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domingo, 6 de mayo de 2012

Como si supiéramos

Lugares difíciles, encrucijadas que duran
dos respuestas inmediatas, callejones que acaban
frente a la misma tapia con desconchones.

Hay tantos de esos lugares como pájaros
que anidan en las ventanas inoportunas.
Los he visto sentados en un banco,
habitando labios brevemente conocidos,
fumando en las terrazas de los bares
o en escenas completamente horizontales
por entre los pliegues de las sábanas.

Los vivimos, los creamos, nos sorprende
volver repetidamente a las mismas costumbres
que tanto odiamos. Secuestrados por el orgullo
para no ceder ni un palmo de un terreno
que nunca tuvimos, la vida se complica
con una crueldad que se sujeta por la fuerza
de la viga en el ojo propio.

Tan complejos
como los lugares por los que pasamos
mientras esperamos eso que nunca llega,
hemos aprendido a tener a mano
un "no" y una lágrima, una risa,
un espanto, una mirada furtiva,
el refrán apropiado, la palabra precisa
y un miedo largamente elaborado.

Y con esas herramientas en el bolsillo,
en tanto vamos aprendiendo
a alinear las encrucijadas que pisamos,
disimulamos nuestra locura tarareando
la melodía de la canción, como si supiéramos
lo que queremos y lo que no.




CONVERSACIÓN EN LA ISLA

-Escribir un poema es intentar desatarse,
adivinar en qué mano está la moneda
-dije yo-. Tú mirabas
el sol igual que un fuego encima de la isla
y yo dije: -La poesía empieza
cuando ya has olvidado qué es lo que te asustaba
pero aún tienes miedo.
Yo veía
las torres blancas. Tú dijiste: -Es raro,
nos gustaría huir
pero nadie nos sigue.

Junto al agua,
partiendo nuestras vidas,
cortándonos las manos al coger los cristales,
tú dijiste: -La poesía es todo
lo que hay entre un disparo y el animal herido.
Parecías
tan lejos, tan a salvo
de ti y de mí;
distinta igual que siempre,
rota y vuelta a armar de una manera nueva.

El sol se fue. La noche
se acercaba y yo dije: -¿Recuerdas que jugábamos
a poner nuestros años
al lado de la Historia? Por ejemplo:
aprobaste Latín y Armstrong llegó a la luna...
Y tú dijiste: -El fuego
de los días,
la suma
de las horas,
las letras de "Armstrong llegó a la luna"...
Estábamos tan solos,
tan cansados,
como perros perdidos en medio de la lluvia,
como hombres mirando la noche desde una casa vacía.

Vi las últimas luces de la costa y el cielo
extraño encima de la playa. -A veces
-dije- no hay más que eso
y algún sitio donde ir pero ningún sitio donde quedarte
y palabras que son las piezas del abismo
y recuerdos igual que disparos en una diana.

Luego llegó la luz, el ruido azul
de la mañana,
mientras tú decías:
-Te di mi corazón y quisiste mis sueños,
te di mis sueños pero quisiste mi esperanza.
y yo dije: -Sí, es eso. Eso es todo:
una sola mujer y un millón de maneras de perderla.
Me miraste. Dijiste: -¿Y después? Y yo dije:
-Nada. Después no hay nada.
Después de eso
tenemos que estar juntos para siempre.

Nos quedamos callados,
junto al agua,
mientras la luz rompía el orden de la noche,
mientras el mar se estrellaba contra los nombres de las ciudades.
Mirando el sol sobre las torres blancas.
Cada uno observando su corazón moverse
lo mismo que un pez rojo en la oscuridad de un río.

La sombra de las torres se parecía a mi vida.

Cada uno protegido por su propio dolor,
como ángeles mirando una tormenta desde el fondo del cielo.

(Benjamín Prado, Todos nosotros, 1998)

lunes, 30 de abril de 2012

Marionetas

Entre una función y otra, encaramada en una banqueta, miraba el patio de butacas.

Después del tumulto queda un silencio extraño, no sólo en las afueras de uno mismo. Como si algo estuviese terminado y el mundo necesitara un respiro antes de acometer el siguiente capricho del azar.

Se apoyó sobre el hierro que hace blandos los muñecos -quien sabe si ahí está el secreto, si el silencio es ese hierro por el que asomamos nuestro cuerpo de tela y nuestra mirada perdida hacia la embocadura del mundo- y dejó caer la cabeza sobre su brazo, igual que un muñeco que descansa dentro de la caja en la nace y muere.

Quizás los niños son el mejor de los públicos porque observan sin estupor los alardes de la porra, porque se ríen de las miserias sin más compasión que la de la carcajada. Porque olvidan la mano que mece los títeres y les exigen la vida, la vida fugaz de los telones, un alma enredada en los hilos y el espíritu inconfundible de la voz.

Ella me miró como se mira al infinito, entornando los ojos y ablandando el gesto de la respiración. Me dirigió la palabra entonces, como quien se habla a sí mismo por detrás del espejo, para decirme, con una sonrisa de esas que atravesarían los siglos puesta en un cuadro oscuro: "Esto es lo que me gusta hacer en la vida".

Pero también pueden ser el peor de los públicos, ese que no permite ambigüedades, el que no se detiene maravillado por los dilemas, el que aplica su propia imaginación para desbordar el escenario. Porque son un público experto en hadas madrinas, pero intransigentes con las metáforas y crueles con la falta de ritmo.

Yo me quedé envidiándola, allí, hecha marioneta, recelando de su suerte de saber el lugar que quiere ocupar en el mundo. Quizás por ese mismo rencor de no saber qué hago aquí escribiendo este camino equivocado de renglones, no puedo dejar de pensar sobre de quién será la mano que ella lleva dentro y sobre lo tuya que es la mano que yo llevo dentro, al lado, conmigo.



PEQUEÑO POEMA INFINITO

Para Luis Cardoza y Aragón

Equivocar el camino
es llegar a la nieve
y llegar a la nieve
es pacer durante veinte siglos las hierbas de los cementerios.

Equivocar el camino
es llegar a la mujer,
la mujer que no teme la luz,
la mujer que no teme a los gallos
y los gallos que no saben cantar sobre la nieve.

Pero si la nieve se equivoca de corazón
puede llegar el viento Austro
y como el aire no hace caso de los gemidos
tendremos que pacer otra vez las hierbas de los cementerios.

Yo vi dos dolorosas espigas de cera
que enterraban un paisaje de volcanes
y vi dos niños locos que empujaban llorando las pupilas de un asesino.

Pero el dos no ha sido nunca un número
porque es una angustia y su sombra,
porque es la guitarra donde el amor se desespera,
porque es la demostración de otro infinito que no es suyo
y es las murallas del muerto
y el castigo de la nueva resurrección sin finales.
Los muertos odian el número dos,
pero el número dos adormece a las mujeres
y como la mujer teme la luz
la luz tiembla delante de los gallos
y los gallos sólo saben votar sobre la nieve
tendremos que pacer sin descanso las hierbas de los cementerios.

(Federico García Lorca, Poeta en Nueva York, 1929)