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martes, 11 de diciembre de 2012

Agradecimientos

Cuatrocientos dos son los capítulos que ha tardado el insomnio en derretirse, en hacerse más tierno y más ambiguo, más contradictorio y menos líquido.

Estoy aquí porque creo que decorar la vida es una obligación para todo ser humano, que mentir es una necesidad biológica que alimenta la memoria, que escribir es el escenario perfecto para congeniar la realidad y la ficción.

Y me voy, no porque haya dejado de creerlo, sino porque las letras que había convenido con esta edad del azar, ya se han librado y se han hecho efectivas.

Pero antes de irme quiero dar las gracias a aquellas personas que me acompañaron en el trayecto, que silenciosamente me observaron caminar tropezando.

Gracias a quiénes tuvieron el detalle de quedarse. Gracias también a quiénes prefirieron irse o volver cada cierto tiempo a este trocito de viaje en el que se queda mi vida expuesta en clave de trayecto.

Gracias por leerme, por decepcionarse, por asombrarse, por aconsejarme, por discutirme, por desordenarme los renglones y por hacerme dudar de lo que siento, de lo que pienso y de lo que escribo.

Y muchas gracias al insomnio, muchas gracias.

Pero es que la vida no espera, no para y no avisa... Seguiré andando por otro camino, andando del mismo modo en que hay que correr persiguendo los sueños: incrédulamente, sin esperanza...

Quiero ir ahora a un lugar en el que pueda escribir lo que siento sin tener que sentir lo que digo. Si es que encuentro un amor imposible...



A estas alturas rodando
literalmente rodando
asumo mi destino,
araño cielos, tiento paraísos,
busco la clave que me traspase,
sin buscarla la busco,
la llave es un torso, un gesto,
la sonrisa de un amor imposible
o de otro amor imposible.
Los amores imposibles
-es tan evidente que siempre lo olvido-
son partes de ese mundo imposible
que es mi mundo verdadero.

(Darío Jaramillo, Libros de poemas, 2001)

lunes, 10 de diciembre de 2012

La última palabra

Vivimos rodeados de despedidas. Despedidas simples, pequeñas, imperceptibles.

Decimos la última palabra sin darnos cuenta de que lo es, como un ejercicio cotidiano de indiferencia. Decimos la última palabra en cada encuentro fugaz, confundiéndola a veces con la primera.

Decimos adiós sin saberlo. Vaciamos estantes y cajones llenos de recuerdos y los embolsamos en el olvido de la basura. Pintamos las paredes, removemos los muebles y nos deshacemos de aquellos enseres que una vez nos llegaron como tesoros.

Nos despedimos del pasado incómodo, alegando falta de espacio. De todo aquello que denuncia que ya no somos los mismos. De la ropa que ya no nos queda, de los mapas que anduvimos en vacaciones, de las entradas del concierto en donde nos vimos la primera vez…

Los demás se despiden también, dan pasos largos, se encuentran en los susurros y asoman el corazón un ratito, sin que se les note mucho. Entonces, no sé si con un pellizco de tristeza o con un gramo de miedo, te entregan su herencia de papeles de colores para creer, de este modo, que no se rompen del todo los lazos con el ayer y que los dejan en buenas manos.

A pesar de la inercia de lo leve, del espejismo del propio yo y de la infidelidad de la memoria, la vida está llena de despedidas cobardes y tristes. Y de despedidas alegres, valientes e imposibles. De adioses consentidos y de separaciones inconscientes…

Cuando me sonreíste pasando de largo y me quedé perdido entre unos renglones aparcados en doble fila, supe que ya no me quedaban más gotas de suerte. Por eso me empeño tanto en esta última palabra que escribo para verte.




Me llevo tu mundo fosforescente, ese que tus ojos entornados siempre me enseñan. Ese mundo tan grande y tan a ras de tierra que, en esta última maleta, ya no me cabe nada más.


sábado, 8 de diciembre de 2012

Interrupciones

Te solivanta el teléfono inoportuno, un vecino que aparece para recordar viejos cigarros y exámenes nuevos. La chica que limpia que viene a dejar un regalo.

Entonces un rumano llama a la puerta pidiendo con gestos, un mensaje que llega con un pitido para que recuerdes llevar alguna cosa, la hora de cambiar la goma de sitio para el riego, el humo que te piden los pulmones.

Quehaceres metidos en un horario áspero, en una tarde rellena, un fin de semana completo, un puente interminable. Un lunes festivo que te ataca, una semana santa que no lo parece, unas vacaciones que aprietan. Otras veces un viaje, una cita ineludible, alguien que te reclama y te necesita con urgencia.

Un niño que se acerca preguntando, un ruido por detrás de la puerta. A veces era un malentendido, una sombra de la memoria, una enfermedad de los otros, un ojo avizor al que despistar.

Inquieto miras por si hubiera un correo que no llega, un artículo que no se escribe, una mudanza que te deja sin herramientas, una desolación que te deja sin palabras, un descenso a algún infierno propio o ajeno.

Extrañas frases que se dejan a medias y producen significados difíciles, un espacio entre las palabras que escribes, una coma bien o mal puesta, un pensamiento que se cruza, el ratón que pierde las pilas, el copia y pega que no te permite, alguien que aparece en mal momento.

Relees un punto final tantas veces que consigues convertirlo en puntos suspensivos, la hora de los mensajes que pasa en vano, las manos que no saben qué decir, una lágrima que hace que se corra la tinta electrónica.

Ocurre que, a fuerza de interrupciones, se entrecorta el mensaje, se dispersa y, al llegar intermitente, dejas de percibirlo. Pero el mensaje, eso que quiero decirte, está aquí escrito, asolado por las interrupciones. Quizá lo encuentres y te lo creas.


Me llevo el silencio, todos los silencios.

Acarreo con la vida secreta de las palabras, mientras me persiguen los silencios y se queda una pregunta en el aire.

Me dejaré puesta la incomunicación, colgando a la deriva en el vacío de un papel en blanco que no sabe decidir si quiere ser mensaje cifrado o meterse en una botella.

Pero aquí dejo las veces que no me entiendes y este modo tan impersonal de explicarte la verdad que hay en la mentira.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Guión de cámara

Disolvencia y plano detalle que se acerca con el zoom al cigarro encendido, y sigue su movimiento ascendente hasta descubrir unos labios.

