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sábado, 12 de mayo de 2012

Sólo mis sueños crecen conmigo

En las fotografías que miro
de un tiempo que ha dejado de ser tiempo
para transformarse en una sensación,
puedo palpar la verdad de los kilos,
levantar acta de una historia de cabellos blancos
y deshacer el enigma de los sitios.

Parece que soy yo quien cambia,
pero lo cierto es que la vida cambia alrededor
envejeciendo las pieles que acaricio,
arrugando los labios que beso, deformando
el pozo de los pechos a los que me asomo,
destintando los cabellos en los que pierdo
estas manos que ya no reciben como entonces
la química del amor en los parques solitarios.

Sólo el insomnio permanece. La inconsciencia
se ha vuelto decrepitud y nostalgia,
los amigos son cada vez más tiernos
que su recuerdo.
No soy yo el que cambia, son ellos,
es la vida la que cambia a mi alrededor
como un torbellino que me arrastra
hacia el acto final sin testigos.

Todo mengua lentamente: el espíritu, la rabia,
la importancia de las cosas que se disuelve
en el paso de los días rutinarios.
La esperanza hace aguas, el tumulto se aclimata
a unas pocas tardes de abril
que me llegan en desbandada, como si huyeran
hacia adelante.

Me falta aire, el espacio se me agota. Sólo mis sueños
crecen conmigo cuando te metes en ellos
no sé bien por qué resquicio,
pero del resto del mundo todo me falta
-la memoria, el presente, el desconcierto-,
y todo me queda estrecho como un abrigo
heredado a destiempo.

Parece que soy yo quien cambia,
pero es la vida la que cambia a mi alrededor
apretándome sobre mí mismo.
Sólo mis sueños crecen conmigo,
supongo que porque ocupan
el lado de la cama en que no estás.



LA AUSENCIA

Cuando el amor se va,
parece que se inmensa.

¡Cómo le aumenta el alma
a la carne la pena!

Cuando se pone el sol
lo ahondan las estrellas.

(Juan Ramón Jiménez, Canción, 1936)

viernes, 6 de abril de 2012

Mirador

Lo decías, quizás no de mí, pero lo decías. Pedías la existencia de un agujerito, un mirador por el que saber lo que va rondando en las cabezas, en algunas cabezas.

Nunca te subestimo, pero aun así siempre me sorprendes. Cada vez que escribo y aparto la vista de la pantalla para revisar notas o ajustar las rimas, noto como una sombra que se mueve por entre los renglones.

Entonces, aunque todo está aparentemente en su sitio, las letras bailan, las palabras se bifurcan en suaves significados, los pensamientos se entrelazan con metáforas que aparecen de improviso.

Los párrafos, dichosos párrafos obtusos, se estremecen ocultando esa sonrisa interior de quien ve venir alguna travesura. Y el texto, así, en general, se ondula gelatinoso alrededor de la idea primitiva que, efectivamente, demuestra no servir más que de ancla.

Y eso que procuro no hablar de nadie sino de todos, que intento describirme a través de las pequeñas cosas indescriptibles que suceden en cualquier parte de la ciudad. Esas pequeñas cosas que no siempre significan lo que parecen, ni siempre parecen significar algo.

Si existiera ese mirador que dices, si es que no lo has encontrado ya y me lo ocultas para que ande tranquilo, si miraras por él en este instante, que es un instante como cualquier otro, me verías solitario, pero no solo. Me verías contento, pero no del todo. Me verías pequeño, como soy, pero estirándome hacia arriba.

Si miraras por él, si es que no has mirado esta tarde -qué curiosidad tengo de saber cómo demonios lo consigues, tan cerca, tan lejos-, si miraras hasta el fondo de mi abismo con la atención que siempre pones en aquello que me ronda la cabeza, no te subestimes nunca, te verías en él.

Desde el otro mirador, desde ese por el que se sabe lo que siente mi corazón ambiguo y deshilachado, desde ese por el que me muestro camuflado entre líneas discontinuas y sonámbulas, quizás verías el mar.

