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lunes, 10 de diciembre de 2012

La última palabra

Vivimos rodeados de despedidas. Despedidas simples, pequeñas, imperceptibles.

Decimos la última palabra sin darnos cuenta de que lo es, como un ejercicio cotidiano de indiferencia. Decimos la última palabra en cada encuentro fugaz, confundiéndola a veces con la primera.

Decimos adiós sin saberlo. Vaciamos estantes y cajones llenos de recuerdos y los embolsamos en el olvido de la basura. Pintamos las paredes, removemos los muebles y nos deshacemos de aquellos enseres que una vez nos llegaron como tesoros.

Nos despedimos del pasado incómodo, alegando falta de espacio. De todo aquello que denuncia que ya no somos los mismos. De la ropa que ya no nos queda, de los mapas que anduvimos en vacaciones, de las entradas del concierto en donde nos vimos la primera vez…

Los demás se despiden también, dan pasos largos, se encuentran en los susurros y asoman el corazón un ratito, sin que se les note mucho. Entonces, no sé si con un pellizco de tristeza o con un gramo de miedo, te entregan su herencia de papeles de colores para creer, de este modo, que no se rompen del todo los lazos con el ayer y que los dejan en buenas manos.

A pesar de la inercia de lo leve, del espejismo del propio yo y de la infidelidad de la memoria, la vida está llena de despedidas cobardes y tristes. Y de despedidas alegres, valientes e imposibles. De adioses consentidos y de separaciones inconscientes…

Cuando me sonreíste pasando de largo y me quedé perdido entre unos renglones aparcados en doble fila, supe que ya no me quedaban más gotas de suerte. Por eso me empeño tanto en esta última palabra que escribo para verte.




Me llevo tu mundo fosforescente, ese que tus ojos entornados siempre me enseñan. Ese mundo tan grande y tan a ras de tierra que, en esta última maleta, ya no me cabe nada más.


jueves, 6 de septiembre de 2012

Inflexión

De todos los allí segados por el tiempo
en los que alguna vez estuve,
ahora ya estoy al otro lado.

Los miro despacio, ausente,
desafiando el salto,
acusando el vacío agudo y pequeño,
el vértigo, este remolino
de haber vivido tan solo
aquello que consigo revivir.

Como el niño sacado a punta de reloj
de la tarde de juego en el parque
que ve, durante un instante,
a través de la ventana,
el pulular de otros niños
que siguen jugando como si él
no hubiera estado nunca,
entiendo lánguidamente
que recordar es hacer recuento
de todo lo que se ha perdido sin remisión.

Soy lo que se me ha ido,
la imprecisa retahíla
de eso que recuerdo que fui
-y que es mentira-.
Pero si pudiera tocarlo nuevamente
y quedar impune, y salir indemne,
tal vez, entonces,
este mismo hombre que se lamenta en verso
podría dejar de ser lo que recuerda
y empezar a ser lo que le espera.




CRISTALES EMPAÑADOS

Se fue, no tan despacio que no hubiera
un desajuste tenue en la calima
del asfalto, y su falda
parecía más triste en el andar y hubo
como una duda, o tal vez no, y la acera
se fue estrechando al alejarse y, luego,
pareció, quizás fuera
su delgadez, sus hombros, que no iba,
que volvía a la infancia, y en la calle
apenas cabía el sol y mi mirada
y una música urbana que, tan joven,
surgió de un bar con soledad y miedo.
¿Te veías tú, acaso, dime, como
si te pudieras ver, de espaldas, sola,
pegada a la pared, andando, yéndote?

Me fui. Recuerdo que el vacío
aquél era ya parte
de mí. Porque me estuve yendo
todo el tiempo que, arriba, la buhardilla,
cama deshecha, sábanas con restos
de calor, vasos, deja
ya de fumar, me estuve
dejando ir en no querer ser pasto
de ciudad, y las calles
y el ruido estaba en mí y tus ojos, habla,
¿por qué te vas?, estaban
alrededor de mí; ser pasto
de ventanas cerradas, un quejido
o una sirena a media noche, esquinas
donde comprar la nada, el estallido
de la nada, acompáñame, me estuve
yendo de mí todo aquel tiempo tan hermoso.

Se fue y era de noche
en torno a su cintura y sus vaqueros
gastados. La bufanda, con su historia
ella también, entretejida, daba
una vuelta a la tibia
cadencia de su cuello y la seguía
a través de la lluvia y algún perro
y la insolente luz de los semáforos
poniendo en orden el desierto y, lejos,
la otra oscuridad, la que está hecha
de violencia y portales y mugrientas
escaleras.

