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domingo, 9 de diciembre de 2012

Cuatrocientos golpes


Él era un profesional de cierto prestigio local, tenía don de gentes y un físico agradable, según diversas opiniones femeninas.

Un día resolvió dar el salto. Dejó mujer, hija, casa y empleo. Se fue a Madrid con una buena oferta de trabajo y decidido a convivir con su amante de toda la vida. Salió en todos los periódicos como noticia local y en todas las maledicencias, en portada.

Le he visto un año después, a lo lejos, tan a lo lejos como lo conocía... Y me han contado la resultante. Que su amante dejó de amarlo al tenerlo tan de cerca, que la buena oferta no era tan buena y que Madrid es demasiado Madrid para alguien de provincias. Que su hija no quiere ni verlo, pero que su ex está deseando que comparezca en el juicio. Y que vive en casa de sus padres porque el paro no da para un alquiler.

Los sueños no siempre se cumplen y, lo que se cumple, no siempre son sueños. Nadie puede decir, sinceramente, que está preparado para una experiencia parecida, porque es imposible levantar los pies del suelo sabiendo que va a romperse la cuerda.

El alma caritativa que corrió a relatarme el sucedido, quiso poner la guinda melodramática contándome, bajo secreto, una terrible confesión que le hizo el propio individuo: "Me he equivocado en todo y me queda toda la vida para pagarlo".

Mi interlocutor se quedó mirándome, como esperando algún comentario compasivo o perverso, otra puntilla para el árbol caído o una tirita para su lengua. O quien sabe si, al mismo tiempo, pretendía evaluar cuánto me afectaba el caso, indagando en la complicidad de mi respuesta.

Me acordé de la otra certeza, pero no se lo dije. En cambio, le expliqué que equivocarse en todo es tan difícil como acertar siempre. Esa es una irrefutable verdad de números.

Que la posibilidad de que la vida pueda ser peor que ahora, no hace que nos guste más la que tenemos, todo lo contrario, hace que nos sintamos todavía más atrapados y sin salida. Que si lo último que hay que perder es la esperanza, de lo primero que hay que deshacerse es de la resignación. Y que la vida es muy ancha, que le brotará por otro nudo una rama nueva.

Yo tampoco estoy preparado para eso, claro que no, nadie puede estarlo. Ni ha dejado de darme un miedo atroz el descalabro, pero ya no me paraliza. Lo que sí que estoy perdiendo del todo es la resignación. Y lo cuento sentado en el columpio, como el que estira los pies y los levanta del suelo para mecerse suavemente. O caer de boca en el charco que siempre hay debajo.

Quiero ver el mar, bañarme, embriagarme con sus olas y que me ponga horizontal el horizonte. Quiero ver el mar.

Aunque en cada abrazo salado que consiga darle todo el mundo me señale como a un desertor. Aunque sea ese mismo mar en el que me ahogue y me tenga guardados sus cuatrocientos golpes para dármelos uno a uno.



Vamos, ayúdame a mantener mis sueños en pie.
Por si noto que me faltas, quiero desencadenar el artificio y mantenerlo encendido para que quien trazó laberintos encuentre su salida.

Me llevo los deseos de año nuevo y ese ruido de agua hirviendo que me sigue sonando en el corazón.

Lo que ya no quiero es seguir vendiendo humo. Sino comprar cada día todas esas cosas que no me habían pasado nunca.


LA OTRA CERTEZA

Algunas veces,
el aire que impulso me deja sordo,
se arruga, se encoge, se frunce
hasta quedarse rancio.
Y no se apagan las velas cuando soplo.
Y aquel pastel, que parecía tan dulce,
lo mastico muy amargo.

Algunas veces,
la noche no empieza con caricias,
no rasga su velo con un susurro menor
y el rostro del amor
no se transfigura en orgasmo.

Es entonces
cuando más necesito un error.
Cuando más lo rebusco a fondo
con un ansia imposible,
urgido por la oquedad
que me crece en el pecho.

Y sólo me deja tranquilo —y solo—,
la necesaria, la imprescindible certeza
de haberme equivocado en algo.
Para ahuyentar la otra certeza,
la de esta nausea infinita
que me acusa, algunas veces,
de haberme equivocado en todo.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Propulsión

Nadie escoge el hueco, el hambre de los dedos,
la sed inacabable de mirar por las ventanas
para concentrar la resonancia del futuro.

