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lunes, 7 de mayo de 2012

Sueños a medida

Duermo mal. Hay cosas
que si no se aprenden en la infancia,
luego nunca se hacen bien.

En esos ratos de duermevela,
como un fogonazo de esperanza,
descarrilan los trenes de la memoria
y el azar enfunda su machete.

Supongo que sueño, pero jamás
he conseguido recordar una historia.
Lo peor es que nunca puedo
conmover hacia el misterio
a quienes escucharían con gusto de mi boca
un pasaje febril, una caída,
un tormentoso episodio,
una lujuria familiar.

Pero es en ese momento, despierto,
con los ojos cerrados a la oscuridad
y atravesado por los ruidos de la noche,
cuando simulo el artificio de otra vida,
que no me vive más que por dentro
y que pugna por salir.

Me fabrico mis sueños a medida,
sueños que no podría contar
en ningún auditorio, por el pudor
que me produciría saber lo que significa
cada fotograma y, al mismo tiempo,
hacerte creer que no.

Para mentirte prefiero mil veces
el día a día, el trabajo, la sombra
de todas aquellas palabras que me dices,
esos silencios espesos que otorgan
o este hálito sutil de la poesía.

Miento mal. Sueño mal.
Hay cosas que no pueden aprenderse.



A MANO AMADA

A mano amada,
cuando la noche impone su costumbre de insomnio
y convierte
cada minuto en el aniversario
de todos los sucesos de una vida;

allí,
en la esquina más negra del desamparo, donde
el nunca y el ayer trazan su cruz de sombras,

los recuerdos me asaltan.

Unos empuñan tu mirada verde,
____________________________otros
apoyan en mi espalda
el alma blanca de un lejano sueño,
y con voz inaudible,
con implacables labios silenciosos,
¡el olvido o la vida!,
______________________me reclaman.

Reconozco los rostros.
_______________________ No hurto el cuerpo.

Cierro los ojos para ver
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo:
_______________________la memoria.

(Ángel González)

domingo, 26 de febrero de 2012

Esto no me había pasado nunca

Quizás mañana me ocurra una de esas cosas que no me han pasado nunca.

Llevo ya, en relativamente poco tiempo, una buena colección. Incluso creo que se aceleran, aumentando esa sensación de que los días se me van escapando por entre los dedos.

Y no todas son malas, qué va, ni pensarlo. De hecho, esas malas, esas que tanto tiempo ignoré con la maravillosa despreocupación de quien cree que solo le pasan a los otros, esas cuya llegada tanto temí en otros momentos, no son tan terribles.

El miedo agranda, como una enorme lupa, todo lo que se ve a su través. Pero luego, sí, duele, no digo que no, pero todo pasa a segundo plano cuando se hace cotidiano y hay que adaptarse. Los seres humanos padecemos muchos sufrimientos, a veces insufribles, intentando evitar otros que nos parecen mayores, pero que luego no lo son.

Eso me dicen, que ya no soy joven, que tengo historia, que mis enfermedades están escritas en el DNI y que ha llegado el tiempo de "es la primera vez que me pasa esto".

Pero si no soy joven, si tengo historia, también tengo planes, sigo pendiente de los sueños, me deshago en proyecciones e intento tomarme esos inconvenientes del DNI con el humor que puedo. Sobre todo, quiero terminar de aprender que es una soberana estupidez sufrir para no sufrir. Si es que toca padecer, al menos, que sea por aquello que quiero, acierte o no.

Pero quisiera dejar constancia que, la mayoría de esas "primeras veces" que ahora me ocurren, han sido agradables antes que traumáticas. Estoy a régimen, pero de tanto en tanto como. Estoy solo, pero de tanto en tanto alguien me pide que mire a la luna con su risa de Chesire. Tengo la tensión alta y sus secuelas, pero cuando me haces reír, se me baja. Igual que se me suben a la cabeza los vapores de tu piel.

El caso es que vivo por la curiosidad de saber qué me está pasando. Cada duda sigue teniendo su paisaje, cada miedo su escenario, cada deseo se topa con la horma de su zapato. Cada día tiene su después. Cada esquina que se dobla trae un misterio que hay que resolver.

No sé por qué, pero el caso es que quizás mañana me ocurra una de esas cosas que no me han pasado nunca. Espero soñarla a tiempo y luego vivirla bien.



MIÉRCOLES. DÍA DEL ESPECTADOR

No se descarta que al salir del cine
una pareja cuente con nuevos enemigos.
La pelicula es mala,
las sombras buscan cuerpos para encontrar deseos,
se oyen voces de actores,
imágenes dudosas,
pero los labios son materia viva
en las butacas observadas
y los botones pierden su vergüenza.
Suena un disparo inútil,
la camisa deshecha,
la mano que naufraga entre los muslos.
Se persiguen dos coches por tus hombros
y estalla un edificio,
una lengua de fuego en la ventana,
llamas que desesperan vientre abajo,
el pelo negro por la mano abierta,
negro como la vida en la pantalla,
como el silencio del actor que mira,
del acomodador,
del público encendido.
Ya no tienen edad para estas cosas,
comenta el matrimonio da la última fila.
Y pienso que es verdad. No se descarta,
no se descarta que al salir del cine
una pareja cuente con nuevos enemigos.

(Luís García Montero, Completamente viernes, 1998)

miércoles, 5 de octubre de 2011

B de boda

Una boda del siglo, como todas las bodas del siglo. Una boda que pasará a la historia, a esa historia de los ricos que tanto aborrezco. La historia que escriben los vencedores, la que resume el dolor en un par de edictos, la que ignora el sudor y el hambre al mirar las vidrieras preciosas de un gran edificio para la ostentación.

La historia de la guerra, de esa guerra interminable que siempre pierden los mismos. La voracidad de las cámaras mide la huella que dejará esta boda en los anales de lo insustancial. Se derramará tinta vegetal por todos los poros de los periódicos solícitos ante la muchedumbre, manchará las portadas de las revistas que no tienen otra cosa de qué hablar; evaporará minutos en los telediarios y oscurecerá un poco la crisis, la feria de las vanidades políticas y hasta las bombas santas que siempre que matan nos pillan comiendo.

A contrahistoria, quiero contar un cuento minúsculo, de esos que se olvidan enseguida. Un cuento de una niña que solo tiene un nombre y que apenas sabe escribirlo. Una niña que anda por los pájaros y, al mismo tiempo, mete los tobillos en el barro con esa naturalidad que da saber de lo que se habla.

Pues esa niña, cuando hoy se ha enfrentado a la alta dignidad de las pizarras y a su seriedad escolar de métodos y programaciones, le ha enseñado a su maestro lo que no se quiere ver, lo que ella ve sencillamente, sin más vacilación ni búsqueda del éxito.

Y efectivamente, no quedará en los libros de historia ni en las enciclopedias burguesas venidas a menos, que el maestro ha aprendido por fin y de una vez, que la B es la letra que tiene tetas.

Si ella hubiera visto la boda, habría dicho lo que ve, lo que los demás ignoramos que vemos. Ni boda del siglo, ni señora marquesa, ni vitorio y luccino. Habría dicho lo que ve: que las abuelas ricas se casan, más que nada, por joder.