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martes, 3 de abril de 2012

Lejos la lluvia

Debería haber paz en la lectura. Como en estas tardes lánguidas de lluvia, las letras van sonando gota a gota sobre los tejados inmóviles. La tinta tiene una sustancia parecida a la niebla, el ruido del agua se desgrana en mensajes con puntos, comas y acentos.

Los cristales con los que se lee, se empañan de una nostalgia conocida y el paisaje verdadero se arruga a lo lejos, se distorsiona como los sueños cuando la luz de la tarde desciende nublada desde el horizonte. Todo suena diferente, monótono, cuando el corazón se ve acorralado bajo los párrafos de un paraguas.

Leer es un modo de atravesar kilómetros y e ir saltando, como en un paseo por estas tardes lánguidas de lluvia, los charcos que separan las formas redondas que tienen los besos guardados en la piel. Viajar, sí, tal vez, viajar en el tiempo, volver, repetirse incesantemente mandalas tiernos como un aguacero que cae vertical.

Quizás allá lejos también llueva mientras lees. Gotas diferentes, tal vez llueva en otro idioma, quizás recibas el agua por entre un paisaje de barcos que esperan puerto. Sí, quizás sea otra vida la que llueva, otras risas las que escampen rompiendo otro silencio.

Pero me gustaría pensar que allá, lejos, quizás otra lluvia, tal vez otra distancia, pero el mismo texto.

Para que llegue lejos la lluvia, para que te alcance tan a lo lejos, sigo rayando tus sueños con renglones de agua.



SONETO LXX

Tal vez herido voy sin ir sangriento
por uno de los rayos de tu vida
y a media selva me detiene el agua:
la lluvia que se cae con su cielo.

Entonces toco el corazón llovido:
allí sé que tus ojos penetraron
por la región extensa de mi duelo
y un susurro de sombra surge solo:

Quién es? Quién es? Pero no tuvo nombre
la hoja o el agua oscura que palpita
a media selva, sorda, en el camino,

y así, amor mío, supe que fui herido
y nadie hablaba allí sino la sombra,
la noche errante, el beso de la lluvia.

(Pablo Neruda, Cien sonetos de amor, 1959)



SE PIANGE, SE RIDI

Te diré que no supe si reír o llorar
después de todo
pero estaba feliz,
demasiado feliz, sospecho ahora.
Recuerdo que me hablaste
de que empezaba a amanecer,
el cielo parecía algodón sucio.
Lo más inolvidable será siempre
el aire fresco y dulce que crecía,
igual que una caricia, entre dos luces.
Yo estaba sola
y tú quisiste ser mi amigo:
que esto no rompa la amistad, dijimos.

Pero fue hermoso más que un sueño,
mucho más inquietante que un puente entre la bruma
y aquel coche sin duda más maravilloso
que un bosque de la Alhambra
y tu corazón más hondo y más extenso
que el manto de la aurora
cuando llorando me asomé al balcón
de tus ojos.

Por eso ahora escuece la distancia
como ella sola y el deseo -cruel-
asoma cada minuto
-con el peligro que eso entraña
para una sencilla amistad-
ahora no puedo menos que aceptar
lo que fue un verdadero error de cálculo:
esta suave tristeza insoportable
con la que no contábamos.

(Ángeles Mora, Cámara subjetiva, 1996)

jueves, 29 de marzo de 2012

Tres minutos

Perdona que te escriba de nuevo pero, ya ves, no puedo remediarlo. Necesito que me escuches un momento, no voy a entretenerte demasiado, lo prometo.

Créeme, no es una cuestión de soledad ni de tristeza por lo que te busco. En realidad, la vida me sonríe, más o menos, con los altibajos propios de un azar que no se propasa conmigo. ¿Melancolía?… Bueno… sí… puede que un poco, pero tampoco es lo que me mueve.

Más bien, sé que suena extraño, es un asunto de costumbre. Un vicio que se me ha instalado desde hace tiempo en los dedos. Una especie de adicción que, cuando no la hago, por lo menos un ratito todos los días, siento como si me faltara algo, sin saber exactamente qué. Seguramente no me falte nada y sea sólo que me ataca ese desasosiego común de las rutinas interrumpidas, ese misterioso acto reflejo de las usanzas, esa desazón que da la abstinencia imprevista.

