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viernes, 16 de noviembre de 2012

Naufrago

Cuando llegó a la isla, perdieron el contacto. No encontraba palos secos para hacer señales de humo por las noches y, durante el día, la selva de los acontecimientos se interponía.

Buscó un promontorio en el archipiélago de la isla, pero todos los canales que encontraba tenían contraseña. Luego probó con el dedo gordo, pero era tan poco hábil con ese dedo solo y tuvo tan poco éxito, que se desanimó a seguir haciéndolo. Y entre tanto, se le acabó la batería.

Para cuando volvió, ya nadie le esperaba. La vida sigue, le decían todos. Y es que es rigurosamente cierto que hay que vivir. Incluso ella le había dado por desaparecido y estaba con otro.

A pesar de todo, a Tom Hanks aún le dura esa manía de hablar solo y mandar mensajes en tristes cocos que se alejan lentamente, como flotando en el mar. Pobre tipo... ¡a su edad!




Aprendí a hablar solo hace ya mucho tiempo. Creo que desde siempre he hablado solo.

Lo nuevo fue hacerlo en voz alta. De ahí que me lleve para la mudanza este Soliloquio que tanto bien me hizo, aunque hace meses que ya no lo necesito. Me lo llevo por si acaso vinieran otra vez tiempos de angustia.

A pesar de los versos de Machado, pensaba que era cosa de locos. Y es que tal vez yo lo estaba. Pero, al irse desgastando la saliva sin interrupción, sin ojos de plato que te escuchen como jueces, parece convertirse poco a poco en un bálsamo para las dudas.

Y el paisaje hace el resto. Engulle los dobleces del corazón y los nudos de la memoria que uno va soltando paso a paso mientras recorre la tarde.

Si pudiera, también empaquetaría para llevarme aquel río.

martes, 9 de octubre de 2012

La vida secreta de las palabras

Me habló de su sueño con "tata de tocholate" y tuve que reírme a todo pulmón. Me invitó a asistir a una estancia rural y rechacé la oferta. Me contó sus problemas de intendencia como disculpa para las cervezas y me extrañó su acercamiento a estas alturas de partido.

Me pidió que arreglara un ordenador y le expliqué el mecanismo del enchufe. Me propusieron que arreglara otros dos más y les recordé las precauciones que no habían tomado. Me contó la operación de su madre y me alegré de que ya estuviera en casa.

Me dijo que su hijo estaba mejor y sonreí al saberlo. Me invitó a subir al coche y preferí bajar la cuesta, aunque luego me alegró que, cargado, a la vuelta, me la subiera sin pies.

Me comentó sobre una película con bolero y le recordé un chiste antológico. Me escribió "anexos" y yo respondí con "zafes". Me preguntó cuántos kilos de tomates y le dije que dos. "Fortuna" fue la palabra que le dije mientras me preguntaba con cara de circunstancias. Me dijo sin pronunciar ninguna erre que la tela de mosquitero estaba en la otra tienda y le di las gracias.

Me habló de su infancia valenciana y respondí con una frase genérica. Me dijo que vendría hoy y mañana, y le dije que cuando quisiera. Me pidió un número de teléfono y se lo dí con los dedos. "Bienvenido", parpadeó; y yo le dije "Retirada de efectivo". En tres mensajes apareció mi nombre, en la ventanita de una factura y en la foto de un comentario.

Primero fue "ni hao" y luego "zian jian". Ninnette dice que está embarazada y el señor de Murcia calla. Los muertos vivientes no dicen nada, solo muerden; y ella tampoco dice mucho, solo dispara. Hay que dejar la bellota una noche en agua antes de plantarla, dijo a la audiencia, mientras yo pulsaba el seis.

Estrategias metodológicas rezaba el apartado que borré por accidente. Le dejo escrito en una nota que me cobre los productos de limpieza que faltan. Su pedido ha sido confirmado, decía el email. "Es que no estoy en la casa, luego te lo digo" me dice cuando le pregunto por la cena. Suena el móvil con dos pitidos y al leer reflexiono que las palabras no deberían perderse con el suministro eléctrico. En todo caso, que se pierdan en el aire; o en la traducción.

Se me ocurrió decir algo para matar el silencio y darle ánimos, me respondió con una serie de catastróficas desgracias y un beso. Este texto se titula "la vida secreta de las palabras". Tecleo "palabras", "vida", "secreta", "decir", "contar", "hablar", "comunicación" y algunas otras etiquetas más. Le doy a "publicar".

Entonces releo el artículo y recuento todas las palabras propias y ajenas de hoy. Y echo de menos las que no he dicho, las que no me han dicho. Las pronuncio en voz baja, muy baja, tan sólo para mí; como si esas palabras tuvieran una vida secreta que se deshace cuando, otro yo, las lee o las escucha.

