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domingo, 9 de diciembre de 2012

Cuatrocientos golpes


Él era un profesional de cierto prestigio local, tenía don de gentes y un físico agradable, según diversas opiniones femeninas.

Un día resolvió dar el salto. Dejó mujer, hija, casa y empleo. Se fue a Madrid con una buena oferta de trabajo y decidido a convivir con su amante de toda la vida. Salió en todos los periódicos como noticia local y en todas las maledicencias, en portada.

Le he visto un año después, a lo lejos, tan a lo lejos como lo conocía... Y me han contado la resultante. Que su amante dejó de amarlo al tenerlo tan de cerca, que la buena oferta no era tan buena y que Madrid es demasiado Madrid para alguien de provincias. Que su hija no quiere ni verlo, pero que su ex está deseando que comparezca en el juicio. Y que vive en casa de sus padres porque el paro no da para un alquiler.

Los sueños no siempre se cumplen y, lo que se cumple, no siempre son sueños. Nadie puede decir, sinceramente, que está preparado para una experiencia parecida, porque es imposible levantar los pies del suelo sabiendo que va a romperse la cuerda.

El alma caritativa que corrió a relatarme el sucedido, quiso poner la guinda melodramática contándome, bajo secreto, una terrible confesión que le hizo el propio individuo: "Me he equivocado en todo y me queda toda la vida para pagarlo".

Mi interlocutor se quedó mirándome, como esperando algún comentario compasivo o perverso, otra puntilla para el árbol caído o una tirita para su lengua. O quien sabe si, al mismo tiempo, pretendía evaluar cuánto me afectaba el caso, indagando en la complicidad de mi respuesta.

Me acordé de la otra certeza, pero no se lo dije. En cambio, le expliqué que equivocarse en todo es tan difícil como acertar siempre. Esa es una irrefutable verdad de números.

Que la posibilidad de que la vida pueda ser peor que ahora, no hace que nos guste más la que tenemos, todo lo contrario, hace que nos sintamos todavía más atrapados y sin salida. Que si lo último que hay que perder es la esperanza, de lo primero que hay que deshacerse es de la resignación. Y que la vida es muy ancha, que le brotará por otro nudo una rama nueva.

Yo tampoco estoy preparado para eso, claro que no, nadie puede estarlo. Ni ha dejado de darme un miedo atroz el descalabro, pero ya no me paraliza. Lo que sí que estoy perdiendo del todo es la resignación. Y lo cuento sentado en el columpio, como el que estira los pies y los levanta del suelo para mecerse suavemente. O caer de boca en el charco que siempre hay debajo.

Quiero ver el mar, bañarme, embriagarme con sus olas y que me ponga horizontal el horizonte. Quiero ver el mar.

Aunque en cada abrazo salado que consiga darle todo el mundo me señale como a un desertor. Aunque sea ese mismo mar en el que me ahogue y me tenga guardados sus cuatrocientos golpes para dármelos uno a uno.



Vamos, ayúdame a mantener mis sueños en pie.
Por si noto que me faltas, quiero desencadenar el artificio y mantenerlo encendido para que quien trazó laberintos encuentre su salida.

Me llevo los deseos de año nuevo y ese ruido de agua hirviendo que me sigue sonando en el corazón.

Lo que ya no quiero es seguir vendiendo humo. Sino comprar cada día todas esas cosas que no me habían pasado nunca.


LA OTRA CERTEZA

Algunas veces,
el aire que impulso me deja sordo,
se arruga, se encoge, se frunce
hasta quedarse rancio.
Y no se apagan las velas cuando soplo.
Y aquel pastel, que parecía tan dulce,
lo mastico muy amargo.

Algunas veces,
la noche no empieza con caricias,
no rasga su velo con un susurro menor
y el rostro del amor
no se transfigura en orgasmo.

Es entonces
cuando más necesito un error.
Cuando más lo rebusco a fondo
con un ansia imposible,
urgido por la oquedad
que me crece en el pecho.

Y sólo me deja tranquilo —y solo—,
la necesaria, la imprescindible certeza
de haberme equivocado en algo.
Para ahuyentar la otra certeza,
la de esta nausea infinita
que me acusa, algunas veces,
de haberme equivocado en todo.

domingo, 17 de junio de 2012

La quinta quimio

Desde aquella noche de hace tanto tiempo, me trataste como a un amigo. Reímos y lloramos, por cartas, por sentimientos, por adolescentes. Cinco minutos que me cambiaron la vida.

Más tarde nos separaron los caminos distintos que cada uno buscó. Varios reencuentros, todos alegres. La vida que a cada uno lo manda a un sitio distinto, cada cinco minutos.

