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sábado, 6 de octubre de 2012

Reír a lágrima viva

Cuando observo a la gente me fijo mucho en cómo ríen. Hay risas forzadas y risas que parecen florecen en la cara. Hay risas tímidas, hay quien ríe como por dentro y hay risas que explotan como una burbuja.

También he visto reír a lágrima viva, he visto reír compulsivamente empujado por los nervios o soltar una carcajada después de sentirse apuñalado. Por eso no creo que haya una risa sea más sincera que cualquier otra. La risa es un arma y puede usarse para defender la alegría o para matarla.

¡He reído por tantas cosas! He reído para intentar comprender el mundo, he hecho reír para conquistar un beso, he reído por no llorar. He reído para ablandar el corazón de otros y he reído para que no se me note la cobardía.

Ahora todavía me río por lo mismo, y por alcohol y por maría. Pero he decidido elegir con quién me río. Supongo que en eso también hay algo de coquetería, que los huecos de las muelas que ya no tengo ayudan a reír en público con media boca.

Nunca me hicieron gracia los tropezones ni los chistes verdes. Pero cuando algo me produce ese cosquilleo que antecede a la carcajada, entonces tengo que huir a cobijarme en alguien para reírme a todo pulmón, porque reír hiere o es poco educativo o requiere a otro alguien que se ría también.

Reír solo es mucho más triste que llorar sin compañía. Porque llorar a solas es darse cuenta de que no te han entendido. Pero reír sin nadie alrededor es saber que no van a entenderte nunca.

Sin embargo, cada vez me río menos. No sé si es hormonal o producto de la experiencia, de este haber visto ya de todo, tan de todo, que la risa prescribe. O tal vez me haya vuelto insensible al sentido lúdico de la vida.

Aunque la razón más probable para que mengüe mi risa estriba en este ir perdiendo la inconsciencia, en esta manera de ir aprendiendo que, cada vez que me río por algo, en realidad, me estoy riendo de mí mismo. Y ese modo de autocrítica es muy sano, no digo que no, pero se acusa el golpe y prefiero dejar que la risa se diluya en la rutina. O en todo caso, sonreírme a mí mismo, como si me perdonara.

Lo que no he conseguido nunca, y no creo que nunca consiga, es reír sin gana. Y sin gana, tampoco he conseguido hasta ahora llorar.

Espero dar alguna vez con alguien que sea capaz de reír y llorar a la vez. Me encantaría aprender poco a poco.



AL OTRO LADO

Te digo que esta vez lo digo en serio.
No consigo dormir, me asusta el tiempo
que tengo que pasar sin ver tu risa
liviana apoderarse de la casa.
Noche tras noche vienes y me dejas
más sólo que la luna. Ese recuerdo
me basta para hacer un melodrama
del día que me espera, sin un beso
que llevarme a la boca. Mi mujer
no sospecha de ti; sólo pregunta
de dónde ese aire huérfano, esa leve
sonrisa que me vuelve transparente
me llegan

y hacia dónde me conducen.
Ya no voy a fingir. Hoy es el día.
Esta noche nos vemos para siempre.
Cruzaré en un descuido la pantalla.
Me quedaré contigo al otro lado.

(Eduardo García, No se trata de un juego, 2004)

lunes, 4 de junio de 2012

Por si luego no puedo

Voy a pronunciar "amor",
por si luego no puedo, por si luego
una ceniza se me atraganta,
por si luego
la lengua se me llena de espinas
y se me parte en demonios.

Voy a pronunciar "vida",
muchas veces, por si luego no puedo,
por si luego el corazón se me estriñe y los días
me pasan por encima como losas de marfil
o la memoria se me pierde en un instante
que no pudo ser el verdadero.

Voy a pronunciar "siempre",
aun sabiendo que no llegara el día,
por si luego no puedo, por si luego
no es luego sino nunca,
por si luego
todo lo que quede de mí sea una mentira
tendida a la intemperie.

Voy a pronunciar "ven conmigo",
en voz alta, muchas veces,
por si luego no puedo encontrar una llamada
que escuchar desde tus labios.

Y voy a pronunciar "lágrima",
por si luego no sé, por si luego
la lluvia de sal me inunda
y sigo sin saber nada
de todo lo que dices que sé.



POEMA DOBLE DEL LAGO EDEM

...Quiero llorar porque me da la gana
como lloran los niños del último banco,
porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja,
pero sí un pulso herido que sonda las cosas del otro lado.

Quiero llorar diciendo mi nombre,
rosa, niño y abeto a la orilla de este lago,
para decir mi verdad de hombre de sangre
matando en mí la burla y la sugestión del vocablo...