Me fui de tanta prisa
por conocer, de tanto estar contigo,
de tanta juventud, frío empañando
los cristales, de tanto amor, la estufa,
libros y discos en desorden, altas
madrugadas del beso, tus preguntas,
café para el cansancio, las paredes,
tu pelo, el desconcierto de estar vivo.

Toda esta vida me sostiene ahora.
Todo este tiempo aquél que es lo que tengo,
lo único que tengo. Tanto irse,
tanto perder, tal desapego,
tanta sinceridad, tan armoniosa
desventura, tan sabio desvarío,
tal desesperación, tanta belleza.

(Rafael Guillén)

martes, 15 de mayo de 2012

Devuélveme el color

Me devuelve la memoria aquellos rostros
como una instancia fuera de plazo. Con ese olor
a papel viejo, a tinta oxidada
por la intemperie de los días deshojados.

Todo me llega con un ocre que embadurna
los paisajes. Como en una vieja
película de Hitchcok,
la memoria colorea aquellos rostros en blanco y negro,
con una historia que ahora
parece ilimitada y que, en tanto que recordada,
no pudo ser la verdadera.

Tú y yo deformamos con texturas diferentes el pasado,
distintos tonos de esa misma melodía
que silbamos las noches de luna llena,
que suena tan irreconciliable en tus labios
que dudo si pudo ser alguna vez que estuvieran
paseándose largamente por entre los míos.

La memoria nunca devuelve intacto lo vivido,
lo plancha, lo limpia, lo desangra.
No estaría mal si también consiguiera
hacerme olvidar que éste que aquí se lamenta
de todos los finales repetidos, éste yo,
precisamente éste, que carga en la espalda
una maleta de lluvia desperdiciada,
no soy más que otro de sus errores favorecidos.

Pero tú, que lo viviste conmigo,
devuélveme el calor de aquellos sueños, tráeme una luz
que borre todas las sombras y una mano que me guie
a través de este túnel sobre el que empieza
a caer silenciosamente la claridad de lo perdido.

Y devuélveme el color, ese color
que tiene la vida vista desde tus ojos
cuando nos abrazamos un instante.

jueves, 10 de mayo de 2012

Crepúsculo

Tiene algo de sueño esta luz del crepúsculo cuando embadurna la tarde de misterio. Cuando las sombras, antes nítidas y refrescantes, se disuelven en recuerdo agradecido, cuando el mundo se contrae poco a poco hasta caber bajo el cono de una farola.

Pero algo de insomnio tiene esta luz, algo de resistencia a la noche. Y en esa lucha por no caer al horizonte, el sol despliega sus más hermosos colores sobre lo que antes no era más que paisaje sin alma.

También tiene algo de error consentido, algo de maquillaje, esta luz caprichosa que transforma las cosas y los colores. Esta luz que puede, como en un acto vandálico o milagroso, hacer que las flores de un mismo árbol no parezcan iguales.

Las estrellas, dicen, antes de morir en vano sobre el manto de un universo desperdiciado, es cuando más brillan, cuando más exaltan la parsimoniosa claridad de un acto tan único como inmenso.

Esta luz del crepúsculo, este amanecer de las otras estrellas anónimas, cuando la luna cobra sentido, tiene, definitivamente, algo de nostalgia.

Será por eso que, durante el crepúsculo, aquello que anda atrapado entre la salvación del recuerdo y la condena del olvido, luce más que nunca, con más ternura que siempre, con más esplendor que jamás.

Echarte de menos es esa luz con la que amaneces cuando mis ojos se hacen de noche, en un crepúsculo que dura duermevelas secretos, insomnios descosidos a letras y una canción que resuena mucho más allá de lo que dura, mucho menos de lo que pesa.





domingo, 8 de abril de 2012

Retroceder la vista

Por rotura, por mi mala cabeza, por no poner las cosas en su sitio y dar vueltas con ellas en donde no deben estar, he tenido que retroceder la vista unos años.

Reconozco esta época, al dedillo, pero me siento raro. No me parezco al que sale en las fotos que engulleron los álbumes del polvo. Todos estaban más jóvenes, excepto yo mismo que ni me veo, todo estaba más joven. Incluso los problemas eran más sencillos o, tal vez suceda que, después de resuelta, la vida parezca menos grave y sus granos de arena hayan dejado de ser aquellas montañas del horizonte.

