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viernes, 9 de noviembre de 2012

Lluvia, otra vez

Ha cambiado el insomnio viejo por otro nuevo. Se le desgranaba la noche como una margarita de deseos, se enredaba en rostros difusos o en versos por escribir. Se levantaba y se escurría entre las pantallas buscando hueco.

Pero el insomnio es otro ahora, uno de margaritas con un sólo pétalo, con un solo rostro nítido, con versos escritos por otros. Se queda enredado en la almohada y desiste de las pantallas, porque sabe que el hueco no está.

Una hora más y la extrañeza de levantarse idéntico, es lo que le ha traído esta noche. Aunque la luna, tapada con nubes, ni siquiera se ha enterado del vaivén de los párpados.

El pensamiento se ha levantado libre de pastillas, mucho más despejado que el cielo. Ha vuelto, por fin, la lluvia y se acaba el desierto. Se ve que él necesitaba nubes en el cielo que ahuyentaran las de su cabeza.



PROLONGADAS AUSENCIAS

Prolongadas ausencias
se adivinan en los brazos mojados
de las sillas, cansadas
de esperar bajo el agua
la mañana de la resurrección,
el brillo de la vida
que viene con el sol.

Quién sabe qué recuerdos
de café compartido,
de citas clandestinas,
de esperas impacientes,
cuánta vida atrapada
bajo cada pedazo de aluminio,
cuánto tiempo perdido
mientras resuelve el clima,
también, nuestro futuro.

(Javier Bozalongo, Viaje improbable, 2007)

domingo, 30 de septiembre de 2012

Fina lluvia

¿Aún recuerdas? Mis labios cayeron sobre ti como fina lluvia, como un concierto esponjoso de burbujas que encerraban el aire que guardaste para mí dentro de tu pecho.

Mis brazos fueron la hiedra que cubrió tu estatua conmovida, cincelándola en caricias sobre el torso inolvidable que sostenía tu corazón. Y en el jardín de tu piel creció el musgo de mis dedos, muertos de sed, por entre los pliegues cálidos en donde palpitaban tus secretos mejor guardados.

Quizá recuerdes, también, que los dos brotes que surgieron de tu pecho, se deshicieron en flores cuando me convertiste en un insecto de mil ojos de colores en busca de miel. Enroscado en tu piel, navegando en la curvatura de tu espalda, pude ver cómo se cerraban tus ojos, invocando sílabas extrañas con las que proteger en la memoria aquel sueño compartido.

Yo no dejo de recordar. Ni consigo apartar de mis oídos, convertidos en caracola, aquel mar de ruidos que me dejó escritos tu lengua espiral surgiendo de las sombras. Ni soy capaz de calmar este temblor de mis dedos cuando echan de menos tus manos, ni encuentro materia distinta del sueño con la que rellenar el hueco que me dejaste en los brazos.

Sólo que, algunas veces, no sé si trampa o mano que me tiende la vida, una voz que se descuelga me enciende la emoción contenida. Hablas disfrazada, tapándome con un dedo, haciendo bailar letras encadenadas, recordando el sonido de una canción… ¡Qué pronto se me acaba!

Después, miro por la ventana cómo el día ha abandonado el gris y el agua guarda silencio en las aceras. Entonces, me dejo sumergir de nuevo en esta dulce melancolía del sol cuando me abraza, que me lleva deprisa al principio sin fin. A cuando mis labios cayeron sobre ti, como lluvia fina.

¿Aún la puedes sentir? La fina lluvia anda difuminada en el barro y se ven las huellas de los pasos perdidos que una vez dimos para alcanzar ese sueño en el que, ahora, llueve a cántaros.


domingo, 20 de mayo de 2012

Los tiempos mejores

Vendrán tiempos mejores.
Del mismo modo que a cada calma
le antecede una tormenta,
sé que vendrán tiempos mejores.

Después de cada lluvia,
vienen días de cielo raso.
Después de cada invierno,
siempre llega alguna primavera.

Yo, que soy de naturaleza esperante,
sigo buscando ese momento perfecto
cuando, más allá del segundo acto,
hasta las hierbas de los cementerios
se llenan de flores y el camino
empieza a ser cuesta abajo.

Pero te recuerdo, aún sabiendo que tú
podrías rociarme con un espejo
que me volviese todo en contra,
que ésta es la lluvia que esperábamos
en mitad de aquel desierto,
que después del laberinto del invierno,
este mayo es el que tanto soñamos.