Nadie escoge sentirse árido, torpe, abyecto,
susurrarse trayectos que dejan a medias el consuelo,
tenderse sobre la cama de las legañas
doblándose al dolor de unos labios nómadas
y en el vilo de corazones ajenos.

Nadie escoge el hueco, la grieta,
no se dejan ignorar las fieras y el tumulto,
el rigor que aprieta el nudo sobre el cuello,
las horas a las que se paraliza el ímpetu.

Pero tenemos que sembrar de sangre fría
la mirada propia, arrojarnos sin red a la vida,
saludar al fogonazo de la esperanza,
extender las otras manos vacías al aliento,
conservar entornado el destino, apaciguar el miedo,
desdeñar la mochila de andarse por las ramas.

Porque nadie escoge el hueco, tenemos
que abandonar los retales de toda sombra,
propulsarnos hacia la luz esquiva de otro sueño,
arder en los otros viajeros que transitan,
y andar con los ojos abiertos,
porque tampoco nadie sabe
el camino exacto de los encuentros,
pero siempre ocurren a la vuelta de una esquina.



Estoy envolviendo cuidadosamente un plan para llevarme. A veces cuesta empaquetar la esperanza en bolsitas que pueda uno ir consumiendo según pasan los días del calendario. Tener vocación de nube, ayuda.

Hay que confiar en el juego del azar y musitar alguna oración de viernes.

Porque a pesar de que casi nunca sale siete y que sé que llego tarde, quiero creer en los próximos prodigios que están al llegar.

domingo, 6 de mayo de 2012

Como si supiéramos

Lugares difíciles, encrucijadas que duran
dos respuestas inmediatas, callejones que acaban
frente a la misma tapia con desconchones.

Hay tantos de esos lugares como pájaros
que anidan en las ventanas inoportunas.
Los he visto sentados en un banco,
habitando labios brevemente conocidos,
fumando en las terrazas de los bares
o en escenas completamente horizontales
por entre los pliegues de las sábanas.

Los vivimos, los creamos, nos sorprende
volver repetidamente a las mismas costumbres
que tanto odiamos. Secuestrados por el orgullo
para no ceder ni un palmo de un terreno
que nunca tuvimos, la vida se complica
con una crueldad que se sujeta por la fuerza
de la viga en el ojo propio.

Tan complejos
como los lugares por los que pasamos
mientras esperamos eso que nunca llega,
hemos aprendido a tener a mano
un "no" y una lágrima, una risa,
un espanto, una mirada furtiva,
el refrán apropiado, la palabra precisa
y un miedo largamente elaborado.

Y con esas herramientas en el bolsillo,
en tanto vamos aprendiendo
a alinear las encrucijadas que pisamos,
disimulamos nuestra locura tarareando
la melodía de la canción, como si supiéramos
lo que queremos y lo que no.




CONVERSACIÓN EN LA ISLA

-Escribir un poema es intentar desatarse,
adivinar en qué mano está la moneda
-dije yo-. Tú mirabas
el sol igual que un fuego encima de la isla
y yo dije: -La poesía empieza
cuando ya has olvidado qué es lo que te asustaba
pero aún tienes miedo.
Yo veía
las torres blancas. Tú dijiste: -Es raro,
nos gustaría huir
pero nadie nos sigue.

Junto al agua,
partiendo nuestras vidas,
cortándonos las manos al coger los cristales,
tú dijiste: -La poesía es todo
lo que hay entre un disparo y el animal herido.
Parecías
tan lejos, tan a salvo
de ti y de mí;
distinta igual que siempre,
rota y vuelta a armar de una manera nueva.

El sol se fue. La noche
se acercaba y yo dije: -¿Recuerdas que jugábamos
a poner nuestros años
al lado de la Historia? Por ejemplo:
aprobaste Latín y Armstrong llegó a la luna...
Y tú dijiste: -El fuego
de los días,
la suma
de las horas,
las letras de "Armstrong llegó a la luna"...
Estábamos tan solos,
tan cansados,
como perros perdidos en medio de la lluvia,
como hombres mirando la noche desde una casa vacía.

