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martes, 11 de diciembre de 2012

Agradecimientos

Cuatrocientos dos son los capítulos que ha tardado el insomnio en derretirse, en hacerse más tierno y más ambiguo, más contradictorio y menos líquido.

Estoy aquí porque creo que decorar la vida es una obligación para todo ser humano, que mentir es una necesidad biológica que alimenta la memoria, que escribir es el escenario perfecto para congeniar la realidad y la ficción.

Y me voy, no porque haya dejado de creerlo, sino porque las letras que había convenido con esta edad del azar, ya se han librado y se han hecho efectivas.

Pero antes de irme quiero dar las gracias a aquellas personas que me acompañaron en el trayecto, que silenciosamente me observaron caminar tropezando.

Gracias a quiénes tuvieron el detalle de quedarse. Gracias también a quiénes prefirieron irse o volver cada cierto tiempo a este trocito de viaje en el que se queda mi vida expuesta en clave de trayecto.

Gracias por leerme, por decepcionarse, por asombrarse, por aconsejarme, por discutirme, por desordenarme los renglones y por hacerme dudar de lo que siento, de lo que pienso y de lo que escribo.

Y muchas gracias al insomnio, muchas gracias.

Pero es que la vida no espera, no para y no avisa... Seguiré andando por otro camino, andando del mismo modo en que hay que correr persiguendo los sueños: incrédulamente, sin esperanza...

Quiero ir ahora a un lugar en el que pueda escribir lo que siento sin tener que sentir lo que digo. Si es que encuentro un amor imposible...



A estas alturas rodando
literalmente rodando
asumo mi destino,
araño cielos, tiento paraísos,
busco la clave que me traspase,
sin buscarla la busco,
la llave es un torso, un gesto,
la sonrisa de un amor imposible
o de otro amor imposible.
Los amores imposibles
-es tan evidente que siempre lo olvido-
son partes de ese mundo imposible
que es mi mundo verdadero.

(Darío Jaramillo, Libros de poemas, 2001)

martes, 13 de noviembre de 2012

Mi insomnio sin mí

Gritar en el centro de una plaza rebosante de uvas y gente desconocida, ver mi propia casa desde el estómago vacío de un parapente frágil y altísimo o hacer el amor desnudo en la cubierta de un yate, mar adentro, donde la palabra "tierra" haya perdido ya todo su significado.

Son cosas que tal vez intentaría hacer antes de que todo estalle, propuestas de sueños que me urgirían en mitad del huracán último. Tantas cosas que no hice, tantas otras que no dije, muchas más que no sentí.

Es extraño echar de menos todo aquello que no se vivió, como si lo sucedido no bastara nunca. Porque la vida interior es la vida, todas las sensaciones que sí he sentido son las que me han hecho como soy y las que me mantienen vivo.

Así que, por si el tercer acto acude presuroso y de improviso, y me pilla sin afeitar y con el chandal desolado, por si todo ocurre cuando la chimenea se ha vuelto ceniza y la emoción desnuda de tu tacto no pudiera distinguirse del frío de un otoño que se vierte a ras de suelo en un sitio desde el que no se ve mi casa; por si hubiera que susurrar en una habitación vacía y desangelada para no atraer al oído de las paredes y los teléfonos, y hacer el amor medio vestidos en tierra, allá donde la palabra "mar" dejó de existir hace milenios.

Por si no da tiempo a soñar, ni a elegir diez tareas como ofrenda. Por si no hay agua suficiente en el vaso, por si me falla la saliva al intentar decirte todo aquello que nunca podría terminar de decirte, quiero que sepas, hoy, esta noche, que me encantó soñar contigo.

Me encantó soñar contigo.




Isolda

Si alguien sabe de un filtro que excuse mi extravío,
que explique el desvarío de mi sangre,
le suplico:
Antes de que se muera el jazmín de mi vientre
y se cumplan mis lunas puntuales y enteras
y mis venas se agoten de tantas madrugadas
en las que un muslo roza al muslo compañero
y lo sabe marfil pero lo piensa lumbre;
antes de que la edad extenúe en mi carne
la vehemencia, que por favor lo diga.

Contemplo ante el espejo, hospedado en mis sábanas,
las señales febriles de la noche inclemente
en donde el terso lino aulaga se vertiera
y duro pedernal y cuerpo de muchacho.

Ciño mi cinturón y el azogue me escruta,
fresas bajo mi blusa ansiosas se endurecen
y al resbalar la tela por mi inclinada espalda
parece una caricia; y la boca me arde.