Vendrán tiempos mejores, se supone.
Pero esta palabra es, ahora,
la que rompe un silencio,
la que anuncia el siguiente;
porque contemplar la lluvia
sólo puede mojarnos la memoria.




LLUVIA

hoy llueve mucho, mucho,
y pareciera que están lavando el mundo
mi vecino de al lado mira la lluvia
y piensa escribir una carta de amor/
una carta a la mujer que vive con él
y le cocina y le lava la ropa y hace el amor con él
y se parece a su sombra/
mi vecino nunca le dice palabras de amor a la
mujer/
entra a la casa por la ventana y no por la puerta/
por una puerta se entra a muchos sitios/
al trabajo, al cuartel, a la cárcel,
a todos los edificios del mundo/ pero no al mundo/
ni a una mujer/ni al alma/
es decir/a ese cajón o nave o lluvia que llamamos así/
como hoy/que llueve mucho/
y me cuesta escribir la palabra amor/
porque el amor es una cosa y la palabra amor es otra cosa/
y sólo el alma sabe dónde las dos se encuentran/
y cuándo/y cómo/
pero el alma qué puede explicar/
por eso mi vecino tiene tormentas en la boca/
palabras que naufragan/
palabras que no saben que hay sol porque nacen y
mueren la misma noche en que amó/
y dejan cartas en el pensamiento que él nunca
escribirá/
como el silencio que hay entre dos rosas/
o como yo/que escribo palabras para volver
a mi vecino que mira la lluvia/
a la lluvia/
a mi corazón desterrado/

(Juan Gelman, Eso, 1983-84)

sábado, 5 de mayo de 2012

Tarde equivocada

Apenas tres minutos es lo que tardo
en leer un poema, no muy largo, en el silencio
de una tarde lluviosa.

Todo lo que entiendo se entrecruza
con un algo que se imagina, con un mucho
que se sugiere, con un poco de mí
y una taza de café con leche
que espera mis labios tibios
entre sorbo y sorbo de metáforas ajenas.

Pero yo construyo las mías en cada verso
hilvanando voces, memoria, desencantos
y un mordisquito que doy de tanto en tanto
a una galleta que no es de la suerte.

El poema se acaba. Recuerdo entonces
que algunas noches imagino
el sorbo a sorbo de tus labios
en esta taza de mi boca, hueca y ronca
por todos esos excesos de ausencia
que se me quedan fuera de la página.

Y se me ocurre que eres tú quien me lee
en el poemario de alguna vida
y que todo lo que entiendes se entrecruza
con un algo que me sugieres, con un mucho
que te imaginas y con un poco de este yo
que ahora aprieta el libro y los ojos
como se cierra un poema que te emociona,
como se huele la rosa a primeros de mayo
o como se escuchan tres minutos de lluvia
de una tarde equivocada y llena
de este sin ti que va cayendo gota a gota,
lentamente, sobre los renglones.




La tarde equivocada
se vistió de frío.
Detrás de los cristales
turbios, todos los niños
ven convertirse en pájaros
un árbol amarillo.

La tarde está tendida
a lo largo del río,
y un rubor de manzana
tiembla en los tejadillos.

(Federico García Lorca)

sábado, 14 de abril de 2012

Por cierto, ahora llueve

He probado a perderte
y no me ha gustado nada
el sabor que me dejó en los labios el silencio
aquel de mi sombra cuando huía
de tus propios pasos.

Sin un recuento de miradas,
sin poder abrazar tus palabras contra mi pecho,
la luz ya no es la misma, se ha hecho
mucho más tenue,
como una algarabía que se oye lejana
por entre esta tarde gris y urbana
que avanza desnuda hacia la noche.

Para que todo cambie,
hace falta cantar un agua que lave
la tez marchita de los desiertos
en los que anduve perdido de tanto perderte,
que desencoja los hombros y los hombres,
que ría burbujas y despliegue
ese olor difuso que mantiene vivas y viscosas
las cosas sin nombre
cuando van resbalando por tus manos
hacia quién sabe dónde,
estrujando el tiempo que nada cambia,
en el que, por cierto, ahora llueve
y a ti ya sabes que siempre
te trajo la lluvia.