Vi las últimas luces de la costa y el cielo
extraño encima de la playa. -A veces
-dije- no hay más que eso
y algún sitio donde ir pero ningún sitio donde quedarte
y palabras que son las piezas del abismo
y recuerdos igual que disparos en una diana.

Luego llegó la luz, el ruido azul
de la mañana,
mientras tú decías:
-Te di mi corazón y quisiste mis sueños,
te di mis sueños pero quisiste mi esperanza.
y yo dije: -Sí, es eso. Eso es todo:
una sola mujer y un millón de maneras de perderla.
Me miraste. Dijiste: -¿Y después? Y yo dije:
-Nada. Después no hay nada.
Después de eso
tenemos que estar juntos para siempre.

Nos quedamos callados,
junto al agua,
mientras la luz rompía el orden de la noche,
mientras el mar se estrellaba contra los nombres de las ciudades.
Mirando el sol sobre las torres blancas.
Cada uno observando su corazón moverse
lo mismo que un pez rojo en la oscuridad de un río.

La sombra de las torres se parecía a mi vida.

Cada uno protegido por su propio dolor,
como ángeles mirando una tormenta desde el fondo del cielo.

(Benjamín Prado, Todos nosotros, 1998)

jueves, 5 de abril de 2012

Buenos días

Buenos días, sólo eso.

Tal vez abril sea para vivir y no para tenerle miedo, si es que son cosas distintas.

La vida puede transcurrir sin que aparezca eso que tanto esperamos, puede agotarse sin encontrar aquello que le dé sentido a este remolino de idas y vueltas, a este descontrol de vaivenes y tumultos que hace latir desacompasados corazones, pulmones y cabezas.

Sin que aparezca pero, en tanto lo esperamos, mientras encontramos un brillo que nos distinga los ojos, hay que atender los asuntos cotidianos, la breve historia de aquel recibo, el dilema del paraguas y si toca pescado para la cena.

Cada mañana, la vida nace pequeña y las pequeñas cosas se confabulan para aparcar el caos en doble fila y dejar que algún hilo de luz se hilvane en los sueños. La vida nace pequeña y nosotros nos hacemos pequeños con ella deshaciéndola en pequeños actos de amor imposible, actos inexactos de emoción aprendida, tan arbitrarios como el idioma en que los pronunciamos.

El patio necesita unas horas de cocción, los platos de anoche piden a gritos un planchado. Habrá que hacer la cama de uno como si hubiesen dormido dos. Encontrar las palabras para felicitar a quien corresponda y entregar regalos, buscar tiempo para esperar llamadas o hacerlas, saltar hacia la luz para salir del agujero y estirarse un poco antes de caer en el próximo.

Si son cosas diferentes, abril es para vivir y no para tenerle miedo. Y para olvidar un poco, soñar mucho, embeberse en las rutinas y salir de ellas de tanto en tanto.

Buenos días, vida. Sólo eso.



miércoles, 4 de abril de 2012

Miedo de abril

Ahora sé que nunca hubo marcha atrás, yo sólo sé huir hacia adelante.

Confieso que los dedos se me han manchado de esa cierta tristeza de las firmas. Con la lluvia de decorado, con la música de fondo de una mentira que cae por su propio peso, apenas cuatro palabras y dos besos tímidos y desangelados.

La liturgia del desarraigo sucede cuando el mundo cabizbajo se parte en autobuses diferentes. Empiezan otros viajes, otras mentiras, otra soledad más intensa. Afuera llueve y llueve por dentro.

Todo sucede siempre en abril, ese es el punto de partida de la melancolía que irá formando escamas en la piel hasta que el olvido consiga ganar la batalla que ya se da por perdida.

Nunca hubo marcha atrás, sólo se puede huir hacia adelante. Y ahora, me toca correr despavorido hacia el porvenir.

Tengo un miedo nostálgico de las lágrimas, porque nunca supe llorar a tiempo. Tengo un miedo ausente de la amargura de los desayunos de los ojos pegados, porque sé que el tiempo no lo cura todo. Tengo un enorme miedo silencioso de no haber aprendido y repetir.

Y noto que me va penetrando hasta los huesos un agrio, turbio y viscoso miedo de abril.


INVENTARIO DE URGENCIA PARA SEGUIR ADELANTE

A veces, el pasado fue sólo aquel momento
en el que se confunden
amor y muerte, soledad y dicha.

