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domingo, 8 de enero de 2012

Víspera

Mañana será un día largo, de esos interminables que empiezan en la cabeza antes que en los pies y que se arrastran después, casi con cadenas, hasta el final de la semana.

Me preocupa no dormir bien, no llegar a tiempo a la salida del sol, no soportar las esperas. Me angustia el aburrimiento, la apatía que me invade desde este preciso instante.

Y que la viscosidad de los asuntos inútiles me deje residuos en el ánimo cuando llegue a casa, ya tarde, sin tiempo siquiera de frotármelos, aunque sólo fuera con una lectura interesante.

Mañana irá trascurriendo a golpe de volante, a golpe de reloj, a golpe de rutina, desgranándose ante mí como un gran racimo de uvas. Unas más grandes, otras más menudas, irán rodando despacio hasta escurrir la última gota del jugo que, más allá de la tarde, acabará siendo zumo, vino o vinagre.

Ya tengo la espera definida, lanzada la ansiedad de terminar lo que aún no ha empezado. Largo será el día de mañana, sí, pero mucho más larga me parece siempre la víspera.




LA VÍSPERA

El hombre despojóse de sí mismo,
también del cinturón, del brazo izquierdo,
de su propia estatura.

Resbaló la mujer sus largas medias,
largas como los ríos o el cansancio.

Nublóse el sueño de deseo.
Vino
ciego el amor
batiendo un cuerpo anónimo.
De nadie
eran la hora ni el lugar
ni el tiempo de los besos.

Sólo el deseo de entregarse daba
sentido al acto del amor,
pero nunca respuesta.

El humo gris.
El abandono.
El alba
como una inmensa retirada.
Restos
de vida oscura en un rincón caídos.
y lo demás vulgar, ocioso.
El hombre
púsose en orden natural, alzóse
y tosió humanamente.
Aquella hora
de soledad. Vestirse de la víspera.
Sentir duros los límites.
Y al cabo
no saber, no poder reconocerse.

(José Ángel Valente)



VÍSPERA

Todo nos falta,
un cigarrillo,
tiempo para escribir,
una excusa para los acreedores.

El último fósforo está empapado.

La humedad de la casa nos hace temblar.

Llueve.
Dame un mendrugo para el alma,
para el gesto huraño,
para el hambre
y buen tiempo
para los que se marchan.

(Vilma Vargas)

lunes, 10 de octubre de 2011

Doscientas, doscientos

Los números redondos tienen una atracción fatal sobre la imaginación y sobre la memoria. Obligan a mirar hacia atrás, a cerrar círculos, a revisar el itinerario recorrido e intentar adivinar a donde nos lleva.

Aquí empezó la vida como insomnio a mediados de diciembre de hace ya casi dos años. Comenzó para no perder la cabeza, porque el silencio no existe, para contar lo que aún no he contado.

Nació como un ejercicio de autohipnosis, como una terapia contra el más acá que siempre acecha. Y luego ha crecido y ha ido retorciéndose con el tiempo, con el paso de las circunstancias, con los cambios.

Quise pintar poesía y no supe, esculpir cuentos que se quedaron a medias, dibujar interiores y ampliarlos para que se vieran desde afuera. Decorar la vida es una obligación para todo ser humano, mentir es una necesidad biológica de la memoria, escribir es el escenario perfecto para congeniar la realidad y la ficción.

Doscientas pequeñas muertes, doscientos peldaños tiene ya esta escalera que nadie sabe si sube o baja, ni qué habrá más allá de las palabras que la sujetan, ni a donde van las cosas que se me quedaron sin decir.

Pero quiero dar las gracias a aquellas personas que me acompañan en el trayecto, que silenciosamente me observan caminar tropezando. Gracias a quiénes tienen el detalle de irse pero volver, cada cierto tiempo, a este trocito de viaje en el que también está mi vida expuesta en clave.

Gracias por leerme, por decepcionarse, por asombrarse, por aconsejarme, por discutirme, por desordenarme los renglones y por hacerme dudar de lo que siento, de lo que pienso y de lo que escribo.

Y muchas gracias al insomnio, muchas. El día que abandone, no será porque no duerma, como ahora y como siempre, sino porque habré dejado de soñar.






