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jueves, 10 de mayo de 2012

Crepúsculo

Tiene algo de sueño esta luz del crepúsculo cuando embadurna la tarde de misterio. Cuando las sombras, antes nítidas y refrescantes, se disuelven en recuerdo agradecido, cuando el mundo se contrae poco a poco hasta caber bajo el cono de una farola.

Pero algo de insomnio tiene esta luz, algo de resistencia a la noche. Y en esa lucha por no caer al horizonte, el sol despliega sus más hermosos colores sobre lo que antes no era más que paisaje sin alma.

También tiene algo de error consentido, algo de maquillaje, esta luz caprichosa que transforma las cosas y los colores. Esta luz que puede, como en un acto vandálico o milagroso, hacer que las flores de un mismo árbol no parezcan iguales.

Las estrellas, dicen, antes de morir en vano sobre el manto de un universo desperdiciado, es cuando más brillan, cuando más exaltan la parsimoniosa claridad de un acto tan único como inmenso.

Esta luz del crepúsculo, este amanecer de las otras estrellas anónimas, cuando la luna cobra sentido, tiene, definitivamente, algo de nostalgia.

Será por eso que, durante el crepúsculo, aquello que anda atrapado entre la salvación del recuerdo y la condena del olvido, luce más que nunca, con más ternura que siempre, con más esplendor que jamás.

Echarte de menos es esa luz con la que amaneces cuando mis ojos se hacen de noche, en un crepúsculo que dura duermevelas secretos, insomnios descosidos a letras y una canción que resuena mucho más allá de lo que dura, mucho menos de lo que pesa.





jueves, 5 de abril de 2012

Matarilerilerón

Siempre me parecerá pequeñísima, rubísima, azulísima, y no podré nunca dejar de pensar en ella como si para dar cada paso buscara quizás como entonces una mano en la que poner toda su fe. Aquel día, yo tenía que llevarla a una de esas citas importantes a las que queda muy mal llegar tarde, así que apagué el espejo y me bajé con prisa.

Mientras me observaba reunir los pertrechos de padre responsablemente torpe, ella abrió sus platos azules como si fueran ojos inmensos y me preguntó:
-¿Por qué tienes dos manojos de llaves?

Me cuesta salir de mi mundo y aterrizar en el suelo, y como venía flamenco de versos y catatónico de rimas, se me ocurrió decirle que unas eran las que me abrían las noches y, las otras, los días.

Su sonrisa incrédula, su gesto decepcionado de adulto en potencia que no quiere ser tratado como niño y sólo espera respuestas razonables, desarmó al instante mi ataque de fabulitis crónica. Así que tuve que decirle la otra verdad que yo sabía, que unas eran las llaves de la casa y las otras, las del coche.

Entonces, inesperadamente, con la aplastante lucidez de quién ve lo simple de las cosas, bajando escalones y mirando al suelo como si hablase sola, quiso explicarme el mundo mientras reía perlas:
-Todas las cosas importantes deberían tener la misma llave. Así sería todo más fácil.

A pesar de mi supuesto título rimbombante de técnico ayudante en malabarismo de palabras, no se me ocurrió nada con lo que responder. Y, después, todo fueron prisas y huida hacia delante y esperanza de verde y búsqueda de muelle donde atracar, hasta que la tarde se perdió para siempre en un rincón de mi memoria.

Quisiera ser capaz de retomar con ella el asunto, para darle toda la razón que tiene. Sé que existe esa llave, yo la tuve en mi mano un día, cuando todo era más sencillo y mis cosas importantes estaban todas a la vista y cabían en un bolsillo o en un cajón.

Y si alguna vez ella quisiera, cuando inexorablemente el tiempo haya perdido también su llave, tomaría en mis manos su corazón y partiríamos de viaje a buscarla juntos. Podríamos buscar, incluso, hasta en dónde dice la canción.

Debo admitir que me encanta la idea. Y tal vez, allí mismo, una al lado de la otra, ande también escondida la que yo perdí.

(20 de febrero, 2008)



ARTE POÉTICA

Que el verso sea como una llave
que abra mil puertas.
Una hoja cae; algo pasa volando;
cuanto miren los ojos creado sea,
y el alma del oyente quede temblando.

Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;
el adjetivo, cuando no da vida, mata.

Estamos en el ciclo de los nervios.
El músculo cuelga,
como recuerdo, en los museos;
mas no por eso tenemos menos fuerza:
el vigor verdadero
reside en la cabeza.

Por qué cantáis la rosa, ¡oh poetas!
hacedla florecer en el poema.

Sólo para nosotros
viven todas las cosas bajo el sol.

El poeta es un pequeño Dios.