Y porque entre unos brazos
al menos un instante me he sentido feliz,
procuro compartir este camino
hacia bellos sucesos como aquél
en que la luz fue nuestra.

Por eso me alimenta la esperanza.

Por eso llevo,
tatuada en el ansia de vivir,
como una hermosa referencia,
la cicatriz distinta de su cuerpo.

(Javier Egea, Paseo de los Tristes, 1982)

domingo, 1 de abril de 2012

La anchura del corazón

La anchura del corazón no se mide en centímetros, sino en ausencias.

No está más alto el que menos suplica, ni mejor amueblada la cabeza que menos se ofusca, ni es más indiferente la piel que menos caricias necesita.

Tampoco se mide el amor en las horas que se tarda en responder una pregunta o una llamada perdida. Ni en el número de veces que una palabra consabida se persigue a sí misma en medio de un párrafo sentimental.

En la escena del sofá los corazones no miden su altura, sino la distancia que los separa. En las lágrimas con las que alguien dice que se va, en la música viscosa con que se escucha un adiós, sólo se mide la voluntad.

Las veces que se pronuncian los "te quiero", la aspereza de los "me da igual", el escozor de los "ya veremos", no sirven tampoco para la medir la altura de una vida que tenemos a distancia de abrazo o de desdén.

Sólo hay algunas formas de temblar que dan la dimensión exacta de un sueño, sólo algunas maneras de cerrar los ojos descubren los dobleces del pasado y consiguen estirarlos en toda su amplitud.

Medirse es inevitable, el modo de saber lo que se quiere y cómo se esperan las palabras que tanto cuesta pronunciar. Y aunque ya hace tiempo que le perdí el miedo a no estar a la altura de la vida, no quiero, de ninguna manera, vivir con un corazón más estrecho que el tuyo.

Te lo digo por si te pareciera verme temblar. Piensa que quizás no sea de frío, sino del miedo que me da que llegue el día en que mi corazón adelgace, se quede en los huesos y mi ausencia te pase desapercibida, como una sombra, como un leve recuerdo que se apaga.


OTRO ROMANTICISMO

"...las aguas del olvido "
Garcilaso

"Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!"
César Vallejo

Te escribo nuevamente desde una tarde helada
de esas en que nos puede el sentimiento
y la obsesión -ese pingajo de la soledad-
te derriba, te ocupa, sienta plaza en tu cuerpo
y, lo más peligroso, te alumbra, te interroga.

Y ves que los renglones se estrechan,
las letras se amontonan
y comprendes el hueco imposible,
el espacio que nunca compartimos
y este bello recurso de contarte la vida
poblando de historia y de sueños
las hojas tibias del dolor
que tanto me recuerdan tus muslos o tu espalda.
Por ellos navegué durante tanto tiempo,
en ellos aprendí tantas cosas extrañas,
tanto golpe de mar,
que parece imposible olvidarte así, de pronto,
como quien tira la luz por la ventana,
como quien se despuebla de golpe de esperanza.

¿Quién puede responder sin ningún truco
a las preguntas viejas, enquistadas,
hechas parte de ti?

¿Quién cruzará de un salto las aguas del olvido
sin sentir cómo quema en la carne la sorpresa de un día,
las sábanas de un día, los cuerpos ofreciéndose,
las ojeras del gozo al amanecer?

¿No volverá el amor ,
aquel juego con náufragos y cofres,
a sorprendernos con su mano abierta,
a dejar en la playa de un hombro
como alga de plata que reposa
la saliva brillante del deseo?

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!

Por eso he de decirte -aunque sea por escrito-
f que está la casa abierta para ti,
que te esperan los libros, el té, mi soledad,
las dudas de las tardes de domingo,
la pequeña verdad
que no se tiene en pie sin tus palabras.

No es posible saber cuando todo enmudece
y la vida se ha vuelto una sórdida esquina
si nos falló el presentimiento
o será que el mercado nos fue tragando
con sus comadres y su algarabía,
que no supimos vernos ni hablarnos
entre anuncios de sopas luminosas,
promesas y altavoces
pregonando los últimos saldos
de la felicidad.

Será que llevaremos inevitablemente
un lenguaje podrido que amarga el paladar
y te pone a escupir en mitad de la urgencia
cuando toda la historia apenas si consiste
en decirnos que sí, que nos amamos.