Aun reconociendo, me cuesta volver. Las tardes aquellas de carretera, el otro duermevela, la misma desolación, pero más chiquitita, sin expandirse. Otra esperanza, supongo; esa no la distingo de la nueva, al menos, en lo que son los entresijos de la emoción contenida. Otra espera, sí, pero es que ahora sé que todas las esperas son la misma.

En aquel tiempo, no hubiera nunca esperado ser este yo que soy ahora. Creo que me he sorprendido a mí mismo. Nadie, ni siquiera yo, hubiera pensado que me iban a ocurrir los cambios que ahora me parecen tan lógicos, tan naturales, tan correlativos.

Espero arreglar pronto el desaguisado porque, si bien no me siento extraño en este lapso antiguo, estoy deseando volver a mi tiempo, a los dilemas que tenía entre manos, a la cotidianidad de mi otra vida que empieza.

Además y, sobre todo, espero volver pronto al presente porque con mis gafas de retroceder la vista no consigo verte por ninguna parte. Y, la verdad, tengo muchas ganas de  mirarme en tus ojos de ahora, una vez más.

Los objetos nos acompañan en el viaje y marcan los hitos de una travesía que es conveniente revisar para saber de dónde se viene y hacia dónde se va. Nos acompañan, es inevitable, pero tampoco puedo evitar la sensación de rabia que me produce saber que esos viejos objetos recuerdo, posiblemente, me sobrevivan cuando ya no quede ninguna memoria que les derrame viejas, agridulces, lágrimas imposibles.

A golpe de olvido vamos construyendo el pasado y retroceder la vista es irse mintiendo, cambiar a sepia el color de la vida pasada. Pero como dice la canción, todo tiempo pasado es peor y no hay peor tiempo perdido que el perdido en añorar.


VALOR DEL PASADO

Hay algo de inexacto en los recuerdos:
una línea difusa que es de sombra,
de error favorecido.
Y si la vida
en algo está cifrada,
es en esos recuerdos
precisamente desvaídos,
quizás remodelados por el tiempo
con un arte que implica ficción, pues verdadera
no puede ser la vida recordada.

Y sin embargo
a ese engaño debemos lo que al fin
será la vida cierta, y a ese engaño
debemos ya lo mismo que a la vida.

(Felipe Benítez Reyes, Sombras particulares, 1992)


jueves, 5 de abril de 2012

Buenos días

Buenos días, sólo eso.

Tal vez abril sea para vivir y no para tenerle miedo, si es que son cosas distintas.

La vida puede transcurrir sin que aparezca eso que tanto esperamos, puede agotarse sin encontrar aquello que le dé sentido a este remolino de idas y vueltas, a este descontrol de vaivenes y tumultos que hace latir desacompasados corazones, pulmones y cabezas.

Sin que aparezca pero, en tanto lo esperamos, mientras encontramos un brillo que nos distinga los ojos, hay que atender los asuntos cotidianos, la breve historia de aquel recibo, el dilema del paraguas y si toca pescado para la cena.

Cada mañana, la vida nace pequeña y las pequeñas cosas se confabulan para aparcar el caos en doble fila y dejar que algún hilo de luz se hilvane en los sueños. La vida nace pequeña y nosotros nos hacemos pequeños con ella deshaciéndola en pequeños actos de amor imposible, actos inexactos de emoción aprendida, tan arbitrarios como el idioma en que los pronunciamos.

El patio necesita unas horas de cocción, los platos de anoche piden a gritos un planchado. Habrá que hacer la cama de uno como si hubiesen dormido dos. Encontrar las palabras para felicitar a quien corresponda y entregar regalos, buscar tiempo para esperar llamadas o hacerlas, saltar hacia la luz para salir del agujero y estirarse un poco antes de caer en el próximo.

Si son cosas diferentes, abril es para vivir y no para tenerle miedo. Y para olvidar un poco, soñar mucho, embeberse en las rutinas y salir de ellas de tanto en tanto.

Buenos días, vida. Sólo eso.



miércoles, 4 de abril de 2012

Miedo de abril

Ahora sé que nunca hubo marcha atrás, yo sólo sé huir hacia adelante.

Confieso que los dedos se me han manchado de esa cierta tristeza de las firmas. Con la lluvia de decorado, con la música de fondo de una mentira que cae por su propio peso, apenas cuatro palabras y dos besos tímidos y desangelados.

