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domingo, 14 de octubre de 2012

Pesadilla

Estabas sentada en el sofá, tú, que va a todas partes corriendo.

Hacía un momento estabas bien; luego, no sabía qué te pasaba. Acababas de hacerlo todo tan rápido y tan bien como siempre lo haces. Aunque, pensándolo mejor, quizá te levantaste un poco rara, pero como nunca te... bueno, yo qué sé...

Ni siquiera ha sido de repente, sino que, muy lentamente, ibas bajando de revoluciones, empezaste a tomarte las cosas con parsimonia y me pareció que tenías demasiado alta la despreocupación.

Dejaste de andar como si corrieras a saltitos, veía cómo te quitabas los zapatos nuevos y salvajes que tenías puestos para irlos domando y los dejabas en mitad del salón, como si no te importara nada que no estuvieran en su sitio.

Entonces te miraba a la cara e iba descubriendo paz en tu mirada, pero no cansancio. Quizás soñabas, pero no estabas dormida, ni siquiera tenías los ojos entornados.

¡Qué miedo he pasado! ¡Ha sido terrible! Porque estabas en calma en lugar de estar tensa, porque te habías deshecho de los nervios y de la taquicardia, porque en vez de ansiedad, te inundaba el sosiego...

Y justo en ese momento me he despertado, porque me sentía impotente y asustado. Estabas teniendo un fuerte ataque de tranquilidad y yo no podía hacer nada... ¡Nada!

¡Uff! ¡Qué mal rato he pasado! Menos mal que solo ha sido una pesadilla...



Para concentrarse y relajarse, la forma de respirar es fundamental. Por ello, es importante centrarse en practicar la respiración con tranquilidad. La respiración es útil además porque permite centrarse en algo concreto y no dejarse llevar por la fuerza de los pensamientos. Este es un primer reto básico para conseguir interiorizar los beneficios de la meditación. Se trata de fijarse en las características de la respiración, en cómo el aire fluye desde la nariz, en cómo se
levantan el pecho y el abdomen con cada respiración.

La mente tiende a perderse en pensamientos inoportunos. No hace falta luchar contra los pensamientos, sino reconocerlos sin dejarse invadir por ellos, sin meterse en su guión. Hay que distinguir entre uno mismo y sus pensamientos. Cuando los pensamientos se presentan, se pueden anotar mentalmente: «pensamiento». Si lo que nos distrae es un ruido, se puede anotar mentalmente: «ruido». Sin juzgar, la atención se centra de nuevo en la respiración: la respiración es ahora el centro, el hogar.

Si alguna sensación es muy fuerte, uno puede centrarse en esa sensación, en lugar de la respiración. Se trata de ser consciente de lo que a uno le invade: el calor, un dolor, una vibración, un músculo incómodo; y de atender esa sensación plenamente, y fijarse atentamente en cómo se transforma. Cuando la sensación se vuelve menos intensa, o si al contrario se recrudece, basta con centrarse de nuevo en la respiración.

De la misma forma, quien medite puede concentrarse no sólo en las sensaciones físicas, sino también en las mentales y las emocionales: un miedo, una alegría, un dolor. Se puede dar la bienvenida a esta emoción con calma, fijarse en qué parte del cuerpo la siente, qué fuerza tiene, cómo cambia a medida que se acepta plenamente, sin juzgarla, sin rechazarla. ¿Se convierte la ira en tristeza? ¿Se convierte la alegría en serenidad? Cuando la emoción sea menos intensa, o si al contrario es demasiado intensa, convendrá entonces regresar a la respiración.

No importan tanto qué sensaciones o qué emociones sentimos cuando meditamos, como aumentar paulatinamente la capacidad de estar en contacto con esas emociones sin perderse en ellas, sin confundirse a uno mismo con algo pasajero, inestable.

(Elsa Punset, Inocencia radical)

lunes, 30 de enero de 2012

Ojos llenos de sosiego

Llegó mirando a ninguna parte, con los ojos llenos de sosiego, como buscando esconderse del paisaje. Puso sobre la mesilla de cristal, en riguroso orden alfabético, el cenicero blanco, las gafas para ver de lejos, las llaves de la casa y una taza de té con los bordes manchados de falta de sueño.

Ésta era la hora convenida, el momento del acuerdo con el mundo, el instante de reconciliación con la vida. Encendió un cigarrillo rubio, casi sin gana, como una liturgia aprendida que abría las puertas de un vaporoso edén. Dejando caer suavemente la espalda sobre la almohada, deshizo las horas tan deprisa como se desmorona la conciencia al primer contacto con otra piel desnuda.

Cruzó las piernas con la fatiga de un viandante que ha perdido el camino. Abrió el libro por la página señalada y lo cogió de un pellizco, con ternura, reteniendo en las manos el ímpetu aventurero de aquel pájaro de mil hojas que estaba a punto de volar.

Leyó mirando a ninguna parte, con los ojos llenos de sosiego, buscando perderse al otro lado. Leyó sin pasar ni una sola hoja, absorto, atascado en el mismo párrafo una y otra vez. Tres cigarros después, inmóviles en el cenicero, se hizo la noche y un escalofrío lo mandó de vuelta a ese mundo suyo de los que no se ahogan en una gota de sueño.

Se fue mirando a ninguna parte, con los ojos llenos de sosiego, como buscando esconderse de sí mismo y de los demás. Sólo dejó, recuerdo de su paso que encontrar a otro día, el silencio salpicando la luz de la mesilla y un cenicero redondo, blanco, estático, con tres impávidas y largas tiras de ceniza sin fumar.

Así es el fantasma que habita mis sueños. Esta noche, cuando vuelva mirando a ninguna parte, intentaré reunir valor y preguntarle el título de ese libro que no está leyendo. Si acierto a conocerlo y puedo contarle el final, tal vez no tenga razón para volver y así, cada uno a su modo, por fin, los dos descansemos.

Pero no me molesta su visita, es como si lo conociera desde siempre. Ni siquiera la columna de humo que emerge del cenicero como una serpiente amaestrada me causa ningún estorbo. Pero es que tengo el vago presentimiento de que el único hilo que todavía le ata a este mundo es su curiosidad. Su curiosidad y la mía por saber si es que allí, al final de la última página, tampoco conviene fumar en la cama durante el insomnio.





LA CÓLERA DE UN VIENTO

Dormir algunas veces cuesta mucho.
Lo digo por el whisky doble
y por los calcetines que preciso
y por cómo arrancaste mi foto de tu cuarto,
con aquella amargura en los labios crispados.
Desde entonces yo trato de imitarte:
pongo cara de cínica, troceo tu corbata,
y vuelvo indiferente la almohada.
Vano intento. Guardarte en un capítulo.
Como meter el mar en un pobre agujero.
Y aquí sigo en la playa, con mi pala, mi cubo...
tan sola ya, tan roto el uniforme...

(Ángeles Mora, La guerra de los treinta años, 1989)