ofrecido publicar sus poemas. No me sorprende en absoluto, lo raro es que no se lo haya planteado mucho antes. Y ella dice que no lo tiene claro, que no sabe qué hacer.

Pues esto es lo que sabe hacer...


A veces, muchas veces, me ignoras.
Y yo sé que me ignoras.
Los besos están secos
y desisto de saciar inútilmente
mi sed en unas pocas gotas.

No, no te sorprendas…
Las mariposas no aletean en el desierto.

A veces, muchas veces, me pregunto
y tú sabes que me pregunto
por qué mis caricias no fueron crisálidas
que dieran a luz en tu vientre.

No… No hay metamorfosis
cuando se arrastra un sueño de seda roto
que no se alimenta de verde.

A veces, pocas veces, te acercas,
pero ellos no saben que te acercas,
me inundas con lluvias falsas
de agua de mayo,
nace una amapola en tus labios
y retiras mi insomnio
solo una semana.

No, no te excuses…
No hay primavera sin semillas.

Pero siempre, siempre recordamos,
Y tú y yo sabemos que recordamos,
cuando fuimos oasis
sin ver que nos rodeaba la arena,
depredadora insaciable de amor.

¿Qué es la vida sino amor?

O quizás, ni siquiera hubo oasis,
y la calima con la que se engañan los cuerpos
nos condujo al espejismo.

Imagino que es cuestión de tiempo
acostumbrarse a la soledad del desierto.
Dos reptiles “restando” en una tierra
descuadrada de raíces,
dos buitres sumando la carroña de los días
y dos vidas sin resolver llenas de incógnitas.

¿No te parece triste?

Te lo pido. Quizás por última vez.
Aunque sea de yeso, dame por favor una rosa.

Qué frías son las noches del desierto.

(Alicia Choin)




¿Está vivo lo nuestro?

Me pregunto cómo fluye la sangre
debajo de tu piel cuando te toco.

Si cada gota es un triste usuario de metro,
que choca agobiada con las demás,
si circula mirando al vacío de la boca
de donde salen tus besos agotados.

O si, por el contrario, cuando te toco,
burbujean cosquillas en tus venas,
y tú entero eres un manantial subterráneo,
fluyes agitado en cada caricia,
y das a luz a tus besos
en la gruta húmeda de tus labios.

Me pregunto qué ves cuando salen tus sentimientos.
Yo creo que sí, que hay hierba.
Porque la otra noche, cuando tus labios preñados
iluminaron el paso de mi deseo por tu piel,
noté cómo rompías aguas
y brotaba extasiado tu vello.

Y eso, mi vida,
estoy segura de que no lo da el cemento.

(Alicia Choin)





A CIENCIA CIERTA

No me avergüenza decir que mido el tiempo en besos.
Tus labios son el reloj que avanza al ritmo que marca la lengua.
Amanece con tu mirada y cae la noche cuando te vas.
Son las leyes de mi ciencia. Tan cierta
como que el universo ya no es infinito y se limita a tú y yo.
Y no hay más atmósfera que la que envuelve nuestro deseo.

¿Sabes? A veces pierdo la noción. Y no sé, ni me importa,
si afuera es primavera, verano, otoño o invierno.
Solo llueve de tu boca y florecen girasoles en mi pecho.
No hay más pájaros que las manos que revolotean mi piel,
ni otro deshielo que no sea el del susurro de tu voz.
Me parece escuchar a los demás debajo del agua,
como si nuestro mundo fuera ajeno.

Y, cuando te entregas, te espero con la ilusión
de la adolescente que espera su primera carta,
cuando todavía se escribían cartas,
y acudo con la llave de los besos a abrir
lo que me deja el azar vestido de mensajero.

Y así pasan mis días. Intentando saltarme
la página en blanco de las horas con un compás,
como aquel con el que hacíamos círculos aburridos
en el papel de una clase que sabía a vacío.
Merece la pena. Luego te veré al dorso,
y haré garabatos en tu espalda,
aunque sea con letra pequeña y tan solo un instante
para no dejar huella.

Da igual que fuera haga frío o calor, que nieve o truene.
Ya te digo que mi tiempo cae en forma de besos.
Será por eso que siempre es abril cuando estoy contigo.

(Alicia Choin)

domingo, 19 de septiembre de 2010

Vestida para salir

Al abrir el armario a la imaginación, el mundo se llena con el silencio de los sueños que le salen de dentro. En cada prenda hay un recuerdo, una esperanza, una sensación distinta.


Los colores comienzan a combinarse solos, como si fuesen versos que riman, se entremezclan y se matizan los unos a los otros. "Suena bien", se dice mientras se seca el pelo y se pinta las uñas.


Entonces, cuando todo está elegido, con los pliegues revisados y peinados los versos, perfumada con olor a tinta, ya está dispuesta a ponerse delante del espejo de otros ojos y del eco de otras bocas.


No puede evitar los nervios de la cita, pero es que yo tampoco. Ya está vestida para salir y así es como más me gusta. No sabe cuánto deseo tenerla pronto en mis manos, para abrirla en una noche loca por la luna, leerla despacito y desnudarla poco a poco.


Vestida para salir, este lector impaciente te aguarda. ¿No ves que necesito un sueño para rayar el agua?


LA POESÍA


La poesía es inútil, sólo sirve
para cortarle la cabeza a un rey
o para seducir a una muchacha.


Quizás sirve también,
si es que el agua es la muerte,
para rayar el agua con un sueño.
Y si el tiempo le otorga su única materia,
posiblemente sirva de navaja,
porque es mejor un corte limpio
cuando abrimos la piel de la memoria.
Con un cristal partido,
el deseo
hace heridas más sucias.


La poesía eres tú,
un corte limpio,
una raya en el agua
?si es que el agua es razón de la existencia -,


la mujer que se deja seducir
para cortarle la cabeza a un rey.


Luís García Montero, Completamente viernes, 1998)