Se abre lentamente el objetivo y el rostro del que espera, un tipo mediocre, con una barba de tres días que le da un aspecto envejecido y descuidado, el rostro se relaja en el dibujo del humo al que ahora sigue la cámara con un plano picado hacia arriba hasta que se disuelve en su viaje azul y amarillo.

Es un día espléndido, la cámara registra el calor en los destellos de un sol redondo y pleno sobre los cristales de los edificios. Y después de girar alrededor, en una panorámica rápida que presagia novedades en la trama, vuelve al plano corto de su rostro, que achica los ojos, como mirando lejos, y esboza una sonrisa pícara.

Plano contra plano, el coche se acerca calle arriba y el hombre relaja los ojos y suaviza la sonrisa hasta parecer adolescente. Una "steady" se asoma a la ventanilla del coche que aparca y sigue a la chica mientras coloca un quitasol en el parabrisas, cierra la puerta y cruza la calle mirando a todas partes pero con los ojos puestos en un único sitio. El plano medio siguiente, recoge el saludo frío que se profesan en mitad del mediodía de la noche americana.

Cambia el plano a vista de pájaro, para seguirlos con un travelling por la acera que los lleva a la puerta de la casa. Baja la grúa con la cámara hasta entrar en la cerradura al mismo tiempo que la llave y fundirse en negro.

Despierta la imagen dejándose mecer por el movimiento de las piernas, soplando con el aire que mueve la falda negra. Plano de conjunto cuando llegan a otra puerta que se cierra sobre el silencio de otro plano medio.

A partir de aquí, cuando entran, la secuencia se construye sobre un plano subjetivo, que se acerca al rincón en el que ella reposa la espalda. Se acerca la cámara y aparecen en plano dos manos que le acarician la cara y la acercan hasta un primerísimo plano de ojos entornados y boca entreabierta. Y, después, fundido en negro sobre sus labios.

Después de la elipsis, él aparece en una esquina de la panorámica de la ciudad que le va barriendo a distancia. Disolvencia y plano detalle que se acerca con el zoom al cigarro encendido, que deja el humo congelado en el aire, como si la historia estuviese esperando el momento de continuar...

-¡Corten! -dijo la voz del director surgida de las sombras-. Me gusta tanto la toma que la vamos a repetir.



En este movimiento de paquetes y maletas, me echo a las espaldas las mentiras. Porque mentir, que es el oficio más antiguo del mundo, es un modo de vivir con intención literaria.

Hablo del tiempo sin escribir buscando actos íntimos en el parque o alguna cita-cine.

O, entre usted y yo, quizás debería decirlo al revés, para dejar de sentirme ridículo.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Cuidadosamente

Entre las rutinas huecas de esta tarde
me pareció ver tu sombra clara.
Estabas allí, delante,
cuidadosamente arreglada
para ser invisible al olvido
que te ocultaba la cara,
y transparente al recuerdo
que me la mostraba.

En los dobleces de la noche,
cosida con mimo a la almohada,
me ha parecido, en un pestañeo,
que tu ausencia me miraba.
Estabas allí, a mi lado,
cuidadosamente tumbada
para no espantarme del sueño
en el que te soñaba
mientras tu perfume, aquel,
me invadía las sábanas.

Atrapado en tu ternura,
en mitad de la madrugada,
he encendido las luces,
he dado un salto de la cama
y me he puesto a escribir
para que no te vayas,
para que sigas aquí,
en este papel-pantalla,
cuidadosamente escrita
entre mis palabras.



Voy a llevarme lo cotidiano en este momento de la mudanza: las
sábanas y la lista de la compra. Porque las cosas pequeñas son las cosas que rellenan la vida y cada acto minúsculo repetido es el que nos dice cómo somos y cómo hemos sido.

También me llevo la hipoteca, esa que todos tenemos encima, que nunca se acaba de pagar y que no podemos subrogarle a nadie.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Versos en caída libre

Ocurre que no puedo parar
que no sé como empieza
que surge la avalancha intempestiva
que me arrasa una avenida
de palabras sin ton ni son
Ocurre que no puedo detener los dedos
que el verso me gira alrededor
que todo lo demás parece vacío
que paso del frío al calor
y de la memoria al olvido
Que siento cómo me envuelven palabras
sin que pueda dejar que pasen intactas
que me inundan estribillos y melodías
mientras me descubro pulsando en la barriga
cuerdas de guitarra imaginaria
Que actores recitan pasajes famosos
que hablan yo que sé de ti de nosotros
de la otra vida de los altibajos
de que bailamos sobre extraños escenarios
hechos a medida para media luz
Entonces no puedo parar
aunque no sé como empieza
y tengo que seguir y seguir
rellenando renglones a destiempo
repitiendo lo ya dicho hasta cansar
Me quedo sin aire en el pecho
me mancho los dedos de una tinta que no se borra

en este frenesí que da la sombra
con esta lujuria de lo no conseguido
y me vuelven fantasmas ya vividos
espíritus al sol que nadie nombra
inicio conversaciones que no tienen sentido
que se resuelven en silencio
que se agolpan interminables en la memoria
de lo nunca dicho
Ocurre que no puedo parar
que no sé como empieza
pero me resulta imposible detener
el hilo cansino de este poema
que intenta dejarte sin respiración
Ocurre que se me aparecen tus ojos
y te beso otra vez en un rincón
aunque todos los ángulos se hacen el muerto
cuando chocamos tu y yo
mientras escribo palabras según vienen
que no se pueden contener en las yemas
que recuerdo cartas que envidio poemas
que oigo tu voz agitándose en risa
o tornándose ternura que no encuentro el modo
de impedir que se me vuelve todo rojo
sin saber por qué
Ocurre que no se me cansan las manos
ni se me acaba el papel
y en la cabeza me aturde un diccionario
que me lanza sus términos en tropel
como si yo fuese una antena de carne
recubierta de piel y vocabulario.
Ocurre que no puedo parar

mientras escribo y que las horas pasan
como si fueran segundos fugaces
colibrís imparables suspendidos en las flores
hojas removidas por la tormenta
que cambian de sitio pero no se quieren ir
Ocurre que no soy capaz de desdecirme
ni mirar si he puesto los puntos y las comas
que fluyen inocentes la palabras de mi boca
sin que pronuncie nada sin resistir
Ocurre que los dedos se me aceleran
que me está dando miedo escribir sin frenos
que la cuesta abajo de los versos no tiene fin
que me invaden potentes pensamientos
que resucitan primaveras y alejan inviernos
que no puedo parar y no sé como empieza
que tendré que tirarme y saltar de este poema
que no descansa que me tiene preso
buscando rimas que no consigo
que por más deprisa que escribo
no encuentro la palanca del freno de mano
que me están atrapando estas letrasaunque no quiero salir
pero tendré que terminarlas de alguna manera
así que cierro los ojos, me cubro
la cabeza con los brazos
y salto en marcha de este poema
hacia la vida
que sea lo que dios quiera...