La liturgia del desarraigo sucede cuando el mundo cabizbajo se parte en autobuses diferentes. Empiezan otros viajes, otras mentiras, otra soledad más intensa. Afuera llueve y llueve por dentro.

Todo sucede siempre en abril, ese es el punto de partida de la melancolía que irá formando escamas en la piel hasta que el olvido consiga ganar la batalla que ya se da por perdida.

Nunca hubo marcha atrás, sólo se puede huir hacia adelante. Y ahora, me toca correr despavorido hacia el porvenir.

Tengo un miedo nostálgico de las lágrimas, porque nunca supe llorar a tiempo. Tengo un miedo ausente de la amargura de los desayunos de los ojos pegados, porque sé que el tiempo no lo cura todo. Tengo un enorme miedo silencioso de no haber aprendido y repetir.

Y noto que me va penetrando hasta los huesos un agrio, turbio y viscoso miedo de abril.


INVENTARIO DE URGENCIA PARA SEGUIR ADELANTE

A veces, el pasado fue sólo aquel momento
en el que se confunden
amor y muerte, soledad y dicha.

Y porque entre unos brazos
al menos un instante me he sentido feliz,
procuro compartir este camino
hacia bellos sucesos como aquél
en que la luz fue nuestra.

Por eso me alimenta la esperanza.

Por eso llevo,
tatuada en el ansia de vivir,
como una hermosa referencia,
la cicatriz distinta de su cuerpo.

(Javier Egea, Paseo de los Tristes, 1982)

domingo, 1 de abril de 2012

La anchura del corazón

La anchura del corazón no se mide en centímetros, sino en ausencias.

No está más alto el que menos suplica, ni mejor amueblada la cabeza que menos se ofusca, ni es más indiferente la piel que menos caricias necesita.

Tampoco se mide el amor en las horas que se tarda en responder una pregunta o una llamada perdida. Ni en el número de veces que una palabra consabida se persigue a sí misma en medio de un párrafo sentimental.

En la escena del sofá los corazones no miden su altura, sino la distancia que los separa. En las lágrimas con las que alguien dice que se va, en la música viscosa con que se escucha un adiós, sólo se mide la voluntad.

Las veces que se pronuncian los "te quiero", la aspereza de los "me da igual", el escozor de los "ya veremos", no sirven tampoco para la medir la altura de una vida que tenemos a distancia de abrazo o de desdén.

Sólo hay algunas formas de temblar que dan la dimensión exacta de un sueño, sólo algunas maneras de cerrar los ojos descubren los dobleces del pasado y consiguen estirarlos en toda su amplitud.

Medirse es inevitable, el modo de saber lo que se quiere y cómo se esperan las palabras que tanto cuesta pronunciar. Y aunque ya hace tiempo que le perdí el miedo a no estar a la altura de la vida, no quiero, de ninguna manera, vivir con un corazón más estrecho que el tuyo.

Te lo digo por si te pareciera verme temblar. Piensa que quizás no sea de frío, sino del miedo que me da que llegue el día en que mi corazón adelgace, se quede en los huesos y mi ausencia te pase desapercibida, como una sombra, como un leve recuerdo que se apaga.


OTRO ROMANTICISMO

"...las aguas del olvido "
Garcilaso

"Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!"
César Vallejo

Te escribo nuevamente desde una tarde helada
de esas en que nos puede el sentimiento
y la obsesión -ese pingajo de la soledad-
te derriba, te ocupa, sienta plaza en tu cuerpo
y, lo más peligroso, te alumbra, te interroga.

Y ves que los renglones se estrechan,
las letras se amontonan
y comprendes el hueco imposible,
el espacio que nunca compartimos
y este bello recurso de contarte la vida
poblando de historia y de sueños
las hojas tibias del dolor
que tanto me recuerdan tus muslos o tu espalda.
Por ellos navegué durante tanto tiempo,
en ellos aprendí tantas cosas extrañas,
tanto golpe de mar,
que parece imposible olvidarte así, de pronto,
como quien tira la luz por la ventana,
como quien se despuebla de golpe de esperanza.

¿Quién puede responder sin ningún truco
a las preguntas viejas, enquistadas,
hechas parte de ti?

¿Quién cruzará de un salto las aguas del olvido
sin sentir cómo quema en la carne la sorpresa de un día,
las sábanas de un día, los cuerpos ofreciéndose,
las ojeras del gozo al amanecer?