Si alguien sabe de un filtro que excuse mi locura
y me entregue al furor que la pasión exige,
se lo ruego, antes de que me ahogue
en mi propia fragancia, por favor,
por favor se lo ruego:
                                  que lo beba conmigo.

(Ana Rosseti)

viernes, 9 de noviembre de 2012

Lluvia, otra vez

Ha cambiado el insomnio viejo por otro nuevo. Se le desgranaba la noche como una margarita de deseos, se enredaba en rostros difusos o en versos por escribir. Se levantaba y se escurría entre las pantallas buscando hueco.

Pero el insomnio es otro ahora, uno de margaritas con un sólo pétalo, con un solo rostro nítido, con versos escritos por otros. Se queda enredado en la almohada y desiste de las pantallas, porque sabe que el hueco no está.

Una hora más y la extrañeza de levantarse idéntico, es lo que le ha traído esta noche. Aunque la luna, tapada con nubes, ni siquiera se ha enterado del vaivén de los párpados.

El pensamiento se ha levantado libre de pastillas, mucho más despejado que el cielo. Ha vuelto, por fin, la lluvia y se acaba el desierto. Se ve que él necesitaba nubes en el cielo que ahuyentaran las de su cabeza.



PROLONGADAS AUSENCIAS

Prolongadas ausencias
se adivinan en los brazos mojados
de las sillas, cansadas
de esperar bajo el agua
la mañana de la resurrección,
el brillo de la vida
que viene con el sol.

Quién sabe qué recuerdos
de café compartido,
de citas clandestinas,
de esperas impacientes,
cuánta vida atrapada
bajo cada pedazo de aluminio,
cuánto tiempo perdido
mientras resuelve el clima,
también, nuestro futuro.

(Javier Bozalongo, Viaje improbable, 2007)

sábado, 23 de junio de 2012

Hamaca

Contar los nudos
para no desfallecer,
colgarse de ellos, mecerse,
estirarse sobre la noche
y amanecer al raso.

Contar los nudos
para entretener el miedo,
ahuyentar el silencio, cansarse
de volver a empezar
y apaciguar el sueño.

Contar los nudos
con la vista nublada,
equivocarse, entrar al aire
flotando sobre el futuro
y encenderse de espera.

El mundo se mueve
con la cadencia de la hamaca,
contar los nudos, extrañar
otro cuerpo anudado
que nos ancle a la tierra.

Contar los nudos
que se te clavan en la espalda,
abandonarse, huir hacia los lados,
mientras los ojos se entornan
hacia el vaivén que eres.

Contar los nudos
para no desfallecer,
perderse, oscilar con ellos,
esperar una palabra que duda,
liberar un sueño que va y viene,
desear un balanceo,
vacilar despierto siempre
con un corazón que nunca descansa.




VAIVÉN


1

Vuelve a la noche,
racimo de horas sombrías;
córtalo, come el fruto de tiniebla,
saborea la ignorancia


2

Con orgullo de árbol
plantado de pleno torbellino
te desvistes
con el gesto del agua
saltando de la peña
abandonas tus cuerpos
con los pasos sonámbulos del viento
te arrojas en el lecho
con los ojos cerrados
buscas tu más antigua desnudez


3

Caigo en ti con la ciega caída de la ola
tu cuerpo me sostiene como la ola que renace
el viento sopla afuera y reúne las aguas
todos los bosques son un solo árbol

Navega la ciudad en plena noche
tierra y cielo y marea que no cesa
los elementos enlazados tejen
la vestidura de un día desconocido


4

Desierto inmenso y fuente secreta
balanza del silencio y árbol de gemidos
cuerpo que se despliega como la vela
cuerpo que se repliega como la brasa
corazón que desgajo de la noche
escorpión que se clava en mi pecho
sello de sangre sobre mis años de hombre


5

(Hago lo que dices)

Con un Sí
la lámpara que te guía a la entrada del sueño
Con un No
la balanza que pesa la falacia y la verdad del deseo
Con un Ay
el hueso floreciendo para atravesar la muerte


6

(Hoy, siempre hoy)

Hablas (se oyen muchas lluvias)
no sé lo que dices (una mano amarilla nos sostiene)
Callas (nacen muchos pájaros)
no sé adónde estamos (un alveolo escarlata nos encierra)
Ríes (las piernas del río se cubren de hojas)
no sé adónde vamos (hoy es ya mañana en mitad de la noche)

Hoy que se abre y se cierra
nunca se mueve y no se detiene
corazón que nunca se apaga
Hoy (un pájaro se posa
en una torre de granito)
Siempre es mediodía

(Octavio Paz)

jueves, 17 de mayo de 2012

Con tanto calor

Con tanto calor cuesta arrastrar las maletas. Se hace pesado viajar cuando el sol cae como plomo por detrás de los cristales y te aflije la carne sujeta a los cinturones.