El caso es que, aunque no tenga nada que decir, necesito creer que estás ahí. Hacerme a la idea de que me miras atentamente mientras escribo, como si te interesara adivinar mis pensamientos, como si te importaran mis palabras inútiles y mis rimas absurdas. Como si tú y yo existiéramos a la vez en algún lugar, en algún tiempo, en algún doblez de la realidad.

Ya está, estoy terminando. Al fin y al cabo, tanta palabra parece que no es nada, puro relleno. Pero para mí es mucho más, muchísimo más. Porque en el rato que he tardado en escribirte esto, un instante a lo sumo, y sin tú saberlo, como efecto inverosímil de la magia blanca, te han traído hasta aquí mis palabras. Incluso, no debería decir esto para que no dudes de mi cordura pero, me ha parecido que me las ibas leyendo en voz alta y de una en una.

Por eso, para agradecer tu visita y tratarte como te mereces, para dejar que eches la cabeza en mi hombro o espantarte los fantasmas o darle un descanso a tus dudas, quiero invocar la energía de todas las musas, de todas las fuerzas de la magia electrónica. Para que me permitan viajar a tu lado en un momento y estar contigo un rato, no sé, tres minutos si acaso, o lo que dure el instante que tardes en leer conmigo este texto.



POÉTICA

Yo sé que estoy aquí
para escribir mi vida.
Que vine poco a poco
hasta esta silla.

Y no quiero engañarme.

Sé que voy a contártela
y que será mentira:
Sobre la mesa sucia
una gota de tinta.

(Ángeles Mora, Contradicciones, pájaros, 2000)

viernes, 27 de enero de 2012

Por si pasas por aquí

Podría haber pasado de largo por la página, haberles dado un enjuagón a las letras antes de colocarlas en este tendedero. Haber dormido la idea antes de ensuciarla con palabras.

Me gusta escribir, pero sabes que a veces me enfrento a los rectángulos con miedo de sus esquinas, con demasiada precaución de vértices. El asunto de ir alineando los renglones poco a poco, puede volverse trabajoso cuando los sinónimos se traban y los adjetivos se quedan pálidos en mitad de una frase.

No siempre estoy contento con lo que aquí dejo. A menudo siento la tentación de cambiar las rimas, los adverbios o los predicados. Aunque nunca cambiaría los pronombres, tú lo sabes.

Raramente consigo decir lo que quiero, sólo soy capaz de expresar lo que me dejo, lo que me asalta en ese maravilloso y grotesco momento de sentarme a hablar con nadie de mis nadas.

Pero... ¿Y si pasas por aquí y no me encuentras, ni te encuentro? ¿Y si no tiene recompensa tu esfuerzo de abrir los ojos para mí y hacer que exista durante un momento para ti?

Por eso esta noche he vencido la tentación del cansancio, el cansancio del desvelo y el desvelo de la vanidad, para dejarme escrito en este texto, tan feo y tan estático como yo mismo, para así intentar corresponder a tu amabilidad.

Por si pasas por aquí antes de acostarte, quisiera que no te fueras de vacío y me encontraras en este minuto y medio de teclas en el que los dos existimos el uno para el otro.

Lo que quiero decir es que hay una parte de la literatura que se parece al amor. Como hay una parte del amor que siempre nos parece literatura.




El amor es un género literario
(que le da sentido a la vida y a la literatura)


¿Qué recuerdo de ti?
La noche inevitable que arde como un rito,
la norma temeraria de castigar los límites
y el negro maltratado de tus ojos.

¿Qué recuerdas de mí?
La noche inevitable que arde como un rito,
la norma temeraria de castigar los límites
y el negro maltratado de mis ojos.

¿Qué sabrán de nosotros?
La noche interminable que ardía como un rito,
la norma temeraria de castigar los límites
y el negro maltratado de los ojos.

(Luís García Montero, Un invierno propio, 2011)

lunes, 10 de octubre de 2011

Doscientas, doscientos

Los números redondos tienen una atracción fatal sobre la imaginación y sobre la memoria. Obligan a mirar hacia atrás, a cerrar círculos, a revisar el itinerario recorrido e intentar adivinar a donde nos lleva.