Siempre me sorprendes, aunque nunca te subestimo. Fíjate que ahora, si existiera ese agujero por el que puedes mirarme, no me extrañaría nada que lo hubieses excavado tú, sólamente con dos dedos.



FRÍO COMO EL INFIERNO

Roma, 1995
Estamos en invierno y esto es Roma
y tú no estás.
Yo voy de un lado a otro
de tu nombre,
lo mismo
que un oso en una jaula;
marco un número;
pongo la radio, escucho una canción
de Patti Smith dar vueltas dentro de Patti Smith
igual que un gato en una lavadora.

Estamos en invierno y yo busco un cuchillo;
miro la calle;
pienso en Pasolini;
cojes una naranja con mi mano.

Y esto es Roma.
La nieve
convierte la ciudad en una parte del cielo,
ilumina la noche,
deja sobre las casas su ángel multiplicado.

Y tú no estás.
Yo cierro una ventana,
miro el televisor,
leo a Ungaretti,
pienso:
la distancia es azul,
yo soy lo único que hay entre tú y este frío.
Estamos en invierno y esta ciudad no es Roma
ni ninguna otra parte.
Miro atrás
y puedo verlo: acabas de apagar una lámpara;
has cerrado los ojos
y sueñas con un bosque;
de repente
alargas una mano,
buscas una manzana
que está en el otro lado de la mujer dormida...

Mientras,
yo odio este mundo frío como el infierno
y el cansancio que caza lentamente mis ojos;
odio al lobo que has puesto en la palabra noche
y la forma en que llenas la habitación vacía.
Odio lo que veré
desde hoy y para siempre: tus pisadas
en la nieve de Roma, donde nunca has estado.

(Benjamín Prado, Todos nosotros, 1998)

jueves, 5 de abril de 2012

Buenos días

Buenos días, sólo eso.

Tal vez abril sea para vivir y no para tenerle miedo, si es que son cosas distintas.

La vida puede transcurrir sin que aparezca eso que tanto esperamos, puede agotarse sin encontrar aquello que le dé sentido a este remolino de idas y vueltas, a este descontrol de vaivenes y tumultos que hace latir desacompasados corazones, pulmones y cabezas.

Sin que aparezca pero, en tanto lo esperamos, mientras encontramos un brillo que nos distinga los ojos, hay que atender los asuntos cotidianos, la breve historia de aquel recibo, el dilema del paraguas y si toca pescado para la cena.

Cada mañana, la vida nace pequeña y las pequeñas cosas se confabulan para aparcar el caos en doble fila y dejar que algún hilo de luz se hilvane en los sueños. La vida nace pequeña y nosotros nos hacemos pequeños con ella deshaciéndola en pequeños actos de amor imposible, actos inexactos de emoción aprendida, tan arbitrarios como el idioma en que los pronunciamos.

El patio necesita unas horas de cocción, los platos de anoche piden a gritos un planchado. Habrá que hacer la cama de uno como si hubiesen dormido dos. Encontrar las palabras para felicitar a quien corresponda y entregar regalos, buscar tiempo para esperar llamadas o hacerlas, saltar hacia la luz para salir del agujero y estirarse un poco antes de caer en el próximo.

Si son cosas diferentes, abril es para vivir y no para tenerle miedo. Y para olvidar un poco, soñar mucho, embeberse en las rutinas y salir de ellas de tanto en tanto.

Buenos días, vida. Sólo eso.



martes, 6 de marzo de 2012

Mírate en mis ojos



Mírate en mis ojos, déjame mirarme en los tuyos.

Al fin y al cabo, nadie sabe quién es hasta que los demás no se lo dicen. Porque los ojos de los demás son el espejo en el que nos conocemos, en el que nos mentimos tan bien que casi parecemos de verdad.

Todo es reflejo, espejismo, apariencia. La única verdad es el diafragma en donde la luz se queda atrapada y el corazón de las personas es la más potente retina que sabe revelar lo profundo. Lo verdaderamente importante es transparente a nuestros ojos.

