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sábado, 7 de abril de 2012

Raudal

Esa era la palabra. Gran cantidad de cosas que llegan o suceden rápidamente. Una tontería, un crucigrama, un rato muerto entre descarga y ejercicios. Pero esa era la palabra. Un raudal que me sobreviene sin forzamiento, sin fricción, casi sin esperarlo.

Por la palabra, miré el barco tantas veces vacío que ahora andaba lleno. La juventud trae consigo ese regalo impagable de la invasión, cuando ya no queda sitio donde sentarse, cuando no hay rincón donde esconder cuatro renglones esperanzados que estoy escribiendo a hurtadillas.

Al mirar esos recovecos de vida que tengo llenos de tanto en tanto, sé que me he sentido feliz. El sonido de la costumbre cotidiana, el aposento de saber que se juega en campo propio, la calma de tener apetito comunitario.

Las pequeñas cosas que vamos dejando en medio. Los velillos descolocados, el fregadero lleno de risas, los cables abandonados a su catenaria y los cacharros de lucecitas adornando el espacio, como otra clase de árbol de navidad. Las pequeñas cosas que se esturrean, la sorpresa de los gestos cuando no somos conscientes de que nos miran, las señales afectivas que indican que en el ambiente sobrevuela algo más que espacio compartido.

Al fin y al cabo, sólo somos detectives de la alegría, espectadores del entusiasmo que se contagia de aquellos indicios que se encuentran en la cisterna infrautilizada, en el desorden de los muebles cansados de estar en su sitio, en la explosión de anuncios que salta del aparato que sobrelleva la carga de ser el ruido de fondo.

Y por la noche ya en la cama, esa era la palabra, duermevela. Imágenes vertiginosas que no se sabe a donde van, palabras sueltas hilvanadas en el oído, fantasías brillantes sin sentido, hábitos regenerados en la memoria. Un raudal de remolinos sin orden ni convenio, un raudal de sensaciones impregnadas de presente, un raudal de fotogramas alineándose sobre el paisaje de la fugacidad.

Aún me quedan por aquí esparcidas unas briznas de tumulto, una pila cargada de detalles para rumiar y un rato pausado mientras borro las huellas, friego los platos y vuelvo a colocar mi vida en standby. Pero eso no me quitará ni lo bailado, ni las ganas de volver a bailar.

La misma vida, tú, esa es la palabra, siempre como un raudal. O un duermevela.




PROEMA

A veces la poesía es el vértigo de los cuerpos y el
vértigo de la dicha y el vértigo de la muerte;
el paseo con los ojos cerrados al borde del despeñadero
y la verbena en los jardines submarinos;
la risa que incendia los preceptos y los santos
mandamientos;
el descenso de las palabras paracaídas sobre los
arenales de la página;
la desesperación que se embarca en un barco de
papel y atraviesa,
durante cuarenta noches y cuarenta días, el mar de
la angustia nocturna y el pedregal de la angustia diurna;
la idolatría al yo y la execración al yo y la
disipación del yo;
la degollación de los epítetos, el entierro de los espejos;
la recolección de los pronombres acabados de cortar en el jardín
de Epicuro y en el de Netzahualcoyotl;
el solo de flauta en la terraza de la memoria y el
baile de llamas en la cueva del pensamiento;
las migraciones de miríadas de verbos, alas
y garras, semillas y manos;
los substantivos óseos y llenos de raíces, plantados
en las ondulaciones del lenguaje;
el amor a lo nunca visto y el amor a lo nunca oído
y el amor a lo nunca dicho: el amor al amor.

Sílabas, semillas.

(Octavio Paz, Árbol adentro, 1987)

domingo, 26 de febrero de 2012

Esto no me había pasado nunca

Quizás mañana me ocurra una de esas cosas que no me han pasado nunca.

Llevo ya, en relativamente poco tiempo, una buena colección. Incluso creo que se aceleran, aumentando esa sensación de que los días se me van escapando por entre los dedos.

Y no todas son malas, qué va, ni pensarlo. De hecho, esas malas, esas que tanto tiempo ignoré con la maravillosa despreocupación de quien cree que solo le pasan a los otros, esas cuya llegada tanto temí en otros momentos, no son tan terribles.

