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lunes, 7 de mayo de 2012

Sueños a medida

Duermo mal. Hay cosas
que si no se aprenden en la infancia,
luego nunca se hacen bien.

En esos ratos de duermevela,
como un fogonazo de esperanza,
descarrilan los trenes de la memoria
y el azar enfunda su machete.

Supongo que sueño, pero jamás
he conseguido recordar una historia.
Lo peor es que nunca puedo
conmover hacia el misterio
a quienes escucharían con gusto de mi boca
un pasaje febril, una caída,
un tormentoso episodio,
una lujuria familiar.

Pero es en ese momento, despierto,
con los ojos cerrados a la oscuridad
y atravesado por los ruidos de la noche,
cuando simulo el artificio de otra vida,
que no me vive más que por dentro
y que pugna por salir.

Me fabrico mis sueños a medida,
sueños que no podría contar
en ningún auditorio, por el pudor
que me produciría saber lo que significa
cada fotograma y, al mismo tiempo,
hacerte creer que no.

Para mentirte prefiero mil veces
el día a día, el trabajo, la sombra
de todas aquellas palabras que me dices,
esos silencios espesos que otorgan
o este hálito sutil de la poesía.

Miento mal. Sueño mal.
Hay cosas que no pueden aprenderse.



A MANO AMADA

A mano amada,
cuando la noche impone su costumbre de insomnio
y convierte
cada minuto en el aniversario
de todos los sucesos de una vida;

allí,
en la esquina más negra del desamparo, donde
el nunca y el ayer trazan su cruz de sombras,

los recuerdos me asaltan.

Unos empuñan tu mirada verde,
____________________________otros
apoyan en mi espalda
el alma blanca de un lejano sueño,
y con voz inaudible,
con implacables labios silenciosos,
¡el olvido o la vida!,
______________________me reclaman.

Reconozco los rostros.
_______________________ No hurto el cuerpo.

Cierro los ojos para ver
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo:
_______________________la memoria.

(Ángel González)

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Preferencias

Se prefiere la carne o el pescado, los colores, las estaciones... Los caballeros las prefieren rubias, los demás nos conformamos con encontrar.

¿Qué color es el que más te gusta? ¿Qué comida te abre siempre el apetito? Hay razones antiguas, en olores de viejas cocinas familiares mal ventiladas, en los ojos de una chica que se abrieron de par en par cuando apareciste con tu camisa verde, en la placidez del instante en que te dieron a probar un determinado té...

Razones aleatorias que transformamos en fundamentales sin tener ni la más remota idea de que perdurarán muchos años. Razones aleatorias que, sin saber bien el mecanismo, en lugar de pasar como sombras, como tantos otros instantes que se pierden en la memoria, se nos quedan en ella para siempre.

Y, cuando el tiempo pasa, cuando uno ya no se acuerda por qué prefiere lo que prefiere pero continua profiriendo su preferencia a todas horas, dejan de existir las causas y, simplemente, se acepta que eso es lo que uno prefiere.

Sucede también, que las preferencias se transfieren, que nos gustan aquellas cosas que les gustan a quienes preferimos. Nos contagiamos, ellos son el impulso para cada nueva preferencia cuyo origen se olvida sin más. Y, cuando nos inventamos unos a otros, tan mal que parecemos de verdad, adquirimos mutuamente preferencias inventadas a la vez, por los dos.

Este es, a mí me lo parece, el mayor misterio del mundo en el que vivo, que no sé si será el real o uno inventado. Porque se prefiere lo que se prefiere, uno hace lo que hace y deja de hacer lo otro.

Pero si se mira en el interior, si uno desestima todas esas razones fáciles de encontrar en la memoria o bien, si las analiza a fondo, hay que darse cuenta, nuevamente, de que preferimos por azar.

Y por azar, también, somos preferidos. Pero aunque nos guste creer que hay una razón única, individual, específica, que nos hace ser preferidos por alguien, lo cierto es que todo se lo debemos al azar propio y al de los demás.

¡Qué inquietante sensación! La de no saber en qué momento van a dejar de preferirte, ni por qué. Da igual lo que se haga, la lucha o el esfuerzo por ser preferido, el balance de méritos y de decepciones, la monotonía o la sorpresa de los vínculos y las afinidades, porque nadie puede controlar el azar y sus secuelas.

Por eso, preferir a quien te prefiere, siempre es una suerte, siempre es azar de felicidad. Mientras dure...

Besar a reñir, palpar a pisar, volar a correr. Yo también prefiero un polvo a un rapapolvo y los caminos a las fronteras. Incluso aunque los caminos se recorran en solitario.






sábado, 16 de enero de 2010

Casi nunca sale siete

El viento frío y una lluvia inconstante hacían la noche muy desapacible, pero él no tenía más remedio que estar a la intemperie. Adentro no había cobertura y esperaba una llamada importante.


Dos bancos más allá, ella lloraba. Joven, bien vestida, sin maquillar. Bueno, más que llorar, contenía las lágrimas con resoplidos espesos que llenaban de vaho el contraluz de una farola lejana.


Él se acercó, por aburrimiento y porque no demasiado tiempo atrás estuvo sentado en ese mismo banco, conteniendo, quien sabe si las mismas lágrimas.


?¡Pícola bambina! Tu sei infortunatta, ¿certo? ?le dijo al llegar a su altura. Se lo dijo en italiano porque... bueno, tonterías suyas, a veces las mujeres cuentan con mucha alegría que les ?ha entrado? un italiano.


?¿Quée? ?contestó ella, que no estaba para romanticismos ni para aprender idiomas.


?Digo que si estás triste, mozuela.


?Lo que tengo es un resfriado que no me aclaro ?hizo una pausa mientras se daba en la nariz con un pañuelito de papel que arrugaba en la mano que escondía en el bolsillo?. A ver si viene ya el autobús, que me estoy quedando congelada.


?¡Ah, perdona! Entonces nada ?dijo como retirada, como buscando un agujero por donde la tierra se lo tragara.


En ese momento, con un chirrido propio de maquinaria pesada, llegó el autobús a la parada y ella, sin mediar ninguna otra palabra, se subió en él. El vehículo salió a la vía, pero se detuvo en el semáforo rojo que había apenas a tres metros.


Él esperó en vano una mirada de la chica mientras notó que la lluvia se detenía y se echó hacia atrás la capucha. Pero sucedió verde, el autobús se fue alejando y ella no hizo ademán ninguno de mirar otra cosa que su móvil. Y arreció la lluvia.


Sintiéndose ridículo, como un Michael Landon haciendo sonar campanillas para que le devuelvan las alas, se sentó debajo de la marquesina y no pudo más que acordarse de la canción: ?Pero prendió el azar semáforos carmín, detuvo el autobús y el aguacero hasta que me miraste tú?.


Es caprichoso el azar y siempre es el que tira los dados. Pero somos nosotros los que elegimos el número al que apostar. Y casi nunca sale siete.


ESTARÉ


Estaré dilucidando nubes. Tratando de ponerle a mi corazón la mancha grande del amor. Llevándome en un saco la lluvia junto con mis lágrimas y los poemas que buscaban mi medida, la tuya, y están sentados al borde de la acera esperando que yo los recoja, que pueda sacarle a la vida la gran respuesta, el mensaje, la diferencia entre una vida y otra, entre un cielo y una tierra.


(Gioconda Belli, El ojo de la mujer, 2007)