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viernes, 5 de octubre de 2012

Mano entera

Tengo las manos pequeñas, con falanges cortas y una breve capa de vello que apenas se divisa ya entre los nudillos.

Cuando las cierro, mi puño es minúsculo. Posiblemente, como decían cansinamente los libros de texto de cuando era niño en tardes que recuerdo somnolientas, minúsculo sea por eso el tamaño de mi corazón.

Me cuesta abrir los botes de cristal, apretar las tuercas y atornillar los clavitos esos que van peinados con la raya en medio. No consigo sujetar una moneda entre los dedos sin que se note que la llevo y cualquier llave me doblega enseguida si se me cruza en el camino algún problema de goznes o de cerraduras.

Mis manos se me rebelaron ya desde muy niño. Dedos cortos para tocar la guitarra, demasiado gruesos para los trucos de naipes. Muy sudorosas para pasear agarrado, excesivamente ásperas para materiales sensibles, inseguras contra el frío y débiles para proteger contra el mundo.

Hubo un tiempo en que decidieron perder el tacto. Las cosas más importantes se me caían de las manos porque siempre tuve miedo de apretar más de la cuenta. No podía mostrarlas en público y desde entonces arrastro esta manía de ponerlas a jugar al escondite con los bolsillos.

Y sin embargo, antiguas enemigas, se vuelcan ahora en las teclas como si pudieran cambiar mi destino, como si rebuscaran contraseñas que me abran las puertas de otra vida. Acarician estas palabras sin tinta como si alguien, al otro lado, estuviera colgando en ellas una vida.

Él las tiene hermosas, elegantes, jóvenes. Las vio, años después, en una fotocopia de esas que se hacen por curiosidad y las reconoció enseguida. Manos de dedos largos y rasgos suaves, de palmas abiertas al futuro y sin miedo escrito en la línea del corazón.

Yo no reconocería mis manos antiguas, ya no. Ni ayuda la vista cansada, ni el paso del tiempo respeta nada. Pero aun así, todavía espero que mis manos, antes de que el fragor de los teclados les borre las huellas para siempre, encuentren una memoria amiga en donde guarecerse.

Que mi mano encuentre una caligrafía en la que posarse suavemente, que halle un tiempo en el que desplegarse al calor de los días y que, cuando la vida nos arrincone contra las tablas y nos apriete los puños manchados de soledad, la salve otra mano que la recuerde entera, abierta, desnuda.



DESNUDA

Desnuda eres tan simple como una de tus manos:
lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente.
Tienes líneas de luna, caminos de manzana.
Desnuda eres delgada como el trigo desnudo.

Desnuda eres azul como la noche en Cuba:
tienes enredaderas y estrellas en el pelo.
Desnuda eres redonda y amarilla
como el verano en una iglesia de oro.

Desnuda eres pequeña como una de tus uñas:
curva, sutil, rosada hasta que nace el día
y te metes en el subterráneo del mundo

como en un largo túnel de trajes y trabajos:
tu claridad se apaga, se viste, se deshoja
y otra vez vuelve a ser una mano desnuda.

(Pablo Neruda)

domingo, 17 de junio de 2012

La quinta quimio

Desde aquella noche de hace tanto tiempo, me trataste como a un amigo. Reímos y lloramos, por cartas, por sentimientos, por adolescentes. Cinco minutos que me cambiaron la vida.

Más tarde nos separaron los caminos distintos que cada uno buscó. Varios reencuentros, todos alegres. La vida que a cada uno lo manda a un sitio distinto, cada cinco minutos.

El último reencuentro fue hace seis meses en la consulta del especialista. Lo mío, ya sabes, la tensión, y lo tuyo, ya sabes, nada grave, que no dan con la tecla. Entraste hacia el diagnóstico, cinco minutos después del mío.

Cinco quimios después, no hemos podido despedirnos. La muerte es parte de la vida, pero cuando se altera el orden natural de las cosas y son los padres los que tienen que enterrar a los hijos, entonces la vida es una catástrofe que nadie entiende.

Nadie entiende, pero hay que defender la alegría. Y recordar aquella tarde, aquella guitarra, aquel abrazo y aquellas lágrimas brutas, orondas, repletas de despedida. Hay que defender la alegría porque la vida puede cambiarte en cinco minutos.

La vida cambia cada cinco minutos, Salva, aunque sólo sea para seguir lo mismo. A mí no me importan los herederos, ni los testamentos, ni saber si van a hacerme cenizas y a rociarme sobre una roca.

Yo sólo pido, cuando lleguen esos cinco minutos que me cambien la vida, pido tu suerte: la de poder agarrar con fuerza una mano que amar y que me ame. Y después, cerrar los ojos y que el río siga pasando por debajo del puente.

Creo en la muerte pero, aunque sé que me ronda detrás de cualquier esquina, no quiero dejar de creer en la vida. Por eso, entretanto, quiero hacer planes, cumplir sueños, estar contigo hasta en los cinco minutos últimos.

Deseo que la muerte tarde en llegar y que cuando llegue me encuentre completamente vivo.

Adiós, Salva. Qué no daría ahora por la memoria de un último abrazo que ya no podré darte.