Tengo la suerte de que, de tanto en tanto, hay personas que me hablan sobre el blog. Entonces, inocentemente, me dicen "me ha gustado mucho tu último post" o "resultaba un poco tristón" o "tiene rimas aunque sea prosa".

Y yo hago como que sé de lo que me hablan. Pero lo que desconocen es que Olvido todo lo que escribo. Creo que, precisamente, para eso lo escribo, para soltarlo, para sacarlo de dentro y verlo flotar alejándose.

Todo lo que escribo son poemas sin terminar. Quizás también por eso olvide con tanta facilidad: para no tener que terminarlos.

Sea por una cosa o por otra, cuando me dicen inesperadamente, en alguna reunión de amigos, en algún evento al que acudo, que lea algo mío, algo que pueda recitar de memoria, siempre tengo que decir que no. Y aunque creen que mi actitud es modesta, lo que no saben es que tengo problemas de memoria. Muchos.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Abúrreme con historias

Abúrreme con historias,
ríete de mis lágrimas,
rízame el pelo con las manos.
Respírame en el oído,
llévame en tu bolsillo,
véndete por un beso.

Sácame de este mundo,
dispárame al aire y no me dejes
volver a poner los pies en el suelo.
Invítame a un café,
a un café oscuro y sin gente.
Límpiame las gafas
para que te vea bien.
Hilváname en tu falda,
bórdame en tu almohada,
plánchame en un somier.

Dóblame con cuidado
para que no se me queden las marcas
y cuélgame dentro de tu armario.
Átame los ojos a la espalda,
acaríciame las manos con tu pecho,
muéveme la silla del mundo,
ponme a bailar claqué.

Desnúdame cuando tengas frío,
macérame en tus sueños,
córtame a pedacitos,
bébeme con limón.
Traspásame con un verso
y olvídame luego
en la guantera de tu coche.

Vuélveme loco esta noche
y después exígeme ser cuerdo,
mánchame los labios de carmín
y límpiamelo con los dedos llenos de tinta.
Pídeme que te mire
mientras te tapas los ojos,
apriétame fuerte, apriétame muy fuerte,
hasta que me duela cuando respiras.

Píllame en un descuido
y desármame como si fuera un puzle,
cámbiame las piezas de sitio.
Derríteme
y mójame fresas o mira
cómo me disuelvo en tu vientre.
Cómeme despacio y luego piérdeme de vista.
Ámame como a un viernes
y lánzame tu odio de lunes.

Duérmete a mi lado
o despiértate conmigo.
Rózame los complejos con tus labios
y aráñame
lo que nadie me acaricia.

Cómprame una vida.

Y entretanto vas haciendo
todo eso
y por todo eso que vas haciendo,
déjame que te escriba.




COMO GATA BOCA ARRIBA

Te quiero como gata boca arriba,
panza arriba te quiero,
maullando a través de tu mirada,
de este amor-jaula
violento,
lleno de zarpazos
como una noche de luna
y dos gatos enamorados
discutiendo su amor en los tejados,
amándose a gritos y llantos,
a maldiciones, lagrimas y sonrisas
(de esas que hacen temblar el cuerpo de alegría)

Te quiero como gata panza arriba
y me defiendo de huir,
de dejar esta pelea
de callejones y noches sin hablarnos,
este amor que me marea,
que me llena de polen,
de fertilidad
y me anda en el día por la espalda
haciéndome cosquillas.

No me voy, no quiero irme, dejarte,
te busco agazapada
ronroneando,
te busco saliendo detrás del sofá,
brincando sobre tu cama,
pasándote la cola por los ojos,
te busco desperezándome en la alfombra,
poniéndome los anteojos para leer
libros de educación del hogar
y no andar chiflada y saber manejar la casa,
poner la comida,
asear los cuartos,
amarte sin polvo y sin desorden,
amarte organizadamente,
poniéndole orden a este alboroto
de revolución y trabajo y amor
a tiempo y destiempo,
de noche, de madrugada,
en el baño,
riéndonos como gatos mansos,
lamiéndonos la cara como gatos viejos y cansados
a los pies del sofá de leer el periódico.

Te quiero como gata agradecida,
gorda de estar mimada,
te quiero como gata flaca
perseguida y llorona,
te quiero como gata, mi amor,
como gata, Gioconda,
como mujer,
te quiero.

(Gioconda Belli)

domingo, 23 de septiembre de 2012

Arrecia el pasado

Arrecia el pasado. Como un mar hecho de naufragios, cada cierto tiempo devuelve los restos de alguna de aquellas travesías que se quedaron a medio camino entre lo imposible y la tenue levedad de palabras disparadas al aire.

Todo parece igual cuando, esa misma memoria que embellecía rostros, no produce extrañeza en las arrugas. Uno se pregunta si el recuerdo de cada persona envejece con ella aun en la distancia o somos nosotros los que envejecemos tanto que le sacamos treinta años de ventaja.

Llega el momento de la tormenta, cuando uno, delante de esos restos depositados en la orilla, se juzga a sí mismo estrenando, en cada palabra, una misericordia nueva, una mentira adecentada, un complejo convertido en virtud.

Arrecia el pasado cuando la culpa siempre la tuvieron otros. O el azar, o la desdicha de no ser de ningún lado después de haber vivido tanto tiempo en todas partes.

Todo parece igual cuando el dolor antiguo todavía se transforma en lágrimas. Lágrimas lentas, esbozadas apenas en unos ojos que ya no distingo si son los mismos que fueron o son otros tan cansados como los míos.

Llega el momento de la tormenta y el recuerdo deja la carne ajena que habitó durante hora y media, para volver a su funda de niebla, a su estante de humo, a su rincón de luz pretérita y embellecida.

Arrecia el pasado. El futuro sigue empecinándose en ir llegando sin ruido y sin aviso. Cuando tus manos, aquellas que me conocieron tan de cerca, siguen el otro camino y se despiden nuevamente, como entonces, sin el consuelo de un abrazo que echar de menos.