COLLAGE

Ligeras cruzan las edades, hay quien las cuenta en días,
y a través de su lluvia y su ceniza
cada vez más difícil resulta el resistirse
al perezoso vivir animal de la costumbre.
No sé por qué los versos que ahora escribo
parecen versos clásicos, y total para decir
que si después de tanto tiempo aún hoy
aprieto tu recuerdo entiendo que
estoy condenado
a naufragar todos los días
con la vejez que da el saber
que aunque me he equivocado en todo
esto es algo que especialmente he hecho
en lo que más quería.

(Santiago Montobbio, Ética confirmada, 1990)


ET LABORA

Guardar memoria de lo que para otra persona
nunca fue recuerdo, creer haber hundido un rostro
y al volver de una mañana darse cuenta
de que sigue inundando nuestro adentro;
aventurarse ingenuo en las piruetas
por fingir que puede desterrarse
la espantosa verdad de los sonidos
u otra vez descubrir, en el envés del tiempo,
que todo lo que pude ser tan sólo era
ser contigo:
estos son
los trabajos del amor, aquel extraño mar
que vivir nos fue haciendo lejanísimo.

(Santiago Montobbio, Ética confirmada, 1990)

miércoles, 4 de abril de 2012

Miedo de abril

Ahora sé que nunca hubo marcha atrás, yo sólo sé huir hacia adelante.

Confieso que los dedos se me han manchado de esa cierta tristeza de las firmas. Con la lluvia de decorado, con la música de fondo de una mentira que cae por su propio peso, apenas cuatro palabras y dos besos tímidos y desangelados.

La liturgia del desarraigo sucede cuando el mundo cabizbajo se parte en autobuses diferentes. Empiezan otros viajes, otras mentiras, otra soledad más intensa. Afuera llueve y llueve por dentro.

Todo sucede siempre en abril, ese es el punto de partida de la melancolía que irá formando escamas en la piel hasta que el olvido consiga ganar la batalla que ya se da por perdida.

Nunca hubo marcha atrás, sólo se puede huir hacia adelante. Y ahora, me toca correr despavorido hacia el porvenir.

Tengo un miedo nostálgico de las lágrimas, porque nunca supe llorar a tiempo. Tengo un miedo ausente de la amargura de los desayunos de los ojos pegados, porque sé que el tiempo no lo cura todo. Tengo un enorme miedo silencioso de no haber aprendido y repetir.

Y noto que me va penetrando hasta los huesos un agrio, turbio y viscoso miedo de abril.


INVENTARIO DE URGENCIA PARA SEGUIR ADELANTE

A veces, el pasado fue sólo aquel momento
en el que se confunden
amor y muerte, soledad y dicha.

Y porque entre unos brazos
al menos un instante me he sentido feliz,
procuro compartir este camino
hacia bellos sucesos como aquél
en que la luz fue nuestra.

Por eso me alimenta la esperanza.

Por eso llevo,
tatuada en el ansia de vivir,
como una hermosa referencia,
la cicatriz distinta de su cuerpo.

(Javier Egea, Paseo de los Tristes, 1982)

martes, 3 de abril de 2012

Lejos la lluvia

Debería haber paz en la lectura. Como en estas tardes lánguidas de lluvia, las letras van sonando gota a gota sobre los tejados inmóviles. La tinta tiene una sustancia parecida a la niebla, el ruido del agua se desgrana en mensajes con puntos, comas y acentos.

Los cristales con los que se lee, se empañan de una nostalgia conocida y el paisaje verdadero se arruga a lo lejos, se distorsiona como los sueños cuando la luz de la tarde desciende nublada desde el horizonte. Todo suena diferente, monótono, cuando el corazón se ve acorralado bajo los párrafos de un paraguas.

Leer es un modo de atravesar kilómetros y e ir saltando, como en un paseo por estas tardes lánguidas de lluvia, los charcos que separan las formas redondas que tienen los besos guardados en la piel. Viajar, sí, tal vez, viajar en el tiempo, volver, repetirse incesantemente mandalas tiernos como un aguacero que cae vertical.

Quizás allá lejos también llueva mientras lees. Gotas diferentes, tal vez llueva en otro idioma, quizás recibas el agua por entre un paisaje de barcos que esperan puerto. Sí, quizás sea otra vida la que llueva, otras risas las que escampen rompiendo otro silencio.

Pero me gustaría pensar que allá, lejos, quizás otra lluvia, tal vez otra distancia, pero el mismo texto.

Para que llegue lejos la lluvia, para que te alcance tan a lo lejos, sigo rayando tus sueños con renglones de agua.



SONETO LXX

Tal vez herido voy sin ir sangriento
por uno de los rayos de tu vida
y a media selva me detiene el agua:
la lluvia que se cae con su cielo.