(Vicente Huidobro, El espejo del agua, 1916)

sábado, 31 de diciembre de 2011

Trayecto

Me dices que cuánto ha cambiado el insomnio desde que se cierra paréntesis. Pero siempre tuve vocación de nube, es sólo que el plan que tracé para no mencionar la lluvia aún es un poema sin terminar.

La literatura infantil que despliego siempre te sube hasta tocar el cielo, pero luego te arrastra hacia los días inversos, esos en los que la impertinencia de las hojas secas se te atraganta alrededor de lo que no se escribe. Pero la vida sigue.

Todavía, no te olvides, estoy en el punto de partida, aún es pronto, el camino es largo. Ha cambiado el insomnio pero se sigue moviendo, por el eco de cada llamada, porque me persiguen los silencios, hacia nuevas cuestiones de tacto.

La vida sigue y transcurre en prosa. Pero en cada insomnio me prometo versos para no olvidar que me sigo sintiendo ridículo y que siempre tuve problemas de memoria.




Otro tiempo vendrá distinto a éste.
Y alguien dirá:
«Hablaste mal. Debiste haber contado
otras historias:
violines estirándose indolentes
en una noche densa de perfumes,
bellas palabras calificativas
para expresar amor ilimitado,
amor al fin sobre las cosas
todas».

Pero hoy,
cuando es la luz del alba
como la espuma sucia
de un día anticipadamente inútil,
estoy aquí,
insomne, fatigado, velando
mis armas derrotadas,
y canto
todo lo que perdí: por lo que muero.

(Ángel González, Sin esperanza, con convencimiento, 1961)



VALOR DEL PASADO

Hay algo de inexacto en los recuerdos:
una línea difusa que es de sombra,
de error favorecido.
Y si la vida
en algo está cifrada,
es en esos recuerdos
precisamente desvaídos,
quizás remodelados por el tiempo
con un arte que implica ficción, pues verdadera
no puede ser la vida recordada.

Y sin embargo
a ese engaño debemos lo que al fin
será la vida cierta, y a ese engaño
debemos ya lo mismo que a la vida.

(Felipe Benítez Reyes, Sombras particulares, 1992)

lunes, 28 de noviembre de 2011

Si te fijas

Si te fijas, todo lo que somos
lo puedes descomponer en palabras
que quisieras escribir de otro modo.

Te acordarás enseguida -porque la memoria
es un animal salvaje acorralado por el tiempo-
del abandono de los espacios en blanco,
de los naufragios en los puntos suspensivos,
del miedo a cambiar de renglón.

Si te fijas, de los aciertos y de las rimas
no queda ni rastro, si acaso,
un color indistinguible en la tinta,
una luz avejentada e invisible sobre las páginas.

En los errores está lo que somos,
lo que hemos sido, lo que seremos.
La huella que nos va esculpiendo, como desfile
de hormigas por un papel inmaculado,
consiste en los equívocos del corazón, en el espasmo
que nos dejaron los contratiempos, en la llama
del desamor que corría en pos de sombras,
en el combustible inacabable del miedo.

Si hubiéramos hecho aquello que queríamos,
si nos abarrotaran los aciertos y cada palabra
estuviese bien escrita y en su sitio,
viviríamos con el mundo en prosa,
ahogados por las lágrimas
que no tuvimos oportunidad de derramar.

Pero yo quiero estar en verso,
reconocer mis propios errores y después
volver a cometerlos, abrir cajas de pandora
envueltas en ojos tiernos,
amueblar una habitación en el infierno
y salir corriendo cuando ya no pueda
pagar el alquiler.

Si te fijas, los errores cometidos
que buscaban ser aciertos, las flechas
que no dieron en el blanco,
las notas desafinadas en la partitura,
son la única razón por la que sabemos
si estamos queriendo o no.

Si te fijas en cuánto me equivoco
deseando acertar y ser acertado,
sabrás cuánto te equivocas tú
no creyendo que nos amamos
como hay que amarse,
incrédulamente,
sin esperanza.




lunes, 17 de octubre de 2011

Discordante

Un abrazo propinado a destiempo, el lunar altivo de la mejilla, el mechón de pelo descolocado. Aquella sonrisa indefinida de la periodista mientras iniciaba su interrogatorio, la llamada a destiempo del hombre que vive detrás del teléfono.

Un silencio imprevisto después de la gran duda, el tono exasperante del taxista, la columna de humo en lontananza. El sonido equivocado de la campana que decora la noche. Un claxon que te saca en ámbar del quicio del semáforo verde.

El motorista que retuerce la cuesta, la gota que cae imparablemente desde el grifo hasta el fregadero. La hoja extrañamente perforada, la colilla absorta en el humo, los pezones agazapados de la mujer que se vierte húmeda sobre tus piernas.

