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jueves, 2 de agosto de 2012

Mariposas en el estómago

Soñar despierto, padecer alguna enfermedad benigna que se aloja en el alma para dejarla mullida y tenue. Enamorarse o, tal vez, inventarse un yo mejor que ese de todos los días cuando va espantándose de los espejos.

El mundo da una tregua breve de mediodía, alborotada sólo por las chicharras. A veces, todos los asistentes dejan su cargo a disposición del olvido, se ponen el corazón en la boca y besan con palabras nuevas, recién aprendidas.

Cada uno pone su pasado sobre la tierra que hay debajo de los pinos y esparcen, como si estuvieran hablando sólos, la longitud de un pensamiento que se comparte despacio: cambiar o ser el mismo, moverse o mover el mundo, hacerse otro o continuar la inercia de permanecer siempre en el mismo sitio. Dieciséis años ya eran muchos al principio. Cuarenta y siete, al final, no fueron tantos.

Y entonces sentí mariposas en el estómago. Tal vez soñar despierto, tal vez lo benigno y lo enfermo de sentirse entendido, tal vez acicalarse delante de esos ojos que se miran en ti como en un espejo.

Él tenía la cámara y fotografió el momento. Ese momento en que habíamos dejado de ser parientes cercanos para expandimos más allá, mucho más cerca, donde sólo el afecto puede conducir a los seres humanos.

El instante se esfumó en el aire, como una mariposa que agita sus alas en busca de otra sombra de julio. Quién sabe del caos y si tal vez aquella tarde llovió sobre Nueva York.

Pero a mí me quedaron mariposas en el estómago, las gafas de sol desatendidas sobre el pecho y una camiseta que me respiraba muy bajito, ocultando la anchura nueva de mi corazón antiguo.





martes, 6 de marzo de 2012

Mírate en mis ojos



Mírate en mis ojos, déjame mirarme en los tuyos.

Al fin y al cabo, nadie sabe quién es hasta que los demás no se lo dicen. Porque los ojos de los demás son el espejo en el que nos conocemos, en el que nos mentimos tan bien que casi parecemos de verdad.

Todo es reflejo, espejismo, apariencia. La única verdad es el diafragma en donde la luz se queda atrapada y el corazón de las personas es la más potente retina que sabe revelar lo profundo. Lo verdaderamente importante es transparente a nuestros ojos.

Haz fotos, encuadra y observa el mundo con ellas, deja rastro, pon tu mirada en lo pequeño. Pero cuando te canses de espejos, cuando quieras verte por dentro, amor mío, mírate en mis ojos.

Y deja que me mire en los tuyos si llega ese día en el que nadie me conozca. Guárdame ese secreto en tus ojos, invéntame frágil y tierno, como yo te guardo en los míos.

Así ya no tendré miedo a que lleguen, porque tienen que llegar, los tiempos fugaces de la desmemoria y las eternidades del último olvido, cuando ya nadie me pueda mirar.




MUERTE EN EL OLVIDO

Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y límpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada límpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.

Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
-oscuro, torpe, malo- el que la habita...

(Ángel González, Áspero mundo)

lunes, 17 de octubre de 2011

Discordante

Un abrazo propinado a destiempo, el lunar altivo de la mejilla, el mechón de pelo descolocado. Aquella sonrisa indefinida de la periodista mientras iniciaba su interrogatorio, la llamada a destiempo del hombre que vive detrás del teléfono.

Un silencio imprevisto después de la gran duda, el tono exasperante del taxista, la columna de humo en lontananza. El sonido equivocado de la campana que decora la noche. Un claxon que te saca en ámbar del quicio del semáforo verde.

El motorista que retuerce la cuesta, la gota que cae imparablemente desde el grifo hasta el fregadero. La hoja extrañamente perforada, la colilla absorta en el humo, los pezones agazapados de la mujer que se vierte húmeda sobre tus piernas.

Las luces del parque cansinamente amarillentas, las manos de los paseantes que no se engarzan para matar los anillos, la precipitación de la despedida como quien huye hacia adelante. El autobús que pasa de largo a la hora prevista y el hombre equivocado al que le sangra la nariz.

Mis pensamientos se desafinan, mis palabras suenan extrañas, el corazón no me encaja en su hueco. El habitante del espejo se desconoce, la casa cruje en medio de la noche y la canción que suena como sábana de hospital, termina antes de tiempo.

El hombre escribe versos perdidos, versos que saben a prosa mientras se va aprendiendo las sombras que le rodean. Pero algo falta, algo le falta, el cuadro no está bien pintado. Es todo tan normal, que no puede ser cierto.





OTRO NOCTURNO

La luna, como la esfera luminosa del reloj de un edificio público.

¡Faroles enfermos de ictericia! ¡Faroles con gorras de “apache”, que fuman un cigarrillo en las esquinas!

¡Canto humilde y humillado de los mingitorios cansados de cantar!;Y silencio de las estrellas, sobre el asfalto humedecido!

¿Por qué, a veces, sentiremos una tristeza parecida a la de un par de medias tirado en un rincón?, y ¿por qué, a veces, nos interesará tanto el partido de pelota que el eco de nuestros pasos juega en la pared?

Noches en las que nos disimulamos bajo la sombra de los árboles, de miedo de que las casas se despierten de pronto y nos vean pasar, y en las que el único consuelo es la seguridad de que nuestra cama nos espera, con las velas tendidas hacia un país mejor.

(Oliverio Girondo, Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, 1922)



No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar...

(Oliverio Girondo, Espantapájaros, 1932)

martes, 9 de agosto de 2011

El infinito se tuerce a la derecha

Allí estaba yo, sentado frente al infinito. Desgraciadamente no había ningún otro cliente y no pude echarle un vistazo al interviú.

Puede ver como infinitas veces, infinitos barberos me recortaban el pelo con infinitas tijeras. Todo era infinito, menos mi pelo, que va escaseando conforme la frente avanza.

Pero, al fijarme en la sensación infinita de los dos grandes espejos enfrentados, no pudo menos que sorprenderme la curva que realizaban las imágenes reflejadas. "El infinito se tuerce a la derecha", pensé.

Porque todo cambia y es difícil seguir recto, siempre recto. Todas las cosas se acaban torciendo. El infinito también.

Pero uno no se da cuenta sino al final, cuando volver a la trayectoria original es, si no imposible, completamente inútil.

Entretanto, parecemos seguir como siempre, caminando hacia el infinito de los espejos. Y más allá.

Digo esto pensando en que hay trayectorias que parece que nunca se encuentran pero, alguna vez, dejarán de ser paralelas. Por si acaso, recuerda que el infinito se tuerce a la derecha, al menos, cuando me corto el pelo.