lunes, 4 de enero de 2010

Arden las palabras

Las palabras, al quemarse,
se vuelven humo.
Un humo que se esfuma liviano
formando garabatos en el aire.


Arden bien, apenas una chispa,
un roce, un dolor, una tormenta,
y el fuego las consume,
abrasan incontenibles en la lengua
y el humo estalla, en bocanadas
que cruzan el espacio
que nos separa de los demás.


O en un papel encendidas,
combustiendo lentamente,
carbones sustantivos
hechos tizón en cada pronombre,
que se vuelven
puntos rojos en los ojos
y en los bordes de la tinta.


Aunque no todas arden lo mismo,
tienen sustancias diferentes.
Adiós es de las que más queman
y, sin embargo, amor,
es una palabra que inflama
un mundo de humo al prenderse.
Pero su efecto es aún más temible
cuando nadie nos la enciende
o nos la apaga un imposible.


De nada vale andar prevenidos,
con oídos y ojos de amianto
o con el corazón recubierto
de olvido galvanizado,
porque hay bosques de palabras
temblando dentro de todos los labios,
en cada sueño, en cada poema,
esperando ardernos una tarde,
en una página, en un instante
o en un silencio cualquiera.


FILOLOGÍA


He amado las palabras con mi hambre más honda,
sentí su piel de musgo muy cerca de mis labios,
su ceniza y su luz coronando mis dientes,
diluirse en mi lengua, caer hacia el profundo
abismo de mi carne. Muy lenta, y torpemente,
como a aves fugaces, perseguí las palabras.


(Miguel Florián, Habitación 328 y otros poemas, 2001)



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