Entonces toco el corazón llovido:
allí sé que tus ojos penetraron
por la región extensa de mi duelo
y un susurro de sombra surge solo:

Quién es? Quién es? Pero no tuvo nombre
la hoja o el agua oscura que palpita
a media selva, sorda, en el camino,

y así, amor mío, supe que fui herido
y nadie hablaba allí sino la sombra,
la noche errante, el beso de la lluvia.

(Pablo Neruda, Cien sonetos de amor, 1959)



SE PIANGE, SE RIDI

Te diré que no supe si reír o llorar
después de todo
pero estaba feliz,
demasiado feliz, sospecho ahora.
Recuerdo que me hablaste
de que empezaba a amanecer,
el cielo parecía algodón sucio.
Lo más inolvidable será siempre
el aire fresco y dulce que crecía,
igual que una caricia, entre dos luces.
Yo estaba sola
y tú quisiste ser mi amigo:
que esto no rompa la amistad, dijimos.

Pero fue hermoso más que un sueño,
mucho más inquietante que un puente entre la bruma
y aquel coche sin duda más maravilloso
que un bosque de la Alhambra
y tu corazón más hondo y más extenso
que el manto de la aurora
cuando llorando me asomé al balcón
de tus ojos.

Por eso ahora escuece la distancia
como ella sola y el deseo -cruel-
asoma cada minuto
-con el peligro que eso entraña
para una sencilla amistad-
ahora no puedo menos que aceptar
lo que fue un verdadero error de cálculo:
esta suave tristeza insoportable
con la que no contábamos.

(Ángeles Mora, Cámara subjetiva, 1996)

miércoles, 28 de marzo de 2012

Ciencia púrpura

La ciencia lo explica todo. Desde la adquisición del lenguaje hasta la lenta destrucción de la identidad que nos regala el Alzheimer. La gravedad y el magnetismo, el paso de las estaciones y las fases de la luna. La percepción sentimental de la brisa, el frío sordo de los campos de nieve y las longitudes de onda de la música.

Explica la geometría púrpura de tu sexo, la arquitectura perfecta y púrpura de una noche de abril a la hora del deseo y el color púrpura de la lluvia.

Su bisturí disecciona la vida, la enfermedad y la muerte, con tanta parsimonia y exactitud que produce escalofríos. Nos ilustra sobre esquizofrenias, alucinaciones y visiones ascéticas. Y esclarece la composición neuroquímica que desencadena el amor y el deseo.

Soy consciente de que mi ejército de queratocitos, distribuidos por todo el cuerpo, aún aguarda expectante tus manos. Que hierven miles de terminaciones nerviosas aferentes como cuando, con un dedo, recorrías mi cuello lentamente.

Ya puedo notar que mis células de Merckel están echando humo por entre los microblastos y que el colágeno que aún me queda, un milímetro más abajo del paso de tus dedos por mi nuca, se estira hacia el rastro que me dejaste en los rizomas de Paccini.

Todos mis corpúsculos de Meissner se han erizado a la vez, orientándose hacia otra piel que cada vez deseo más cerca. El hipocampo me empuja a recordar que esas son tus feromonas y que están clasificadas en la cúspide del placer.

Por eso sonríe el hipotálamo cuando envía la orden precisa por la corriente sanguínea. Mi cuerpo entonces lucha entre relajación y forzamiento, entre sueño y memoria, entre misticismo y carnalidad. Las endorfinas fluyen en oleadas que derriban las murallas que levanta el inconsciente.

El cuerpo cavernoso se rellena, se hincha, se yergue. Mucosas y cavidades desencadenan un torrente a su paso indeciso. Creo escuchar medias palabras incoherentes cuando tu rostro roza el mío. Y mi caracol y mi tímpano vibran hasta el desequilibrio cuando el mismo espasmo que a ti te traspasaba, me atraviesa después todas las membranas en un suspiro.

La ciencia dice explicarlo todo. Todo sobre todo. Todo sobre el amor y sobre el deseo. Sin embargo, no consigo que me explique cual de ellas es la causa y cual el efecto.

Necesito que la ciencia me aclare por qué escribo a máquina en la electrónica de este papel las cosas que desearía grabar para siempre, y a mano, en la memoria infinita de tu piel.