PEQUEÑAS MUERTES

Los sueños son pequeñas muertes
tramoyas anticipos simulacros de muerte
el despertar en cambio nos parece
una resurrección y por las dudas
olvidamos cuanto antes lo soñado

a pesar de sus fuegos sus cavernas
sus orgasmos sus glorias sus espantos
los sueños son pequeñas muertes
por eso cuando llega el despertar
y de inmediato el sueño se hace olvido
tal vez quiera decir que lo que ansiamos
es olvidar la muerte
apenas eso

(Mario Benedetti, "La vida, ese paréntesis", 1997)

ARTE POÉTICA

Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo,

ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Itaca
verde y humilde. El arte es esa Itaca
de verde eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.

(Jorge Luis Borges, El hacedor,1960)


DORMIR

¡Yo lo que tengo, amigo, es un profundo
deseo de dormir!... ¿Sabes?: el sueño
es un estado de divinidad.
El que duerme es un dios... Yo lo que tengo,
amigo, es gran deseo de dormir.

El sueño es en la vida el solo mundo
nuestro, pues la vigilia nos sumerge
en la ilusión común, en el océano
de la llamada «Realidad». Despiertos
vemos todos lo mismo:
vemos la tierra, el agua, el aire, el fuego,
las criaturas efímeras... Dormidos
cada uno está en su mundo,
en su exclusivo mundo:
hermético, cerrado a ajenos ojos,
a ajenas almas; cada mente hila
su propio ensueño (o su verdad: ¡quién sabe!)

Ni el ser más adorado
puede entrar con nosotros por la puerta
de nuestro sueño. Ni la esposa misma
que comparte tu lecho
y te oye dialogar con los fantasmas
que surcan por tu espíritu
mientras duermes, podría,
aun cuando lo ansiara,
traspasar los umbrales de ese mundo,
de tu mundo mirífico de sombras.
¡Oh, bienaventurados los que duermen!
Para ellos se extingue cada noche,
con todo su dolor el universo
que diariamente crea nuestro espíritu.
Al apagar su luz se apaga el cosmos.

El castigo mayor es la vigilia:
el insomnio es destierro
del mejor paraíso...

Nadie, ni el más feliz, restar querría
horas al sueño para ser dichoso.
Ni la mujer amada
vale lo que un dormir manso y sereno
en los brazos de Aquel que nos sugiere
santas inspiraciones. ..
«El día es de los hombres; mas la noche,
de los dioses», decían los antiguos.

No turbes, pues, mi paz con tus discursos,
amigo: mucho sabes;
pero mi sueño sabe más... ¡Aléjate!
No quiero gloria ni heredad ninguna:
yo lo que tengo, amigo, es un profundo
deseo de dormir...

(Amado Nervo, El estanque de los lotos, 1919)

martes, 20 de septiembre de 2011

Flotar

Allí, en mitad de la sierra, con un sol joven y limpio, sobre un colchón de aire, flotaba. Flotaba, notando los movimientos del agua, suaves, melódicos. Tenía los ojos cerrados y la cabeza en otra parte.

Abandonado a la deriva el cuerpo, la cabeza también. Sin gravedad, sin punto de apoyo, sin saber hacia donde. Que hipnótica sensación la de flotar completamente ingrávido, marioneta del azar de la brisa sobre el agua.

Le dio calor y se dejó caer a la piscina. Y se quedó dentro unos segundos, completamente sumergido, nariz tapada y ojos cerrados, hasta que salió a flote por la superficie y, aún así, se extendió hacia atrás con los brazos abiertos. Hacerse el muerto, no pensar, flotar.

Cuando aquella tarde, la mujer que conducía abrió el saco de los perros, él no quería discutir. Se ha quedó echado hacia atrás en el asiento para imaginarse flotando sobre un colchón tapizado, completamente ingrávido, marioneta del azar de los semáforos.

Flotar sobre la cama, hacerse el dormido, ingrávidos los pensamientos, marioneta del azar del ventilador y del insomnio. Flotar contra el deseo, contra el pesado saco que arrastra la lengua por los desiertos, flotar para defenderse del infierno cotidiano.

Le dio calor y se dejó caer sobre sí mismo, sin gravedad, sin punto de apoyo, sin saber hacia dónde. Hacerse el muerto, morirse, no pensar, seguir flotando, como en un sueño.