Cuesta respirar, abrir la boca para que el aire del polen te ensanche los pulmones, para que el humo de la soledad te abrase la garganta. Cuesta también soltar el aire ya tragado, despegar los ojos de los párpados a las horas convenidas por la agenda.

Por este calor no circula bien el pensamiento, no se dejan derribar las barreras que se levantaron durante tanto invierno, las manos no resbalan bien sobre una piel reseca de tristeza o sudorosa tras el esfuerzo de comerse los centímetros necesarios.

Cuesta dormir, es difícil conciliar un sueño que tarda en cumplirse, no se puede apaciguar la sangre atormentada por la barbarie de las sábanas. Dar vueltas implorando la misericordia de las ventanas, la bendición de los ventiladores, la paz del vaso de agua, la fantasía de una mano incandescente, la tibia longitud de una lengua que derrita el tiempo en témpura de besos.

Con este calor, la cabeza no para de girar en el horno del deseo, el corazón sufre ataques del asma de las discusiones, la piel suda, gotea y se empapa de tanto no encontrar otra con la que rozarse. Y cuesta levantarse de uno mismo hacia las tareas cotidianas, y cuesta escribir la parte del insomnio que se agranda, y cuesta mantenerse intacto viendo resbalar el mismo viejo sudor por la piel compañera.

Hace mucho calor, tanto calor que hasta cuesta escribir y conciliar el insomnio. Demasiado calor para estar solo, demasiado calor para estar juntos, demasiado calor para estar revueltos. Hace demasiado calor para estar dormidos y demasiado calor para estar despiertos. Demasiado calor para soñar.

Pero, por encima de todo, hace demasiado calor para ahogarse en el vaso de la frialdad. Prefiero arder, desesperarme de fuego y abrasarte entre mis brazos después.




RECUERDO DE UNA TARDE DE VERANO

Aquel temblor del muslo
y el diminuto encaje
rozado por la yema de los dedos,
son el mejor recuerdo de unos días
conocidos sin prisa, sin hacerse notar,
igual que amigos tímidos.

Fue la tarde anterior a la tormenta,
con truenos en el cielo.
Tú apareciste en el jardín, secreta,
vestida de otro tiempo,
con una extravagante manera de quererme,
jugando a ser el viento de un armario,
la luz en seda negra
y medias de cristal,
tan abrazadas
a tus muslos con fuerza,
con esa oscura fuerza que tuvieron
sus dueños en la vida.

Bajo el color confuso de las flores salvajes,
inesperadamente me ofrecías
tu memoria de labios entreabiertos,
unas ropas difíciles, y el rayo
apenas vislumbrado de la carne,
como fuego lunático,
como llama de almendro donde puse
la mano sin dudarlo.
Por el jardín, el ruido de los últimos pájaros,
de las primeras gotas en los árboles.

Aquel temblor del muslo
y el diminuto encaje, de vello traspasado,
su resistencia elástica
vencida con el paso de los años,
vuelven a ser verdad, oleaje en el tacto,
arena humedecida entre las manos,
cuando otra vez, aquí, de pensamiento,
me abandono en la dura solución de tus ingles
y dejo de escribir
para llamarte.

(Luís García Montero)

jueves, 10 de mayo de 2012

Crepúsculo

Tiene algo de sueño esta luz del crepúsculo cuando embadurna la tarde de misterio. Cuando las sombras, antes nítidas y refrescantes, se disuelven en recuerdo agradecido, cuando el mundo se contrae poco a poco hasta caber bajo el cono de una farola.

Pero algo de insomnio tiene esta luz, algo de resistencia a la noche. Y en esa lucha por no caer al horizonte, el sol despliega sus más hermosos colores sobre lo que antes no era más que paisaje sin alma.

También tiene algo de error consentido, algo de maquillaje, esta luz caprichosa que transforma las cosas y los colores. Esta luz que puede, como en un acto vandálico o milagroso, hacer que las flores de un mismo árbol no parezcan iguales.

