Estabas sentada en el sofá, tú, que va a todas partes corriendo.
Hacía un momento estabas bien; luego, no sabía qué te pasaba. Acababas de hacerlo todo tan rápido y tan bien como siempre lo haces. Aunque, pensándolo mejor, quizá te levantaste un poco rara, pero como nunca te... bueno, yo qué sé...
Ni siquiera ha sido de repente, sino que, muy lentamente, ibas bajando de revoluciones, empezaste a tomarte las cosas con parsimonia y me pareció que tenías demasiado alta la despreocupación.
Dejaste de andar como si corrieras a saltitos, veía cómo te quitabas los zapatos nuevos y salvajes que tenías puestos para irlos domando y los dejabas en mitad del salón, como si no te importara nada que no estuvieran en su sitio.
Entonces te miraba a la cara e iba descubriendo paz en tu mirada, pero no cansancio. Quizás soñabas, pero no estabas dormida, ni siquiera tenías los ojos entornados.
¡Qué miedo he pasado! ¡Ha sido terrible! Porque estabas en calma en lugar de estar tensa, porque te habías deshecho de los nervios y de la taquicardia, porque en vez de ansiedad, te inundaba el sosiego...
Y justo en ese momento me he despertado, porque me sentía impotente y asustado. Estabas teniendo un fuerte ataque de tranquilidad y yo no podía hacer nada... ¡Nada!
¡Uff! ¡Qué mal rato he pasado! Menos mal que solo ha sido una pesadilla...
Para concentrarse y relajarse, la forma de respirar es fundamental. Por ello, es importante centrarse en practicar la respiración con tranquilidad. La respiración es útil además porque permite centrarse en algo concreto y no dejarse llevar por la fuerza de los pensamientos. Este es un primer reto básico para conseguir interiorizar los beneficios de la meditación. Se trata de fijarse en las características de la respiración, en cómo el aire fluye desde la nariz, en cómo selevantan el pecho y el abdomen con cada respiración.La mente tiende a perderse en pensamientos inoportunos. No hace falta luchar contra los pensamientos, sino reconocerlos sin dejarse invadir por ellos, sin meterse en su guión. Hay que distinguir entre uno mismo y sus pensamientos. Cuando los pensamientos se presentan, se pueden anotar mentalmente: «pensamiento». Si lo que nos distrae es un ruido, se puede anotar mentalmente: «ruido». Sin juzgar, la atención se centra de nuevo en la respiración: la respiración es ahora el centro, el hogar.Si alguna sensación es muy fuerte, uno puede centrarse en esa sensación, en lugar de la respiración. Se trata de ser consciente de lo que a uno le invade: el calor, un dolor, una vibración, un músculo incómodo; y de atender esa sensación plenamente, y fijarse atentamente en cómo se transforma. Cuando la sensación se vuelve menos intensa, o si al contrario se recrudece, basta con centrarse de nuevo en la respiración.De la misma forma, quien medite puede concentrarse no sólo en las sensaciones físicas, sino también en las mentales y las emocionales: un miedo, una alegría, un dolor. Se puede dar la bienvenida a esta emoción con calma, fijarse en qué parte del cuerpo la siente, qué fuerza tiene, cómo cambia a medida que se acepta plenamente, sin juzgarla, sin rechazarla. ¿Se convierte la ira en tristeza? ¿Se convierte la alegría en serenidad? Cuando la emoción sea menos intensa, o si al contrario es demasiado intensa, convendrá entonces regresar a la respiración.No importan tanto qué sensaciones o qué emociones sentimos cuando meditamos, como aumentar paulatinamente la capacidad de estar en contacto con esas emociones sin perderse en ellas, sin confundirse a uno mismo con algo pasajero, inestable.
(Elsa Punset, Inocencia radical)