EN EL ORDEN QUE PREFIERA

A veces empiezan bien mis sueños, y entonces
pueden llegar a ser playas de África
o improbable pasajes de avión hacia el deseo.
A veces empiezan bien mis sueños, a veces me recuerdan
lugares que no he visto y en los que fuimos tan felices,
lugares anónimos, antiguas cartas, aventuradas huidas
y si hay suerte pueden llegar a ser incluso
unas cuerdas vocales que afinan su voz
entre unas piernas.

Porque a veces empiezan bien mis sueños.
Pero otras se despistan, por lo común se cansan y así
suelen acabar teniendo el mismo rostro
que la casa Batlló, pues ociosos y torpes se recuestan
en demasiados bares, en demasiadas tardes,
estúpidamente llenos de Rambla Cataluña y Paseo de Gracia,
hasta batiendo palmas los benditos
mientras ni pueden evitar que de las gabardinas
del fracaso y del alcohol les crezcan
abatidos pájaros
que vagamente me recuerdan
a la hirsuta soledad
de la que no he conseguido salir nunca.

Quizá en esta tierra el hombre sólo puede amarse y detestarse,
amarse y detestarse, sucesivamente, en el orden que prefiera.
Pero esta materia da apenas para un cuento,
y además creo que ya Borges —un fastidio—
escribió mejor de todo esto.

(Santiago Montobbio, Hospital de inocentes, 1989)

sábado, 11 de septiembre de 2010

Nada será igual

Nunca será todo igual. Ella se lo dice siempre, aunque, bien es cierto que, algunas veces, lo que dice es que nunca será nada igual.


Él, que suele perderse en mitad de una frase, atrancado en una palabra, algunas veces se queda pensando si las dos frases significan lo mismo o no. Pero al cabo de un rato, se sacude fuerte los pensamientos como hábito higiénico y deja de pensar en los matices.


Ella suele decírselo para irse adaptando al final, como terapia de susurros contra los chismes. Para protegerse de la caída y escapar, ilesa imposible, pero al menos con la suficiente fuerza para volverse a levantar.


En otros labios, la misma frase le ha sonado idéntica, con un rumor de pérdida irrecuperable y unas gotas de nostalgia dulce en angostura. Después han hablado de lo que se habla en estos casos, en estos casos en los que la distancia no ayuda a encontrar el hilo y el tiempo se viene encima de golpe como un mazo de jurisprudencia en rama.


Porque en estos casos, cuando alguien te dice que todo ha cambiado, que nada será lo mismo, que no vuelve el pasado por muy claramente que se recuerde, solo puede entonarse un silencio o hablar de música. Son las únicas dos maneras de no despertar a nadie de su sueño o de su pesadilla, de no flexionar inútilmente los corazones que te llegan con agujetas, de no retorcer palabras de amor hasta escurrírselo completamente.


Él sabe que los cambios son, a la vez, el centro del tiempo y los bordes de cada sueño. Precisamente por eso, porque sabe que nada será nunca igual -¿significará lo mismo dicho de este modo?-, porque todo cambia después de cada palabra y ese cambio sólo dura hasta la siguiente, porque nunca será todo igual, se desenreda en discursos que nadie escucha para espantarse la desidia.


Porque nunca será nada igual, hay que seguir soñando; porque nunca será todo igual, hay que dejar de mirar al fondo del precipicio. Porque el pasado nunca regresa, hay que ir pensando en qué toca cocinar para la cena.


Nada será igual, le dice siempre ella -dejando aparte el turbio asunto del todo o nada-. Nada será igual, le dice, mientras él piensa que por qué no, que nada será igual, es cierto, pero que también puede ser mejor.


Duerma o no, él siempre sueña. Por cierto que, esta noche, hay crema de verduras para la cena.


LA EDAD DE ORO


Lo que el tiempo se lleve
que sea tanto
como aquello que el tiempo nos dio,
regalo inmerecido,
dejando la memoria en la inocencia
de la vida cumplida, porque nada
hiere más y más hondo que el recuerdo:
mientras dure una noche en la memoria
esa noche es la Noche
y esa intensa memoria la Memoria[...]


(Felipe Benítez Reyes, El equipaje abierto, 1996)