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viernes, 30 de noviembre de 2012

Guión de cámara

Disolvencia y plano detalle que se acerca con el zoom al cigarro encendido, y sigue su movimiento ascendente hasta descubrir unos labios.

Se abre lentamente el objetivo y el rostro del que espera, un tipo mediocre, con una barba de tres días que le da un aspecto envejecido y descuidado, el rostro se relaja en el dibujo del humo al que ahora sigue la cámara con un plano picado hacia arriba hasta que se disuelve en su viaje azul y amarillo.

Es un día espléndido, la cámara registra el calor en los destellos de un sol redondo y pleno sobre los cristales de los edificios. Y después de girar alrededor, en una panorámica rápida que presagia novedades en la trama, vuelve al plano corto de su rostro, que achica los ojos, como mirando lejos, y esboza una sonrisa pícara.

Plano contra plano, el coche se acerca calle arriba y el hombre relaja los ojos y suaviza la sonrisa hasta parecer adolescente. Una "steady" se asoma a la ventanilla del coche que aparca y sigue a la chica mientras coloca un quitasol en el parabrisas, cierra la puerta y cruza la calle mirando a todas partes pero con los ojos puestos en un único sitio. El plano medio siguiente, recoge el saludo frío que se profesan en mitad del mediodía de la noche americana.

Cambia el plano a vista de pájaro, para seguirlos con un travelling por la acera que los lleva a la puerta de la casa. Baja la grúa con la cámara hasta entrar en la cerradura al mismo tiempo que la llave y fundirse en negro.

Despierta la imagen dejándose mecer por el movimiento de las piernas, soplando con el aire que mueve la falda negra. Plano de conjunto cuando llegan a otra puerta que se cierra sobre el silencio de otro plano medio.

A partir de aquí, cuando entran, la secuencia se construye sobre un plano subjetivo, que se acerca al rincón en el que ella reposa la espalda. Se acerca la cámara y aparecen en plano dos manos que le acarician la cara y la acercan hasta un primerísimo plano de ojos entornados y boca entreabierta. Y, después, fundido en negro sobre sus labios.

Después de la elipsis, él aparece en una esquina de la panorámica de la ciudad que le va barriendo a distancia. Disolvencia y plano detalle que se acerca con el zoom al cigarro encendido, que deja el humo congelado en el aire, como si la historia estuviese esperando el momento de continuar...

-¡Corten! -dijo la voz del director surgida de las sombras-. Me gusta tanto la toma que la vamos a repetir.



En este movimiento de paquetes y maletas, me echo a las espaldas las mentiras. Porque mentir, que es el oficio más antiguo del mundo, es un modo de vivir con intención literaria.

Hablo del tiempo sin escribir buscando actos íntimos en el parque o alguna cita-cine.

O, entre usted y yo, quizás debería decirlo al revés, para dejar de sentirme ridículo.

martes, 13 de noviembre de 2012

Mi insomnio sin mí

Gritar en el centro de una plaza rebosante de uvas y gente desconocida, ver mi propia casa desde el estómago vacío de un parapente frágil y altísimo o hacer el amor desnudo en la cubierta de un yate, mar adentro, donde la palabra "tierra" haya perdido ya todo su significado.

Son cosas que tal vez intentaría hacer antes de que todo estalle, propuestas de sueños que me urgirían en mitad del huracán último. Tantas cosas que no hice, tantas otras que no dije, muchas más que no sentí.

Es extraño echar de menos todo aquello que no se vivió, como si lo sucedido no bastara nunca. Porque la vida interior es la vida, todas las sensaciones que sí he sentido son las que me han hecho como soy y las que me mantienen vivo.

Así que, por si el tercer acto acude presuroso y de improviso, y me pilla sin afeitar y con el chandal desolado, por si todo ocurre cuando la chimenea se ha vuelto ceniza y la emoción desnuda de tu tacto no pudiera distinguirse del frío de un otoño que se vierte a ras de suelo en un sitio desde el que no se ve mi casa; por si hubiera que susurrar en una habitación vacía y desangelada para no atraer al oído de las paredes y los teléfonos, y hacer el amor medio vestidos en tierra, allá donde la palabra "mar" dejó de existir hace milenios.

