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sábado, 25 de agosto de 2012

Cinco silencios (I)

Primer silencio:

"Me hubiera gustado seguir bebiendo. Haber seguido hasta beberme toda la noche", le dijo, "porque sé que, cuando salgas por esa puerta... lo sabes, ¿no?". Él asintió con la vista perdida en un recuerdo y extendió su silencio hacia el frente mientras ella continuaba diciendo "Sabes que no iré a buscarte, ¿lo sabes, verdad?".

El silencio es un emblema, una marca de final o de principio. El silencio es una coraza para los afligidos y una funda de nácar para las pistolas.

Él despegó los labios en una mueca sin sonido, musitó un par de alientos y asintió con la cabeza pero sin mover el corazón. "Hubiera seguido bebiendo", continuó ella, "porque me da pánico"... Hizo una breve pausa anticipando el porvenir, probándose el traje de las horas oscuras, para seguir diciendo "...que llegue mañana y me despierte sabiendo que no volveré a verte más".

Algo más tarde y a medias, porque nunca está todo dicho, los dos silencios se tornaron ascensor.


Segundo silencio:

Cuando cogió el teléfono y ella le fabricó con su voz una adivinanza de sonrisa diciendo que estaban "mu perdíos", él pensó que el silencio es un collar de perlas huecas.

Un collar que sólo pesa en el cuello y que aprieta la garganta, un adorno que afea, una ligadura que se enreda en las manos y que se engancha a tirones en todas las espinas del pasado.

Y no sólo lo pensó, sino que sintió ese collar alborotarse contra el suelo, romperse en un estrépito de palabras que ruedan imparables y a la deriva con tal de no desvelar nunca el círculo del que nacieron.

Porque detrás del silencio hay palabras que se acumulan, se engarzan sucesivas, se entrelazan unas con otras con un mismo hilo que se enrosca sobre el pensamiento. Palabras que se aprietan y se apelotonan en ese sitio en el que siempre se encuentra todo aquello que está a punto de perderse.

Palabras que luego salen despedidas sin orden aparente, sin otra huida que la de no volver a enhebrarse nunca, sin otro amparo que el de dejar respirar. Pero no siempre sucede la ley de la gravedad consabida y, aun después de haberse desparramado por el suelo, el silencio vuelve a hacerse collar.


Tercer silencio:

Llega a borbotones desde la lontananza. La verbena, cuando nace, es una jauría de perros que sube por las calles del pueblo picando como un enjambre de abejas.

En lo alto de la cuesta se amansa y las notas de la canción del verano son moscas que pululan en el aire. Los coches, al atravesar la noche, las entrecortan; y el viento, apoyándose en la montaña, las dobla con un eco raro, como si llegasen de un pasado que no ha ocurrido nunca.

Al final entran por la ventana ordenadas y tenues, como una fila de mariposas. El silencio es, entonces, un hombre que mira al techo, un velo que se desvela haciéndose más opaco. El silencio es una espada en la memoria que no consigue tener filo y golpea insistentemente en lugar de cortar.

El silencio es un humo que no se dispersa y sólo deja ver lo más cercano. El hombre, que se agita de letras en la cama, se levanta y deambula por la casa, hace sombra bajo la parte de la luna que le corresponde del patio y consigue escaparse de su propia jaula de teclas tarareando el estribillo de las mariposas.

Y una vez afuera de sí mismo, el hombre se escancia sobre el duermevela; y se agarra, para saberse resto de un naufragio, a ese ruido de fondo que, sinceramente, agradece. Aunque mañana se levantará con la misma duda de ayer y unos ojos completamente pa-panamericanos.




lunes, 30 de enero de 2012

Ojos llenos de sosiego

Llegó mirando a ninguna parte, con los ojos llenos de sosiego, como buscando esconderse del paisaje. Puso sobre la mesilla de cristal, en riguroso orden alfabético, el cenicero blanco, las gafas para ver de lejos, las llaves de la casa y una taza de té con los bordes manchados de falta de sueño.

Ésta era la hora convenida, el momento del acuerdo con el mundo, el instante de reconciliación con la vida. Encendió un cigarrillo rubio, casi sin gana, como una liturgia aprendida que abría las puertas de un vaporoso edén. Dejando caer suavemente la espalda sobre la almohada, deshizo las horas tan deprisa como se desmorona la conciencia al primer contacto con otra piel desnuda.

Cruzó las piernas con la fatiga de un viandante que ha perdido el camino. Abrió el libro por la página señalada y lo cogió de un pellizco, con ternura, reteniendo en las manos el ímpetu aventurero de aquel pájaro de mil hojas que estaba a punto de volar.

Leyó mirando a ninguna parte, con los ojos llenos de sosiego, buscando perderse al otro lado. Leyó sin pasar ni una sola hoja, absorto, atascado en el mismo párrafo una y otra vez. Tres cigarros después, inmóviles en el cenicero, se hizo la noche y un escalofrío lo mandó de vuelta a ese mundo suyo de los que no se ahogan en una gota de sueño.