Y muy bajito vuelvo a decírmelas, mientras pienso que a dónde irán a parar -a qué oscuro pozo de memoria, a qué claro manantial del olvido-, todas las palabras que nacen y mueren en este nueve de octubre, y que no me han servido para nada.



Algún día encontraré una palabra...

Algún día encontraré una palabra
que penetre en tu vientre y lo fecunde,
que se pare en tu seno
como una mano abierta y cerrada al mismo tiempo.

Hallaré una palabra
que detenga tu cuerpo y lo dé vuelta,
que contenga tu cuerpo
y abra tus ojos como un dios sin nubes
y te use tu saliva
y te doble las piernas.
Tú tal vez no la escuches
o tal vez no la comprendas.
No será necesario.
Irá por tu interior como una rueda
recorriéndote al fin de punta a punta,
mujer mía y no mía
y no se detendrá ni cuando mueras.

(Roberto Juarroz)

miércoles, 6 de junio de 2012

Si las paredes hablaran

He borrado las señales evidentes, los errores plasmados, la vida escrita a desconchones sobre la pared. Se han ido también las huellas de todos los roces, las marcas verticales del tránsito cotidiano, los agujeros equivocados que tapaban los cuadros.

He pintado de blanco el pasado, tapando con pintura todas las historias contenidas en el polvo, cambiando de tono la luz que entra por la ventana. He estirado los brazos hasta que no ha quedado nada por alcanzar, porque pintar es escribir sobre lo escrito, combinar el pasado con un instante nuevecito y reluciente.

Tienen memoria la vida, el corazón y el papel. Todo les deja marca y por eso es imborrable lo que en ellos he escrito. Pero el yeso no, y yo ando pintando paredes blancas, llenando el suelo de estrellas enanas que llevan en sus entrañas un universo plano.

Y si tengo el corazón vacío y la vida baldía y el papel en blanco, si vivo encerrado entre estas cuatro paredes que cambian de color lentamente por mi roce de mi mano, nada tengo que temer de la memoria del ladrillo. Si las paredes hablaran, las mías se taparían los oídos, como me los tapo yo para seguir vivo.

Si las paredes hablaran, estas cuatro paredes mías no sabrían qué más decirte.






EL RETORNO

Las paredes tienen oídos,
vientre y sangre.
Pero que no lo sepa el aire,
que lo ignoren el invierno
y el vendedor de esponjas;
que no se enteren mis fotografías que hablan;
que mi amor, oh montañas, oh cielos,
no levante su voz como raíz dulcísima.

Las paredes tienen oídos,
dientes, venas.
Pero que yo nunca, fumando,
diga su breve nombre de madera.
Que yo nunca sonriendo, pronuncie
su verdad: la cálida verdad.

Porque las paredes, como los sótanos,
tienen grandes oídos de herrumbre y frío,
desesperanza y pavor,
desconsuelo y locura.

Que yo nunca, en voz baja,
diga que he vuelto a amar.

(Efraín Huerta, La rosa primitiva, 1950)

domingo, 21 de agosto de 2011

El silencio

En el universo no existe el silencio. Los telescopios electromágneticos, que siempre están auscultando el infinito, lo saben perfectamente. Aún escuchan ecos del lejanísimo Big Bang, explosiones de supernovas en galaxias inimaginables y el roce de las órbitas de los astros contra sus lunas. El silencio es, entonces, un "ruido de fondo".

Para distinguir aquello que realmente importa, en los observatorios se utilizan programas informáticos que eliminan ese "ruido de fondo" en los datos observados, de modo que los mensajes incomprensibles del tiempo y del espacio se perciben con mayor nitidez.

Pero este ruido de fondo varía, no es el mismo siempre. Retirarlo en tiempo real ocuparía una capacidad de procesamiento que haría imposible analizar las ondas recibidas que verdaderamente importan. Así que lo que hacen es que "se lo inventan". Efectivamente, analizan varias secuencias a lo largo de periodos y, con procedimientos estadísticos, encuentran patrones electromagnéticos a los que denominan "silencio".

Cada 1000 días, dos años y pico, los telescopios se apagan durante unos instantes, para barrer las memorias electromagnéticas de sus sensores. Y al encenderlos de nuevo, se procede a "remuestrear el silencio". Esto es, encontrar los patrones que ayuden a discernir lo que importa y aislarlo del ruido de fondo. Y ese ruido, el nuevo silencio, distinto al anterior, es el anticipo de lo que no va a importarle a los telescopios en los siguientes 1000 días.

Nuestro ruido de fondo varía siempre. De tanto en tanto hay que remuestrearlo y encontrar aquello que ya no va importarnos. Se trata de inventarnos un nuevo silencio, y romperlo para hablar.

En el universo no existe el silencio. En el blog, tampoco.