El último reencuentro fue hace seis meses en la consulta del especialista. Lo mío, ya sabes, la tensión, y lo tuyo, ya sabes, nada grave, que no dan con la tecla. Entraste hacia el diagnóstico, cinco minutos después del mío.

Cinco quimios después, no hemos podido despedirnos. La muerte es parte de la vida, pero cuando se altera el orden natural de las cosas y son los padres los que tienen que enterrar a los hijos, entonces la vida es una catástrofe que nadie entiende.

Nadie entiende, pero hay que defender la alegría. Y recordar aquella tarde, aquella guitarra, aquel abrazo y aquellas lágrimas brutas, orondas, repletas de despedida. Hay que defender la alegría porque la vida puede cambiarte en cinco minutos.

La vida cambia cada cinco minutos, Salva, aunque sólo sea para seguir lo mismo. A mí no me importan los herederos, ni los testamentos, ni saber si van a hacerme cenizas y a rociarme sobre una roca.

Yo sólo pido, cuando lleguen esos cinco minutos que me cambien la vida, pido tu suerte: la de poder agarrar con fuerza una mano que amar y que me ame. Y después, cerrar los ojos y que el río siga pasando por debajo del puente.

Creo en la muerte pero, aunque sé que me ronda detrás de cualquier esquina, no quiero dejar de creer en la vida. Por eso, entretanto, quiero hacer planes, cumplir sueños, estar contigo hasta en los cinco minutos últimos.

Deseo que la muerte tarde en llegar y que cuando llegue me encuentre completamente vivo.

Adiós, Salva. Qué no daría ahora por la memoria de un último abrazo que ya no podré darte.




ELEGÍA DEL RECUERDO IMPOSIBLE

Qué no daría yo por la memoria
de una calle de tierra con tapias bajas
y de un alto jinete llenando el alba
(largo y raído el poncho)
en uno de los días de la llanura,
en un día sin fecha.
Qué no daría yo por la memoria
de mi madre mirando la mañana
en la estancia de Santa Irene,
sin saber que su nombre iba a ser Borges.
Qué no daría yo por la memoria
de haber combatido en Cepeda
y de haber visto a Estanislao del Campo
saludando la primer bala
con la alegría del coraje.
Qué no daría yo por la memoria
de un portón de quinta secreta
que mi padre empujaba cada noche
antes de perderse en el sueño
y que empujó por última vez
el 14 de febrero del 38.
Qué no daría yo por la memoria
de las barcas de Hengist,
zarpando de la arena de Dinamarca
para debelar una isla
que aún no era Inglaterra.
Qué no daría yo por la memoria
(la tuve y la he perdido)
de una tela de oro de Turner,
vasta como la música.
Qué no daría yo por la memoria
de haber oído a Sócrates
que, en la tarde la cicuta,
examinó serenamente el problema
de la inmortalidad,
alternando los mitos y las razones
mientras la muerte azul iba subiendo
desde los pies ya fríos.
Qué no daría yo por la memoria
de que me hubieras dicho que me querías
y de no haber dormido hasta la aurora,
desgarrado y feliz.

(Jorge Luis Borges, La moneda de hierro, 1976)

martes, 15 de mayo de 2012

Devuélveme el color

Me devuelve la memoria aquellos rostros
como una instancia fuera de plazo. Con ese olor
a papel viejo, a tinta oxidada
por la intemperie de los días deshojados.

Todo me llega con un ocre que embadurna
los paisajes. Como en una vieja
película de Hitchcok,
la memoria colorea aquellos rostros en blanco y negro,
con una historia que ahora
parece ilimitada y que, en tanto que recordada,
no pudo ser la verdadera.

Tú y yo deformamos con texturas diferentes el pasado,
distintos tonos de esa misma melodía
que silbamos las noches de luna llena,
que suena tan irreconciliable en tus labios
que dudo si pudo ser alguna vez que estuvieran
paseándose largamente por entre los míos.

La memoria nunca devuelve intacto lo vivido,
lo plancha, lo limpia, lo desangra.
No estaría mal si también consiguiera
hacerme olvidar que éste que aquí se lamenta
de todos los finales repetidos, éste yo,
precisamente éste, que carga en la espalda
una maleta de lluvia desperdiciada,
no soy más que otro de sus errores favorecidos.

Pero tú, que lo viviste conmigo,
devuélveme el calor de aquellos sueños, tráeme una luz
que borre todas las sombras y una mano que me guie
a través de este túnel sobre el que empieza
a caer silenciosamente la claridad de lo perdido.