¿No volverá el amor ,
aquel juego con náufragos y cofres,
a sorprendernos con su mano abierta,
a dejar en la playa de un hombro
como alga de plata que reposa
la saliva brillante del deseo?

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!

Por eso he de decirte -aunque sea por escrito-
f que está la casa abierta para ti,
que te esperan los libros, el té, mi soledad,
las dudas de las tardes de domingo,
la pequeña verdad
que no se tiene en pie sin tus palabras.

No es posible saber cuando todo enmudece
y la vida se ha vuelto una sórdida esquina
si nos falló el presentimiento
o será que el mercado nos fue tragando
con sus comadres y su algarabía,
que no supimos vernos ni hablarnos
entre anuncios de sopas luminosas,
promesas y altavoces
pregonando los últimos saldos
de la felicidad.

Será que llevaremos inevitablemente
un lenguaje podrido que amarga el paladar
y te pone a escupir en mitad de la urgencia
cuando toda la historia apenas si consiste
en decirnos que sí, que nos amamos.

Y los golpes, tan fuertes, las aguas del olvido,
tan hondas... Yo no sé!

Hay cosas en la vida
que sólo se resuelven junto a un cuerpo que ama.

Y cartas que se escriben
cuando la prisa clava su aguijón
y te deja colgando del alero
y te da por pensar
que es posible que no nos conociéramos
aunque fuimos viviendo el mismo frío,
la misma explotación,
el mismo compromiso de seguir adelante
a pesar del dolor.

(Javier Egea, Paseo de los Tristes, 1982)

lunes, 12 de marzo de 2012

Lista

Sin detalles: suavidad, rojo, penumbra, melodía, amor.

Después se van ensamblando los fotogramas poco a poco. Cinco palabras los traen engarzados, empaquetados para traslado. Al fin y al cabo, escribir siempre es una mudanza.

En cada mudanza algo se altera, la atmósfera se transforma en vida embellecida cuando depositamos en la nueva estancia la lista de las cosas que no se pueden olvidar: amor, suavidad, rojo, penumbra, melodía.

Quizá sea el recuerdo aquello que más se disfruta cuando, con las paredes ya limpias, volvemos a colocarlo en su sitio: melodía, amor, suavidad, rojo, penumbra.

Pero yo prefiero los detalles, los otros, los que pone la imaginación por encima de la memoria, cuando la penumbra se hace melodía, como si el amor contuviese una música suave que va tiñendo de rojo los bordes.

Quizás fuera rojo el principio de la penumbra, quizás cada melodía es un amor que avanza hacia la suavidad. Quizás no sólo cuente el conjunto, quizás la realidad siempre se nos desmenuza en palabras que el olvido congela en una lista.

Pero dentro del corazón, la vida se nos queda con todo detalle: suavidad, rojo, penumbra, melodía, amor.

Y mucho. Como tú dijiste.



Posees el gozo de su risa
pero debes saber que partirá.
Te inunda su alegría
te ilumina su rotunda carcajada
con una luz muy dulce,
pero no ignores que se irá.
Ella fluye,
ella es un líquido que detesta estancarse
ella es un pájaro que anida y emigra,
ella se irá.
Ella se irá y te dejará una marca de amor
que solamente curarás con su regreso efímero.
Entonces la verás de paso
y será como tropezar con el sol de la mañana
descubrir de nuevo su alegría,
nadar en ella
plácido
hasta un próximo encuentro inesperado.

(Darío Jaramillo Agudelo, Libros de poemas, 2001)

domingo, 1 de enero de 2012

Deseos de año nuevo

Porque llegó el tiempo de cambiar el pájaro en mano por los ciento volando, he pedido once veces al año nuevo que me enseñe a volar.

Que sé que tendré que caer si me dedico a sentir la brisa en el rostro, a comer uvas entre desconocidos, a contar los pasos que doy en círculos.

Que sé que tendré que caer si es que al final vuelo, pues el hombre está hecho para el ras del suelo y no para mirar las nubes, ni siquiera las de su cabeza.

Pero quiero notar el vértigo, el calor y el frío, la lucha de los cuerpos que enciende las noches, las alas rotas que sobresalen de los abrigos y mirar al horizonte desde mucho más arriba que lo que puede esta torpe criatura que siempre soy.

