La lluvia encoge la tarde
distendiendo la noche que se aferra
a las dos manos de un paraguas
que nunca es suficiente.
No es necesario mojarse entero
para sentir el frío
circunspecto
que empapa todas las gotas
empujadas por el viento
que rebotan, monótonas,
en la acera.
A cada paso
más humedad se condensa,
más se espesa la frontera
que nos atraviesa por dentro
dejando irremisiblemente separados
los que ahora somos mojados
de quienes fuimos, antes,
secos.
Pero despojarse del agua,
papel o ser humano,
no dejará nada terso,
sino espacio emborronado
y cuando llueva sobre mojado,
perdida ya la fe de los paraguas,
achicaremos los ojos,
esconderemos las manos,
miraremos al suelo
y apretaremos el paso.
Deambulando por la noche, a las horas en que el universo cabe dentro de mí, he encontrado estas historias que me quitan el sueño, pero me dan la vida.
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sábado, 5 de noviembre de 2011
martes, 27 de septiembre de 2011
Resto
Eso quedará de mí en esta casa,
el reflejo de mi imagen atrapado
en el cristal de la ventana,
la oscuridad de haber cerrado
los ojos con miedo, el idioma extraño
con que el gotelé se reía en mis dedos
de la imprecisión de los interruptores.
En esta ciudad permanecerá mi primer llanto
atrapado en un papel endeble, el olor
de aquella noche, cuando tantas veces
decidimos cruzarnos de labios.
Quedará mi desierto extendido sobre sus calles
hecho con los granos de arena
que fui dejando perdidos después de haberlos pisado,
quedará el desconcierto de los parques
deambulando por noches solitarias
y ese vacío con el que nadie
se sentaba en el autobús a mi lado.
Para el resto no quedará de mí nada apenas,
un atisbo en la genética o en los apellidos,
la familiaridad de los horóscopos, el número
que me corresponda en las estadísticas
y alguna palabra que a alguien se le escape
durante el breve periodo en que resisten
los recuerdos impasibles al olvido feroz.
En la casa seguirán quejándose
las persianas con el viento,
la ciudad no interrumpirá
su interminable gasto de asfalto
y el resto, el resto ya lo sabemos
en los otros que un día, también, se fueron.
el reflejo de mi imagen atrapado
en el cristal de la ventana,
la oscuridad de haber cerrado
los ojos con miedo, el idioma extraño
con que el gotelé se reía en mis dedos
de la imprecisión de los interruptores.
En esta ciudad permanecerá mi primer llanto
atrapado en un papel endeble, el olor
de aquella noche, cuando tantas veces
decidimos cruzarnos de labios.
Quedará mi desierto extendido sobre sus calles
hecho con los granos de arena
que fui dejando perdidos después de haberlos pisado,
quedará el desconcierto de los parques
deambulando por noches solitarias
y ese vacío con el que nadie
se sentaba en el autobús a mi lado.
Para el resto no quedará de mí nada apenas,
un atisbo en la genética o en los apellidos,
la familiaridad de los horóscopos, el número
que me corresponda en las estadísticas
y alguna palabra que a alguien se le escape
durante el breve periodo en que resisten
los recuerdos impasibles al olvido feroz.
En la casa seguirán quejándose
las persianas con el viento,
la ciudad no interrumpirá
su interminable gasto de asfalto
y el resto, el resto ya lo sabemos
en los otros que un día, también, se fueron.
La casa que abrigó tu corazón
será una ruina. Furtivos
en la noche
la habéis abandonado.
Oscura en el jardín la tierra removida.
Quise
decir traición
y dije llanto
(Ada Salas)
Hay libros que se escriben sobre la carne misma.
Son esas cicatrices que nos hablan
y sangran
cuando el tiempo se rinde a su derrota
un puñado de signos que apenas
comprendemos
y eran el beso intacto de la vida.
(Ada Salas)
jueves, 22 de septiembre de 2011
Trueques
Cambiar paraiso por cielo,
un infierno por otro adyacente,
cambiar un corazón descosido
por otro a medio hilvanar.
Cambiar unas manos de seda
por otras de terciopelo,
unos ojos que brillan en la oscuridad
por otros llenos de reflejos.
Cambiar un silencio ingrávido
por una nostalgia de uno mismo,
una vida por otra vida,
cambiarlo todo y seguir igual.
A veces pienso sinceramente
que no saber lo que se busca
es el principio que acaba
no queriendo querer nada,
sólo huir despavorido
y sin mirar atrás.
un infierno por otro adyacente,
cambiar un corazón descosido
por otro a medio hilvanar.
Cambiar unas manos de seda
por otras de terciopelo,
unos ojos que brillan en la oscuridad
por otros llenos de reflejos.
Cambiar un silencio ingrávido
por una nostalgia de uno mismo,
una vida por otra vida,
cambiarlo todo y seguir igual.
A veces pienso sinceramente
que no saber lo que se busca
es el principio que acaba
no queriendo querer nada,
sólo huir despavorido
y sin mirar atrás.