ELEGÍA DEL RECUERDO IMPOSIBLE

Qué no daría yo por la memoria
de una calle de tierra con tapias bajas
y de un alto jinete llenando el alba
(largo y raído el poncho)
en uno de los días de la llanura,
en un día sin fecha.
Qué no daría yo por la memoria
de mi madre mirando la mañana
en la estancia de Santa Irene,
sin saber que su nombre iba a ser Borges.
Qué no daría yo por la memoria
de haber combatido en Cepeda
y de haber visto a Estanislao del Campo
saludando la primer bala
con la alegría del coraje.
Qué no daría yo por la memoria
de un portón de quinta secreta
que mi padre empujaba cada noche
antes de perderse en el sueño
y que empujó por última vez
el 14 de febrero del 38.
Qué no daría yo por la memoria
de las barcas de Hengist,
zarpando de la arena de Dinamarca
para debelar una isla
que aún no era Inglaterra.
Qué no daría yo por la memoria
(la tuve y la he perdido)
de una tela de oro de Turner,
vasta como la música.
Qué no daría yo por la memoria
de haber oído a Sócrates
que, en la tarde la cicuta,
examinó serenamente el problema
de la inmortalidad,
alternando los mitos y las razones
mientras la muerte azul iba subiendo
desde los pies ya fríos.
Qué no daría yo por la memoria
de que me hubieras dicho que me querías
y de no haber dormido hasta la aurora,
desgarrado y feliz.

(Jorge Luis Borges, La moneda de hierro, 1976)

lunes, 30 de abril de 2012

Marionetas

Entre una función y otra, encaramada en una banqueta, miraba el patio de butacas.

Después del tumulto queda un silencio extraño, no sólo en las afueras de uno mismo. Como si algo estuviese terminado y el mundo necesitara un respiro antes de acometer el siguiente capricho del azar.

Se apoyó sobre el hierro que hace blandos los muñecos -quien sabe si ahí está el secreto, si el silencio es ese hierro por el que asomamos nuestro cuerpo de tela y nuestra mirada perdida hacia la embocadura del mundo- y dejó caer la cabeza sobre su brazo, igual que un muñeco que descansa dentro de la caja en la nace y muere.

Quizás los niños son el mejor de los públicos porque observan sin estupor los alardes de la porra, porque se ríen de las miserias sin más compasión que la de la carcajada. Porque olvidan la mano que mece los títeres y les exigen la vida, la vida fugaz de los telones, un alma enredada en los hilos y el espíritu inconfundible de la voz.

Ella me miró como se mira al infinito, entornando los ojos y ablandando el gesto de la respiración. Me dirigió la palabra entonces, como quien se habla a sí mismo por detrás del espejo, para decirme, con una sonrisa de esas que atravesarían los siglos puesta en un cuadro oscuro: "Esto es lo que me gusta hacer en la vida".

Pero también pueden ser el peor de los públicos, ese que no permite ambigüedades, el que no se detiene maravillado por los dilemas, el que aplica su propia imaginación para desbordar el escenario. Porque son un público experto en hadas madrinas, pero intransigentes con las metáforas y crueles con la falta de ritmo.

Yo me quedé envidiándola, allí, hecha marioneta, recelando de su suerte de saber el lugar que quiere ocupar en el mundo. Quizás por ese mismo rencor de no saber qué hago aquí escribiendo este camino equivocado de renglones, no puedo dejar de pensar sobre de quién será la mano que ella lleva dentro y sobre lo tuya que es la mano que yo llevo dentro, al lado, conmigo.



PEQUEÑO POEMA INFINITO

Para Luis Cardoza y Aragón

Equivocar el camino
es llegar a la nieve
y llegar a la nieve
es pacer durante veinte siglos las hierbas de los cementerios.

Equivocar el camino
es llegar a la mujer,
la mujer que no teme la luz,
la mujer que no teme a los gallos
y los gallos que no saben cantar sobre la nieve.

Pero si la nieve se equivoca de corazón
puede llegar el viento Austro
y como el aire no hace caso de los gemidos
tendremos que pacer otra vez las hierbas de los cementerios.

Yo vi dos dolorosas espigas de cera
que enterraban un paisaje de volcanes
y vi dos niños locos que empujaban llorando las pupilas de un asesino.

Pero el dos no ha sido nunca un número
porque es una angustia y su sombra,
porque es la guitarra donde el amor se desespera,
porque es la demostración de otro infinito que no es suyo
y es las murallas del muerto
y el castigo de la nueva resurrección sin finales.
Los muertos odian el número dos,
pero el número dos adormece a las mujeres
y como la mujer teme la luz
la luz tiembla delante de los gallos
y los gallos sólo saben votar sobre la nieve
tendremos que pacer sin descanso las hierbas de los cementerios.

(Federico García Lorca, Poeta en Nueva York, 1929)

lunes, 18 de enero de 2010

Ceniza

Tronco y tronco
unidos por una llama.
Luz naranja, movimiento,
el calor de la chimenea estalla.
Tras el aire, al poco,
crujen carbones y brasas,
y queda un tibio rescoldo
que luego se apaga.
Y el amor se nos vuelve ceniza.
Y al soplar se nos atraganta.


OTOÑO Y JARDÍN


Señora: Es el crepúsculo. No importa si un retoño
se ha abierto en los rosales del jardín, todavía:
Ya ha llegado el terrible crepúsculo de otoño,
que es decir un crepúsculo que dura todo el día.


Señora: Es el otoño... Vuestras últimas rosas
las está deshojando no sé qué desaliento.
Y es que existe un otoño para todas las cosas,
y el amor y la vida se nos van en el viento.


Comprendedlo, señora: Nada podrá el rocío,
ni siquiera las lágrimas. Ya todo será en vano;
pues no hay nada más triste que un retoño tardío,
y el amor es un poco de ceniza en la mano...


(José Ángel Buesa)