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domingo, 25 de noviembre de 2012

Cielo

Aquella mañana él estaba despierto mientras soñaba, como siempre. Ella atravesó la puerta del sueño como si después de una tormenta se abriera el cielo. Un cielo de manga larga con algo escrito en las nubes, que se le dejaba caer suavemente por el cuerpo como derramado sobre la falda.

Venía envuelta para regalo, siempre sorpresa. Siempre enfundada y sin recodos. De vez en cuando algún balcón al que asomarse, una pequeña ventana a través de la que mirar. Pero aquella mañana, primavera ya cerrada con el calor que se avecina, el cielo traía rendijas en la persiana que dejaban puertas abiertas a la imaginación.

Él fantaseó con la misma escena en la que ella entraba y luego se iba. Pero, esta vez, al irse, de espaldas, justo antes del último paso, la retuvo deslizando una mano por debajo del límite azul de la camisa. Y allí escribía versos con dedos de vientre suave, jugando a pintar palabras sin ver, garabateando en la piel emociones contenidas en el tiempo.

En ese mismo sueño despierto, se percató enseguida de que ella se quedaba inmóvil, cerraba los ojos y paraba su respiración. Pasado un rato, porque en los sueños no cabe ningún reloj, mientras la acariciaba y dejaba el mentón reposando en su hombro, él llamó a su sonrisa con la voz suave de una gracia que decía, "cariño, ¿cuánto tiempo puedes contener la respiración?".

A veces ocurre que los personajes buscan autor y deciden sus propios pasos por el cuento, y, en aquel mismo sueño, ella respondió, girando un poco el cuello hasta encontrarse con sus ojos: "Hace miles de sueños que la contengo".



Me llevo la piel habitable, los besos púrpuras, el cuerpo del delito.

Porque siempre es entre costuras cuando sucede el incendio. Por si una mujer con abrigo me guarda en su sobre rojo una mentira piadosa que es copia fiel del original. Para que me dure el veneno y se me derrame a los dos lados del sueño. Por si consigo que cien preposiciones deshonestas se conviertan en cuestiones de tacto.

Me llevo los labios, el deseo llamado tranvía, la tentación que no vive arriba. Pero sobre todo, me llevo la brevedad.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Se vende (por cambio de negocio)

Puedo imaginarla a mi gusto, con piernas perfectas y un rostro delicado y sereno. Rubia o morena o la mitad de cada.

Vendrá vestida como yo quiera, adoptará la forma de mis sueños y me irá diciendo al oído todo aquello que me gustaría oír de sus labios.

Temblará al contacto con mis manos, gemirá entrecortadamente como derramando bendiciones con los ojos cerrados y, un poco más tarde, sonreirá con picardía mientras se recompone el cabello.

La literatura es el paraíso artificial en el que siempre resido. Me mudé hace ya mucho tiempo y apenas salgo del barrio: para ir a trabajar, echar una cerveza con los amigos o llevar y traer a los niños.

Sería perfecto para alguien que se conformara con poco. Yo, sin embargo, preferiría que adoptara su propia forma, que me espetara impertinencias en el más mágico de los momentos y que las presillas del sujetador me dejaran inexorablemente en ridículo.

Preferiría que no fuese de mi talla, sino de la suya. Que su rostro fuese inconfundible y que trajese la misma vestimenta que lleva puesta todo el día. Incluso preferiría que no siempre que me lo anunciase, pudiese venir a mi encuentro.

Prefiero otro paraíso más imperfecto, en donde no todo salga como estaba previsto y hubiera que amoldarse a lo que el azar envíe. Un paraíso dividido entre los días intactos y los días de beso, que tuviera vistas al infortunio y al dolor propio y ajeno.

Ya decidí, hace tiempo, que aunque siguiera esculpiendo en el aire con la materia de la que están hechos los sueños, volvería a comer con pan o sin él, alternativamente; decidí que volvería al calor del pijama de invierno y a hacer piruetas horizontales con la almohada. Y que dejaría, al menos durante un tiempo, este otro paraíso de palabras.

Me arden los dedos de tanta piel que no consigo tocar, me empiezan a picar los ojos de tanto no mirar los tuyos, me duele la espalda de estar encorvado sobre el porvenir.