(Federico García Lorca, Poeta en Nueva York)

miércoles, 23 de mayo de 2012

La última gota

De semen blanco escanciado
entre los pliegues de una sábana,
de sudor anónimo y cotidiano,
de algún caldo lentamente
cocinado entre pucheros,
de agua de la lluvia que desata
la tormenta de una despedida,
de la saliva de un beso furtivo
que atraviesa una primavera,
de la espuma del mar empujada
por la brisa y el salitre,
de una lágrima escapada
de la risa o de un suspiro,
de la sangre de tu herida
o de la de tu enemigo,
de la escarcha,
del mercurio de una fiebre,
de la nieve
o de la tinta que se agria
sobre el papel de este poema
en que me lees,
la última gota es la que siempre
desborda el vaso.

domingo, 6 de mayo de 2012

Como si supiéramos

Lugares difíciles, encrucijadas que duran
dos respuestas inmediatas, callejones que acaban
frente a la misma tapia con desconchones.

Hay tantos de esos lugares como pájaros
que anidan en las ventanas inoportunas.
Los he visto sentados en un banco,
habitando labios brevemente conocidos,
fumando en las terrazas de los bares
o en escenas completamente horizontales
por entre los pliegues de las sábanas.

Los vivimos, los creamos, nos sorprende
volver repetidamente a las mismas costumbres
que tanto odiamos. Secuestrados por el orgullo
para no ceder ni un palmo de un terreno
que nunca tuvimos, la vida se complica
con una crueldad que se sujeta por la fuerza
de la viga en el ojo propio.

Tan complejos
como los lugares por los que pasamos
mientras esperamos eso que nunca llega,
hemos aprendido a tener a mano
un "no" y una lágrima, una risa,
un espanto, una mirada furtiva,
el refrán apropiado, la palabra precisa
y un miedo largamente elaborado.

Y con esas herramientas en el bolsillo,
en tanto vamos aprendiendo
a alinear las encrucijadas que pisamos,
disimulamos nuestra locura tarareando
la melodía de la canción, como si supiéramos
lo que queremos y lo que no.




CONVERSACIÓN EN LA ISLA

-Escribir un poema es intentar desatarse,
adivinar en qué mano está la moneda
-dije yo-. Tú mirabas
el sol igual que un fuego encima de la isla
y yo dije: -La poesía empieza
cuando ya has olvidado qué es lo que te asustaba
pero aún tienes miedo.
Yo veía
las torres blancas. Tú dijiste: -Es raro,
nos gustaría huir
pero nadie nos sigue.

Junto al agua,
partiendo nuestras vidas,
cortándonos las manos al coger los cristales,
tú dijiste: -La poesía es todo
lo que hay entre un disparo y el animal herido.
Parecías
tan lejos, tan a salvo
de ti y de mí;
distinta igual que siempre,
rota y vuelta a armar de una manera nueva.

El sol se fue. La noche
se acercaba y yo dije: -¿Recuerdas que jugábamos
a poner nuestros años
al lado de la Historia? Por ejemplo:
aprobaste Latín y Armstrong llegó a la luna...
Y tú dijiste: -El fuego
de los días,
la suma
de las horas,
las letras de "Armstrong llegó a la luna"...
Estábamos tan solos,
tan cansados,
como perros perdidos en medio de la lluvia,
como hombres mirando la noche desde una casa vacía.

Vi las últimas luces de la costa y el cielo
extraño encima de la playa. -A veces
-dije- no hay más que eso
y algún sitio donde ir pero ningún sitio donde quedarte
y palabras que son las piezas del abismo
y recuerdos igual que disparos en una diana.

Luego llegó la luz, el ruido azul
de la mañana,
mientras tú decías:
-Te di mi corazón y quisiste mis sueños,
te di mis sueños pero quisiste mi esperanza.
y yo dije: -Sí, es eso. Eso es todo:
una sola mujer y un millón de maneras de perderla.
Me miraste. Dijiste: -¿Y después? Y yo dije:
-Nada. Después no hay nada.
Después de eso
tenemos que estar juntos para siempre.

Nos quedamos callados,
junto al agua,
mientras la luz rompía el orden de la noche,
mientras el mar se estrellaba contra los nombres de las ciudades.
Mirando el sol sobre las torres blancas.
Cada uno observando su corazón moverse
lo mismo que un pez rojo en la oscuridad de un río.

La sombra de las torres se parecía a mi vida.

Cada uno protegido por su propio dolor,
como ángeles mirando una tormenta desde el fondo del cielo.

(Benjamín Prado, Todos nosotros, 1998)