Aquí empezó la vida como insomnio a mediados de diciembre de hace ya casi dos años. Comenzó para no perder la cabeza, porque el silencio no existe, para contar lo que aún no he contado.

Nació como un ejercicio de autohipnosis, como una terapia contra el más acá que siempre acecha. Y luego ha crecido y ha ido retorciéndose con el tiempo, con el paso de las circunstancias, con los cambios.

Quise pintar poesía y no supe, esculpir cuentos que se quedaron a medias, dibujar interiores y ampliarlos para que se vieran desde afuera. Decorar la vida es una obligación para todo ser humano, mentir es una necesidad biológica de la memoria, escribir es el escenario perfecto para congeniar la realidad y la ficción.

Doscientas pequeñas muertes, doscientos peldaños tiene ya esta escalera que nadie sabe si sube o baja, ni qué habrá más allá de las palabras que la sujetan, ni a donde van las cosas que se me quedaron sin decir.

Pero quiero dar las gracias a aquellas personas que me acompañan en el trayecto, que silenciosamente me observan caminar tropezando. Gracias a quiénes tienen el detalle de irse pero volver, cada cierto tiempo, a este trocito de viaje en el que también está mi vida expuesta en clave.

Gracias por leerme, por decepcionarse, por asombrarse, por aconsejarme, por discutirme, por desordenarme los renglones y por hacerme dudar de lo que siento, de lo que pienso y de lo que escribo.

Y muchas gracias al insomnio, muchas. El día que abandone, no será porque no duerma, como ahora y como siempre, sino porque habré dejado de soñar.






PEQUEÑAS MUERTES

Los sueños son pequeñas muertes
tramoyas anticipos simulacros de muerte
el despertar en cambio nos parece
una resurrección y por las dudas
olvidamos cuanto antes lo soñado

a pesar de sus fuegos sus cavernas
sus orgasmos sus glorias sus espantos
los sueños son pequeñas muertes
por eso cuando llega el despertar
y de inmediato el sueño se hace olvido
tal vez quiera decir que lo que ansiamos
es olvidar la muerte
apenas eso

(Mario Benedetti, "La vida, ese paréntesis", 1997)

ARTE POÉTICA

Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo,

ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Itaca
verde y humilde. El arte es esa Itaca
de verde eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.

(Jorge Luis Borges, El hacedor,1960)


DORMIR

¡Yo lo que tengo, amigo, es un profundo
deseo de dormir!... ¿Sabes?: el sueño
es un estado de divinidad.
El que duerme es un dios... Yo lo que tengo,
amigo, es gran deseo de dormir.

El sueño es en la vida el solo mundo
nuestro, pues la vigilia nos sumerge
en la ilusión común, en el océano
de la llamada «Realidad». Despiertos
vemos todos lo mismo:
vemos la tierra, el agua, el aire, el fuego,
las criaturas efímeras... Dormidos
cada uno está en su mundo,
en su exclusivo mundo:
hermético, cerrado a ajenos ojos,
a ajenas almas; cada mente hila
su propio ensueño (o su verdad: ¡quién sabe!)

Ni el ser más adorado
puede entrar con nosotros por la puerta
de nuestro sueño. Ni la esposa misma
que comparte tu lecho
y te oye dialogar con los fantasmas
que surcan por tu espíritu
mientras duermes, podría,
aun cuando lo ansiara,
traspasar los umbrales de ese mundo,
de tu mundo mirífico de sombras.
¡Oh, bienaventurados los que duermen!
Para ellos se extingue cada noche,
con todo su dolor el universo
que diariamente crea nuestro espíritu.
Al apagar su luz se apaga el cosmos.

El castigo mayor es la vigilia:
el insomnio es destierro
del mejor paraíso...

Nadie, ni el más feliz, restar querría
horas al sueño para ser dichoso.
Ni la mujer amada
vale lo que un dormir manso y sereno
en los brazos de Aquel que nos sugiere
santas inspiraciones. ..
«El día es de los hombres; mas la noche,
de los dioses», decían los antiguos.

No turbes, pues, mi paz con tus discursos,
amigo: mucho sabes;
pero mi sueño sabe más... ¡Aléjate!
No quiero gloria ni heredad ninguna:
yo lo que tengo, amigo, es un profundo
deseo de dormir...

(Amado Nervo, El estanque de los lotos, 1919)