Y devuélveme el color, ese color
que tiene la vida vista desde tus ojos
cuando nos abrazamos un instante.

sábado, 12 de mayo de 2012

Sólo mis sueños crecen conmigo

En las fotografías que miro
de un tiempo que ha dejado de ser tiempo
para transformarse en una sensación,
puedo palpar la verdad de los kilos,
levantar acta de una historia de cabellos blancos
y deshacer el enigma de los sitios.

Parece que soy yo quien cambia,
pero lo cierto es que la vida cambia alrededor
envejeciendo las pieles que acaricio,
arrugando los labios que beso, deformando
el pozo de los pechos a los que me asomo,
destintando los cabellos en los que pierdo
estas manos que ya no reciben como entonces
la química del amor en los parques solitarios.

Sólo el insomnio permanece. La inconsciencia
se ha vuelto decrepitud y nostalgia,
los amigos son cada vez más tiernos
que su recuerdo.
No soy yo el que cambia, son ellos,
es la vida la que cambia a mi alrededor
como un torbellino que me arrastra
hacia el acto final sin testigos.

Todo mengua lentamente: el espíritu, la rabia,
la importancia de las cosas que se disuelve
en el paso de los días rutinarios.
La esperanza hace aguas, el tumulto se aclimata
a unas pocas tardes de abril
que me llegan en desbandada, como si huyeran
hacia adelante.

Me falta aire, el espacio se me agota. Sólo mis sueños
crecen conmigo cuando te metes en ellos
no sé bien por qué resquicio,
pero del resto del mundo todo me falta
-la memoria, el presente, el desconcierto-,
y todo me queda estrecho como un abrigo
heredado a destiempo.

Parece que soy yo quien cambia,
pero es la vida la que cambia a mi alrededor
apretándome sobre mí mismo.
Sólo mis sueños crecen conmigo,
supongo que porque ocupan
el lado de la cama en que no estás.



LA AUSENCIA

Cuando el amor se va,
parece que se inmensa.

¡Cómo le aumenta el alma
a la carne la pena!

Cuando se pone el sol
lo ahondan las estrellas.

(Juan Ramón Jiménez, Canción, 1936)

domingo, 15 de abril de 2012

Los pensamientos son nutritivos

Del mismo modo que en una alimentación equilibrada hay que comer de todo en su justa medida, las ideas que nos rondan la cabeza deben tener un equilibrio. La dieta debe ser variada, consumiendo preferentemente ideas frescas y de temporada.

La pirámide nutricional es una representación gráfica de la importancia que deben tener las diferentes clases de pensamientos en nuestra alimentación, según el tamaño relativo que ocupan en la pirámide.

De este modo, en la base, se incluyen los pensamientos positivos, que deben ser diarios y abundantes. Entre otros, a modo de ejemplo, los "yo puedo hacer esto", los "qué suerte que tengo" y la búsqueda de los aspectos que nos gustan de lo que estamos haciendo en cada momento, son fundamentales para una nutrición sana.

En un segundo nivel tenemos los pensamientos que nos aportan las proteínas de la interacción. Placeres cotidianos de conversaciones agradables, momentos que hay que dedicar a uno mismo, sólo o alrededor de los seres queridos, pensamientos amables con respecto a los que nos rodean o, simplemente, aquellos que resaltan los aspectos positivos de los acontecimientos que nos depara el día a día.

En el siguiente nivel están situadas los pensamientos lácteos y sus derivados. Reflexiones sobre la propia acción, descubrimiento de errores que susbsanar o de aciertos que repetir, recuerdos agradables que nos llegan en momentos de tranquilidad. También, aunque con menor frecuencia, podemos depurar problemas que los otros nos cuentan una vez pasados por el tamiz de nuestras propias circunstancias.

Y en el pico de la pirámide se encuentran los dulces, los sueños, la recreación de escenarios felices en los que estuvimos. La proyección de nuestros deseos, desde los más insignificantes y sencillos, hasta las grandes ideas sobre las que construir el futuro y tomar decisiones.

Los consejos que yo daría para una dieta equilibrada, son siete:

1. No tomar pensamientos carnales más de una vez al día, alternar con pollo o pavo. Es preferible incrementar los pensamientos sensuales. Evitar en lo posible frases hechas y tópicos. De retos, lo más aconsejable son de 2 a 3 semanales, en función de nuestro estado de ánimo.

2. Disminuir el consumo de pensamientos lácteos grasos y descremarlos a base de cocinarlos con un autoconcepto eminentemente positivo, pero no demasiado egocéntrico.

3. Utilizar las certidumbres con precaución, un máximo de tres veces por semana. No abusar de la misma, sino ir variando cíclicamente.