Las estrellas, dicen, antes de morir en vano sobre el manto de un universo desperdiciado, es cuando más brillan, cuando más exaltan la parsimoniosa claridad de un acto tan único como inmenso.

Esta luz del crepúsculo, este amanecer de las otras estrellas anónimas, cuando la luna cobra sentido, tiene, definitivamente, algo de nostalgia.

Será por eso que, durante el crepúsculo, aquello que anda atrapado entre la salvación del recuerdo y la condena del olvido, luce más que nunca, con más ternura que siempre, con más esplendor que jamás.

Echarte de menos es esa luz con la que amaneces cuando mis ojos se hacen de noche, en un crepúsculo que dura duermevelas secretos, insomnios descosidos a letras y una canción que resuena mucho más allá de lo que dura, mucho menos de lo que pesa.





sábado, 28 de abril de 2012

¿Qué he hecho yo para no merecer esto?

Me despierto hambriento, después de no recordar lo que he soñado por la noche. Entonces, acecho al reloj escondido debajo de la almohada para no dejarlo saltar.

No hay café, no hay leche, no hay taza. Me levanto sin poder desayunar, sin poder tampoco hacer el desayuno, echando en falta el café que esperaba tomar. Pero no vendrá y no es extraño, es lo que siempre pasa.

El caso es que tengo la despensa llena, pero de telarañas. Nada puedo comer a media mañana, ni siquiera una cerveza para el aperitivo. Ni una tapa.

El frigorífico está completamente vacío. Ya no quedan en él ni siquiera palabras. Se me queda cerrado, herméticamente lejano, envuelto en el murmullo de un runrún doloroso, y nos da por discutir. Él se queja de que no lo abrí, yo de que no quiso abrirse, y a ninguno de los dos se nos ocurre volver a tirar del asa de la puerta.

A la hora de la comida, nada que llevarse a la boca. En la sobremesa, ni siquiera puedo comer noticias. Para la merienda, a veces unas migas. En la cena, toca acostarse sin postre, como un niño que ha sido malo y está castigado por sus padres.

En el congelador tengo un sinfín de cosas, una vida deseando calentarse y derretirse en otra piel. Tengo años de cosas envueltas y ordenadas por fechas, comidas hechas diario... Pero todas pican. Por más que se intenta colocarlas con alegría y poner en ellas algo propio, algo sincero... Todas pican o se estropean con el frío... y siempre se está a un tris de colocar lo que hayan cocinado otros o de no meter nada más.

No sé, quizás es que me puede el apetito, quizás me doblega la rabia del estómago vacío cuando sé que los otros cualquiera tienen libre acceso a la despensa y se les abre de par en par el frigorífico. Envidia, celos, gula, todo junto...

De tanto en tanto, cuando llega la noche y me acuesto hambriento y el hueco del estómago no me deja soñar ni me tranquiliza las mariposas, de tanto en tanto me pregunto que qué he hecho yo para no merecer esto.

Y sé que no he hecho nada, nada, que he hecho justamente todo lo contrario. Trasladarme de desierto, aceptar la limosna de los sueños imposibles, convertir migajas en manjares y empeñarme en ellos porque los horarios no dan para banquetes, transformar en síes las miradas atrás de quien sale huyendo... Tengo, en fin, hay que reconocerlo, lo que merezco.

Paso por delante de las tiendas, me gusta mirar escaparates, como a todo el mundo, y entiendo que lo que tengo que hacer para no merecer esto, es salir a comprar con una lista en la mano. Pero me resisto, no puedo, porque lo que quiero comprar, y ya he preguntado varias veces, no está en venta.

Aunque, lo peor, lo que verdaderamente me tiene jodido, es que, aunque sigo colocando en este congelador todo lo que me atrevo a decir de lo que siento, hay quien sólo ve cuchillos en mi apetito.

Y ya sabes que no soy malo, ¿qué otro daño puedo hacernos sino el de volver a merecer lo que ya tengo?





PASA EL LUNES...

Pasa el lunes y pasa el martes
y pasa el miércoles y el jueves y el viernes
y el sábado y el domingo,
y otra vez el lunes y el martes
y la gotera de los días sobre la cama donde se quiere
dormir,
la estúpida gota del tiempo cayendo sobre el corazón
aturdido,
la vida pasando como estas palabras.
lunes, martes, miércoles,
enero, febrero, diciembre, otro año, otro año, otra vida.
La vida yéndose sin sentido, entre la borrachera y la conciencia,
entre la lujuria y el remordimiento y el cansancio.