Se fue mirando a ninguna parte, con los ojos llenos de sosiego, como buscando esconderse de sí mismo y de los demás. Sólo dejó, recuerdo de su paso que encontrar a otro día, el silencio salpicando la luz de la mesilla y un cenicero redondo, blanco, estático, con tres impávidas y largas tiras de ceniza sin fumar.

Así es el fantasma que habita mis sueños. Esta noche, cuando vuelva mirando a ninguna parte, intentaré reunir valor y preguntarle el título de ese libro que no está leyendo. Si acierto a conocerlo y puedo contarle el final, tal vez no tenga razón para volver y así, cada uno a su modo, por fin, los dos descansemos.

Pero no me molesta su visita, es como si lo conociera desde siempre. Ni siquiera la columna de humo que emerge del cenicero como una serpiente amaestrada me causa ningún estorbo. Pero es que tengo el vago presentimiento de que el único hilo que todavía le ata a este mundo es su curiosidad. Su curiosidad y la mía por saber si es que allí, al final de la última página, tampoco conviene fumar en la cama durante el insomnio.





LA CÓLERA DE UN VIENTO

Dormir algunas veces cuesta mucho.
Lo digo por el whisky doble
y por los calcetines que preciso
y por cómo arrancaste mi foto de tu cuarto,
con aquella amargura en los labios crispados.
Desde entonces yo trato de imitarte:
pongo cara de cínica, troceo tu corbata,
y vuelvo indiferente la almohada.
Vano intento. Guardarte en un capítulo.
Como meter el mar en un pobre agujero.
Y aquí sigo en la playa, con mi pala, mi cubo...
tan sola ya, tan roto el uniforme...

(Ángeles Mora, La guerra de los treinta años, 1989)

lunes, 12 de diciembre de 2011

Queda un año

Exactamente dentro de un año, en un minuto como éste, todo estará resuelto.

Es el plazo, el último plazo que me dan los planetas. Sé que todo lo que ahora me preocupa se habrá olvidado o, al menos, estará en un rincón secundario de la infidelidad de mi memoria.

Entonces empezarán otros problemas, otras cuitas, otras miserias. Miraré alrededor para saber quien está conmigo, quien me llama o a quienes echo de menos.

Será un hermoso final convertido en principio, la necesaria renovación de las inquietudes y las esperanzas. Y hablando de esperanzas, también entonces te espero.

Y si no, si todo continua lo mismo, si me sigue preocupando todo lo que ahora me preocupa, no pasa nada, la vida no se para. Lo que sí prometo es que, entonces, dejaré de dar la lata y borraré todas la palabras que aquí tengo escritas.

Sí, justo en este instante que escribo, empieza el último año de esta vida. Es la hora.




LA HORA

Cada minuto de este oro
¿no es toda la eternidad?

El aire puro lo mece
sin prisa, como si ya
fuera todo el oro que
tuviera que acompasar.

(¡Ramas últimas, divinas,
inmateriales, en paz;
ondas del mar infinito
de una tarde sin pasar!)

Cada minuto de este oro
¿no es un latido inmortal
de mi corazón radiante
por toda la eternidad?

(Juan Ramón Jiménez, Canción, 1936)

sábado, 5 de noviembre de 2011

La fe de los paraguas

La lluvia encoge la tarde
distendiendo la noche que se aferra
a las dos manos de un paraguas
que nunca es suficiente.

No es necesario mojarse entero
para sentir el frío
circunspecto
que empapa todas las gotas
empujadas por el viento
que rebotan, monótonas,
en la acera.

A cada paso
más humedad se condensa,
más se espesa la frontera
que nos atraviesa por dentro
dejando irremisiblemente separados
los que ahora somos mojados
de quienes fuimos, antes,
secos.

Pero despojarse del agua,
papel o ser humano,
no dejará nada terso,
sino espacio emborronado
y cuando llueva sobre mojado,
perdida ya la fe de los paraguas,
achicaremos los ojos,
esconderemos las manos,
miraremos al suelo
y apretaremos el paso.


martes, 27 de septiembre de 2011

Resto

Eso quedará de mí en esta casa,
el reflejo de mi imagen atrapado
en el cristal de la ventana,
la oscuridad de haber cerrado
los ojos con miedo, el idioma extraño
con que el gotelé se reía en mis dedos
de la imprecisión de los interruptores.

En esta ciudad permanecerá mi primer llanto
atrapado en un papel endeble, el olor
de aquella noche, cuando tantas veces
decidimos cruzarnos de labios.

Quedará mi desierto extendido sobre sus calles
hecho con los granos de arena
que fui dejando perdidos después de haberlos pisado,
quedará el desconcierto de los parques
deambulando por noches solitarias
y ese vacío con el que nadie
se sentaba en el autobús a mi lado.