Arrecia el pasado y, de repente, cuando ya empiezo a tener el paraguas preparado, escampa el mundo cruzando hacia el otro lado de la calle armado con un "¡claro que te llamaré!".

Y vuelvo a escribir sobre lo mismo que escribo siempre mientras, afuera de mí, en ese lugar que ya no importa que haya caído tímidamente en el otoño, arrecia el presente.



POEMA DEL NO

Me decías que no. Por tu mirada
pasaban barcos lentamente. Había
gaviotas en tus ojos, en tus blandos,
oscuros ojos grandes,
donde iba cayendo la amargura
como un anochecer de altas sirenas
en los puertos del Sur.
Me decías que no serenamente.
Era un no original, que ya existía
antes que tú, que hablaba por sí mismo
mientras que tú, impotente, absorta, fijos
en mí tus ojos, lo sentías vivo,
palpabas su raíz por tus adentros.
Era un no adivinado,
mudo, pesadamente silencioso.
Tu duro cuerpo tibio
me decía que no, sin causas, iba
replegándose, como
si volviese a la infancia. Tú no eras.
Me decías que no, y en tu mirada
cabalgaba un dolor que yo diría
maternal. Un dolor implorando
comprensión. Un no de contenida
pesadumbre, pero total, abierto,
levemente asomado
a las playas del llanto.
Me decías que no lejana, sola,
terriblemente sola, maniatada,
sin un porqué donde apoyarte, pero
era no, era no, sin gritos, no...

Los puertos, las sirenas,
los barcos en la noche, todo iba
perdiéndose, alejándose.
Yo, delante de ti, triste, abatido.

(Rafael Guillén)

martes, 31 de julio de 2012

A veces no me entiendes

Cuando te prenoto ahí, en el envés de la planalla, intento darte una explicancia de mis sentiverdades. Conmenearte un instante, tizar un hilo que dose la cabezoide y el corazoneo, esmanzanar que se filen mis lapabras en tus tespañas.

Reautobuso en mi adentror más proderrito el sentido de las cosas que me trascruzan en cada momentez, para transredactarlo en el distante que nos mansujeta tan jelos y avallarme cuanre menos.

Pero no sé que ocuzta que, cuanre tercavas de leerme, siempost me miracionas con ésicos ójulos de no estar encolgando nada. ¡Es infactible! Pa jaroces me nonece, que en lagur de leer lo que estamizo, café incompras mis lapabras.

Lobonque resé que, pa jaroces, no me encuelgo ni mismor.




ARIDANDANTEMENTE

Sigo
solo me sigo
y en otro absorto otro beodo lodo baldío
por neuroyertos rumbos horas opio desfondes
me persigo
junto a tan tantas otras bellas concas corolas erolocas
entre fugaces muertes sin memoria
y a tantos otros otros grasos ceros costrudos que me opan
mientras sigo y me sigo
y me recontrasigo
de un extremo a otro estero
aridandantemente
sin estar ya conmigo ni ser un otro otro

(Oliverio Girondo, En la másmedula, 1963)

viernes, 27 de julio de 2012

Actos íntimos en el parque

Mientras yo le bordeaba los costados, la noche tenía ya encendidas las luces del parque. Iba enfundado en lo oscuro de la chaqueta y escondido tras la barba a medio afeitar, mirando a todas partes, pisando en cualquier sitio, buscando una hora y no un lugar.

No me vieron desde el coche rojo que había aparcado, allí, justo delante. Yo tampoco quise mirar cuando vi a los ocupantes aproximarse hacia un abrazo y juntar los labios. Los besos y los abrazos son actos íntimos, aunque se realicen en público o con publicidad.

Un recodo más allá, sobre el segundo banco de la derecha, según se mira hacia el ciprés solitario que se aburre entre tanto boje, dos chicas consolaban con media voz y gesto aterido a una tercera que lloraba. No quise mirar cuando suspiró con fuerza para poder así renovar el alivio de los pulmones. El llanto es un acto íntimo, aunque se prefiera el consuelo de hacerlo entre amigos.

Me crucé con el joven sin darme cuenta, sin previo aviso. Quizás salió de un coche recién llegado. Yo iba mirando a la chica delgada y con pelo largo que salía del portal con el móvil abierto, asintiendo con la cabeza y apretando el paso, como si huyera, hasta perderse detrás de una esquina.

El joven tampoco me vio, porque no estaba mirando. Tenía la vista perdida en un punto infinito de la calle, como si le hubiese prestado el alma al interlocutor que se adivinaba en su mano inmóvil sobre el oído. No quise mirar cuando esbozó una sonrisa y se detuvo para envolverse en su propia sombra, un poco más allá de la farola de luz desvaída. La sonrisa es un acto íntimo, aunque se ejecute en público y sean otros quienes la provocan. Y también la huída.

Sé perfectamente que nadie me vio, que no quisieron mirar cuando vacilaron mis pasos dirigiéndome lentamente hacia ninguna parte. Porque la vida es un acto íntimo, aunque suceda en la noche de un parque desconocido y ante los ojos atónitos o distraídos de los demás.

Pero escribir es un acto público, por más que se le procure un entorno solitario y se realice en la más estricta intimidad. Y llegados a este renglón públicamente juntos, aunque quisieras, no podrías negar que has querido mirarme más adentro. Ni yo tampoco podría decir que eso no me reconforta.



POÉTICA

Yo sé que estoy aquí
para escribir mi vida.
Que vine poco a poco
hasta esta silla.

Y no quiero engañarme.

Sé que voy a contártela
y que será mentira:
Sobre la mesa sucia
una gota de tinta.

(Ángeles Mora, Contradicciones, pájaros, 2000)

jueves, 26 de julio de 2012

Impersonal

Y todo para confesarte -por si aún no te habías dado cuenta a estas alturas-, que no sé escribir como yo desearía, ni como tú quisieras. Que sólo escribo como puedo, como me sale, como yo mismo me dejo; con el único sustento razonable de que tú sí sepas leerme.

Aunque siempre arrastro esta impresión, impresa y triste, de que nunca he sabido decirte lo que te digo.