Encontrarse, de pronto, con las manos vacías,
con el corazón vacío,
con la memoria como una ventana hacia la obscuridad,
y preguntarse: ¿qué hice?, ¿qué fui?, ¿en donde estuve?
Sombra perdida entre las sombras,
¿cómo recuperarte, rehacerte, vida?

Nadie puede vivir de cara a la verdad
sin caer enfermo o dolerse hasta los huesos.
Porque la verdad es que somos débiles y miserables
y necesitamos amar, ampararnos, esperar, creer y
afirmar.
No podemos vivir a la intemperie
en el solo minuto que nos es dado.
¡Qué hermosa palabra "Dios", larga
y útil al miedo, salvadora!
Aprendemos a cerrar los labios del corazón
cuando quiera decirla,
y enseñémosle a vivir en su sangre,
a revolcarse en su sangre limitada.

No hay más que esta ternura que siento hacia ti,
engañado,
porque algún día vas a abrir los ojos
y mirarás tus ojos cerrados para siempre.
no hay más que esta ternura de mí mismo
que estoy abierto como un árbol,
plantado como un árbol, recorriéndolo todo.

He aquí la verdad: hacer las máscaras,
recitar las voces, elaborar los sueños,
Ponerse el rostro del enamorado,
la cara del que sufre,
la faz del que sonríe,
el día lunes, y el martes, y el mes de marzo
y el año de la solidaridad humana,
y comer a las horas lo mejor que se pueda,
y dormir y ayuntar,
y seguirse entrenando ocultamente para el evento final
del que no habrá testigos.

(Jaime Sabines)

lunes, 30 de enero de 2012

Ojos llenos de sosiego

Llegó mirando a ninguna parte, con los ojos llenos de sosiego, como buscando esconderse del paisaje. Puso sobre la mesilla de cristal, en riguroso orden alfabético, el cenicero blanco, las gafas para ver de lejos, las llaves de la casa y una taza de té con los bordes manchados de falta de sueño.

Ésta era la hora convenida, el momento del acuerdo con el mundo, el instante de reconciliación con la vida. Encendió un cigarrillo rubio, casi sin gana, como una liturgia aprendida que abría las puertas de un vaporoso edén. Dejando caer suavemente la espalda sobre la almohada, deshizo las horas tan deprisa como se desmorona la conciencia al primer contacto con otra piel desnuda.

Cruzó las piernas con la fatiga de un viandante que ha perdido el camino. Abrió el libro por la página señalada y lo cogió de un pellizco, con ternura, reteniendo en las manos el ímpetu aventurero de aquel pájaro de mil hojas que estaba a punto de volar.

Leyó mirando a ninguna parte, con los ojos llenos de sosiego, buscando perderse al otro lado. Leyó sin pasar ni una sola hoja, absorto, atascado en el mismo párrafo una y otra vez. Tres cigarros después, inmóviles en el cenicero, se hizo la noche y un escalofrío lo mandó de vuelta a ese mundo suyo de los que no se ahogan en una gota de sueño.

Se fue mirando a ninguna parte, con los ojos llenos de sosiego, como buscando esconderse de sí mismo y de los demás. Sólo dejó, recuerdo de su paso que encontrar a otro día, el silencio salpicando la luz de la mesilla y un cenicero redondo, blanco, estático, con tres impávidas y largas tiras de ceniza sin fumar.

Así es el fantasma que habita mis sueños. Esta noche, cuando vuelva mirando a ninguna parte, intentaré reunir valor y preguntarle el título de ese libro que no está leyendo. Si acierto a conocerlo y puedo contarle el final, tal vez no tenga razón para volver y así, cada uno a su modo, por fin, los dos descansemos.

Pero no me molesta su visita, es como si lo conociera desde siempre. Ni siquiera la columna de humo que emerge del cenicero como una serpiente amaestrada me causa ningún estorbo. Pero es que tengo el vago presentimiento de que el único hilo que todavía le ata a este mundo es su curiosidad. Su curiosidad y la mía por saber si es que allí, al final de la última página, tampoco conviene fumar en la cama durante el insomnio.





