Aunque en cada abrazo salado que consiga darle todo el mundo me señale como a un desertor. Aunque sea ese mismo mar en el que me ahogue y me tenga guardados sus cuatrocientos golpes para dármelos uno a uno.
Vamos, ayúdame a mantener mis sueños en pie.Por si noto que me faltas, quiero desencadenar el artificio y mantenerlo encendido para que quien trazó laberintos encuentre su salida.Me llevo los deseos de año nuevo y ese ruido de agua hirviendo que me sigue sonando en el corazón.Lo que ya no quiero es seguir vendiendo humo. Sino comprar cada día todas esas cosas que no me habían pasado nunca.
LA OTRA CERTEZA
Algunas veces,
el aire que impulso me deja sordo,
se arruga, se encoge, se frunce
hasta quedarse rancio.
Y no se apagan las velas cuando soplo.
Y aquel pastel, que parecía tan dulce,
lo mastico muy amargo.
Algunas veces,
la noche no empieza con caricias,
no rasga su velo con un susurro menor
y el rostro del amor
no se transfigura en orgasmo.
Es entonces
cuando más necesito un error.
Cuando más lo rebusco a fondo
con un ansia imposible,
urgido por la oquedad
que me crece en el pecho.
Y sólo me deja tranquilo —y solo—,
la necesaria, la imprescindible certeza
de haberme equivocado en algo.
Para ahuyentar la otra certeza,
la de esta nausea infinita
que me acusa, algunas veces,
de haberme equivocado en todo.