Haz fotos, encuadra y observa el mundo con ellas, deja rastro, pon tu mirada en lo pequeño. Pero cuando te canses de espejos, cuando quieras verte por dentro, amor mío, mírate en mis ojos.

Y deja que me mire en los tuyos si llega ese día en el que nadie me conozca. Guárdame ese secreto en tus ojos, invéntame frágil y tierno, como yo te guardo en los míos.

Así ya no tendré miedo a que lleguen, porque tienen que llegar, los tiempos fugaces de la desmemoria y las eternidades del último olvido, cuando ya nadie me pueda mirar.




MUERTE EN EL OLVIDO

Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y límpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada límpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.

Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
-oscuro, torpe, malo- el que la habita...

(Ángel González, Áspero mundo)

domingo, 27 de noviembre de 2011

La estrategia del caracol

Evaluar papeles, bolas, bolindres. Desencajar cajones repletos e ir haciendo dos montones: lo que sirve y lo que no.

Pero siempre aparecen un par de matices. Hay cosas que no sirven, pero que podrían servir llegado el caso. Y hay otras cosas que deberían servir, pero que nunca se encuentran cuando hace falta.

Ordenar es, en el fondo, más que una cuestión práctica, un problema de sentimientos. De sentimentalismo, diría yo, porque la utilidad futura de las cosas es un asunto tan indefinible en ciertas ocasiones que, al final, uno sólo apela a creer en la posibilidad de que ocurra.

Incluso, a veces guardamos sentimientos en objetos, libros, entradas, el envase de unos bombones, el reloj que nunca se puso. Y aunque puede parecer un error, una actitud infantil, no hay otra forma de ordenar las pequeñas cosas que componen el puzle de la vida.

Ese es nuestro verdadero credo, el de las cosas inútiles que habitan estanterías, armarios y cajones. Un credo de versos desperdigados y de recuerdos imposibles, de cariños antiguos y brindis al sol.

También se ordenan los sentimientos propiamente dichos. Se atiende primero a lo urgente y después a lo vital y, por último, a lo necesario. Si queda tiempo, nos preocupamos de lo conveniente y, al final de todo, llega lo que queremos.

Pero a mí no me dicen nada las cosas, si acaso su efecto me dura un segundo y, después, me despego de sus significados con cierta frialdad. Pero no estoy exento de ningún defecto, yo también tengo mi forma infantil y bobalicona de ordenar aquello bueno que pasa por mi vida.

Guardo mis recuerdos perfectamente ordenados en gestos, en ademanes y en palabras. A veces, cuando pasa el tiempo, se hacen a mí como si hubieran sido míos siempre, desde el principio, y a los demás, cuando me los ven, les pasan desapercibidos.

Pero qué va, llegaron en un tiempo y de unas manos que recuerdo perfectamente cada vez que los ejecuto con la naturalidad, con la certeza de quien está seguro de que sabe por qué hace las tonterías que hace. Los llevo encima, a todas partes, y eso es lo que quiero decir cuando digo que llevo la casa puesta allá donde voy, que soy lento como un caracol.

Algunas tardes interiores, de esas de sol tenue que se va extinguiendo por detrás de las cortinas, alguien me dice con asombro que la casa no dice nada de mí.

Y yo entorno los ojos, asumo mi dejadez como la de un libro abierto por cualquier página y sonrío por dentro, bobo y socarrón. Y mientras echo en la taza el descafeinado de sobre, voy pensando en el acierto de llevar los recuerdos puestos de día y de noche, tan la vista que nadie los ve.




DESPUÉS DE LAS FOTOGRAFÍAS

Mirar una fotografía
facilita la tarea del recuerdo:
el mundo visto alguna vez
a través de la cámara
se nos muestra
como una imagen quieta
asentada en el papel,
agazapada en la memoria.

Después de las fotografías
se impone la verdad
de dibujar los rostros sin mirar,
de saber quién o qué
ocupa su lugar en el rincón
profundo de los ojos,
depositarios últimos
de aquello que olvidamos.

(Javier Bozalongo)