Las luces del parque cansinamente amarillentas, las manos de los paseantes que no se engarzan para matar los anillos, la precipitación de la despedida como quien huye hacia adelante. El autobús que pasa de largo a la hora prevista y el hombre equivocado al que le sangra la nariz.

Mis pensamientos se desafinan, mis palabras suenan extrañas, el corazón no me encaja en su hueco. El habitante del espejo se desconoce, la casa cruje en medio de la noche y la canción que suena como sábana de hospital, termina antes de tiempo.

El hombre escribe versos perdidos, versos que saben a prosa mientras se va aprendiendo las sombras que le rodean. Pero algo falta, algo le falta, el cuadro no está bien pintado. Es todo tan normal, que no puede ser cierto.





OTRO NOCTURNO

La luna, como la esfera luminosa del reloj de un edificio público.

¡Faroles enfermos de ictericia! ¡Faroles con gorras de “apache”, que fuman un cigarrillo en las esquinas!

¡Canto humilde y humillado de los mingitorios cansados de cantar!;Y silencio de las estrellas, sobre el asfalto humedecido!

¿Por qué, a veces, sentiremos una tristeza parecida a la de un par de medias tirado en un rincón?, y ¿por qué, a veces, nos interesará tanto el partido de pelota que el eco de nuestros pasos juega en la pared?

Noches en las que nos disimulamos bajo la sombra de los árboles, de miedo de que las casas se despierten de pronto y nos vean pasar, y en las que el único consuelo es la seguridad de que nuestra cama nos espera, con las velas tendidas hacia un país mejor.

(Oliverio Girondo, Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, 1922)



No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar...

(Oliverio Girondo, Espantapájaros, 1932)

domingo, 12 de septiembre de 2010

Gritarle al aire

Tenía yo una edad de esas que ya se confunden en la memoria cuando, en las copas de los nogales, a la hora en que todos los verdes se hacían el mismo, habitaban colonias inmensas de pájaros.


Entonces jugaba, siempre con pantalones cortos e imaginación larga, a castillos, a ladrones, a escondites. Casi siempre sólo, asunto que aún me queda pendiente de modificar, casi siempre con poca luz, casi siempre sin reloj.


Pero el sol, que era el albacea de mis pocas libertades, se decidía más tarde o más temprano a enviar señales para recogerme en la casa. Entonces veía los pájaros pasar por encima de mi cabeza y cobijarse también entre las copas frondosas y redondeadas de la plaza.


Me daba un poco de miedo ver los enjambres que volaban y piaban como llamándose al hogar, reconociéndose por la voz y por el aire de las alas, y sembrando las ramas de plumas que se iban quedando más quietas cuanto más noche caía sobre ellas.


Me gustaba, a esa hora oscura en la que se preparan las pesadillas y el mundo se hace pequeño alrededor de la luz de la luna, acercarme sigilosamente al pie de algún árbol y, una vez debajo, espantar con un grito a los pájaros.


¡Qué algarabía en el silencio de la noche! El árbol se desnudaba de repente y se vestía enseguida con los pájaros asustados en un revuelo que tapaba las estrellas y le ponía pecas a la luna redonda que mandaba en el cielo.


Me llamaban también a mí con un silbido -que yo nunca supe imitar- y volvía a casa para aseo, cena y libro. Dormir poco, más bien regular, que el insomnio es viejo amigo desde la infancia.


Aún me sigue gustando gritarle al aire de la noche para espantar los pájaros de mi cabeza. Claro que mis gritos de ahora, unas veces en verso y otras en prosa, ya no resuenan en las copas de los árboles, ni forman un revuelo caótico de plumas, ni alteran el silencio de la noche.


Aunque puede que todavía llenen de pecas la luna redonda de algunos ojos que, tal vez, un día, me llamen con otro silbido que nunca aprenderé a imitar y me tapen el insomnio.


Pero es duro gritarle al aire sabiendo que no habrá ya nadie a quien espantarle los pájaros.


[...]¿No son pequeños pájaros enloquecidos
estas breves palabras que te envío
a través de las tierras y a través
del Atlántico?
Recíbelos, bésalos, tócalos
y entrégales la magia de tu mejor sonrisa.
Yo estoy como caído, mejor,
como abrasado por una suave llama.
La llama en que te pienso a todas horas,
entre el himno de madera y metales
de la ciudad sin horas.


(Efraín Huerta, Los poemas del viaje, 1949-53)


NOTA XXIX


no están muertos los pájaros
de nuestros besos/
están muertos los besos/
los pájaros vuelan en el verde olvidar/
pondré mi espanto lejos/
debajo del pasado/
que arde
callado como el sol/


(Juan Gelman, Notas, 1979)