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martes, 13 de diciembre de 2011

Pobreza

La luz de la lámpara ensordecida
en aquella noche sin ventanas
o el tumulto de un roce.
Las palabras, que vuelven o se escapan,
de tantas veces como estuvieron dichas.

Las lágrimas y las risas, el cuarto
del incendio, la nieve que chorreaba
en la tarde blanquecina de marzo,
algunos besos llenos de frío,
el olor a carne recién amada
y el desencanto posterior.

La parte del color del trigo
que todavía tengo clavada,
las noches de insomnio, la soledad
que se va haciendo madrugada
para que todo siempre llegue tarde.

Unos cuantos litros respirados de aire
en las proximidades de los besos,
las manos que se buscan, los ojos
que traen un sueño y el sueño
que los cierra en la lejanía,
diversos números de teléfonos que comunican
y tu aroma a melancolía.

Todo lo que he sido, todo lo que soy,
está en eso que ya no es mío:
esa es mi gran pobreza,
el desahucio a que nos somete la vida.

Aunque más pobreza la de aquel que pueda
vivir sin necesitar algún olvido
que echarse a la memoria.




De la nostalgia

Recuerdo solamente que he olvidado el acento de las más amadas voces,
y que perdí para siempre el olor de las frutas de la infancia,
el sabor exacto del durazno,
el aleteo del aire frío entre los pinos,
el entusiasmo al descubrir una nuez que ha caído del nogal.
Sortilegios de otro día, que ahora son apenas letanía incolora,
vana convocatoria que no me trae el asombro de ver un colibrí entre mi cuarto,
como muchas madrugadas de mi infancia.
¿Cómo recuperar ciertas caricias y los más esenciales abrazos?
¿Cómo revivir la más cierta penumbra, iluminada apenas con la luz de los Beatles,
y cómo hacer que llueva la misma lluvia que veía caer a los trece años?
¿Cómo tornar al éxtasis de sol, a la luz ebria de mis siete años,
al sabor maduro de la mora,
a todo aquel territorio desconocido por la muerte,
a esa palpitante luz de la pureza,
a todo esto que soy yo y que ya no es mío?

(Darío Jaramillo Agudelo, Poemas de amor, 1986)

miércoles, 31 de agosto de 2011

Rutinas

La vida se resume en costumbres, en una retahíla de rutinas. Del tiempo que transcurre, pasamos la mayor parte enfrascados en labores repetitivas, periódicas, que hacemos sin recordar cuando aprendimos y sin plantearnos si se puede prescindir de ellas o hacerlas de otro modo.

Te levantas a la misma hora de todos los días, te duchas como todos los días, desayunas lo de siempre, coges el coche o la escoba, vas a las mismas tiendas a comprar las mismas cosas... Saludas a los de siempre, que te reciben como siempre.

Llamas o te llaman los mismos números, tomas alimentos idénticos a los que siempre comes, te echas una siesta repetida o lees la misma novela con títulos diferentes, ves la misma cadena en la tele, los mismos programas...

Escuchas las mismas músicas, los mismos ruidos de la calle. Ves a las mismas personas que ves siempre y te comportas como siempre con ellas. Y así hasta que te acuestas y duermes o no, como siempre.

La vida se resume en costumbres y los hombres nos resumimos en manías. Podría ser menos áspero y, en lugar de manías, decir que son preferencias, gustos, afinidades... Y puede que así comiencen, pero acaban siendo manías que se instalan y a las que es muy difícil expulsar.

Dejas los zapatos en el mismo sitio, eliges no mezclar el tomate con la lechuga, dejas para el final lo que menos te gusta o lo pones al principio.

Te levantas y miras a la ventana. Bajas y miras a la ventana. Comes y miras a la ventana. Fumas y miras a la ventana... Preferencias que se vuelven manías cuando, obviando el hecho de que no verás nada desde la ventana, siempre que subes las escaleras, miras...

Costumbres y manías que estoy intentando cambiar poco a poco, como a mi me gusta que ocurran las cosas, pero que se me resisten y se me quedan pegadas en los relojes y, sobre todo, en los dedos. Costumbres, rutinas, que pierden el sentido y se convierten en obligaciones y manías a las que uno es adicto.

Cuesta mucho esfuerzo este cambiar poco a poco el escenario de una vida que se deshace en rutinas y en adicciones. Demasiado esfuerzo para tan poco éxito en el cambio, para tanta lentitud de los resultados...

Algunos días me levanto con ganas de volverme a acostar. Y, sin embargo, las rutinas atacan, las manías invaden... y hay días que son idénticos a las nubes que se forman en mi cabeza.

Un día de estos, al levantarme, me acostaré.