Y los golpes, tan fuertes, las aguas del olvido,
tan hondas... Yo no sé!

Hay cosas en la vida
que sólo se resuelven junto a un cuerpo que ama.

Y cartas que se escriben
cuando la prisa clava su aguijón
y te deja colgando del alero
y te da por pensar
que es posible que no nos conociéramos
aunque fuimos viviendo el mismo frío,
la misma explotación,
el mismo compromiso de seguir adelante
a pesar del dolor.

(Javier Egea, Paseo de los Tristes, 1982)

domingo, 19 de febrero de 2012

Sábado

Algunas tardes
me siento extraño en mis propios ojos,
mirando como el amor siempre
sucede en el pasado.

Me quedo quieto,
pájaro derribado por la tormenta,
en esa calma intranquila de las esperas
cuando los pasos de nunca
suenan idénticos a los de ayer.

La piel se enfría a bocanadas
conforme la tarde pasa despiadada y metódica
dejando un invisible rastro de desorden,
por donde se confunde la frágil ausencia
de quien no termina de llegar
con la inmediatez de quien nunca acaba de irse.

Aprendo entonces que el amor
siempre es un invento de otros
con sus metáforas indecisas y su miedo,
ese miedo que no se crea ni se destruye,
sino que se transforma en un silencio,
allá, en los alrededores de un cuerpo
que se consume deshabitado
en el lado derecho de otra vida.




NIEBLA

Sirenas de los barcos en el gris
creciente de la niebla. Se oyen a lo lejos,
atraviesan el aire húmedo de noviembre
mientras la nube avanza a ras de suelo,
cubre los edificios y los parques
extendiendo la sombra de un falso anochecer.
Como el barco perdido entre la niebla
se adentra la memoria en los dominios
de un mar borrado,
envía sus mensajes y pregunta`
por rostros que se fueron,
por nombres confundidos en los márgenes
del tiempo y de la muerte.
Y no sabe si inventa su pasado.

(Antonio Jiménez Millán, Clandestinidad, 2010)

domingo, 1 de enero de 2012

Deseos de año nuevo

Porque llegó el tiempo de cambiar el pájaro en mano por los ciento volando, he pedido once veces al año nuevo que me enseñe a volar.

Que sé que tendré que caer si me dedico a sentir la brisa en el rostro, a comer uvas entre desconocidos, a contar los pasos que doy en círculos.

Que sé que tendré que caer si es que al final vuelo, pues el hombre está hecho para el ras del suelo y no para mirar las nubes, ni siquiera las de su cabeza.

Pero quiero notar el vértigo, el calor y el frío, la lucha de los cuerpos que enciende las noches, las alas rotas que sobresalen de los abrigos y mirar al horizonte desde mucho más arriba que lo que puede esta torpe criatura que siempre soy.

Once deseos imposibles, once deseos de aprender a volar, once deseos de que vueles conmigo. Y once veces he pedido que, si tengo que caer tarde o temprano, que sea desde lo más alto, sin miedo, que me parta los huesos con la sonrisa de las lágrimas de haber tocado el cielo con mis manos.

Aviones, helicópteros, globos, subir al mástil, a la torre Eiffel, al piso cuarenta y siete de mi vida, hacer parapente desde la sierra, montarme en un telecabina, asomarme al balcón de tu escote, mirar al precipicio de tus ojos y subirme a tu piel.

Y el deseo doce, siempre es el mismo todos los años. He vuelto a pedirle como último deseo a este 2012 que se me olviden los otros once. Ya sabes, por si acaso.




DON DEL VUELO

Y ahora que desperté sin calendario
a las puertas de un cielo terrenal
qué vas a hacer conmigo si no atiendo a razones,
si me entregué sin más a la algarada
de esta felicidad sin qué ni fundamento,
si el saludo se me vuelve pájaro en la mano
y los ciento volando
hacen cola para posarse en mi ventana,
si me declaro en fuga
tras la eléctrica chispa que aguarda en el instante,
si hablo como quien canta
en las crines del pulso secreto de las olas,
amenazo arrastrarte en un alud de espuma
y mis dedos te cercan, antorchas navegantes,
y se te caen las hojas amarillas,
y al contacto tu piel prende en mi abrazo,
qué vas a hacer conmigo sino entregarte entera,
desarraigarte toda
hasta que a las raíces les brote el don del vuelo,
levar anclas, surcar la ingravidez
preñada de centellas, con las manos
tendidas al encuentro, ven conmigo,
con rumor de campanas sobrevolemos los jardines,
ha llegado la hora, vamos, ven
a conocer la risa de los ángeles.

