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domingo, 5 de agosto de 2012

La primera vez que escribo este poema

Supongo que este modo
de ir caminando por la playa
dejando que las olas y su espuma
me alboroten el camino,
que esta manera de andar
con un pie siempre más arriba que el otro,
hundiendo primero los talones en la arena
y enterrando los dedos juntos
por toda despedida de cada paso,
como mínimo estremecimiento ante el siguiente.

Supongo que esta forma
de dejar huellas fugaces en el material sensible
con que funcionan los relojes,
es una estrategia para no mirar atrás,
un modo de caminar por la nieve de estos días
sin tener que esperar una ventisca
que me borre la memoria.

Supongo que este mecanismo
de tener un horizonte plano a un lado
y andar por donde no quema la arena,
supongo que esta necesidad
de tallar blandamente las huellas
para que nadie las descubra,
es una obligación que he contraído
a fuerza de equivocarme y tropezar,
y tropezar y equivocarme.

Y supongo que este modo
de equivocarme sobre el borde del mar,
que esta manera de tropezar sin que se note
mientras llega una ola que barre los restos,
es un modo de aferrarse a la vida que consiste
en olvidar las otras veces y creer
que ésta es siempre la primera vez:
la primera vez que llego a donde estoy ahora,
la primera vez que escribo este poema.




MUDAR DE PIEL

Lo difícil es mudar de piel
la primera vez.
Después…
Oteas como un diafragma fotográfico
el cuerpo, su intemperie
luego las clandestinas caricias
las voces en murmullo,
los besos tras la puerta
que te obligan a buscar una isla blanca
en marejadas de olvido.

Al mudar de piel vuelves a sentir,
te izas como vela.
En tus sábanas blancas
el mundo es tuyo otra vez.

Lo más difícil es arrancar raíces,
dejar trozos del rompecabezas.
No colgar el bolso de cuero
cuando ves la cama vacía...

Sabes que emigras a una nueva piel.

lina Zerón, La spirale du feu, 1999)

martes, 26 de junio de 2012

Playa

Al borde de estar mojado,
en el límite de la tierra adentro,
donde el horizonte raya el agua
como un sueño lejano que se interpone
entre el mar y el cielo,
pisábamos el contorno de la sombra
que distingue la luz con otro brillo.

En la linde que separa la vigilia del sueño,
jugando sobre el borde que delimita
un cuerpo tendido y abierto a la blandura del espacio,
una piel divisoria que se dilata hasta el margen
de otro cuerpo vertical y rígido de normas,
hablábamos sobre la orilla de una memoria
que distingue el presente con otra luz.

Estábamos en ese confín en donde se encuentran
el principio de una desnudez agradecida
con el final de las vestiduras rotas,
en esa misma duda que separa tu mano diurna
de la nocturna constelación de mis lunares,
donde la sal se acumula en contra
de todo sol que nos vuelve desierta
la sed de la vista y el hambre del deseo.

Estuvimos allí, sin sospecharlo,
donde un puñado de arena que se escapa de las manos
se enfrenta con la metáfora
de un reloj negro que se detiene,
en donde un aceite hierve de frontera
y, poco a poco,
desaparece en las mismas pieles que separa,
entre la toalla y el suelo,
entre una multitud de barbarie libérrima
y la solitaria extensión esclava de uno mismo.

Allí estuvimos, sin saberlo,
en ese punto en el que confluyen
todos los límites, al borde de todo y nada,
en el contorno de una vida
que nos rehuye y se nos escapa,
en el punto difuso donde el mundo
concurre al mismo tiempo que escurrimos,
cuando se pueden tomar todas las direcciones
que no van a conducirnos a ninguna parte.

Y aunque no regresamos intactos
porque es un tiempo que se nos tatúa,
te miro el cuerpo, me miro los sueños
y no nos descubro quemaduras.
Tal vez sobrevivamos a todas las playas
que aún nos quedan que pisar.




ESTA IMAGEN DE TI

Estabas a mi lado
y más próxima a mí que mis sentidos.

Hablabas desde dentro del amor,
armada de su luz.
Nunca palabras
de amor más puras respirara.

Estaba tu cabeza suavemente
inclinada hacia mí.
Tu largo pelo
y tu alegre cintura.
Hablabas desde el centro del amor,
armada de su luz,
en una tarde gris de cualquier día.

Memoria de tu voz y de tu cuerpo
mi juventud y mis palabras sean
y esta imagen de ti me sobreviva.

(José Ángel Valente)

lunes, 26 de diciembre de 2011

La vida de los peces

Es mentira. Podría ser menos rotundo y decir que no es verdad, que suena más reflexivo, más prudente. Pero lo cierto es que es mentira.

Los peces del acuario no pueden vivir en el mar. Pueden soñar con playas, acercarse al cristal y desear la vida que les va pasando por fuera, a ráfagas, como fotogramas sueltos de otra realidad que casi se puede tocar con las aletas.

Pero es mentira, todo es mentira. Quienes se asoman de tanto en tanto al cristal, no existen, no son reales. Sólo son deseos que se proyectan sobre el vidrio, rostros que la difracción de la luz engrandece hasta hacerlos más hermosos.

Pero no puede ser. Los peces de acuario pueden soñar con el mar abierto, pero si los sacas y los llevas a donde rompen las olas, se ahogan de libertad, le asusta el agua interminable y la sal les pone la tensión por las nubes. Es mentira, los peces del acuario no saben navegar.

A lo más que llegan es a quedarse en la orilla, levantar otros muros de vidrio que les separen de lo real y a llorar sin párpados la intensa realidad de saber que, aquello que no se hizo, no podrá deshacerse jamás.

Y tú y yo somos peces de acuario, un tanto extraños porque nuestra memoria no es de pez, pero somos criaturas que vemos la vida de los demás pasar por detrás de unos cristales que, al mismo tiempo que nos encierran, nos dan la única libertad que nos tomamos: la de mirar al pasado y soñar con lo que pudo ser.

Los peces del acuario no salimos buscando el mar inagotable, sino otro acuario con vistas a una mentira más veraz. Una nueva mentira que nos dé golpecitos en el cristal para anunciarnos que las migajas que siempre nos echa son la única verdad.

Y habrá quien diga que fui yo el primero en olvidar...



Andrés (Santiago Cabrera), que vive en Alemania desde hace diez años, regresa a Chile para liquidar su pasado antes de asentarse definitivamente en Berlín. Sin embargo, durante la fiesta de cumpleaños de uno de sus amigos, entra en contacto de nuevo con el mundo que abandonó e incluso vuelve a ver a Beatriz (Blanca Lewin), su gran amor. Ese reencuentro podría cambiar los proyectos y la vida de Andrés para siempre. (FILMAFFINITY)

La vida de los peces