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lunes, 10 de octubre de 2011

Doscientas, doscientos

Los números redondos tienen una atracción fatal sobre la imaginación y sobre la memoria. Obligan a mirar hacia atrás, a cerrar círculos, a revisar el itinerario recorrido e intentar adivinar a donde nos lleva.

Aquí empezó la vida como insomnio a mediados de diciembre de hace ya casi dos años. Comenzó para no perder la cabeza, porque el silencio no existe, para contar lo que aún no he contado.

Nació como un ejercicio de autohipnosis, como una terapia contra el más acá que siempre acecha. Y luego ha crecido y ha ido retorciéndose con el tiempo, con el paso de las circunstancias, con los cambios.

Quise pintar poesía y no supe, esculpir cuentos que se quedaron a medias, dibujar interiores y ampliarlos para que se vieran desde afuera. Decorar la vida es una obligación para todo ser humano, mentir es una necesidad biológica de la memoria, escribir es el escenario perfecto para congeniar la realidad y la ficción.

Doscientas pequeñas muertes, doscientos peldaños tiene ya esta escalera que nadie sabe si sube o baja, ni qué habrá más allá de las palabras que la sujetan, ni a donde van las cosas que se me quedaron sin decir.

Pero quiero dar las gracias a aquellas personas que me acompañan en el trayecto, que silenciosamente me observan caminar tropezando. Gracias a quiénes tienen el detalle de irse pero volver, cada cierto tiempo, a este trocito de viaje en el que también está mi vida expuesta en clave.

Gracias por leerme, por decepcionarse, por asombrarse, por aconsejarme, por discutirme, por desordenarme los renglones y por hacerme dudar de lo que siento, de lo que pienso y de lo que escribo.

Y muchas gracias al insomnio, muchas. El día que abandone, no será porque no duerma, como ahora y como siempre, sino porque habré dejado de soñar.






PEQUEÑAS MUERTES

Los sueños son pequeñas muertes
tramoyas anticipos simulacros de muerte
el despertar en cambio nos parece
una resurrección y por las dudas
olvidamos cuanto antes lo soñado

a pesar de sus fuegos sus cavernas
sus orgasmos sus glorias sus espantos
los sueños son pequeñas muertes
por eso cuando llega el despertar
y de inmediato el sueño se hace olvido
tal vez quiera decir que lo que ansiamos
es olvidar la muerte
apenas eso

(Mario Benedetti, "La vida, ese paréntesis", 1997)

ARTE POÉTICA

Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo,

ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Itaca
verde y humilde. El arte es esa Itaca
de verde eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.

(Jorge Luis Borges, El hacedor,1960)


DORMIR

¡Yo lo que tengo, amigo, es un profundo
deseo de dormir!... ¿Sabes?: el sueño
es un estado de divinidad.
El que duerme es un dios... Yo lo que tengo,
amigo, es gran deseo de dormir.

El sueño es en la vida el solo mundo
nuestro, pues la vigilia nos sumerge
en la ilusión común, en el océano
de la llamada «Realidad». Despiertos
vemos todos lo mismo:
vemos la tierra, el agua, el aire, el fuego,
las criaturas efímeras... Dormidos
cada uno está en su mundo,
en su exclusivo mundo:
hermético, cerrado a ajenos ojos,
a ajenas almas; cada mente hila
su propio ensueño (o su verdad: ¡quién sabe!)

Ni el ser más adorado
puede entrar con nosotros por la puerta
de nuestro sueño. Ni la esposa misma
que comparte tu lecho
y te oye dialogar con los fantasmas
que surcan por tu espíritu
mientras duermes, podría,
aun cuando lo ansiara,
traspasar los umbrales de ese mundo,
de tu mundo mirífico de sombras.
¡Oh, bienaventurados los que duermen!
Para ellos se extingue cada noche,
con todo su dolor el universo
que diariamente crea nuestro espíritu.
Al apagar su luz se apaga el cosmos.

El castigo mayor es la vigilia:
el insomnio es destierro
del mejor paraíso...

Nadie, ni el más feliz, restar querría
horas al sueño para ser dichoso.
Ni la mujer amada
vale lo que un dormir manso y sereno
en los brazos de Aquel que nos sugiere
santas inspiraciones. ..
«El día es de los hombres; mas la noche,
de los dioses», decían los antiguos.