(Eduardo García, La vida nueva, 2008)

viernes, 14 de octubre de 2011

Punto de partida

Es cierto que pasamos, que después quedan las huellas, que se mira atrás cuando no se ve nada claro lo que hay delante. Que nada se aleja más que el pasado, que nada duele, sin embargo, tanto como aquello que no se hizo.

Reflexiono mientras paseo por esta orilla, busco los puntos de inflexión que me trajeron a esta curva, repaso las encrucijadas que me atraparon y recuerdo  con cierta nostalgia su esplendor y su miedo.

Me voy echando a las espaldas mi propia inconsistencia, el arcón de los defectos y la sal de alguna lágrima que se me pudrió dentro sin llegar a ver la luz. Me veo salir de mí mismo y me sorprendo -¿quién es este que voy a ser?-, me noto cambiar pero sigo en el centro, me noto vivir y morir a la vez.

Adoro esta incertidumbre que me mantiene despierto, disfruto mirando este desierto que me espera cálido y amenazante, este trayecto que no tiene más caminos trazados que los que dejan mis pisadas erráticas, torpes, sonámbulas, pero hechas a la imagen y semejanza de mis pies.

He dejado de caminar recto y, sin embargo, sé que no estoy más perdido de lo que antes estuve. He perdido la prisa porque ya nadie me espera, porque  yo sí que espero todo. Mantengo el miedo a llegar, no consigo sacudírmelo, pero he perdido el miedo atroz que me daba llegar solo.

De momento, sólo pretendo ocupar el espacio. Con eso me conformo hasta la siguiente cuenta atrás, hasta la próxima huida, hasta las equivocaciones que me acechan, hasta ese punto de partida que aún está por venir o por deshacerse en arena.





AUTOBIOGRAFÍA

Como el náufrago metódico que contase las olas
que faltan para morir,
y las contase, y las volviese a contar, para evitar
errores, hasta la última,
hasta aquella que tiene la estatura de un niño
y le besa y le cubre la frente,
así he vivido yo con una vaga prudencia de
caballo de cartón en el baño,
sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
sino en las cosas que yo más quería.

(Luis Rosales, Rimas, 1951)

viernes, 23 de septiembre de 2011

Incomunicación

Cuando intento en un poema pintar negra
la puerta de una noche, desorbitar un recuerdo
hasta que deje de dolerme y encerrar entre adjetivos
el tumultuoso goteo de un instante de lágrimas,
nadie me cree.

Entonces piensan, bah, poetas, mentidores,
engañantes juguetones que siempre hablan a medias,
que dicen nocturnamente no sé qué cosas
que parecen bellas hasta que el día siguiente amanece
y la vida las aplasta en su oquedad.

Nadie me cree triste porque me río en asonante,
porque parece que en los poemas
cualquier cosa cabe, porque los versos se tronchan
en metáforas que no provocan incendios,
ni pagan alquileres, ni te lavan la ropa.

Si escribiese aquí, qué sé yo, que te quiero,
no me creerías, no me crees, no te llega,
no impide que rueden tus lágrimas
una a una, no calma al perro que te muerde
en las noches de cristal, no libera el placer
olvidado en el otro lado de la cama.

Porque parece que en los poemas cabe
cualquier cosa que no pese,
nadie me cree, nadie,
como yo tampoco tendría que creer
a nadie que me lea, a nadie a quien no le pese
cualquier cosa de esas que todos tienen,
miedo, amor, soledad, cansancio,
y que nadie cree que me quepan a mí.



13

Los hay que mueren de silencio
de tragarse demasiadas palabras y del cólico fenomenal que sigue
y los hay que mueren por hablar demasiado
pues las paredes —al contrario que las tapias, que están sordas— oyen.

Los hay que mueren de cansancio
de todo lo que hay que cambiar para que nada cambie
y hay quien muere de aburrimiento
en esta feria universal donde continuamente ocurren cosas
y nunca pasa nada.

