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domingo, 12 de septiembre de 2010

In-distinta

¡Tantas veces me lo has dicho!
Con tus voces distintas,
con tus múltiples idiomas,
con tus varios colores de tinta,
con tus diferentes tipos de letra.


Tantas veces me lo dices
que yo, creyéndote muchas,
fabrico un sin fin de respuestas.


Me hablas de la importancia
de tener un río en la memoria,
de que el amor es un mordisco
que siempre llega a tropezones.


Me hablas de música o de libros,
de películas que son extensiones
de kilométricas novelas para jóvenes
que buscan amores y asesinos.


Y yo, creyéndote muchas,
maquillo respuestas solitarias,
diferentes tonos de voz
con los que juego a ser muchos distintos
desde las partes contrarias
de mi propio yo.


Tantas veces me lo has dicho,
de tantas formas que ya,
creyéndote tantas, muchas, infinitas,
sufro de diferente modo las despedidas
como si pudiera partirme en muchos.


Me has dicho adiós tantas veces
que ahora sé que siempre
eres la misma.
Tantas veces me lo has dicho,
que ya sé lo que significa:


-Vengo enseguida, mi vida,
voy a disfrazarme de otra.
No tardo.
Y mientras vuelvo a decirte hola,
dúchate, hombre, respira,
estira el corazón y las piernas
o si lo prefieres,
llora.


92


Las cosas nos imitan.
Un papel arrastrado por el viento
reproduce los tropezones del hombre.
Los ruidos aprenden a hablar como nosotros.
La ropa adquiere nuestra forma.


Las cosas nos imitan.
Pero al final
nosotros imitaremos a las cosas.


(Roberto Juarroz, Séptima poesía vertical, 1982)


LA ÚNICA ROSA


Todas las rosas son la misma rosa,
amor, la única rosa.
Y todo queda contenido en ella,
breve imajen del mundo,
¡amor!, la única rosa.


(Juan Ramón Jiménez, Canción, 1936)

sábado, 11 de septiembre de 2010

Nada será igual

Nunca será todo igual. Ella se lo dice siempre, aunque, bien es cierto que, algunas veces, lo que dice es que nunca será nada igual.


Él, que suele perderse en mitad de una frase, atrancado en una palabra, algunas veces se queda pensando si las dos frases significan lo mismo o no. Pero al cabo de un rato, se sacude fuerte los pensamientos como hábito higiénico y deja de pensar en los matices.


Ella suele decírselo para irse adaptando al final, como terapia de susurros contra los chismes. Para protegerse de la caída y escapar, ilesa imposible, pero al menos con la suficiente fuerza para volverse a levantar.


En otros labios, la misma frase le ha sonado idéntica, con un rumor de pérdida irrecuperable y unas gotas de nostalgia dulce en angostura. Después han hablado de lo que se habla en estos casos, en estos casos en los que la distancia no ayuda a encontrar el hilo y el tiempo se viene encima de golpe como un mazo de jurisprudencia en rama.


Porque en estos casos, cuando alguien te dice que todo ha cambiado, que nada será lo mismo, que no vuelve el pasado por muy claramente que se recuerde, solo puede entonarse un silencio o hablar de música. Son las únicas dos maneras de no despertar a nadie de su sueño o de su pesadilla, de no flexionar inútilmente los corazones que te llegan con agujetas, de no retorcer palabras de amor hasta escurrírselo completamente.


Él sabe que los cambios son, a la vez, el centro del tiempo y los bordes de cada sueño. Precisamente por eso, porque sabe que nada será nunca igual -¿significará lo mismo dicho de este modo?-, porque todo cambia después de cada palabra y ese cambio sólo dura hasta la siguiente, porque nunca será todo igual, se desenreda en discursos que nadie escucha para espantarse la desidia.


Porque nunca será nada igual, hay que seguir soñando; porque nunca será todo igual, hay que dejar de mirar al fondo del precipicio. Porque el pasado nunca regresa, hay que ir pensando en qué toca cocinar para la cena.


Nada será igual, le dice siempre ella -dejando aparte el turbio asunto del todo o nada-. Nada será igual, le dice, mientras él piensa que por qué no, que nada será igual, es cierto, pero que también puede ser mejor.


Duerma o no, él siempre sueña. Por cierto que, esta noche, hay crema de verduras para la cena.


LA EDAD DE ORO


Lo que el tiempo se lleve
que sea tanto
como aquello que el tiempo nos dio,
regalo inmerecido,
dejando la memoria en la inocencia
de la vida cumplida, porque nada
hiere más y más hondo que el recuerdo:
mientras dure una noche en la memoria
esa noche es la Noche
y esa intensa memoria la Memoria[...]


(Felipe Benítez Reyes, El equipaje abierto, 1996)