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martes, 24 de abril de 2012

Despiste

He mirado por todas partes y no lo encuentro. Debajo del montón de libros que tengo en el escritorio y dentro del lapicero en el que acumulo los clips de colores que nunca uso. He rebuscado por entre las cajas de esas grapas rosas pequeñitas que no sirven nada más que para adorno. Pero no lo encuentro.

¡Qué rabia no tenerlo a mano! Siempre pasa lo mismo con todo, justo ahora que lo necesito, no doy con él. Ya he mirado también en los cajones y los he puesto patas arriba. Y estaban llenos de bolindres, de papelorios y de pamplinas, que guardo en ellos como un absurdo tesoro. Pero tampoco estaba ahí.

He mirado también en la carpeta Mis documentos, por debajo de la impresora, en la mesilla de noche. He revuelto la cómoda, he abierto el armario y he mirado, de uno en uno, en todos los bolsillos de las camisas y de los pantalones. Nada, aquí tampoco.

A primera vista no se ve encima de la tele ni entre los cojines del sofá, ni en el armarillo de las medicinas, ni en el escurridor. ¿Se habrá caído dentro de la lavadora? No, no creo. Digo yo que eso flota, aunque no lo sé.

Ni en la alacena del chocolate. Bueno, ahí sabía que no estaba, pero no he podido evitar tirar un mordisquito para la ansiedad. Ni en la puerta de las cacerolas, ni en el frigorífico. Ni en los bolsillos, ¡eh, que no soy tonto!, que me he tanteado la ropa y me he mirado las manos. Ni en el pelo, ni en los ojos, ni en la boca. Creo que me voy a dar por vencido. No sé dónde puede estar.

Esto me pasa por desordenado, por este atolondramiento que tengo para las cosas importantes. Y lo peor de no encontrarlo es que ahora me avergüenza la duda y no sé si podrás perdonarme este despiste. ¡Qué rabia! ¿He perdido tu beso o es que, al final, no me lo diste?

¡Con la falta que me haría tenerlo ahora! Para taparme con él la boca y dejar de hablar solo.


jueves, 1 de septiembre de 2011

Soliloquio

Cuando empecé a escribir este texto, ya llevaba más de 24 horas sin hablar con nadie.

Bien es cierto que escribí un sms y un correo, y que leí las correspondientes respuestas. Pero no he escuchado mi propia voz.

Es fiesta en el pueblo y, cómo no, hay jaleo de vecinos que suben y bajan a la feria. Más que escucharlos, los oigo como a lo lejos, como el que escucha el ruido del mar mientras lee una novela.

No es tan raro esto que me ocurre. Si eliminamos los saludos protocolarios, las conversaciones banales sobre el tiempo o contestar a la cajera del mercadona que no quiero bolsa, me ha pasado varias veces.

Todos los idiomas tienen una parte dedicada a ese no decir nada que tantas páginas u horas de emisión consume. Tantos encuentros se desmoronan en ese no decir nada que tienen todos los idiomas que, para cuando se tiene mi edad, uno ya es un experto, aun dedicándole poco esfuerzo.

Sin embargo, en esas 24 horas, no he dejado de pensar ni un solo momento, ni siquiera en sueños; aunque esa parte no la puedo demostrar.

Cuando hace unos años me decidí a escribir todo eso que pienso y que nunca le digo a nadie, ni siquiera a ti, sentí cierto alivio.

Pero, curiosamente, ese alivio no consistía en hacerme entender, ni en conseguir respuestas empáticas de los lectores; sino en el simple hecho de sacarlas de mi mente, expulsarlas como sobrante para poder olvidarlas en cuanto que las escribía y dejar paso a las palabras siguientes.

Últimamente ya no. Quiero decir que las suelto como antes, las escribo cuidadosamente, pero no se me van. Se quedan, girando, enmarañándome los pensamientos y la soledad, orbitando a mi alrededor como satélites que me cercan y me vigilan estrechamente, a todas horas, buscando un hueco en mi memoria al que volver.

No tengo teoría al respecto, simplemente te lo cuento por si tú sabes de qué estoy hablando o por qué me pasa esto. No lo sé y, al tiempo que me fascina el cambio, me preocupa.

Sólo sé que, últimamente, escribir se me parece mucho a hablar solo.