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domingo, 4 de noviembre de 2012

Veneno

Se extienden tus ojos sobre mí, se enreda mi voluntad en tus manos. Gira la habitación en un tornado, revolviéndolo todo como un vendaval que me levanta los pies del suelo y que, después de bailar en él, me deja caer, por fin, en el borde de tus labios.

Te subes en mí y me estremezco. Las convulsiones propulsan, por todo mi cuerpo, el efecto imparable de una química estruendosa y violenta, que mueve los goznes del mundo para abrir la puerta de un paraíso interior.

Se acelera el pulso, se agita el corazón, se contraen los músculos al borde del espasmo. Es el final, lo presiento. Pero el paso por el túnel no duele, sino que me deja en un éxtasis huidizo y fugaz. Y la luz que me saca hacia el otro lado, siempre llega demasiado pronto.

Me descubro desnudo y horizontal sobre la cama. No hay rastro de aguijones ni de colmillos… ¿Pero por qué me revives ahora con el boca a boca? ¿No me estabas envenenando?

Ahora entiendo que, el extraño efecto que tienen tus manos sobre mí, no tiene más antídoto que volverlas a sentir. Y entiendo por fin, escuchando tus latidos, desbocados también, que el veneno que me ofreces no está en la superficie de tu piel, ni en la distancia a la que te acercas, sino en lo profundo de las huellas en las que te quedas cada vez que te vas.

Tu veneno no es una sustancia, sino una cantidad. Esa que siempre me sabe a poco.






Masacre en el dormitorio

Estábamos tranquilos,
dulces y agradecidos
con nuestras simples vísceras que nos dieron pretexto
para satisfacerlas.
Y estábamos haciéndolo
contentos.

Y he aquí que de pronto,
sin previo aviso
y sin pedir permiso, todos ellos
han venido a meterse en nuestra propia cama,
aquí,
entre nuestras sábanas,
y ponen los zapatos en la almohada
-donde pusiste el sueño-
y amenazan quebrar la cabecera que me costó serruchos y martillo.
No nos dejan estar,
nos registran los pelos de las ingles en busca del pecado,
sacan el código y el dedeté,
la indagación y los escapularios.
Yo no sé
ni me importa
si es que tienen derecho.
Me consta, nada más, que me son antipáticos,
que me molestan como las agruras
y los soporto sólo por ver si los alejo.

Son un tropel de gansos metidos en la cama,
graznan y ensucian todo con sus patas palmípedas,
amenazan con picos y miradas
y me parece que te me acobardan.

Lo único que quiero es besarte completa,
y poderme acostar sobre tu vientre
y saberte feliz de estar conmigo.

Amarte sin sofisma ni retórica.

Llenar los dos desnudos nuestra cama.
Creo que es suficiente.

No sé qué hacer con todos estos molestos pajarracos.
Miedo de que te lleven.
De que no nos permitan terminar nuestro abrazo.
Nos están estorbando.
No sé cómo espantarlos.

Creo que ahora mismo me sacaré los ojos.

(Manuel José Arce)




Nocturno

Apagaste las luces y encendiste la noche.
Cerraste las ventanas y abriste tu vestido.
Olía a flor mojada. Desde un país sin límites
me miraban tus ojos en la sombra infinita.

¿Y a qué olían tus ojos? ¿Qué perfume de oro
y de agua limpia y pura brotaba de tus párpados?
¿Que invisible temblor de cristales de fuego
agitaba la seda lunar de tus pupilas?

Recamaste la almohada con hilos de azabache.
Tejiste sobre el sueño un velo de blancura.
Eras la rosa pálida tiñéndose de rojo,
la rosa del veneno que devuelve la vida.

La blusa, el abanico, una pluma violeta,
el broche con la perla y el diamante en el pecho.
Todo abierto y en paz, transparente y oscuro,
sin dolor, navegando rumbo a tus manos frías.

(Luis Alberto de Cuenca, La caja de plata, 1985)

domingo, 5 de agosto de 2012

La primera vez que escribo este poema

Supongo que este modo
de ir caminando por la playa
dejando que las olas y su espuma
me alboroten el camino,
que esta manera de andar
con un pie siempre más arriba que el otro,
hundiendo primero los talones en la arena
y enterrando los dedos juntos
por toda despedida de cada paso,
como mínimo estremecimiento ante el siguiente.

Supongo que esta forma
de dejar huellas fugaces en el material sensible
con que funcionan los relojes,
es una estrategia para no mirar atrás,
un modo de caminar por la nieve de estos días
sin tener que esperar una ventisca
que me borre la memoria.

