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jueves, 8 de noviembre de 2012

El lago de los cisnes

Los bailarines descendieron cuidadosamente hacia la parte inferior del escenario, diseñado a dos alturas, hasta colocarse en la posición inicial. Se diría que temían un mal paso o que traían los pies atenazados con un manojo de nervios.

Él, con un suave ademán, indicó con la mano el camino hacia el centro, dando el primer paso. Ella le siguió de puntillas, sin hacer ruido, casi como una sombra púrpura. Entonces, en una especie de juego de los de antaño, comenzaron a girar persiguiéndose alrededor del centro de gravedad de la escena. Al principio despacio, lentamente, como una deriva a merced de la corriente que iba incrementando el ritmo y la tensión poco a poco, anunciando remolino o catarata, pero condenada a no resolverse hasta el tercer acto.

Después, con un interludio de pasos breves e indecisos, tan sutil como el humo, se reúnen en un lateral. Su técnica se pone de manifiesto, el equilibrio, la expresividad en la pose de las manos, la flexibilidad de los cuerpos.

Ella, sobre sus puntas y ayudada por los brazos del bailarín, gira velozmente, levanta las manos hacia lo sublime como un cisne que preparara su vuelo con pequeños saltos mientras le asoma el cielo por las pupilas.

Él huye, entre atormentado y ansioso; ella se aleja como arrepentida y encantada, hasta que, una vez salvada la pasarela, se vuelven a reunir en la parte superior del escenario. Entonces llega el salto, el reencuentro nervioso y un tanto torpe de aves a ras de suelo.

Allí la danza se torna estática pero crece la intensidad de su trasfondo emotivo y, como si de movimientos bajo el agua se tratase, los bailarines se engarzan en un vaivén tímido de alas que buscan cobijo, un frenesí controlado de contorsiones y figuras quedas, suaves, que armoniosamente se van haciendo y deshaciendo a ritmo de silencios de blanca entrelazados.

Entonces el gran final, la rueda definitiva, el último paso. Los brazos coraza se convierten en banderas que el viento agita. Todo ya en calma en el escenario, que no en el corazón, ella baja la vista y él arruga palabras. Y salen de escena haciendo mutis por el mismo lado de dos bambalinas opuestas y blancas, mientras cae sobre ellos el TELÓN.

Es curioso. Es curioso, pero fue precisamente entonces, al final de la coreografía, cuando empezó a sonar esa música sutil que aún sigue sonando, viscosa, interminable, como un aroma que tarda una eternidad en extinguirse...



CONFESIÓN

Yo huelo a ti.
Me persigue tu olor, me persigue y me posee.
No es este olor un perfume sobrepuesto sobre ti,
no es el aroma que llevas como una prenda más:
Es tu olor más esencial, tu halo único.
Y cuando ausente mi vacío te convoca,
una ráfaga de ese aliento me llega del lugar más tierno de la noche.
Yo huelo a ti
y tu olor me impregna después de estar juntos en el lecho,
y ese fino aroma me alimenta
y ese aliento esencial me sustituye.
Yo huelo a ti.

(Darío Jaramillo Agudelo, Poemas de amor, 1986)


viernes, 16 de marzo de 2012

Museo

De tanto tener los brazos levantados -dice en voz alta el dos de mayo-, he dejado de creer en los fusiles. ¡Que alguien me lleve al jardín de las delicias o me emborrache, como a esos que tengo enfrente!

Sé que Velázquez ayuna los sábados mientras mira visitantes desde sus Meninas. Por eso se deja la hogaza del almuerzo en el filo de la mesa, a punto de caerse al suelo.

Preferiría haber sido -añade el no fusilado- conversador en pijama sobre paredes azules, adorador del heno, cirujano de piedras de la locura. Podría estar eternamente retorcido de gusto en un beso rodeniano o hirsuto del dolor de San Sebastián.