Once deseos imposibles, once deseos de aprender a volar, once deseos de que vueles conmigo. Y once veces he pedido que, si tengo que caer tarde o temprano, que sea desde lo más alto, sin miedo, que me parta los huesos con la sonrisa de las lágrimas de haber tocado el cielo con mis manos.

Aviones, helicópteros, globos, subir al mástil, a la torre Eiffel, al piso cuarenta y siete de mi vida, hacer parapente desde la sierra, montarme en un telecabina, asomarme al balcón de tu escote, mirar al precipicio de tus ojos y subirme a tu piel.

Y el deseo doce, siempre es el mismo todos los años. He vuelto a pedirle como último deseo a este 2012 que se me olviden los otros once. Ya sabes, por si acaso.




DON DEL VUELO

Y ahora que desperté sin calendario
a las puertas de un cielo terrenal
qué vas a hacer conmigo si no atiendo a razones,
si me entregué sin más a la algarada
de esta felicidad sin qué ni fundamento,
si el saludo se me vuelve pájaro en la mano
y los ciento volando
hacen cola para posarse en mi ventana,
si me declaro en fuga
tras la eléctrica chispa que aguarda en el instante,
si hablo como quien canta
en las crines del pulso secreto de las olas,
amenazo arrastrarte en un alud de espuma
y mis dedos te cercan, antorchas navegantes,
y se te caen las hojas amarillas,
y al contacto tu piel prende en mi abrazo,
qué vas a hacer conmigo sino entregarte entera,
desarraigarte toda
hasta que a las raíces les brote el don del vuelo,
levar anclas, surcar la ingravidez
preñada de centellas, con las manos
tendidas al encuentro, ven conmigo,
con rumor de campanas sobrevolemos los jardines,
ha llegado la hora, vamos, ven
a conocer la risa de los ángeles.

(Eduardo García, La vida nueva, 2008)

martes, 13 de diciembre de 2011

Pobreza

La luz de la lámpara ensordecida
en aquella noche sin ventanas
o el tumulto de un roce.
Las palabras, que vuelven o se escapan,
de tantas veces como estuvieron dichas.

Las lágrimas y las risas, el cuarto
del incendio, la nieve que chorreaba
en la tarde blanquecina de marzo,
algunos besos llenos de frío,
el olor a carne recién amada
y el desencanto posterior.

La parte del color del trigo
que todavía tengo clavada,
las noches de insomnio, la soledad
que se va haciendo madrugada
para que todo siempre llegue tarde.

Unos cuantos litros respirados de aire
en las proximidades de los besos,
las manos que se buscan, los ojos
que traen un sueño y el sueño
que los cierra en la lejanía,
diversos números de teléfonos que comunican
y tu aroma a melancolía.

Todo lo que he sido, todo lo que soy,
está en eso que ya no es mío:
esa es mi gran pobreza,
el desahucio a que nos somete la vida.

Aunque más pobreza la de aquel que pueda
vivir sin necesitar algún olvido
que echarse a la memoria.




De la nostalgia

Recuerdo solamente que he olvidado el acento de las más amadas voces,
y que perdí para siempre el olor de las frutas de la infancia,
el sabor exacto del durazno,
el aleteo del aire frío entre los pinos,
el entusiasmo al descubrir una nuez que ha caído del nogal.
Sortilegios de otro día, que ahora son apenas letanía incolora,
vana convocatoria que no me trae el asombro de ver un colibrí entre mi cuarto,
como muchas madrugadas de mi infancia.
¿Cómo recuperar ciertas caricias y los más esenciales abrazos?
¿Cómo revivir la más cierta penumbra, iluminada apenas con la luz de los Beatles,
y cómo hacer que llueva la misma lluvia que veía caer a los trece años?
¿Cómo tornar al éxtasis de sol, a la luz ebria de mis siete años,
al sabor maduro de la mora,
a todo aquel territorio desconocido por la muerte,
a esa palpitante luz de la pureza,
a todo esto que soy yo y que ya no es mío?

(Darío Jaramillo Agudelo, Poemas de amor, 1986)

sábado, 17 de septiembre de 2011

El centro de la masacre

Acabo de despertar en el centro de la masacre
donde las palabras se inflaman
con la espuma de las olas como promesas
que el mar devuelve incesantemente hasta la orilla.

Porque para perder la esperanza siempre hay tiempo
quiero hacerme amigo del olvido
mientras me rezume esta inhóspita alegría
de haberle perdido el miedo
a no estar a la altura de la vida.