ESTRICTAMENTE PERSONAL

El dolor o el cansancio traen a veces
un desmedrado desfallecimiento
unas ganas terribles de olvidar
todo lo que no sea intransferible
-personal como dicen- pero luego
no se distingue ya lo que es de uno
y el egoísmo llega a ser total
a invadir el dominio de otra gente.
Y hoy padezco por algo que no es mío
por lo que ocurrirá con una chica
que no me pertenece: que tan sólo
camina y lee; se equivoca y riñe
casi todos los días en su casa.
No: no es posible dijo; pero sé
que aún guarda mi retrato y que ahora entiende
mis palabras; que hace años la llevaron
a extrañas situaciones. Y me mira
desde un sillón distante sin decirme
qué será de su vida. De la mía
ya sé que nada bueno. Y como esto
mucho tiene que ver con mi neurosis
termino aquí el asunto y a la calle;
me bebo un buen café y a la puñeta.

(José Agustín Goytisolo)

viernes, 6 de julio de 2012

Contrariado

Acabo de llegar al sitio en el que los días laborables se convierten en un extraño y los días de fiesta atacan con su lucha perenne de soledad contra multitud.

Yo estaba desterrado de las mañanas abiertas. Madrugar hacía más trascendente mi insomnio y más digna de compasión mi temprana y abrupta manera de abrir los ojos y la boca, atiborrando al mundo de malhumor y despertadores.

Mi descuido en el atuendo tenía el salvoconducto de la urgencia, la barba sin cuchilla crecía con la excusa de las sábanas que se enredan tras una noche de duermevela. El desayuno era una droga, que tomaba a sorbos para espantar el inquietante correr de las manecillas por mis venas.

La vida, entonces, empezaba por la tarde, los días tenían menos horas para el despilfarro y la memoria, el mundo se apagaba pronto y los bares cerraban justo a la hora necesaria.

Llegar a la noche era empezar el refugio, sentir la pulsión de lo que está a punto de acabarse y querer apurarlo entre letras contra toda norma higiénica y de buenas costumbres. Buscar bajo la luna el minuto de cielo que traen todos los días y envejecer en la espera de una carta que no siempre llegaba, que no siempre era de amor.

Y no quiero hacer todo eso que dejé abandonado con la excusa de ponerme a hacerlo en estos días vagos -vagos por imprecisos-, porque ando mal de bolsillos y no quiero pagar deudas del pasado que no hayan sido de juego. Ordenar la montaña de los tristes papeles que resumen la existencia en un consumo me parece tan estúpido como contar estrellas bajo techo. Y sin embargo, prefiero lo último, por supuesto.

Pero es verdad que todos deseamos a veces que la vida pare, que deje de gruñir un momento, que no nos arañe más los pensamientos, que nos deje libre la garganta para llorar a gusto y deshacer los nudos que se nos han ido haciendo poco a poco. O para reírse de las cosas tan tontas que nos tienen el corazón atornillado al suelo y las ganas puestas de rodillas.

Por eso, procuro que estos días completos no tengan nada que ver con el tiempo de trabajo. Mis vacaciones consisten en hacer las cosas muy despacio y de una en una. Elegir el orden de actuación y dejar abandonadas para cuando vuelva el trabajo todas esas cosas para las que ahora no tengo tiempo.

Quizá, últimamente, voy haciendo las cosas tan de una en una y tan despacio, que te agobia mi mirada de relojero. Quizás tan despacio y tan de una en una, que te agoto, que te oprimo, que te sacudo. Quizás estoy tan de vacaciones y puedo soñar tan despierto, que no te dejo respirar.

Estoy contrariado por el efecto, por la falta de cálculo, por la lentitud con que pasan los días en el desierto. Estoy contrariado porque he hecho las cosas tan despacio y tan de una en una, que no he tenido tiempo de hacerte soñar escribiendo.

Y eso es algo que no quiero dejar de hacer.



LAS TARDES

Ya casi no recuerdo las mañanas,
su tiempo azul y claro,
lejos quedan, perdidas en colegios
o en piscinas extrañas e indolentes.

Porque sentimos duro el despertar
retrasamos ahora
la luz que nos fatiga los despegados ojos.
Y es un destino oscuro el de las tardes,
en ellas aprendí que llegará la noche,
y que es inútil
cualquier esfuerzo por burlar la historia
equivocada y triste de los años.
He vivido en la espera absurda de la vida,
cuando he gozado
ha sido con reservas; amé creyendo en el amor
que habría luego de venir, y que faltó a la cita,
y renuncié al placer por la promesa
de una dicha más alta en el futuro incierto.

Pero los días, al pasar, no son
el generoso rey que cumple su palabra,
sino el ladrón taimado que nos miente.
Con su certeza
nos convierte la edad en más mezquinos,
nos enseña a amar lo que nos duele,
las cosas más pequeñas, aquello que ahora somos
y tenemos: la música suave, nuestros cuerpos,
el calor de la estancia y el cansancio.
Buscamos la derrota de las tardes, su tregua
en la exigencia vana de una gloria
que ya no nos seduce. Nos convierte
la edad en más obscenos, y aceptamos
cualquier regalo aunque parezca pobre:
esa boca gastada por el uso, tan dulce aún,
el fuego antiguo y leve de la carne,
los viejos libros, los amigos justos,
un poema mediocre, pero nuestro,
y la costumbre extraña
de ser al fin felices en la sombra.

Es un destino oscuro el de las tardes,
pero también hermoso
y breve como el paso de los hombres.

(Vicente Gallego, Los ojos del extraño, 1990)

lunes, 18 de junio de 2012

Agradecer el ridículo

A Salvador Morales Lupiañez, gracias.

¿Qué edad tendríamos? Ya ni me acuerdo.

Malos tiempos en casa. Como conclusión de aquel fin de semana, yo tenía que escribir una carta. Y al ver mi papel en blanco, te dije que no podía, que me sentía ridículo.

Me contaste entonces, cinco minutos duró la charla, que la verdad sólo está en la pugna de los contrarios. Que el dolor y el placer, dan la verdad cuando se encuentran. Que la alegría y la tristeza, vienen del mismo sitio.

Preguntaste con aquella media sonrisa del que es mayor y ya sabe la respuesta que ofrece la vida -andaba yo empezando a descubrirme el corazón en otras manos-, si los besos de aquella chica que vinieron después de los nervios, fueron ridículos. Y claro que no lo fueron, respondí yo.