Y que me revele la diferencia, si es que hay alguna al respecto, entre sufrir por quedarse e irse sufriendo, si yo nunca quise causarte ninguna tristeza. Sino verte riendo bajo la lluvia púrpura.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Vendo humo

Llevo toda la mañana esperando que suenen las alarmas, que el día se espese y se doble por la mitad de la tostada o que los teléfonos resuenen más allá de las perchas ansiosas de sellos.

Estoy esperando el virus, la náusea, el delirio. He deseado un agobio de oxígeno, una tromba de melancolía que retumbe en los cristales, una noche interminable de decepción.

Pero no ha sido la tragedia, sino la lluvia, la que me ha entreabierto el corazón  hacia las persianas y no he dudado en atender su agua sin pasar de largo hacia el mediodía. Y he intentado sentirme solo, y triste de mar y herido de incertidumbre.

He visto que no puedo y, precisamente, porque no hay dos vidas iguales, porque no puedo dedicarte esos mismos minutos que tú me dedicas, he tenido que inventarme estos otros, distintos. Unos minutos que te devuelvan el vello de punta y te hagan marcar teléfonos en las sábanas y brindar con ojalás que se perdieron en la memoria.

Tienes razón, sólo vendo humo, lo sé. Y me gusta hacerlo y me gusto haciéndolo y lo sé. Y tú ya hace mucho que te diste cuenta. Lo que no sabes, lo que no puedes creerte, es que, mi humo, no... Mi humo no se lo vendo a cualquiera.

Sólo a quien, como tú, sabe tornearlo como garabatos y deshacerlo en aire.






EL AIRE HUELE A HUMO

A Gabriel Celaya y a Amparo Gastón,
Que tanto le quiso y le quiere todavía.
J.A.G.

¿Qué hará con la memoria
de esta noche tan clara
cuando todo termine?
¿Qué hacer si cae la sed
sabiendo que está lejos
la fuente en que bebía?

¿Qué hará de este deseo
de terminar mil veces
por volver a encontrarle?

¿Qué hacer cuando un mal aire
de tristeza la envuelva
igual que un maleficio?

¿Qué hará bajo el otoño
si el aire huele a humo
y a pólvora y a besos?

¿Qué hacer?¿Qué hará? Preguntas
a un azar que ya tiene
las suertes repartidas.

(José Agustín Goytisolo, 1992)

sábado, 29 de octubre de 2011

Siempre llueve a gusto de los ausentes

Solo incertidumbres me van rodeando,
todo llueve pasajero, incompleto, extraño.
Detrás de la avidez de los análisis
con que se arma el ejército de los médicos,
hay una inconsciencia latente, un delirio,
un torpe ejercicio de desprecio.
Es una mirada pasajera sobre el precipicio,
hecha de puntillas, esquivando los días venideros
y las noches que aún quedan por desgranarse
de la gran mazorca.

Solo incertidumbres salen de mi boca,
al mismo tiempo que me entran por los ojos,
por las orejas, por las manos.
Dudas pasajeras que siempre vuelven
cuando acaban de irse, que regresan
sin haber llegado al destino.

Me cuentas incertidumbres mientras replico
sórdidas letanías de poca monta,
porque en el fondo también son las mías y les temo,
las llevo ateridas en el corazón de los pasteles
y la pérfida alegría con que me rozas
ya sabes que no sirve contra las sombras que proyecto.

Solo son incertidumbres de pasajero, de trenes
ahítos de vía, solo incertidumbres me dices y te digo.
Y todo, extrañamente, todo luego coincide:
cuando te miro a los ojos intentando entender
cuánto nos amamos al despedirnos, siempre llueve
a gusto de los ausentes.




ESCRÚPULO

Me parece que vivo
que estoy entre los ruidos
que miro las paredes,
que estas manos son mías,
pero quizás me engañe
y paredes y manos
sólo sean recuerdos
de una vida pasada.
He dicho "me parece"
yo no aseguro nada.

(Oliverio Girondo, Calcomanías, 1925

sábado, 16 de julio de 2011

Los hombres del tiempo

Había una vez un hombre del tiempo al que le encantaba su profesión. Dedicaba todos sus esfuerzos, miraba en internet los datos del satélite, comprobaba por teléfono el clima que hacía en otros lugares del mundo que tenían la misma latitud que el suyo, la misma longitud, la misma altura, la misma distancia a la sierra y al mar que su ciudad.

Dedicaba horas y horas a elaborar pronósticos minuciosos, debidamente razonados y analizados. Y llegado el momento, pronosticaba a sus convecinos el tiempo que haría al día siguiente.