4. Los pensamientos superficiales y frescos, las primeras impresiones y las expresiones de afecto deben ser muy abundantes. El error que se comete comunmente es el de tomarlos solos y por eso pueden parecer poco alimenticios. Sin embargo, bien combinados con pensamientos profundos, con interacciones cotidianas o con resoluciones de problemas producen una agradable sensación de complicidad que proporciona un extra de energía sin sobrecargar el sistema.

5. No abusar de los dulces ni de los finales felices, ni de la ingenuidad de esperar que sean los pensamientos positivos de los otros quienes nos alimenten. No obstante, cabe decir que no es pernicioso, con la frecuencia adecuada, dejarse llevar por pensamientos sensuales y eróticos, que proporcionen ganas de vivir y alegría compartida. Lo que no es conveniente es sobrevalorar su aportación nutricional. Efectivamente, aportan mucha energía, pero energía que se gasta rápidamente.

6. La sal de las lágrimas, las especies que nos dan las pesadillas, los "si yo hubiera" o los pensamientos autocompasivos, son necesarios para una dieta saludable. Pero nunca deben tomarse como plato único. Se deben usar para proporcionar sabor con el que aderezar los otros pensamientos útiles. Sólo para eso. Si se abusa de ellos, puede que nos ocasionen subidas de tensión o tristeza acumulativa que puede acabar con cortar la circulación correcta del resto de los pensamientos que ingeramos.

7. Los pensamientos crudos y los fritos están totalmente desaconsejados. Un pequeño hervor, una cocción al vapor o una exposición al horno los hacen más digeribles y más sanos.

lunes, 30 de enero de 2012

Ojos llenos de sosiego

Llegó mirando a ninguna parte, con los ojos llenos de sosiego, como buscando esconderse del paisaje. Puso sobre la mesilla de cristal, en riguroso orden alfabético, el cenicero blanco, las gafas para ver de lejos, las llaves de la casa y una taza de té con los bordes manchados de falta de sueño.

Ésta era la hora convenida, el momento del acuerdo con el mundo, el instante de reconciliación con la vida. Encendió un cigarrillo rubio, casi sin gana, como una liturgia aprendida que abría las puertas de un vaporoso edén. Dejando caer suavemente la espalda sobre la almohada, deshizo las horas tan deprisa como se desmorona la conciencia al primer contacto con otra piel desnuda.

Cruzó las piernas con la fatiga de un viandante que ha perdido el camino. Abrió el libro por la página señalada y lo cogió de un pellizco, con ternura, reteniendo en las manos el ímpetu aventurero de aquel pájaro de mil hojas que estaba a punto de volar.

Leyó mirando a ninguna parte, con los ojos llenos de sosiego, buscando perderse al otro lado. Leyó sin pasar ni una sola hoja, absorto, atascado en el mismo párrafo una y otra vez. Tres cigarros después, inmóviles en el cenicero, se hizo la noche y un escalofrío lo mandó de vuelta a ese mundo suyo de los que no se ahogan en una gota de sueño.

Se fue mirando a ninguna parte, con los ojos llenos de sosiego, como buscando esconderse de sí mismo y de los demás. Sólo dejó, recuerdo de su paso que encontrar a otro día, el silencio salpicando la luz de la mesilla y un cenicero redondo, blanco, estático, con tres impávidas y largas tiras de ceniza sin fumar.

Así es el fantasma que habita mis sueños. Esta noche, cuando vuelva mirando a ninguna parte, intentaré reunir valor y preguntarle el título de ese libro que no está leyendo. Si acierto a conocerlo y puedo contarle el final, tal vez no tenga razón para volver y así, cada uno a su modo, por fin, los dos descansemos.

Pero no me molesta su visita, es como si lo conociera desde siempre. Ni siquiera la columna de humo que emerge del cenicero como una serpiente amaestrada me causa ningún estorbo. Pero es que tengo el vago presentimiento de que el único hilo que todavía le ata a este mundo es su curiosidad. Su curiosidad y la mía por saber si es que allí, al final de la última página, tampoco conviene fumar en la cama durante el insomnio.





LA CÓLERA DE UN VIENTO

Dormir algunas veces cuesta mucho.
Lo digo por el whisky doble
y por los calcetines que preciso
y por cómo arrancaste mi foto de tu cuarto,
con aquella amargura en los labios crispados.
Desde entonces yo trato de imitarte:
pongo cara de cínica, troceo tu corbata,
y vuelvo indiferente la almohada.
Vano intento. Guardarte en un capítulo.
Como meter el mar en un pobre agujero.
Y aquí sigo en la playa, con mi pala, mi cubo...
tan sola ya, tan roto el uniforme...

(Ángeles Mora, La guerra de los treinta años, 1989)