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domingo, 4 de septiembre de 2011

Dejar las adicciones

Me quiero quitar del tabaco, pero me cuesta. No sé qué hacer con las manos y noto una especie de llamada interna, un ahogo inespecífico que me sacude los pulmones, cuando no tengo la cabeza ocupada. Me cuesta, pero voy a dejarlo.

También quiero dejar de comer, no del todo, pero sí entre horas, entre minutos diría más bien. Comer lo justo para mi tipo de vida, pero me cuesta. A veces noto una ansiedad que me envenena, un deseo irrefrenable de frutas o de sal, una oquedad en el estómago que se expande al resto del cuerpo, como si tuviese un pie metido en el vértigo de estar al borde de un precipicio. Me cuesta, pero voy a dejarlo.

Quizás debería dejar de soñar, dejar de escribir bobadas en verso, coger la cuenta corriente por el haber y retorcerla hasta que suene a dinero. Cobrar los favores en carne y venderme bien, por lo menos, a mejor precio. Quizás debería también fabricarme un currículum a base de títulos inútiles o sacarme algún carnet de esos que luego te piden para ascender. Me costaría, puede que ya sea tarde, lo sé, pero también sé que si me empeño...

Entonces, mientras pienso en ello, te veo después de tanto tiempo y no sé qué hacer con las manos si te tengo cerca y noto una especie de llamada interna, un ahogo inespecífico que me sacude los pulmones, cuando me tienes ocupados los ojos y la cabeza.

Y noto una ansiedad que me envenena cuando estás sentada a mi lado y casi me rozas, siento un deseo irrefrenable de frutas o de sal, me oprime una oquedad en el estómago que se expande al resto del cuerpo, como si tuviese un pie metido en el vértigo de estar al borde de un precipicio.

Hay adicciones que no quiero dejar, ni siquiera en septiembre, que es cuando uno se propone todo lo que no consigue.

sábado, 3 de septiembre de 2011

La última vez

Ahora que todo es carne,
que el calor enciende el silencio,
ahora que tu cadera coincide
con todos los límites que diviso,

ahora que tus labios se hacen domésticos
y tu rostro desaparece de un mundo
para quedarse grabado en el otro,
ahora que todo es aroma,

que no hay afuera nada que no esté dentro,
ahora que sé para qué contengo en la memoria
la respiración que antecede a los besos,
ahora, precisamente ahora,

justo ahora que he descubierto en tus brazos
el sinsentido del tiempo,
ahora que cierro los ojos para abandonarme
al tumulto que noto en la sangre

sobre el perímetro de este sueño,
ahora que los ahoras se detienen,
ahora, por fin, es ahora,
el único ahora que no entiendo

por qué es pasado siempre.



POR SEPTIEMBRE...

Por septiembre
se te llenan de sótanos los labios
y es relativo el cielo
después de haberte visto preguntarle a la vida.
Pero también el cielo,
arrugado y preciso
como tu cazadora adolescente,
quiere estar entreabierto,
brillar recién amado,
descansando en la hierba
el peso de su larga cabellera de nubes.

Por septiembre
se te llenan de humo los síes en la boca.

(Luís García Montero, Diario cómplice, 1987)

miércoles, 25 de agosto de 2010

Aburrimiento monstruo

Este monstruo de paso lento
de un agosto sin perspectiva
se detiene un momento para mirarme
por encima del hombro de una tarde
interminable y anodina.


Me quedo quieto esperando
que pase de largo y doble la esquina
del sol que arrebata la calle,
que decida poner fin al encierro en sudor
con que me castiga.


Pero me hace sentirme culpable,
como muerto de hambre de vida,
porque me abre los ojos a una noche
en la que siempre es tarde todavía
y donde todos los veranos amenazan
con ser el mismo de cada día.


Recordaré tal vez, pasado el tiempo,
este momento en el que la nada me aprieta,
con otra luz más brillante y con otra suerte,
si alguien me espera a la vuelta de la esquina
de este monstruo de paso lento
de un agosto sin otra perspectiva
que la de aguardar al monstruo
de septiembre.