Hay quienes mueren de miedo
ante la mera sospecha de que podrían darse de bruces
con la verdad de sus actos
y hay a quienes les da tanto coraje
que alguien pudiera sospechar que hay una verdad tras sus actos
que sencillamente se mueren.

Los hay que no mueren nunca
porque ya están muertos.

(Jorge Riechmann, 27 maneras de responder a un golpe, 1993)

sábado, 17 de septiembre de 2011

El centro de la masacre

Acabo de despertar en el centro de la masacre
donde las palabras se inflaman
con la espuma de las olas como promesas
que el mar devuelve incesantemente hasta la orilla.

Porque para perder la esperanza siempre hay tiempo
quiero hacerme amigo del olvido
mientras me rezume esta inhóspita alegría
de haberle perdido el miedo
a no estar a la altura de la vida.

sábado, 4 de junio de 2011

Desde el filo

Cuando era niño, fue a la piscina del pueblo para aprender a nadar. Cientos de otros niños reían a su alrededor, se ponían en círculo dentro del agua, se cogían de las manos y levantaban los pies del fondo para patalear y salpicarse burbujas rítmicamente.


El sabor del cloro del agua le inundaba la nariz y se le colaba por la garganta. ¡Qué tortura era odiar lo que a los demás les encantaba! Pero mal que bien, sacando mucho la cabeza del agua al bracear, aprendió el mecanismo de supervivencia y se defiende, con más voluntad que técnica, en las piscinas, en el mar o en aquellas albercas verdes de rana en las que, de niño, se refrescaba.


En aquellas clases multitudinarias, también tocaba tirarse del trampolín. Un trampolín ridículo, una tabla puesta a un palmo del agua, en el que bastaba, según el monitor, ir dejando caer el cuerpo hacia adelante hasta llegar al desequilibrio. Y entonces, saltar para levantar los pies y entrar en el agua con las manos por delante de la cabeza.


Lo intentó tantas veces que aún se acuerda del vértigo, del pestilente olor del agua, de las burlas y de los empujones de un monitor exasperado por su recelo ante lo que para todos era tan divertido. Aún se acuerda del ahogo de entrar en el agua, de la angustia de buscar el aire a brazadas, de los mocos que le chorreaban al sacar por fin la cabeza del agua.


Aún se acuerda del filo, de ese vacío en el vientre, de esa falta de aire anterior al salto, del miedo a no encontrar la salida.


Tanto se acuerda, dichosa y caprichosa memoria, que, desde entonces, no ha vuelto a tirarse nunca a una piscina. Se sienta, se deja resbalar por el borde con las manos apoyadas, se gira sujetándose con los brazos y va entrando en el agua lentamente, hasta que la gravedad ejerce su ley y hace el resto. Y justo en ese último momento, se tapa la nariz.


Ahora, casi cuarenta años después, escribe desde el filo para no oler el agua. Aunque el agua está ahí, esperando, y la gravedad ha puesto ya las leyes en marcha. Y nota el mismo vacío en el vientre y la misma falta de aire. Pero le ha perdido el miedo al agua.


Apártense, si no quieren que les salpique, o mírenlo caer desde el filo.


SPLEEN


A menudo equivoco el autobús,
cruzo a destiempo, bajo la escalera
que debiera subir, vacilo, voy
hilando incoherencia con la ciega
obcecación del triste que desliza
su ronco despertar a medianoche,
su tímida esperanza sin consuelo,
su billete borroso hacia otra parte;
y no es que los espejos se me rompan
al mirarlos de frente, ni que el tráfico
taladre este tesón con que persisto,
los afanes que finjo en un alarde
de acróbata que traza en el vacío
su torpe pirueta, yo no sé
si me explico, lo cierto es que tampoco
reconozco si voy o si regreso,
si parto el pan o tomo mi jarabe,
la tos que desayuno cada día,
es todo tan confuso, es tan difícil
decir que sí, que no, que todo lo contrario,
ganarle por la mano al día su confianza,
por eso mi bufanda me parece
la soga de un ahorcado y es así
como anudo mi lastre inconsolable,
derrocando la risa de los niños
con astucia de ingenuo derrotado,
aspirando a la tierra y al reposo,
prisionero de mí, ya sin ficciones.


(Eduardo García, Horizonte o frontera, 2003)