El miedo agranda, como una enorme lupa, todo lo que se ve a su través. Pero luego, sí, duele, no digo que no, pero todo pasa a segundo plano cuando se hace cotidiano y hay que adaptarse. Los seres humanos padecemos muchos sufrimientos, a veces insufribles, intentando evitar otros que nos parecen mayores, pero que luego no lo son.

Eso me dicen, que ya no soy joven, que tengo historia, que mis enfermedades están escritas en el DNI y que ha llegado el tiempo de "es la primera vez que me pasa esto".

Pero si no soy joven, si tengo historia, también tengo planes, sigo pendiente de los sueños, me deshago en proyecciones e intento tomarme esos inconvenientes del DNI con el humor que puedo. Sobre todo, quiero terminar de aprender que es una soberana estupidez sufrir para no sufrir. Si es que toca padecer, al menos, que sea por aquello que quiero, acierte o no.

Pero quisiera dejar constancia que, la mayoría de esas "primeras veces" que ahora me ocurren, han sido agradables antes que traumáticas. Estoy a régimen, pero de tanto en tanto como. Estoy solo, pero de tanto en tanto alguien me pide que mire a la luna con su risa de Chesire. Tengo la tensión alta y sus secuelas, pero cuando me haces reír, se me baja. Igual que se me suben a la cabeza los vapores de tu piel.

El caso es que vivo por la curiosidad de saber qué me está pasando. Cada duda sigue teniendo su paisaje, cada miedo su escenario, cada deseo se topa con la horma de su zapato. Cada día tiene su después. Cada esquina que se dobla trae un misterio que hay que resolver.

No sé por qué, pero el caso es que quizás mañana me ocurra una de esas cosas que no me han pasado nunca. Espero soñarla a tiempo y luego vivirla bien.



MIÉRCOLES. DÍA DEL ESPECTADOR

No se descarta que al salir del cine
una pareja cuente con nuevos enemigos.
La pelicula es mala,
las sombras buscan cuerpos para encontrar deseos,
se oyen voces de actores,
imágenes dudosas,
pero los labios son materia viva
en las butacas observadas
y los botones pierden su vergüenza.
Suena un disparo inútil,
la camisa deshecha,
la mano que naufraga entre los muslos.
Se persiguen dos coches por tus hombros
y estalla un edificio,
una lengua de fuego en la ventana,
llamas que desesperan vientre abajo,
el pelo negro por la mano abierta,
negro como la vida en la pantalla,
como el silencio del actor que mira,
del acomodador,
del público encendido.
Ya no tienen edad para estas cosas,
comenta el matrimonio da la última fila.
Y pienso que es verdad. No se descarta,
no se descarta que al salir del cine
una pareja cuente con nuevos enemigos.

(Luís García Montero, Completamente viernes, 1998)

sábado, 30 de julio de 2011

Las edades de la mujer

Cierras los ojos como una recién nacida
que se encarama a los balcones del sueño
agarrándose a la almohada.

Giras en la cama sin que nada se adivine
de ese otro mundo en el que habitas.
Nada se adivina, excepto tal vez
un pequeño extremo del viaje
que se te sale en una sonrisa
por la comisura de los labios.

Con la luz vas creciendo, el reloj
te lleva de la infancia de las sábanas
hasta la pubertad del muslo que aflora,
hacia la juventud del pie ingrávido
que se contorsiona y se desliza
y, en el último remoloneo,
poniéndole horario a la libertad
de la cama revuelta y adictiva,
saltas a la claridad desconocida del cuarto
con el gesto duro de una mujer decidida
que nadie sabe que no lo es tanto.

Cuando despiertas, pasas de puntillas
por todas las edades de la mujer
hasta encontrar la tuya y sincronizarte
con la edad que te dejaste ayer
esturreada entre la maleta y la mesilla.

Ahora puedo decirte cuánto me asombra.
Ahora puedo porque he sido testigo
de como van pasando tus edades y tus horas,
una a una, suavemente, como quien juega
a rayar el agua del estanque en que se mira.