Por si no da tiempo a soñar, ni a elegir diez tareas como ofrenda. Por si no hay agua suficiente en el vaso, por si me falla la saliva al intentar decirte todo aquello que nunca podría terminar de decirte, quiero que sepas, hoy, esta noche, que me encantó soñar contigo.

Me encantó soñar contigo.




Isolda

Si alguien sabe de un filtro que excuse mi extravío,
que explique el desvarío de mi sangre,
le suplico:
Antes de que se muera el jazmín de mi vientre
y se cumplan mis lunas puntuales y enteras
y mis venas se agoten de tantas madrugadas
en las que un muslo roza al muslo compañero
y lo sabe marfil pero lo piensa lumbre;
antes de que la edad extenúe en mi carne
la vehemencia, que por favor lo diga.

Contemplo ante el espejo, hospedado en mis sábanas,
las señales febriles de la noche inclemente
en donde el terso lino aulaga se vertiera
y duro pedernal y cuerpo de muchacho.

Ciño mi cinturón y el azogue me escruta,
fresas bajo mi blusa ansiosas se endurecen
y al resbalar la tela por mi inclinada espalda
parece una caricia; y la boca me arde.

Si alguien sabe de un filtro que excuse mi locura
y me entregue al furor que la pasión exige,
se lo ruego, antes de que me ahogue
en mi propia fragancia, por favor,
por favor se lo ruego:
                                  que lo beba conmigo.

(Ana Rosseti)

jueves, 2 de agosto de 2012

Mariposas en el estómago

Soñar despierto, padecer alguna enfermedad benigna que se aloja en el alma para dejarla mullida y tenue. Enamorarse o, tal vez, inventarse un yo mejor que ese de todos los días cuando va espantándose de los espejos.

El mundo da una tregua breve de mediodía, alborotada sólo por las chicharras. A veces, todos los asistentes dejan su cargo a disposición del olvido, se ponen el corazón en la boca y besan con palabras nuevas, recién aprendidas.

Cada uno pone su pasado sobre la tierra que hay debajo de los pinos y esparcen, como si estuvieran hablando sólos, la longitud de un pensamiento que se comparte despacio: cambiar o ser el mismo, moverse o mover el mundo, hacerse otro o continuar la inercia de permanecer siempre en el mismo sitio. Dieciséis años ya eran muchos al principio. Cuarenta y siete, al final, no fueron tantos.

Y entonces sentí mariposas en el estómago. Tal vez soñar despierto, tal vez lo benigno y lo enfermo de sentirse entendido, tal vez acicalarse delante de esos ojos que se miran en ti como en un espejo.

Él tenía la cámara y fotografió el momento. Ese momento en que habíamos dejado de ser parientes cercanos para expandimos más allá, mucho más cerca, donde sólo el afecto puede conducir a los seres humanos.

El instante se esfumó en el aire, como una mariposa que agita sus alas en busca de otra sombra de julio. Quién sabe del caos y si tal vez aquella tarde llovió sobre Nueva York.

Pero a mí me quedaron mariposas en el estómago, las gafas de sol desatendidas sobre el pecho y una camiseta que me respiraba muy bajito, ocultando la anchura nueva de mi corazón antiguo.





viernes, 6 de julio de 2012

Contrariado

Acabo de llegar al sitio en el que los días laborables se convierten en un extraño y los días de fiesta atacan con su lucha perenne de soledad contra multitud.

Yo estaba desterrado de las mañanas abiertas. Madrugar hacía más trascendente mi insomnio y más digna de compasión mi temprana y abrupta manera de abrir los ojos y la boca, atiborrando al mundo de malhumor y despertadores.