Entonces la frase que me cambió la vida. Ha habido más desde entonces, pero aquella fue la primera y fue tuya. "Hay que saber hacer el ridículo", me dijiste, "para que los demás te tomen en serio". Seguramente aquella fue la primera vez que lloré escribiendo, escribiendo una carta estremecida que, todo hay que decirlo, no sirvió para lo que pretendía, excepto para cambiarme la vida.

Antes de irte, debería haberte agradecido mejor aquellos cinco minutos y el resto del tiempo en que nos conocimos.

No has llegado a saberlo del todo, me leíste un par de veces solamente. Por eso me gustaría que supieras lo ridículo que, a veces, aquí y allí, me siento escribiendo las cosas que me pasan por el corazón y por la cabeza.

Pero al sentirme ridículo comprendo que habrá alguien, al otro lado de las ventanas, que me va a tomar en serio. Es un alivio saberlo.

Y escribir no es el único ridículo que acometo.



FE DE VIDA

Nadie sabrá las veces, las mil veces,
después de la tristeza o de la humillación,
que envidié la sonrisa de los cínicos,
esa distancia fría de sus labios
ante la realidad. Son como estatuas
sobre el declive amargo del otoño,
y en las seguridades de la piedra
no conciben el riesgo de la fe,
la luz que se hace vida, pero luego
puede sentir la mordedura,
el veneno amarillo
de la vejez, la quiebra y el ridículo.

No conciben heridas. Será porque recuerdan
la pureza metálica del justo
que agita su sermón
más allá de las dudas y de las decisiones,
clamando contra el filo de los sueños,
contra la incertidumbre,
sin asumir ninguna
responsabilidad en la quietud,
con su orden de muerte y de injusticia.

Al caminar un día
sobre los arrabales de la Historia,
mientras la luz deshecha buscaba solidez
en el cemento y en los vertederos,
sentí -igual que se perciben
las inquietudes y los atardeceres-
que la verdad abstracta
es legitimación de la mentira.
Y no pude salvarme, ni ser puro,
ni sonreír con labios de distancia.
No me quedé en los márgenes,
ni en mesas de camilla,
ni en la capa del noble, ni en la canción del infierno.

Pero la luz se enfría débil sobre los campos
y quien regresa siente las manchas de la tarde.

Nadie sabrá jamás
las veces, las mil veces,
que envidié la sonrisa de los cínicos,
la pureza metálica del justo,
después de los regresos y de la humillación,
al sentirme manchado por la luz
y al conservar en la memoria,
en la izquierda vacía de mi cama,
como la sombra hiriente del cuerpo que se ha ido,
la memoria dudosa y palpitante
de algún amanecer.

Porque tal vez la vida
sólo nos quiere dar
aquello que después sabe quitarnos.

(Luís García Montero, La intimidad de la serpiente, 2003)

miércoles, 13 de junio de 2012

Algunos

Cuando ella las pronunció, en ese tipo de secuencia de plano contra plano que a veces parece simular que el espectador es un privilegiado contertulio de los protagonistas, sus palabras se me quedaron dentro de los oídos.

Sabía que, tarde o temprano, escribiría sobre ellas, que me iluminarían un trocito de pensamiento en los días siguientes y, aunque resultaran difíciles de asimilar sin poner algunas importantes objecciones, algo de ellas me llamaba.

"Algunos de los mejores momentos de la vida, fueron errores", decía Uma, clavándome su mirada azul sobre el sofá. Una contradicción, una paradoja, una frase comercial, un pensamiento inútil... quizás, sencillamente, una mentira.

Más tarde, cuando te hacen saber del ridículo que vino dos días después de haber sentido un alivio que tú hubieras vuelto a balbucear con alegría, piensas en los errores, en cuál es el motivo, la causa, que convierte el efecto positivo en negativo. En dónde está la línea que divide los errores de los aciertos y, sobre todo, en cuándo unos se transforman en otros.

Se me ocurre que los mejores momentos, esos que guardo dentro de una cajita del pecho, no son errores ni aciertos, y que nadie debería tener poder suficiente, ni siquiera uno mismo, para convertirlos en naufragios.

Porque no sabemos lo que sentiremos en el futuro, porque no sé lo que escribiré mañana, quiero mantener en la tinta de hoy y en el papel que atraviesa el tiempo las palabras que digo, para que me recuerden lo sentido antes de que la memoria y la luz de otros tiempos las conviertan en mentira.

Y, al respecto de la película, se me ha ocurrido modificar la frase para hacerla verdadera y escribir aquí, como contradicción, como paradoja, como frase comercial, como pensamiento inútil, quizás, como mentira, que algunos de mis mejores errores, primero fueron aciertos.

Aunque la verdad que nunca podrá ser mentira, el acierto que nadie trocará en equivocación, es que algunos de los mejores momentos de mi vida, los he vivido en ti, por ti, contigo.



AUTOBIOGRAFÍA

Como el náufrago metódico que contase las olas
que faltan para morir,
y las contase, y las volviese a contar, para evitar
errores, hasta la última,
hasta aquella que tiene la estatura de un niño
y le besa y le cubre la frente,
así he vivido yo con una vaga prudencia de
caballo de cartón en el baño,
sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
sino en las cosas que yo más quería.

(Luís Rosales, Rimas, 1951)



COLLAGE

Ligeras cruzan las edades, hay quien las cuenta en días,
y a través de su lluvia y su ceniza
cada vez más difícil resulta el resistirse
al perezoso vivir animal de la costumbre.
No sé por qué los versos que ahora escribo
parecen versos clásicos, y total para decir
que si después de tanto tiempo aún hoy
aprieto tu recuerdo entiendo que
estoy condenado
a naufragar todos los días
con la vejez que da el saber
que aunque me he equivocado en todo
esto es algo que especialmente he hecho
en lo que más quería.

(Santiago Montobbio, Ética confirmada, 1990)

miércoles, 6 de junio de 2012

Si las paredes hablaran

He borrado las señales evidentes, los errores plasmados, la vida escrita a desconchones sobre la pared. Se han ido también las huellas de todos los roces, las marcas verticales del tránsito cotidiano, los agujeros equivocados que tapaban los cuadros.

He pintado de blanco el pasado, tapando con pintura todas las historias contenidas en el polvo, cambiando de tono la luz que entra por la ventana. He estirado los brazos hasta que no ha quedado nada por alcanzar, porque pintar es escribir sobre lo escrito, combinar el pasado con un instante nuevecito y reluciente.