No turbes, pues, mi paz con tus discursos,
amigo: mucho sabes;
pero mi sueño sabe más... ¡Aléjate!
No quiero gloria ni heredad ninguna:
yo lo que tengo, amigo, es un profundo
deseo de dormir...

(Amado Nervo, El estanque de los lotos, 1919)

sábado, 25 de junio de 2011

Literatura infantil

Todo empieza fuera del tiempo, fuera del espacio. Lejanos países -¿lejanos de dónde?- en los que había una vez, o muchas veces, criaturas desvalidas en manos de un autor sin escrúpulos.

Porque el autor, escondido detrás de una voz que narra impersonalmente, decide poner trabas y cuitas en la vida de los personajes. Se los inventa, les mata a los padres o los hace pobres, los mete en un castillo o en un choza, arbitrariamente, casi tan caprichosamente como el azar.

Luego los asusta con ogros, los impele a cometer fechorías o a soportar desgracias, los lanza sin red a un mundo en donde puede pasar cualquier cosa y en donde cualquier cosa que pasa viene como llovida de una tormenta. Los animales hablan con una dicción perfecta, con sabiduría o maldad, movidos por compasión o crueldad, por amor o por esa soberbia que sólo puede ser humana.

Como habitantes de una teoría evolucionista, los personajes cambian, se adaptan al medio y desarrollan capacidades que no creían tener y afrontan desafíos, generalmente estúpidos, con el coraje de los héroes que no tienen nada que perder. Todos los buenos ganan -¿quiénes son los buenos y por qué?- y todos los cuentos acaban. Todos los buenos ganan y alcanzan la dichosa felicidad sin que nadie sepa exactamente en qué consiste; bueno, todos ganan excepto las perdices, naturalmente.

Pero hay cuentos especiales, cuentos chinos. Aquellos en los que el autor no consigue zafarse de su propia trama. Se inventa a sí mismo y a los otros personajes, se lo inventa todo y... se lo cree. De una mirada extrae un sentimiento, con una palabra erige un monumento al corazón o un abismo al que asomarse. Y pierde el control de los sucesos y se pregunta que cómo a él, a sus años.

Y los animales, las cosas, cobran vida y le hablan, durante las ausencias, del otro, de los otros. Se alternan las noches con estrellas y los días nublados, se toca el cielo y, al instante siguiente, un infierno que sólo el azar sabe de dónde ha salido, le quema el estómago y la sangre, le hace arder los nervios o supurar lágrimas de desencanto cuando el hechizo no llega a tiempo.

El amor es un cuento, literatura infantil hecha por niños y para niños. Por y para niños que aún no han perdido las alas y que buscan un polvo de hadas que les haga volar de nuevo. Autores y protagonistas confunden sus roles, el azar narra caprichos de los de érase una vez y cualquier cosa es posible.

Pero como todos los cuentos, el amor acaba. Porque un cuento no es cuento hasta que se cuenta, y como todos los cuentos, el amor acaba en  lágrimas puestas en otro hombro, en la barra de un bar (o en la terraza, si es verano y alguien fuma) o en otra cama. Y colorín colorado, hay muchos cuentos que acaban en un juzgado. Y no siempre de paz.

Las perdices, ya devoradas y digeridas, no están en condiciones de agradecer este tipo de finales. Y los niños, inmediatamente, ávidos de literatura, quieren empezar otro cuento, creyendo aún que existen esos cuentos de los de nunca acabar.

Dichosos aquellos niños que tienen todas las noches la literatura de un melodrama que llevarse a la cama, porque vivir sin cuentos es como hacer de un poema un simple ejercicio de escritura.






LA FORMA DE QUERER TÚ...

La forma de querer tú
es dejarme que te quiera.
El sí con que te me rindes
es el silencio. Tus besos
son ofrecerme los labios
para que los bese yo.
Jamás palabras, abrazos,
me dirán que tú existías,
que me quisiste: Jamás.
Me lo dicen hojas blancas,
mapas, augurios, teléfonos;
tú, no.
Y estoy abrazado a ti
sin preguntarte, de miedo
a que no sea verdad
que tú vives y me quieres.
Y estoy abrazado a ti
sin mirar y sin tocarte.
No vaya a ser que descubra
con preguntas, con caricias,
esa soledad inmensa
de quererte sólo yo.

(Pedro Salinas, La voz a ti debida)