Supongo que este mecanismo
de tener un horizonte plano a un lado
y andar por donde no quema la arena,
supongo que esta necesidad
de tallar blandamente las huellas
para que nadie las descubra,
es una obligación que he contraído
a fuerza de equivocarme y tropezar,
y tropezar y equivocarme.

Y supongo que este modo
de equivocarme sobre el borde del mar,
que esta manera de tropezar sin que se note
mientras llega una ola que barre los restos,
es un modo de aferrarse a la vida que consiste
en olvidar las otras veces y creer
que ésta es siempre la primera vez:
la primera vez que llego a donde estoy ahora,
la primera vez que escribo este poema.




MUDAR DE PIEL

Lo difícil es mudar de piel
la primera vez.
Después…
Oteas como un diafragma fotográfico
el cuerpo, su intemperie
luego las clandestinas caricias
las voces en murmullo,
los besos tras la puerta
que te obligan a buscar una isla blanca
en marejadas de olvido.

Al mudar de piel vuelves a sentir,
te izas como vela.
En tus sábanas blancas
el mundo es tuyo otra vez.

Lo más difícil es arrancar raíces,
dejar trozos del rompecabezas.
No colgar el bolso de cuero
cuando ves la cama vacía...

Sabes que emigras a una nueva piel.

lina Zerón, La spirale du feu, 1999)

sábado, 30 de abril de 2011

Mencionar la lluvia

A veces no sé qué decir, no encuentro las palabras. Sucede que no consigo fijar el pensamiento. Ni siquiera divago en mi interior. Las imágenes suceden a las palabras, las palabras a las imágenes, a tanta velocidad que no consigo articular ninguna de las dos.


Son malos días que vienen, que tienen que venir para darle valor a los buenos. Hago todo sin pensar, como un zombie o, me gusta más la comparación y la palabra, como un alucinado que vive por dentro en otro sitio y en otro tiempo del que le sucede por fuera.


Contesto lo primero que se me ocurre, monosílabos preferentemente, y, si me aprieta el silencio, ese tan incómodo que sucede con testigos que te miran fijamente, como dándote el turno de palabra, me limito a repetir lo último que he oído, como un loro sin pico, sin gracia y sin plumas de colores.


A veces no sé qué decir, pero sé que quiero pasar por aquí y dejar alguna señal. Casi siempre que escribo en el blog, lo hago también para mí. Me gusta dejar colgada una huella, un aviso al futuro, una sensación, una emoción o una pregunta para la que tal vez algún día, al releer estas líneas, encuentre respuesta.


Pero esta noche no sé qué decir. Supongo que lo mejor será que no diga nada. Si acaso, tan sólo mencionar la lluvia.


EN LOS DÍAS DE LLUVIA


A Mari Carmen


Sabrás por la presente que empeoré de vida.
Mariano Maresca


Más o menos extraña
la vida fue pasando tibiamente
por tu cuerpo y el mío.


Oigo la lluvia fría amontonarse
sobre las uralitas
y la noche me atrapa
en el sudor eterno de su tranquilidad.
Tal vez
debiera despertarte, hacerte compartir
este presentimiento
de lejana belleza
con el que me confundo apenas un instante
para volver a ti
que te abandonas
a la hermosa presencia
de tu respiración.


Pasan lentos los coches.
Oigo también
tu corazón lejano
pasar de madrugada entre la lluvia
y me asusta la sombra
de tanta intimidad.


Es tarde.
Uno escribe su vida en un poema,
analiza el amor
y se acostumbra
a seguir como está, junto a tu cuerpo
que quizá me recuerde todavía
desnudo entre las sábanas,


o las noches de lluvia nos confirman
que la vida, posiblemente hermosa,
no siempre es un asunto disponible
y que a veces resulta incluso mucha,
temible como ahora,
mientras que tengo miedo de besarte al azar.


Lo sé. Hemos sido extranjeros
hablándonos por señas demasiado cercanas,
ansiosos en las calles
de una nueva ciudad,
esperando tal vez que nos fotografíen
delante de este amor y de sus cicatrices,
eso que confundimos con nuestros sentimientos
o acaso
-en noches de locura-
con una sensación de humedad en los ojos.


Pero en pocas palabras se resumen
casi todos los días,
sus sílabas contadas en mis versos
y la felicidad.
Tibiamente los años
nos descubren
que nada existe ya sin tu sudor y el mío,
que somos todavía demasiado solemnes
cuando nos sorprendemos
temblando de pasión,
llenos de instinto mal disimulado.


Por eso, mientras llueve,
agradezco tu cuerpo entre las sábanas
y esta pasión desierta
de acariciar tus muslos,
más o menos extraños
y hermosos como un sueño
que acaba de llegar.


(Luís García Montero)