Con todos estos datos en el corazón, siempre pronosticaba lluvias. Si fallaba en su pronóstico del tiempo y el día siguiente era soleado, como es natural, le fastidiaba mucho haberse equivocado. Aunque su verdadero problema era que también le fastidiaba acertar porque, cuando su vaticinio era correcto y las nubes lloraban desde el cielo, recordaba la tristeza infinita que le embargaba en los días de lluvia.

Entonces, al cabo de unos años, se encontró con otro hombre del tiempo algo más viejo con el que entabló amistad. Se intercambiaban datos, comentaban las incidencias meteorológicas y las no tan lógicas, sus impresiones y sus cuitas. Pero nunca coincidían en el pronóstico. El otro siempre pronosticaba días fantásticos, soleados pero no calurosos en exceso y con la posibilidad de brisas suaves que lo hicieran aun más agradable.

La ciencia de la meteorología, al igual que la amistad, tiene ese gran defecto, esa gran virtud: cuando se empieza hablando de nubes y temperaturas, al final salen en la conversación las tormentas de la cabeza y las precipitaciones del corazón. Y le contó lo que le pasaba, su extrema desazón fuese cual fuese el resultado de su pronóstico, en tanto que, el otro hombre del tiempo siempre parecía contento.

El hombre del tiempo mayor respondió:
-¡Ah, naturalmente! No es ningún secreto lo que te voy a contar, todo el mundo lo hace. Yo no intento acertar el tiempo que va a hacer mañana, eso no está escrito en ninguna parte: lo que pronostico es el tiempo que me gustaría que hiciera.

-Ya, ya, míralo que iluso... Pero... ¿y si te equivocas?

-Si me equivoco y mañana el sol derrite las aceras, ya procuraré buscarme un aire acondicionado o ponerme a la sombra. O le pediré a alguien que que me abanique o que me haga sudar con motivo. O igual voy a la piscina y encuentro bikinis que mirar. O me aguantaré sudando hasta la deshidratación, sabiendo que todo llega, pero que todo pasa.

-Pero ¿y si llueve?

-Si me equivoco y llueve, bueno... me gusta la lluvia, según de qué manera y con quién. Aunque lo que verdaderamente me pone contento es que, a veces, acierto. Y entonces disfruto de ese día que me deja tocar los sueños.

Pero el hombre del tiempo lluvioso, aun después de entender la respuesta, no quiso dejar de pronosticar mal tiempo. Era superior a sus fuerzas: prefería tomarse la realidad cruda antes que probar la fantasía en almíbar.

Y es que para quien siempre apuesta a la lluvia, ningún sol es suficiente. Para quien apuesta a la humedad, nunca encuentra ropa seca que ponerse. Para quien apuesta a perder, todas las victorias son mentira.

Y colorín colorado, este cuento de verano se ha acabado. Naturalmente, es un cuento con metáfora, porque, como ya se habrán dado cuenta al leerlo, no estoy tratando de hablar de meteorología, sino de la agricultura de los sueños para ganaderos del corazón.




LATIDO

A veces me pregunto
si tiene sentido escribirle al silencio.

Como esta noche…
Yo estaba en el mirador.
Siempre estoy en un mirador esperando a que pase.

Me parece abarcar el horizonte con la palma de mi mano,
pero en realidad no toco nada.
Solo rozo este aire que mañana será otro,
aunque intente convencerme de que es el mismo.

La ciudad me desafía y enciende sus miles de luces,
yo enciendo mis sentimientos.
Tú también eres perro viejo y lo sabes.
El consumo del corazón sube cuando asoma la luna,
se contamina la piel
de energía gastada en horas punta.

A la mañana siguiente solo quedan residuos.
Pero nadie me enseñó a reciclar lo que siento.

Soy tonta. Rematadamente tonta.
Me dejo alumbrar por esas luces que palpitan
por mis caricias,
pero laten sin mi vida.

(Alicia Choin, poema inédito, 2011)

sábado, 30 de abril de 2011

Mencionar la lluvia

A veces no sé qué decir, no encuentro las palabras. Sucede que no consigo fijar el pensamiento. Ni siquiera divago en mi interior. Las imágenes suceden a las palabras, las palabras a las imágenes, a tanta velocidad que no consigo articular ninguna de las dos.


