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viernes, 27 de julio de 2012

Actos íntimos en el parque

Mientras yo le bordeaba los costados, la noche tenía ya encendidas las luces del parque. Iba enfundado en lo oscuro de la chaqueta y escondido tras la barba a medio afeitar, mirando a todas partes, pisando en cualquier sitio, buscando una hora y no un lugar.

No me vieron desde el coche rojo que había aparcado, allí, justo delante. Yo tampoco quise mirar cuando vi a los ocupantes aproximarse hacia un abrazo y juntar los labios. Los besos y los abrazos son actos íntimos, aunque se realicen en público o con publicidad.

Un recodo más allá, sobre el segundo banco de la derecha, según se mira hacia el ciprés solitario que se aburre entre tanto boje, dos chicas consolaban con media voz y gesto aterido a una tercera que lloraba. No quise mirar cuando suspiró con fuerza para poder así renovar el alivio de los pulmones. El llanto es un acto íntimo, aunque se prefiera el consuelo de hacerlo entre amigos.

Me crucé con el joven sin darme cuenta, sin previo aviso. Quizás salió de un coche recién llegado. Yo iba mirando a la chica delgada y con pelo largo que salía del portal con el móvil abierto, asintiendo con la cabeza y apretando el paso, como si huyera, hasta perderse detrás de una esquina.

El joven tampoco me vio, porque no estaba mirando. Tenía la vista perdida en un punto infinito de la calle, como si le hubiese prestado el alma al interlocutor que se adivinaba en su mano inmóvil sobre el oído. No quise mirar cuando esbozó una sonrisa y se detuvo para envolverse en su propia sombra, un poco más allá de la farola de luz desvaída. La sonrisa es un acto íntimo, aunque se ejecute en público y sean otros quienes la provocan. Y también la huída.

Sé perfectamente que nadie me vio, que no quisieron mirar cuando vacilaron mis pasos dirigiéndome lentamente hacia ninguna parte. Porque la vida es un acto íntimo, aunque suceda en la noche de un parque desconocido y ante los ojos atónitos o distraídos de los demás.

Pero escribir es un acto público, por más que se le procure un entorno solitario y se realice en la más estricta intimidad. Y llegados a este renglón públicamente juntos, aunque quisieras, no podrías negar que has querido mirarme más adentro. Ni yo tampoco podría decir que eso no me reconforta.



POÉTICA

Yo sé que estoy aquí
para escribir mi vida.
Que vine poco a poco
hasta esta silla.

Y no quiero engañarme.

Sé que voy a contártela
y que será mentira:
Sobre la mesa sucia
una gota de tinta.

(Ángeles Mora, Contradicciones, pájaros, 2000)

lunes, 30 de abril de 2012

Marionetas

Entre una función y otra, encaramada en una banqueta, miraba el patio de butacas.

Después del tumulto queda un silencio extraño, no sólo en las afueras de uno mismo. Como si algo estuviese terminado y el mundo necesitara un respiro antes de acometer el siguiente capricho del azar.

Se apoyó sobre el hierro que hace blandos los muñecos -quien sabe si ahí está el secreto, si el silencio es ese hierro por el que asomamos nuestro cuerpo de tela y nuestra mirada perdida hacia la embocadura del mundo- y dejó caer la cabeza sobre su brazo, igual que un muñeco que descansa dentro de la caja en la nace y muere.

Quizás los niños son el mejor de los públicos porque observan sin estupor los alardes de la porra, porque se ríen de las miserias sin más compasión que la de la carcajada. Porque olvidan la mano que mece los títeres y les exigen la vida, la vida fugaz de los telones, un alma enredada en los hilos y el espíritu inconfundible de la voz.

Ella me miró como se mira al infinito, entornando los ojos y ablandando el gesto de la respiración. Me dirigió la palabra entonces, como quien se habla a sí mismo por detrás del espejo, para decirme, con una sonrisa de esas que atravesarían los siglos puesta en un cuadro oscuro: "Esto es lo que me gusta hacer en la vida".

Pero también pueden ser el peor de los públicos, ese que no permite ambigüedades, el que no se detiene maravillado por los dilemas, el que aplica su propia imaginación para desbordar el escenario. Porque son un público experto en hadas madrinas, pero intransigentes con las metáforas y crueles con la falta de ritmo.

Yo me quedé envidiándola, allí, hecha marioneta, recelando de su suerte de saber el lugar que quiere ocupar en el mundo. Quizás por ese mismo rencor de no saber qué hago aquí escribiendo este camino equivocado de renglones, no puedo dejar de pensar sobre de quién será la mano que ella lleva dentro y sobre lo tuya que es la mano que yo llevo dentro, al lado, conmigo.



PEQUEÑO POEMA INFINITO

Para Luis Cardoza y Aragón

Equivocar el camino
es llegar a la nieve
y llegar a la nieve
es pacer durante veinte siglos las hierbas de los cementerios.

Equivocar el camino
es llegar a la mujer,
la mujer que no teme la luz,
la mujer que no teme a los gallos
y los gallos que no saben cantar sobre la nieve.

Pero si la nieve se equivoca de corazón
puede llegar el viento Austro
y como el aire no hace caso de los gemidos
tendremos que pacer otra vez las hierbas de los cementerios.

Yo vi dos dolorosas espigas de cera
que enterraban un paisaje de volcanes
y vi dos niños locos que empujaban llorando las pupilas de un asesino.

Pero el dos no ha sido nunca un número
porque es una angustia y su sombra,
porque es la guitarra donde el amor se desespera,
porque es la demostración de otro infinito que no es suyo
y es las murallas del muerto
y el castigo de la nueva resurrección sin finales.
Los muertos odian el número dos,
pero el número dos adormece a las mujeres
y como la mujer teme la luz
la luz tiembla delante de los gallos
y los gallos sólo saben votar sobre la nieve
tendremos que pacer sin descanso las hierbas de los cementerios.

(Federico García Lorca, Poeta en Nueva York, 1929)