Mi descuido en el atuendo tenía el salvoconducto de la urgencia, la barba sin cuchilla crecía con la excusa de las sábanas que se enredan tras una noche de duermevela. El desayuno era una droga, que tomaba a sorbos para espantar el inquietante correr de las manecillas por mis venas.

La vida, entonces, empezaba por la tarde, los días tenían menos horas para el despilfarro y la memoria, el mundo se apagaba pronto y los bares cerraban justo a la hora necesaria.

Llegar a la noche era empezar el refugio, sentir la pulsión de lo que está a punto de acabarse y querer apurarlo entre letras contra toda norma higiénica y de buenas costumbres. Buscar bajo la luna el minuto de cielo que traen todos los días y envejecer en la espera de una carta que no siempre llegaba, que no siempre era de amor.

Y no quiero hacer todo eso que dejé abandonado con la excusa de ponerme a hacerlo en estos días vagos -vagos por imprecisos-, porque ando mal de bolsillos y no quiero pagar deudas del pasado que no hayan sido de juego. Ordenar la montaña de los tristes papeles que resumen la existencia en un consumo me parece tan estúpido como contar estrellas bajo techo. Y sin embargo, prefiero lo último, por supuesto.

Pero es verdad que todos deseamos a veces que la vida pare, que deje de gruñir un momento, que no nos arañe más los pensamientos, que nos deje libre la garganta para llorar a gusto y deshacer los nudos que se nos han ido haciendo poco a poco. O para reírse de las cosas tan tontas que nos tienen el corazón atornillado al suelo y las ganas puestas de rodillas.

Por eso, procuro que estos días completos no tengan nada que ver con el tiempo de trabajo. Mis vacaciones consisten en hacer las cosas muy despacio y de una en una. Elegir el orden de actuación y dejar abandonadas para cuando vuelva el trabajo todas esas cosas para las que ahora no tengo tiempo.

Quizá, últimamente, voy haciendo las cosas tan de una en una y tan despacio, que te agobia mi mirada de relojero. Quizás tan despacio y tan de una en una, que te agoto, que te oprimo, que te sacudo. Quizás estoy tan de vacaciones y puedo soñar tan despierto, que no te dejo respirar.

Estoy contrariado por el efecto, por la falta de cálculo, por la lentitud con que pasan los días en el desierto. Estoy contrariado porque he hecho las cosas tan despacio y tan de una en una, que no he tenido tiempo de hacerte soñar escribiendo.

Y eso es algo que no quiero dejar de hacer.



LAS TARDES

Ya casi no recuerdo las mañanas,
su tiempo azul y claro,
lejos quedan, perdidas en colegios
o en piscinas extrañas e indolentes.

Porque sentimos duro el despertar
retrasamos ahora
la luz que nos fatiga los despegados ojos.
Y es un destino oscuro el de las tardes,
en ellas aprendí que llegará la noche,
y que es inútil
cualquier esfuerzo por burlar la historia
equivocada y triste de los años.
He vivido en la espera absurda de la vida,
cuando he gozado
ha sido con reservas; amé creyendo en el amor
que habría luego de venir, y que faltó a la cita,
y renuncié al placer por la promesa
de una dicha más alta en el futuro incierto.

Pero los días, al pasar, no son
el generoso rey que cumple su palabra,
sino el ladrón taimado que nos miente.
Con su certeza
nos convierte la edad en más mezquinos,
nos enseña a amar lo que nos duele,
las cosas más pequeñas, aquello que ahora somos
y tenemos: la música suave, nuestros cuerpos,
el calor de la estancia y el cansancio.
Buscamos la derrota de las tardes, su tregua
en la exigencia vana de una gloria
que ya no nos seduce. Nos convierte
la edad en más obscenos, y aceptamos
cualquier regalo aunque parezca pobre:
esa boca gastada por el uso, tan dulce aún,
el fuego antiguo y leve de la carne,
los viejos libros, los amigos justos,
un poema mediocre, pero nuestro,
y la costumbre extraña
de ser al fin felices en la sombra.

Es un destino oscuro el de las tardes,
pero también hermoso
y breve como el paso de los hombres.