LA CÓLERA DE UN VIENTO

Dormir algunas veces cuesta mucho.
Lo digo por el whisky doble
y por los calcetines que preciso
y por cómo arrancaste mi foto de tu cuarto,
con aquella amargura en los labios crispados.
Desde entonces yo trato de imitarte:
pongo cara de cínica, troceo tu corbata,
y vuelvo indiferente la almohada.
Vano intento. Guardarte en un capítulo.
Como meter el mar en un pobre agujero.
Y aquí sigo en la playa, con mi pala, mi cubo...
tan sola ya, tan roto el uniforme...

(Ángeles Mora, La guerra de los treinta años, 1989)

martes, 13 de diciembre de 2011

Pobreza

La luz de la lámpara ensordecida
en aquella noche sin ventanas
o el tumulto de un roce.
Las palabras, que vuelven o se escapan,
de tantas veces como estuvieron dichas.

Las lágrimas y las risas, el cuarto
del incendio, la nieve que chorreaba
en la tarde blanquecina de marzo,
algunos besos llenos de frío,
el olor a carne recién amada
y el desencanto posterior.

La parte del color del trigo
que todavía tengo clavada,
las noches de insomnio, la soledad
que se va haciendo madrugada
para que todo siempre llegue tarde.

Unos cuantos litros respirados de aire
en las proximidades de los besos,
las manos que se buscan, los ojos
que traen un sueño y el sueño
que los cierra en la lejanía,
diversos números de teléfonos que comunican
y tu aroma a melancolía.

Todo lo que he sido, todo lo que soy,
está en eso que ya no es mío:
esa es mi gran pobreza,
el desahucio a que nos somete la vida.

Aunque más pobreza la de aquel que pueda
vivir sin necesitar algún olvido
que echarse a la memoria.




De la nostalgia

Recuerdo solamente que he olvidado el acento de las más amadas voces,
y que perdí para siempre el olor de las frutas de la infancia,
el sabor exacto del durazno,
el aleteo del aire frío entre los pinos,
el entusiasmo al descubrir una nuez que ha caído del nogal.
Sortilegios de otro día, que ahora son apenas letanía incolora,
vana convocatoria que no me trae el asombro de ver un colibrí entre mi cuarto,
como muchas madrugadas de mi infancia.
¿Cómo recuperar ciertas caricias y los más esenciales abrazos?
¿Cómo revivir la más cierta penumbra, iluminada apenas con la luz de los Beatles,
y cómo hacer que llueva la misma lluvia que veía caer a los trece años?
¿Cómo tornar al éxtasis de sol, a la luz ebria de mis siete años,
al sabor maduro de la mora,
a todo aquel territorio desconocido por la muerte,
a esa palpitante luz de la pureza,
a todo esto que soy yo y que ya no es mío?

(Darío Jaramillo Agudelo, Poemas de amor, 1986)

lunes, 10 de octubre de 2011

Doscientas, doscientos

Los números redondos tienen una atracción fatal sobre la imaginación y sobre la memoria. Obligan a mirar hacia atrás, a cerrar círculos, a revisar el itinerario recorrido e intentar adivinar a donde nos lleva.

Aquí empezó la vida como insomnio a mediados de diciembre de hace ya casi dos años. Comenzó para no perder la cabeza, porque el silencio no existe, para contar lo que aún no he contado.

Nació como un ejercicio de autohipnosis, como una terapia contra el más acá que siempre acecha. Y luego ha crecido y ha ido retorciéndose con el tiempo, con el paso de las circunstancias, con los cambios.

Quise pintar poesía y no supe, esculpir cuentos que se quedaron a medias, dibujar interiores y ampliarlos para que se vieran desde afuera. Decorar la vida es una obligación para todo ser humano, mentir es una necesidad biológica de la memoria, escribir es el escenario perfecto para congeniar la realidad y la ficción.

Doscientas pequeñas muertes, doscientos peldaños tiene ya esta escalera que nadie sabe si sube o baja, ni qué habrá más allá de las palabras que la sujetan, ni a donde van las cosas que se me quedaron sin decir.

Pero quiero dar las gracias a aquellas personas que me acompañan en el trayecto, que silenciosamente me observan caminar tropezando. Gracias a quiénes tienen el detalle de irse pero volver, cada cierto tiempo, a este trocito de viaje en el que también está mi vida expuesta en clave.

Gracias por leerme, por decepcionarse, por asombrarse, por aconsejarme, por discutirme, por desordenarme los renglones y por hacerme dudar de lo que siento, de lo que pienso y de lo que escribo.

Y muchas gracias al insomnio, muchas. El día que abandone, no será porque no duerma, como ahora y como siempre, sino porque habré dejado de soñar.