Tienen memoria la vida, el corazón y el papel. Todo les deja marca y por eso es imborrable lo que en ellos he escrito. Pero el yeso no, y yo ando pintando paredes blancas, llenando el suelo de estrellas enanas que llevan en sus entrañas un universo plano.

Y si tengo el corazón vacío y la vida baldía y el papel en blanco, si vivo encerrado entre estas cuatro paredes que cambian de color lentamente por mi roce de mi mano, nada tengo que temer de la memoria del ladrillo. Si las paredes hablaran, las mías se taparían los oídos, como me los tapo yo para seguir vivo.

Si las paredes hablaran, estas cuatro paredes mías no sabrían qué más decirte.






EL RETORNO

Las paredes tienen oídos,
vientre y sangre.
Pero que no lo sepa el aire,
que lo ignoren el invierno
y el vendedor de esponjas;
que no se enteren mis fotografías que hablan;
que mi amor, oh montañas, oh cielos,
no levante su voz como raíz dulcísima.

Las paredes tienen oídos,
dientes, venas.
Pero que yo nunca, fumando,
diga su breve nombre de madera.
Que yo nunca sonriendo, pronuncie
su verdad: la cálida verdad.

Porque las paredes, como los sótanos,
tienen grandes oídos de herrumbre y frío,
desesperanza y pavor,
desconsuelo y locura.

Que yo nunca, en voz baja,
diga que he vuelto a amar.

(Efraín Huerta, La rosa primitiva, 1950)

jueves, 29 de marzo de 2012

Tres minutos

Perdona que te escriba de nuevo pero, ya ves, no puedo remediarlo. Necesito que me escuches un momento, no voy a entretenerte demasiado, lo prometo.

Créeme, no es una cuestión de soledad ni de tristeza por lo que te busco. En realidad, la vida me sonríe, más o menos, con los altibajos propios de un azar que no se propasa conmigo. ¿Melancolía?… Bueno… sí… puede que un poco, pero tampoco es lo que me mueve.

Más bien, sé que suena extraño, es un asunto de costumbre. Un vicio que se me ha instalado desde hace tiempo en los dedos. Una especie de adicción que, cuando no la hago, por lo menos un ratito todos los días, siento como si me faltara algo, sin saber exactamente qué. Seguramente no me falte nada y sea sólo que me ataca ese desasosiego común de las rutinas interrumpidas, ese misterioso acto reflejo de las usanzas, esa desazón que da la abstinencia imprevista.

El caso es que, aunque no tenga nada que decir, necesito creer que estás ahí. Hacerme a la idea de que me miras atentamente mientras escribo, como si te interesara adivinar mis pensamientos, como si te importaran mis palabras inútiles y mis rimas absurdas. Como si tú y yo existiéramos a la vez en algún lugar, en algún tiempo, en algún doblez de la realidad.

Ya está, estoy terminando. Al fin y al cabo, tanta palabra parece que no es nada, puro relleno. Pero para mí es mucho más, muchísimo más. Porque en el rato que he tardado en escribirte esto, un instante a lo sumo, y sin tú saberlo, como efecto inverosímil de la magia blanca, te han traído hasta aquí mis palabras. Incluso, no debería decir esto para que no dudes de mi cordura pero, me ha parecido que me las ibas leyendo en voz alta y de una en una.

Por eso, para agradecer tu visita y tratarte como te mereces, para dejar que eches la cabeza en mi hombro o espantarte los fantasmas o darle un descanso a tus dudas, quiero invocar la energía de todas las musas, de todas las fuerzas de la magia electrónica. Para que me permitan viajar a tu lado en un momento y estar contigo un rato, no sé, tres minutos si acaso, o lo que dure el instante que tardes en leer conmigo este texto.



POÉTICA

Yo sé que estoy aquí
para escribir mi vida.
Que vine poco a poco
hasta esta silla.

Y no quiero engañarme.

Sé que voy a contártela
y que será mentira:
Sobre la mesa sucia
una gota de tinta.

(Ángeles Mora, Contradicciones, pájaros, 2000)

viernes, 9 de marzo de 2012

Caravaggio

"No tendrás el alma tan atormentada cuando pasan tantos días sin que escribas", me dice la voz que a ratos se hace conciencia y a ratos sucede por fuera.

Sus palabras me hacen reflexionar, como las que me inquieren sobre tendencias diagnósticas específicas y me disculpan, tras sopesar durante un segundo mi desconocimiento, añadiendo que "es que siempre estás pensando en la poesía".

Cada ciudad tiene sus propios atascos; cada recorrido, sus encrucijadas. Cada semáforo tiene un corazón latiendo en ámbar y parece que cada persona que escribe vierte su tormento con color de noche o de tinta.

"Tú, que en eso has tenido la cabeza más fría", me dicen aquellos dedos de burbujas que nunca me imaginan ardiendo. "¿Me habrás echado de menos?", le pregunto a los fríos del norte. "No iré a no ser que me digas que tienes muchas ganas de verme" y escucho un hilo que se tensa sin romperse, mientras que otro se rompe sin tensarse cuando me advierte que "no nos veremos el sábado, sino el miércoles".

Todo se palpa en el aire, a mi alrededor, mientras atiendo secanos y humedades, tiemblo miedos y risas, barajo dudas mezcladas con certezas y preparo el equipaje hacia los grandes salones de lo estático.

Sigo mi recorrido desde el principio de la oscuridad hasta los bordes del claroscuro. Y porque tengo un ángel en el pensamiento, se me clavan las teclas en los dedos como a San Mateo se le ensucian los pies.

En la espera está mi tormento, no en las letras ni en los silencios. En la espera inventamos todos los tormentos, del mismo modo que en la espera se haya, también, toda nuestra felicidad alumbrando desde dentro.

Para la espera me dejo todos los claroscuros a medio pintar. Entretanto, escribo.


106


No nos mata un momento,
sino la falta de un momento.
No nos mata una sombra,
sino la ausencia aleatoria de una sombra,
perdida probablemente en un declive
de esta insensata eternidad despareja.
No nos mata la falta de la vida,
sino el azar de un claroscuro
que se proyecta sobre una pantalla invisible.
No nos mata morir:
nos mata haber nacido.

(Roberto Juarroz, Séptima poesía vertical, 1982)

jueves, 19 de enero de 2012

El tiempo sin escribir

Ningún camino te lleva hacia mi casa, no pasan por aquí las vías de ningún tren. La parada del autobús, sí, está abajo, en una esquina; pero aunque llegases, no subirías.