Son malos días que vienen, que tienen que venir para darle valor a los buenos. Hago todo sin pensar, como un zombie o, me gusta más la comparación y la palabra, como un alucinado que vive por dentro en otro sitio y en otro tiempo del que le sucede por fuera.


Contesto lo primero que se me ocurre, monosílabos preferentemente, y, si me aprieta el silencio, ese tan incómodo que sucede con testigos que te miran fijamente, como dándote el turno de palabra, me limito a repetir lo último que he oído, como un loro sin pico, sin gracia y sin plumas de colores.


A veces no sé qué decir, pero sé que quiero pasar por aquí y dejar alguna señal. Casi siempre que escribo en el blog, lo hago también para mí. Me gusta dejar colgada una huella, un aviso al futuro, una sensación, una emoción o una pregunta para la que tal vez algún día, al releer estas líneas, encuentre respuesta.


Pero esta noche no sé qué decir. Supongo que lo mejor será que no diga nada. Si acaso, tan sólo mencionar la lluvia.


EN LOS DÍAS DE LLUVIA


A Mari Carmen


Sabrás por la presente que empeoré de vida.
Mariano Maresca


Más o menos extraña
la vida fue pasando tibiamente
por tu cuerpo y el mío.


Oigo la lluvia fría amontonarse
sobre las uralitas
y la noche me atrapa
en el sudor eterno de su tranquilidad.
Tal vez
debiera despertarte, hacerte compartir
este presentimiento
de lejana belleza
con el que me confundo apenas un instante
para volver a ti
que te abandonas
a la hermosa presencia
de tu respiración.


Pasan lentos los coches.
Oigo también
tu corazón lejano
pasar de madrugada entre la lluvia
y me asusta la sombra
de tanta intimidad.


Es tarde.
Uno escribe su vida en un poema,
analiza el amor
y se acostumbra
a seguir como está, junto a tu cuerpo
que quizá me recuerde todavía
desnudo entre las sábanas,


o las noches de lluvia nos confirman
que la vida, posiblemente hermosa,
no siempre es un asunto disponible
y que a veces resulta incluso mucha,
temible como ahora,
mientras que tengo miedo de besarte al azar.


Lo sé. Hemos sido extranjeros
hablándonos por señas demasiado cercanas,
ansiosos en las calles
de una nueva ciudad,
esperando tal vez que nos fotografíen
delante de este amor y de sus cicatrices,
eso que confundimos con nuestros sentimientos
o acaso
-en noches de locura-
con una sensación de humedad en los ojos.


Pero en pocas palabras se resumen
casi todos los días,
sus sílabas contadas en mis versos
y la felicidad.
Tibiamente los años
nos descubren
que nada existe ya sin tu sudor y el mío,
que somos todavía demasiado solemnes
cuando nos sorprendemos
temblando de pasión,
llenos de instinto mal disimulado.


Por eso, mientras llueve,
agradezco tu cuerpo entre las sábanas
y esta pasión desierta
de acariciar tus muslos,
más o menos extraños
y hermosos como un sueño
que acaba de llegar.


(Luís García Montero)

lunes, 9 de agosto de 2010

Ojalá que llueva café en el campo

Tras la ventana, plomizo el cielo, el día se detiene un instante. Bochorno sin sol es el escenario perfecto para que agosto se vuelva hostil y triste.


A estas alturas de mes, ya estará sufriendo San Lorenzo su pena repetida, su castigo interminable y cíclico, y sus lágrimas-cometa a punto de cruzar el universo para conceder deseos.


En una próxima madrugada, cuando lleguen las perseidas y yo las espere a solas con mi insomnio, ya tengo decidido desear con todas mis fuerzas que llueva, que el cielo se desgaste en dejar al verano herido, que el aire huela a esa menta imposible del ozono.


Ojalá que lluevan versos y pueda chapotear risueño en los charcos-poema. Ojalá que lluevan manos para dejarme la piel tersa y mojada. Ojalá que lluevan estados de gracia, presencias definitivas, hermosas palabras teledirigidas y abrazos secretos en pijama.


Ojalá que llueva a mantas la sincronía de los corazones, que todo se empape de esperanza. Ojalá que lluevan tús sobre los solitarios, que lluevan mapas homologados para los perdidos y para los desencontrados. Ojalá que llueva café en el campo y, si es posible, descafeinado para los insomnes o, en su defecto, que llueva colacao.