PEQUEÑAS MUERTES

Los sueños son pequeñas muertes
tramoyas anticipos simulacros de muerte
el despertar en cambio nos parece
una resurrección y por las dudas
olvidamos cuanto antes lo soñado

a pesar de sus fuegos sus cavernas
sus orgasmos sus glorias sus espantos
los sueños son pequeñas muertes
por eso cuando llega el despertar
y de inmediato el sueño se hace olvido
tal vez quiera decir que lo que ansiamos
es olvidar la muerte
apenas eso

(Mario Benedetti, "La vida, ese paréntesis", 1997)

ARTE POÉTICA

Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo,

ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Itaca
verde y humilde. El arte es esa Itaca
de verde eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.

(Jorge Luis Borges, El hacedor,1960)


DORMIR

¡Yo lo que tengo, amigo, es un profundo
deseo de dormir!... ¿Sabes?: el sueño
es un estado de divinidad.
El que duerme es un dios... Yo lo que tengo,
amigo, es gran deseo de dormir.

El sueño es en la vida el solo mundo
nuestro, pues la vigilia nos sumerge
en la ilusión común, en el océano
de la llamada «Realidad». Despiertos
vemos todos lo mismo:
vemos la tierra, el agua, el aire, el fuego,
las criaturas efímeras... Dormidos
cada uno está en su mundo,
en su exclusivo mundo:
hermético, cerrado a ajenos ojos,
a ajenas almas; cada mente hila
su propio ensueño (o su verdad: ¡quién sabe!)

Ni el ser más adorado
puede entrar con nosotros por la puerta
de nuestro sueño. Ni la esposa misma
que comparte tu lecho
y te oye dialogar con los fantasmas
que surcan por tu espíritu
mientras duermes, podría,
aun cuando lo ansiara,
traspasar los umbrales de ese mundo,
de tu mundo mirífico de sombras.
¡Oh, bienaventurados los que duermen!
Para ellos se extingue cada noche,
con todo su dolor el universo
que diariamente crea nuestro espíritu.
Al apagar su luz se apaga el cosmos.

El castigo mayor es la vigilia:
el insomnio es destierro
del mejor paraíso...

Nadie, ni el más feliz, restar querría
horas al sueño para ser dichoso.
Ni la mujer amada
vale lo que un dormir manso y sereno
en los brazos de Aquel que nos sugiere
santas inspiraciones. ..
«El día es de los hombres; mas la noche,
de los dioses», decían los antiguos.

No turbes, pues, mi paz con tus discursos,
amigo: mucho sabes;
pero mi sueño sabe más... ¡Aléjate!
No quiero gloria ni heredad ninguna:
yo lo que tengo, amigo, es un profundo
deseo de dormir...

(Amado Nervo, El estanque de los lotos, 1919)

sábado, 18 de septiembre de 2010

Noches irrompibles

Estoy buscando noches irrompibles, pero livianas al peso, para que puedan transportarse sin demasiado esfuerzo.


Todas las que encuentro se alteran enseguida: a las más cursis las pone melancólicas la luna y, las más perversas, se me ponen borrosas enseguida en cuanto se toman dos ginebras.


Quisiera una noche resistente a la memoria, que repela inmediatamente esos recuerdos agridulces que me agitan el insomnio. También tiene que ser invulnerable a las ausencias, espantadora de los fantasmas que arrastro.


Busco una noche de esperanza inquebrantable, que no le ataque el ácido de viejas palabras y que no se corrompa con sexo de plástico ni con basuras televisadas. Indestructible, pero sin que para ello tengamos que hacernos inoxidables.


Si se puede pintar de colores -no es que no me guste el negro, pero en mi vida ya hay mucho gris-, que no haya que darle capas de algún anticorrosivo. Mejor un pequeño barniz para que brille ella sola y no necesite mareas ni lunas.


En cualquier caso, busco una noche irrompible, al menos una. Y si la encuentro y ya tiene habitante o dueño, pues estoy dispuesto a llegar a cualquier acuerdo de realquiler.


Busco una noche invulnerable, porque todas las noches normales, todas las otras noches, el insomnio me las raya y el amanecer me las rompe.