Ahora me mudo, nuevamente, a otro cielo adyacente y más recogidito. A un sótano más modesto y más oscuro de deseo no siempre correspondido, me vuelvo con mis maletas a ese lugar tan frágil y tan cotidiano, a ese espacio que queda entre el teléfono y la tarde.

Quiero irme a vivir a un país donde no tenga que imaginarte, a una provincia en la que no necesite conocerte, a una ciudad en la que podamos habitarnos.

Vendo este inmueble y empiezo la mudanza hoy mismo. Si quieres, puedes mirar como voy envolviendo los trocitos de corazón que me gustaría llevarme conmigo.


Lo primero que voy a empaquetar son los Contrarios.

Este poema me asaltó cuando leía un pasaje de una novela de Gioconda Belli en la que narra una posible historia de Adán y Eva, "El infinito en la palma de la mano".

Un novela llena de poesía y de clase especial de ternura que rezuma sensibilidad.  Mi poema, en cambio, salió mundano; y por eso es precisamente por lo que más me gusta.

viernes, 5 de octubre de 2012

Mano entera

Tengo las manos pequeñas, con falanges cortas y una breve capa de vello que apenas se divisa ya entre los nudillos.

Cuando las cierro, mi puño es minúsculo. Posiblemente, como decían cansinamente los libros de texto de cuando era niño en tardes que recuerdo somnolientas, minúsculo sea por eso el tamaño de mi corazón.

Me cuesta abrir los botes de cristal, apretar las tuercas y atornillar los clavitos esos que van peinados con la raya en medio. No consigo sujetar una moneda entre los dedos sin que se note que la llevo y cualquier llave me doblega enseguida si se me cruza en el camino algún problema de goznes o de cerraduras.

Mis manos se me rebelaron ya desde muy niño. Dedos cortos para tocar la guitarra, demasiado gruesos para los trucos de naipes. Muy sudorosas para pasear agarrado, excesivamente ásperas para materiales sensibles, inseguras contra el frío y débiles para proteger contra el mundo.

Hubo un tiempo en que decidieron perder el tacto. Las cosas más importantes se me caían de las manos porque siempre tuve miedo de apretar más de la cuenta. No podía mostrarlas en público y desde entonces arrastro esta manía de ponerlas a jugar al escondite con los bolsillos.

Y sin embargo, antiguas enemigas, se vuelcan ahora en las teclas como si pudieran cambiar mi destino, como si rebuscaran contraseñas que me abran las puertas de otra vida. Acarician estas palabras sin tinta como si alguien, al otro lado, estuviera colgando en ellas una vida.

Él las tiene hermosas, elegantes, jóvenes. Las vio, años después, en una fotocopia de esas que se hacen por curiosidad y las reconoció enseguida. Manos de dedos largos y rasgos suaves, de palmas abiertas al futuro y sin miedo escrito en la línea del corazón.

Yo no reconocería mis manos antiguas, ya no. Ni ayuda la vista cansada, ni el paso del tiempo respeta nada. Pero aun así, todavía espero que mis manos, antes de que el fragor de los teclados les borre las huellas para siempre, encuentren una memoria amiga en donde guarecerse.

Que mi mano encuentre una caligrafía en la que posarse suavemente, que halle un tiempo en el que desplegarse al calor de los días y que, cuando la vida nos arrincone contra las tablas y nos apriete los puños manchados de soledad, la salve otra mano que la recuerde entera, abierta, desnuda.



DESNUDA

Desnuda eres tan simple como una de tus manos:
lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente.
Tienes líneas de luna, caminos de manzana.
Desnuda eres delgada como el trigo desnudo.

Desnuda eres azul como la noche en Cuba:
tienes enredaderas y estrellas en el pelo.
Desnuda eres redonda y amarilla
como el verano en una iglesia de oro.

Desnuda eres pequeña como una de tus uñas:
curva, sutil, rosada hasta que nace el día
y te metes en el subterráneo del mundo

como en un largo túnel de trajes y trabajos:
tu claridad se apaga, se viste, se deshoja
y otra vez vuelve a ser una mano desnuda.

(Pablo Neruda)