(Vicente Gallego, Los ojos del extraño, 1990)

lunes, 10 de octubre de 2011

Doscientas, doscientos

Los números redondos tienen una atracción fatal sobre la imaginación y sobre la memoria. Obligan a mirar hacia atrás, a cerrar círculos, a revisar el itinerario recorrido e intentar adivinar a donde nos lleva.

Aquí empezó la vida como insomnio a mediados de diciembre de hace ya casi dos años. Comenzó para no perder la cabeza, porque el silencio no existe, para contar lo que aún no he contado.

Nació como un ejercicio de autohipnosis, como una terapia contra el más acá que siempre acecha. Y luego ha crecido y ha ido retorciéndose con el tiempo, con el paso de las circunstancias, con los cambios.

Quise pintar poesía y no supe, esculpir cuentos que se quedaron a medias, dibujar interiores y ampliarlos para que se vieran desde afuera. Decorar la vida es una obligación para todo ser humano, mentir es una necesidad biológica de la memoria, escribir es el escenario perfecto para congeniar la realidad y la ficción.

Doscientas pequeñas muertes, doscientos peldaños tiene ya esta escalera que nadie sabe si sube o baja, ni qué habrá más allá de las palabras que la sujetan, ni a donde van las cosas que se me quedaron sin decir.

Pero quiero dar las gracias a aquellas personas que me acompañan en el trayecto, que silenciosamente me observan caminar tropezando. Gracias a quiénes tienen el detalle de irse pero volver, cada cierto tiempo, a este trocito de viaje en el que también está mi vida expuesta en clave.

Gracias por leerme, por decepcionarse, por asombrarse, por aconsejarme, por discutirme, por desordenarme los renglones y por hacerme dudar de lo que siento, de lo que pienso y de lo que escribo.

Y muchas gracias al insomnio, muchas. El día que abandone, no será porque no duerma, como ahora y como siempre, sino porque habré dejado de soñar.






PEQUEÑAS MUERTES

Los sueños son pequeñas muertes
tramoyas anticipos simulacros de muerte
el despertar en cambio nos parece
una resurrección y por las dudas
olvidamos cuanto antes lo soñado

a pesar de sus fuegos sus cavernas
sus orgasmos sus glorias sus espantos
los sueños son pequeñas muertes
por eso cuando llega el despertar
y de inmediato el sueño se hace olvido
tal vez quiera decir que lo que ansiamos
es olvidar la muerte
apenas eso

(Mario Benedetti, "La vida, ese paréntesis", 1997)

ARTE POÉTICA

Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo,

ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Itaca
verde y humilde. El arte es esa Itaca
de verde eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.

(Jorge Luis Borges, El hacedor,1960)


DORMIR

¡Yo lo que tengo, amigo, es un profundo
deseo de dormir!... ¿Sabes?: el sueño
es un estado de divinidad.
El que duerme es un dios... Yo lo que tengo,
amigo, es gran deseo de dormir.

El sueño es en la vida el solo mundo
nuestro, pues la vigilia nos sumerge
en la ilusión común, en el océano
de la llamada «Realidad». Despiertos
vemos todos lo mismo:
vemos la tierra, el agua, el aire, el fuego,
las criaturas efímeras... Dormidos
cada uno está en su mundo,
en su exclusivo mundo:
hermético, cerrado a ajenos ojos,
a ajenas almas; cada mente hila
su propio ensueño (o su verdad: ¡quién sabe!)

Ni el ser más adorado
puede entrar con nosotros por la puerta
de nuestro sueño. Ni la esposa misma
que comparte tu lecho
y te oye dialogar con los fantasmas
que surcan por tu espíritu
mientras duermes, podría,
aun cuando lo ansiara,
traspasar los umbrales de ese mundo,
de tu mundo mirífico de sombras.
¡Oh, bienaventurados los que duermen!
Para ellos se extingue cada noche,
con todo su dolor el universo
que diariamente crea nuestro espíritu.
Al apagar su luz se apaga el cosmos.