Los telediarios no me escriben en sus noticias, ningún reportero está esperando en la puerta. Los vecinos no se saben mi nombre y el cartero nunca llama dos veces.

Desde aquí dentro, nunca sorprenderé a la vida espiándome. No tengo más remedio que salir a buscarla. Y de paso, me iré fijando en las rebajas.

El tiempo sin escribir es el tiempo de sentirse vivo, el tiempo de asesinar los silencios y espantar las oscuras golondrinas, no les vaya a dar por contradecirse y volver. El tiempo sin escribir conduce a la esperanza y al desastre, a la cuenta corriente deconstruida, al campo sin puertas y a la ciudad sin orificios.

He elegido vivir y, sin embargo, de tanto en tanto no puedo evitar la tentación de venir a suicidarme aquí, delante de estas letras. Pero no me mato del todo, tranquilos, solo un poco, y al cabo de un rato, vuelvo a salir.

El tiempo sin escribir es el tiempo de estar vivo y en silencio. Este otro silencio poblado de renglones es, solamente, una hoguera en la que quemarme las vanidades y guarecerme durante esos ratos en los que la vida se vuelve doméstica y tú estás ocupada y están cerrados todos los bares.

Alégrate por mí cuando vengan nuevos tiempos sin escribir en los que pueda recomponerme. Porque en cada silencio está el origen de la misma palabra que lo rompe.




ROTO

Solo, en medio de todo;
estar tan solo
como es posible,
mientras ellos vienen
muy despacio,
se agrupan,
ponen su campamento,
invaden,
talan,
hunden,
derriban las palabras
una a una,
se reparten mi vida,
poco a poco,
levantan su pared
golpe a golpe.

Después se van;
se marchan
lentamente,
pensando:
-Nunca podrás huir de todo lo que has perdido.

Tal vez tengan razón.
Tal vez es cierto.

Pero llega otro día,
el cielo quema
su cera azul encima de las casas;
yo regreso de todo lo que han roto,
busco entre lo que tiene
su propia luz,
encuentro
la mirada del hombre que ha soplado unas velas,
el limón que jamás es parte de la noche;
ato,
pongo de pie,
reúno los fragmentos,
me convierto en su suma.

Y todo vuelve
otra vez;
las palabras
llegan donde yo estoy;
son las palabras
perfectas,
las que tienen
mi propia forma,
ocupan cada hueco
y cierran cada herida.
Las palabras que valen para hacer estos versos
y sentarse a esperar que regresen los bárbaros.

(Benjamín Prado, Todos nosotros, 1998)

sábado, 14 de enero de 2012

Intención literaria

La intención literaria es un asunto verdaderamente adictivo. Uno se pone delante del papel como un diosecillo de la minúscula y crea un universo completo en menos de siete días.

Se pueden transgredir todas la leyes, las de la física, sí, pero sobre todo las leyes del tiempo. Uno hace con sus personajes en pocos minutos todo aquello que se imagina y que al caprichoso azar le costaría años de carambolas.

Puedes vivir otras vidas, enmascarar la tuya o adecentarla, decorar el mundo tenebroso de las malas noticias o reírte de las cosas que te duelen.

Y el procedimiento es sencillo, muy simple: se cogen un par de verdades de tamaño mediano y unas cuantas mentiras hermosas. Se trocean y se pasan por la sartén, en la que previamente se habrán sofrito unas metáforas cortaditas en juliana hasta que se queden transparentes. Se salpimenta con unos cuantos pronombres, unas gotitas de elípisis y, a gusto de cada autor, un puñado de rimas en asonante. Se sirve sobre un plato llano, separando bien los párrafos... y listo.

Por la intención literaria hay gente que cree que escribo, que ésta es mi vida, que tú existes en alguna parte del mundo ese que llaman real.

Incluso, fíjate lo que te digo, que es para llevarse las manos a la cabeza y hacer muchas cruces consecutivas; fíjate lo que te digo: que hay quienes al leerme... ¡se creen que existo! Increíble, ¿no?

¿Ver para creer? Claro que no, es creer para ver. Hace ya tiempo que tú y yo sabemos que sólo se ve aquello que se cree.

Por la intención literaria, yo sé que no existo más allá de aquí, y sólo si tú me buscas.



—La muerte es lo contrario de la vida —dijo él—. Sientes todo eso porque estás viva. Es lo que querías, Eva, ¿no es cierto? —se escuchó decir a su pesar, mientras se sentaba a su lado—. Querías el conocimiento. Esto es el conocimiento: el Bien y el Mal, el placer y el dolor, Elokim y la Serpiente, cada imagen tiene su reflejo contrario.

Por ella sé que estoy vivo, pensó.

(Gioconda Belli, El infinito en la palma de la mano, 2008)

viernes, 13 de enero de 2012

¡¡AVISO IMPORTANTE!!

Con mucho cariño, me han hecho caer en la cuenta de los peligros. Es curioso entender cómo, los seres humanos, atendemos mejor a las voces suaves que a los gritos. Será por asuntos freudianos, por la predisposición a la seda o, simplemente, porque la dulzura llega más adentro que el amargor.

El caso es que me han explicado algunas de las responsabilidades civiles y militares en las que me puedo ver inmerso si dejo abiertas de par en par estas letras. Que habrá imprudentes que se caigan en él, que se asomen sin las debidas precauciones.

Que puede haber quienes se les ocurra la brillante idea de leerme sin red, de comentarme sin paracaídas como si fuese verdad lo que digo, de hacer correr el rumor de que escribo sin mentiras, pero sin contrastar debidamente la fuente de su información, evidentemente equivocada.

Por eso, después de pensarlo detenidamente, he decidido poner varios carteles en dos idiomas, avisando, que es gerundio, y hacer además este texto como explicación. Después de esto, creo que dormiré más tranquilo. Tengan cuidado, porque hasta el que avisa puede ser traidor. 

Pero si deciden leerme, que sea bajo su propia responsabilidad(*).

BEWARE OF THE BARD

¡PELIGRO! POEMAS SUELTOS Y SIN VACUNAR

(*)EL AUTOR DE ESTE BLOG NO SE HACE RESPONSABLE DE LOS GASTOS PSICOLÓGICOS DERIVADOS DE SU USO SIN EL DEBIDO CONTROL MÉDICO.