A mí, en cambio, me encanta ser Durero -interrumpe Durero desde su autosuicidio.

No le hagan caso -replica la víctima de Goya-. Que si aquí los días son amargos, si matan la esperanza con el lumbago de la interminable rendición de Breda, las noches de museo son terribles: cuando las luces se apagan y nadie nos mira, los caballos relinchan, las paredes se llenan con los ojos vidriosos de los retratados, la fe de los mártires no mueve ni el óleo y tiritan de frío y deseo las majas, sobre todo las desnudas.

Fíjense bien en este ejemplo. De tanto querer mantener esa mística sonrisa iluminando los siglos y el centro de la sala, la Mona Lisa ha dejado de creer en el sol, en su Leonardo y en las lágrimas.

Teman los efectos, no se arriesguen a acabar sus días protegidos por un museo, escarmienten de tanta vida y no se les ocurra nunca salir en un cuadro.



79

Primero,
pintar retratos sin modelo.

Después,
pintar autorretratos sin modelo.

Quizá se pueda entonces
pintar la nada con modelo.

(Roberto Juarroz, Sexta poesía vertical, 1975)

martes, 20 de diciembre de 2011

Cien

La besó. Cerró los ojos y la besó. La beso cien veces pequeñas, cien veces grandes, cien veces contando hasta doce y luego doce veces contando hasta cien.

La abrazó cien veces por cada lado y el mundo se apagó cien veces. Entonces sintió en cien hombros su cabeza y cómo su cien veces calor iba derritiendo el vacío que le congelaba por dentro. Sus brazos rodearon cien veces su cuerpo, cien veces sus brazos y un sólo cuerpo que abrazar tan desde dentro que cien veces se le olvido respirar.

La acarició con un dedo lentamente, trepó por su vientre hasta la suavidad de sus senos y quiso quedarse en ellos cien veces. Cien veces recorrió con los labios el perfil de su cuello cien veces suave, cien veces tierno. Con su cien veces lengua quiso quedarse en la humedad de la huella que fue dejando al descubierto en su piel.

Quiso meterse en ella cien veces por su oreja, cien veces por sus labios, cien veces por su pelo. Cien veces quiso moldear sus piernas, cien veces quiso no dejar de tocar el cielo. Ella decía o reía besos, suspiraba o entornaba caricias, pulsaba o retenía el tiempo.

Entonces él la beso. La besó cien veces, sabiendo que eran las últimas cien lenguas de este año cien veces difícil y cien veces año. Pero aunque se escanció en cien besos grandes y en cien besos minúsculos, ninguno de ellos fue el último, ni le agotó la sed.

Aún le quedan cien labios que abrir y cien ojos que cerrar en el próximo beso que reconocerás.



miércoles, 14 de diciembre de 2011

Nostalgia de peso

Siento nostalgia de tu peso, del modo
tan particular que tiene el amor
de encaramarse a las sillas,
de esa sensación de espuma en el pecho
cuando respirabas apuntándome al corazón.

Los besos, en cambio, han pasado
a mejor vida; quiero decir que se han liberado
de la saliva, del aliento, de la lengua,
y ahora existen en mí mismo, infinitos,
contenidos, tan a mano de la química
que llevo dentro que ya no puedo
distinguirlos de mis labios.

Es curioso que la nostalgia se me acumule
en los brazos abiertos, en los muslos exentos
de ese peso justo que me baja a la tierra.
Es curioso sentir esta nostalgia de tu peso.

Tú dirías, con esa niebla con que miras la vida,
que se puede vivir sin abrazos y sin besos.

Seguramente tendrías razón si lo dijeras
como lo dices todo, mansamente,
como quien alumbra el fondo de la celda
en la que se desespera de oscuridad;
tal vez tuvieras razón y se pueda
tener una vida corriente entre las manos
sin otra cosa que llevarse a los muslos
que el recuerdo de un peso
sostenido en contra
de la ley de la realidad.