El castigo mayor es la vigilia:
el insomnio es destierro
del mejor paraíso...

Nadie, ni el más feliz, restar querría
horas al sueño para ser dichoso.
Ni la mujer amada
vale lo que un dormir manso y sereno
en los brazos de Aquel que nos sugiere
santas inspiraciones. ..
«El día es de los hombres; mas la noche,
de los dioses», decían los antiguos.

No turbes, pues, mi paz con tus discursos,
amigo: mucho sabes;
pero mi sueño sabe más... ¡Aléjate!
No quiero gloria ni heredad ninguna:
yo lo que tengo, amigo, es un profundo
deseo de dormir...

(Amado Nervo, El estanque de los lotos, 1919)

jueves, 23 de junio de 2011

El tercer nivel de concrección siempre es un cruce de miradas

Amar la trama, pero esperar un desenlace.

El ser humano no sabe vivir el presente. Uno espera que esta noche, cuando cierre los ojos al sueño, que es como una muerte de juguete, no sea la última vez que los cierre.

En el primer nivel de concrección uno espera vivir, tener sueños que se cumplan, transgredir la frontera infranqueable del más tarde. Crecer y multiplicarse, dividir y vencer. La vida no pone normas, decía Benedetti, pero el paso del tiempo sí. El azar dicta órdenes y decretos inviolables, contra los que el desacato no sirve de nada. Sobrevivir es la principal ley orgánica.

El segundo nivel consiste en esperar que haya alguien al otro lado. Inventarlo con cuidado, definirlo en base a ciertos estereotipos aprendidos y manoseados por el ambiente. Se sopesan los pasos, las direcciones, los esfuerzos. Se vaticina lo imprevisto y, cuando no sucede, uno se empeña en volver a vaticinarlo. Agoreros todos, rebuscamos entre los otros a alguien que nos dé la razón, una razón, todas las razones... Sobre todo, para vivir.

Y entonces se hacen planes, se buscan objetivos, se rellena la agenda con menudencias y cuestiones laborales. Se progresa o no, se planifica y se incumplen los plazos. Mañana siempre es una parte de hoy, indisoluble, inseparable. Vivir necesita calendario.

En el tercer nivel hay que adaptarse al nivel madurativo de los acontecimientos, a las características del entorno, a los altibajos de la Gran Noria y a sus pellizcos en el estómago. Nos da por evaluarlo todo con criterios cambiantes, por programar la felicidad venidera y ponerle coto.

Nos proponemos actividades a corto plazo y tomamos café o salimos al encuentro del humo empaquetado. Se nos cierran los ojos con el ruido monótono del engranaje de los días y concluímos los ciclos sin haberlos saboreado.

En el tercer nivel, hay que estar muy despiertos para convencer al sueño, muy cansados para llamar a la calma, muy ajetreados para buscar un momento de sosiego.

En este tercer nivel en el que me hallo, como tutor de mí mismo y de quienes me rodean, propongo dejar de temporalizar la felicidad y disfrutarla cuando me llega. Reír como instrumento y como meta, soñar como método y como estrategia, sentir como principio y como fin.

Y concluir con un poema, que eso siempre queda muy bien en las programaciones de cero a tres años que sólo ambicionan no aplazar el minuto de cielo que cada día me escondes, cruzado, entre tus manecillas.




CARICIAS CRUZADAS

Comencé una caricia el jueves por la tarde,
pero sonó el teléfono, llamaron a la puerta,
la caricia se quedó aplazada.

También otras caricias quedaron en suspenso
para seguir más tarde, después, al día siguiente:
las caricias se enredan, las que están acabando
con las que empiezan hoy, aquellas que se alargan
ocupando semanas con aquellas que duran
décimas de segundo.

Contigo las caricias empiezan, no se agotan,
nunca acaban, parecen
conversaciones que se cruzan,
palabras que nos llevan.

(José Carlos Rosales, Poemas a Milena, 2010)