Por si al final se cumplen mis deseos y todo se moja y nada escapa de esa tormenta desatormentada, voy a tener la precaución de seguir viviendo sin paraguas hasta que me estornude el corazón.

lunes, 25 de enero de 2010

Sigue lloviendo

Pero no ha dejado de llover aunque el sol invada el cielo. Sigue cayendo, la siento todavía volar mansamente, gota a gota, penetrando por todos los resquicios del pensamiento, mojándome lo ya húmedo, impidiendo lo seco.


Miro a través de la ventana y no la veo. Apenas un pequeño resto de palabras, como un reguero que se resiste a huir o que no se atreve a volver. Pero la oigo palpitar en todas partes, cayendo desde no sé qué cielo, tomando formas diversas al contacto con el suelo, andando de puntillas tras de mí.


No ha dejado de llover por más que lo digan los telediarios. Llueve sin agua, llueve sin nubes, llueve siempre. Lleva mucho tiempo lloviéndome en cada silencio, justo antes de cada palabra que pienso y, también, justo después de no decirla.


¡Me gusta tanto la lluvia! Que salga el sol si quieres, que salga si no la luna; pero que no deje de llover, que me caiga todo el agua encima. Ya no quiero estar seco, porque me ahogaría.


ESTARÉ


Estaré dilucidando nubes. Tratando de ponerle a mi corazón la mancha grande del amor. Llevándome en un saco la lluvia junto con mis lágrimas y los poemas que buscaban mi medida, la tuya, y están sentados al borde de la acera esperando que yo los recoja, que pueda sacarle a la vida la gran respuesta, el mensaje, la diferencia entre una vida y otra, entre un cielo y una tierra.


(Gioconda Belli, El ojo de la mujer, 2007)



sábado, 16 de enero de 2010

Casi nunca sale siete

El viento frío y una lluvia inconstante hacían la noche muy desapacible, pero él no tenía más remedio que estar a la intemperie. Adentro no había cobertura y esperaba una llamada importante.


Dos bancos más allá, ella lloraba. Joven, bien vestida, sin maquillar. Bueno, más que llorar, contenía las lágrimas con resoplidos espesos que llenaban de vaho el contraluz de una farola lejana.


Él se acercó, por aburrimiento y porque no demasiado tiempo atrás estuvo sentado en ese mismo banco, conteniendo, quien sabe si las mismas lágrimas.


?¡Pícola bambina! Tu sei infortunatta, ¿certo? ?le dijo al llegar a su altura. Se lo dijo en italiano porque... bueno, tonterías suyas, a veces las mujeres cuentan con mucha alegría que les ?ha entrado? un italiano.


?¿Quée? ?contestó ella, que no estaba para romanticismos ni para aprender idiomas.


?Digo que si estás triste, mozuela.


?Lo que tengo es un resfriado que no me aclaro ?hizo una pausa mientras se daba en la nariz con un pañuelito de papel que arrugaba en la mano que escondía en el bolsillo?. A ver si viene ya el autobús, que me estoy quedando congelada.


?¡Ah, perdona! Entonces nada ?dijo como retirada, como buscando un agujero por donde la tierra se lo tragara.


En ese momento, con un chirrido propio de maquinaria pesada, llegó el autobús a la parada y ella, sin mediar ninguna otra palabra, se subió en él. El vehículo salió a la vía, pero se detuvo en el semáforo rojo que había apenas a tres metros.


Él esperó en vano una mirada de la chica mientras notó que la lluvia se detenía y se echó hacia atrás la capucha. Pero sucedió verde, el autobús se fue alejando y ella no hizo ademán ninguno de mirar otra cosa que su móvil. Y arreció la lluvia.


Sintiéndose ridículo, como un Michael Landon haciendo sonar campanillas para que le devuelvan las alas, se sentó debajo de la marquesina y no pudo más que acordarse de la canción: ?Pero prendió el azar semáforos carmín, detuvo el autobús y el aguacero hasta que me miraste tú?.


Es caprichoso el azar y siempre es el que tira los dados. Pero somos nosotros los que elegimos el número al que apostar. Y casi nunca sale siete.


ESTARÉ


Estaré dilucidando nubes. Tratando de ponerle a mi corazón la mancha grande del amor. Llevándome en un saco la lluvia junto con mis lágrimas y los poemas que buscaban mi medida, la tuya, y están sentados al borde de la acera esperando que yo los recoja, que pueda sacarle a la vida la gran respuesta, el mensaje, la diferencia entre una vida y otra, entre un cielo y una tierra.


(Gioconda Belli, El ojo de la mujer, 2007)