SOLITARIO INVENCIBLE


Resbalando
Como canasta de amarguras
Con mucho silencio y mucha luz
Dormido de hielos
Te vas y vuelves a ti mismo
Te ríes de tu propio sueño
Pero suspiras poemas temblorosos
Y te convences de alguna esperanza


La ausencia el hambre de callar
De no emitir más tantas hipótesis
De cerrar las heridas habladoras
Te da una ansia especial
Como de nieve y fuego
Quieres volver los ojos a la vida
Tragarte el universo entero
Esos campos de estrellas
Se te van de la mano después de la catástrofe
Cuando el perfume de los claveles
Gira en torno de su eje


(Vicente Huidobro)

viernes, 27 de agosto de 2010

Tocata sin fuga

Allí estaba, siempre se le aparecía inmóvil. Pálida y quieta, como el fantasma de un cadáver que regresa al punto de partida para dejar constancia de haber existido.


Cuando se sentaba en el sofá, ella se sentaba a su lado, pero siempre inexpresiva, con la mirada perdida, lánguida. Si se ponía de pie y huía al patio, ella se dejaba ver por detrás del humo del cigarro que les separaba.


Entonces él emprendía una loca carrera, un juego desesperado para intentar despistarla. Se refugiaba en el dormitorio, cerraba las ventanas y atrancaba la puerta para no dejarle resquicio por el que entrar. Pero ella, quizás envuelta en alguna luz dormida que explotaba en la oscuridad, se reflejaba en el espejo y desde el espejo se dejaba mirar.


Él estaba agobiado por su presencia, así que decidió salir de allí a toda costa. Cogió el teléfono y marcó todos los números que le vinieron a la memoria, excepto quizás, el definitivo. Se aferro a los lugares y a las horas y se arregló para salir.


Ella apareció en el vaho de la ducha, en la baranda de la escalera, debajo de la sombrilla del patio. Sólo al cerrar la verja por fuera, con el coche arrancado, dejó de notar su presencia y se sintió aliviado.


Entre charla y tocata, entre copa y risa, no la vio, pudo respirar tranquilo y se relajó un poco. Cuando, de madrugada, disfrazado de alcohol, a esas horas en las que parece pronto cuaquier otra cosa que no sea regresar, volvió al coche y éste, a su vez, ocupó su puesto en el garaje.


Tapándose los ojos con esa neblina de la ginebra que se trajo puesta del bar y que no pudo quitarse con la ropa, se acostó en la cama desierta e intentó conciliar el sueño.


Pero notó de nuevo su presencia. Su soledad estaba ahí, esperando en la cómoda, pálida, inmóvil, secreta. Fantasmagórica y loca, se tumbó en la cama con él, aprovechando el parpadeo de desconsuelo que dio con el corazón y con los ojos.


Al lado de su soledad, no pudo evitar el insomnio. Su fuga fracasaba otra vez.

jueves, 26 de agosto de 2010

Denuncia por robo

¡Dichosa criatura!


La veía deambular a deshoras por la casa, a oscuras, confundiéndose con las sombras y dejando un leve rastro de impaciencia en el ambiente.


Se tumbaba en el sofá y se tapaba con la profundidad de la noche. Pero al rato de cerrar los ojos, los abría inmensamente, como dos lunas llenas heridas en el centro por un sueño redondo. Y entonces, la veía levantarse de nuevo como un martirio, con la angustia de un jersey de lana en mitad de agosto.


Iba a la cocina, pululaba como polilla en busca de la luz del frigorífico y se quedaba atrapada en ella mientras rebuscaba cualquier cosa, agua o un pensamiento fresco, que echarse a la boca. Volvía sobre sus pasos con el gesto inconsolable de quien no recuerda aquel lugar seguro en donde puso la felicidad que le sobraba.


Siempre se había llevado divinamente con la luna a fuerza de no verla más que en fotos. Y ahora, pobre, hay que ver como le retumba su claridad pálida entrando por la ventana. No puede soportarlo y huye descalza en una carrera en pos del helado. Y ve cómo se le escapa otra noche que no se acaba, doliéndole en las sienes pensar que también se le escapará la de mañana.


Y yo subía y me alejaba para no ser testigo, estremecido en otra carne, resuelto a encontrarle el remedio que nunca encontré para mí. Me apartaba la furia ajena con los dedos del teclado y me quedaba perplejo y enfadado.


Muy enfadado, con la rabieta de un niño grande y malcriado, enfadadísimo, indignado con la dichosa criatura. Ponte en mi lugar y verás que no es para menos: ¡me estaba quitando mi insomnio para quedarse con él!


No es justo. Si no recupera su sueño pronto, tendré que denunciar un robo y dejar que le caiga encima el peso de la ley.