Para el resto no quedará de mí nada apenas,
un atisbo en la genética o en los apellidos,
la familiaridad de los horóscopos, el número
que me corresponda en las estadísticas
y alguna palabra que a alguien se le escape
durante el breve periodo en que resisten
los recuerdos impasibles al olvido feroz.

En la casa seguirán quejándose
las persianas con el viento,
la ciudad no interrumpirá
su interminable gasto de asfalto
y el resto, el resto ya lo sabemos
en los otros que un día, también, se fueron.



La casa que abrigó tu corazón
será una ruina. Furtivos
en la noche
la habéis abandonado.
Oscura en el jardín la tierra removida.
Quise
decir traición

y dije llanto

(Ada Salas)



Hay libros que se escriben sobre la carne misma.
Son esas cicatrices que nos hablan
y sangran
cuando el tiempo se rinde a su derrota
un puñado de signos que apenas
comprendemos

y eran el beso intacto de la vida.

(Ada Salas)

sábado, 25 de junio de 2011

Literatura infantil

Todo empieza fuera del tiempo, fuera del espacio. Lejanos países -¿lejanos de dónde?- en los que había una vez, o muchas veces, criaturas desvalidas en manos de un autor sin escrúpulos.

Porque el autor, escondido detrás de una voz que narra impersonalmente, decide poner trabas y cuitas en la vida de los personajes. Se los inventa, les mata a los padres o los hace pobres, los mete en un castillo o en un choza, arbitrariamente, casi tan caprichosamente como el azar.

Luego los asusta con ogros, los impele a cometer fechorías o a soportar desgracias, los lanza sin red a un mundo en donde puede pasar cualquier cosa y en donde cualquier cosa que pasa viene como llovida de una tormenta. Los animales hablan con una dicción perfecta, con sabiduría o maldad, movidos por compasión o crueldad, por amor o por esa soberbia que sólo puede ser humana.

Como habitantes de una teoría evolucionista, los personajes cambian, se adaptan al medio y desarrollan capacidades que no creían tener y afrontan desafíos, generalmente estúpidos, con el coraje de los héroes que no tienen nada que perder. Todos los buenos ganan -¿quiénes son los buenos y por qué?- y todos los cuentos acaban. Todos los buenos ganan y alcanzan la dichosa felicidad sin que nadie sepa exactamente en qué consiste; bueno, todos ganan excepto las perdices, naturalmente.

Pero hay cuentos especiales, cuentos chinos. Aquellos en los que el autor no consigue zafarse de su propia trama. Se inventa a sí mismo y a los otros personajes, se lo inventa todo y... se lo cree. De una mirada extrae un sentimiento, con una palabra erige un monumento al corazón o un abismo al que asomarse. Y pierde el control de los sucesos y se pregunta que cómo a él, a sus años.

Y los animales, las cosas, cobran vida y le hablan, durante las ausencias, del otro, de los otros. Se alternan las noches con estrellas y los días nublados, se toca el cielo y, al instante siguiente, un infierno que sólo el azar sabe de dónde ha salido, le quema el estómago y la sangre, le hace arder los nervios o supurar lágrimas de desencanto cuando el hechizo no llega a tiempo.

El amor es un cuento, literatura infantil hecha por niños y para niños. Por y para niños que aún no han perdido las alas y que buscan un polvo de hadas que les haga volar de nuevo. Autores y protagonistas confunden sus roles, el azar narra caprichos de los de érase una vez y cualquier cosa es posible.

Pero como todos los cuentos, el amor acaba. Porque un cuento no es cuento hasta que se cuenta, y como todos los cuentos, el amor acaba en  lágrimas puestas en otro hombro, en la barra de un bar (o en la terraza, si es verano y alguien fuma) o en otra cama. Y colorín colorado, hay muchos cuentos que acaban en un juzgado. Y no siempre de paz.

Las perdices, ya devoradas y digeridas, no están en condiciones de agradecer este tipo de finales. Y los niños, inmediatamente, ávidos de literatura, quieren empezar otro cuento, creyendo aún que existen esos cuentos de los de nunca acabar.

Dichosos aquellos niños que tienen todas las noches la literatura de un melodrama que llevarse a la cama, porque vivir sin cuentos es como hacer de un poema un simple ejercicio de escritura.






LA FORMA DE QUERER TÚ...

La forma de querer tú
es dejarme que te quiera.
El sí con que te me rindes
es el silencio. Tus besos
son ofrecerme los labios
para que los bese yo.
Jamás palabras, abrazos,
me dirán que tú existías,
que me quisiste: Jamás.
Me lo dicen hojas blancas,
mapas, augurios, teléfonos;
tú, no.
Y estoy abrazado a ti
sin preguntarte, de miedo
a que no sea verdad
que tú vives y me quieres.
Y estoy abrazado a ti
sin mirar y sin tocarte.
No vaya a ser que descubra
con preguntas, con caricias,
esa soledad inmensa
de quererte sólo yo.

(Pedro Salinas, La voz a ti debida)