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jueves, 5 de abril de 2012

Matarilerilerón

Siempre me parecerá pequeñísima, rubísima, azulísima, y no podré nunca dejar de pensar en ella como si para dar cada paso buscara quizás como entonces una mano en la que poner toda su fe. Aquel día, yo tenía que llevarla a una de esas citas importantes a las que queda muy mal llegar tarde, así que apagué el espejo y me bajé con prisa.

Mientras me observaba reunir los pertrechos de padre responsablemente torpe, ella abrió sus platos azules como si fueran ojos inmensos y me preguntó:
-¿Por qué tienes dos manojos de llaves?

Me cuesta salir de mi mundo y aterrizar en el suelo, y como venía flamenco de versos y catatónico de rimas, se me ocurrió decirle que unas eran las que me abrían las noches y, las otras, los días.

Su sonrisa incrédula, su gesto decepcionado de adulto en potencia que no quiere ser tratado como niño y sólo espera respuestas razonables, desarmó al instante mi ataque de fabulitis crónica. Así que tuve que decirle la otra verdad que yo sabía, que unas eran las llaves de la casa y las otras, las del coche.

Entonces, inesperadamente, con la aplastante lucidez de quién ve lo simple de las cosas, bajando escalones y mirando al suelo como si hablase sola, quiso explicarme el mundo mientras reía perlas:
-Todas las cosas importantes deberían tener la misma llave. Así sería todo más fácil.

A pesar de mi supuesto título rimbombante de técnico ayudante en malabarismo de palabras, no se me ocurrió nada con lo que responder. Y, después, todo fueron prisas y huida hacia delante y esperanza de verde y búsqueda de muelle donde atracar, hasta que la tarde se perdió para siempre en un rincón de mi memoria.

Quisiera ser capaz de retomar con ella el asunto, para darle toda la razón que tiene. Sé que existe esa llave, yo la tuve en mi mano un día, cuando todo era más sencillo y mis cosas importantes estaban todas a la vista y cabían en un bolsillo o en un cajón.

Y si alguna vez ella quisiera, cuando inexorablemente el tiempo haya perdido también su llave, tomaría en mis manos su corazón y partiríamos de viaje a buscarla juntos. Podríamos buscar, incluso, hasta en dónde dice la canción.

Debo admitir que me encanta la idea. Y tal vez, allí mismo, una al lado de la otra, ande también escondida la que yo perdí.

(20 de febrero, 2008)



ARTE POÉTICA

Que el verso sea como una llave
que abra mil puertas.
Una hoja cae; algo pasa volando;
cuanto miren los ojos creado sea,
y el alma del oyente quede temblando.

Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;
el adjetivo, cuando no da vida, mata.

Estamos en el ciclo de los nervios.
El músculo cuelga,
como recuerdo, en los museos;
mas no por eso tenemos menos fuerza:
el vigor verdadero
reside en la cabeza.

Por qué cantáis la rosa, ¡oh poetas!
hacedla florecer en el poema.

Sólo para nosotros
viven todas las cosas bajo el sol.

El poeta es un pequeño Dios.

(Vicente Huidobro, El espejo del agua, 1916)

martes, 20 de marzo de 2012

La memoria del agua

En el carril escarpado graznaban las piedras al paso de las ruedas del vehículo. Era un día otoñal con cielo azul y sol de invernadero. Tras los cristales del coche, una cálida placidez de domingo en el campo mantenía cortas mis mangas.

El río que remontábamos había dejado atrás el impulso bravío de la montaña blanca. El agua brillaba entre la sombra de las mimbres y los picos ennegrecidos de los juncos de la orilla. La colina, orientada al sur, crispaba el aire con ocres y verdes descoloridos, salpicando el horizonte con su rampa inconstante de manchas oblicuas que apuntaban hacia las nubes.

Cuando doblamos el recodo que la serpiente del camino tenía trazado, encontramos, ahí mismo, el vado y la explanada que se abría en el otro margen del agua. Una algarabía de niños fuera de contexto rodeaba las mesas apostadas bajo la sombra de un caqui medio dormido.

Con un solo paso cruzamos a la otra orilla, porque el río —riachuelo en este tramo— se estrechaba y sosegaba como dando permiso para ser atravesado. Nos colocamos bajo la sombra de un nogal, amarillo, envejecido, deshilachado de otoño. Hubo que ponerse abrigo, porque el viento cortaba las mejillas con su canción invisible de frío, mientras se adornaba la tarde con lluvia de hojas marchitas.

Al cabo de un rato perdí mis pasos un poco más arriba, en donde el transcurso del tiempo sonaba en el agua como un cascabel claro y rellenaba una poza en la que se aplacaba la corriente hasta convertirse en cristal. Un niño, no sé si el que fui o el que aún llevo dentro, onduló la transparencia con un dedo, como dudando de su realidad.

Posé en la superficie una hoja amarilla, un barco a la deriva, acercando mis manos al cauce. Entonces me pareció reconocer la misma agua, la misma hoja, el mismo río que una vez pasó por mi infancia. Me agaché para hacerme pequeño y volver a mirarlo todo desde abajo, con los ojos abiertos de mi inocencia perdida. Me reconoció la memoria del agua cuando me miré en su espejo y me devolvió la sonrisa.

Atravesando el aire brotó una risa que rellenó el paisaje y disolvió la escena. Se hundieron mis recuerdos con la hoja flotante atrancada en una piedra. De entre el juncal de la ribera, de improviso, aparecieron niños en pandilla que jalearon a voz en grito:
-¡Vamos a echar barquitos!

Cuando el sol, ya bajo, terminaba de pintar de sombras la carretera, conduciendo el coche de vuelta a casa entre las nubes de mi cabeza, recordé que nadie se baña dos veces en el mismo río, ni bebe dos veces el mismo agua.

Sin embargo, llego aquí convencido -si es que hasta ahora no lo estaba- de que todos los ríos que atraviesan la infancia, siempre son el mismo río. Al menos aquella tarde, me pareció verme escrito en la memoria imborrable del agua.

(Noviembre, 2007)

sábado, 30 de julio de 2011

Las edades de la mujer

Cierras los ojos como una recién nacida
que se encarama a los balcones del sueño
agarrándose a la almohada.

Giras en la cama sin que nada se adivine
de ese otro mundo en el que habitas.
Nada se adivina, excepto tal vez
un pequeño extremo del viaje
que se te sale en una sonrisa
por la comisura de los labios.

Con la luz vas creciendo, el reloj
te lleva de la infancia de las sábanas
hasta la pubertad del muslo que aflora,
hacia la juventud del pie ingrávido
que se contorsiona y se desliza
y, en el último remoloneo,
poniéndole horario a la libertad
de la cama revuelta y adictiva,
saltas a la claridad desconocida del cuarto
con el gesto duro de una mujer decidida
que nadie sabe que no lo es tanto.

Cuando despiertas, pasas de puntillas
por todas las edades de la mujer
hasta encontrar la tuya y sincronizarte
con la edad que te dejaste ayer
esturreada entre la maleta y la mesilla.

Ahora puedo decirte cuánto me asombra.
Ahora puedo porque he sido testigo
de como van pasando tus edades y tus horas,
una a una, suavemente, como quien juega
a rayar el agua del estanque en que se mira.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Gritarle al aire

Tenía yo una edad de esas que ya se confunden en la memoria cuando, en las copas de los nogales, a la hora en que todos los verdes se hacían el mismo, habitaban colonias inmensas de pájaros.


Entonces jugaba, siempre con pantalones cortos e imaginación larga, a castillos, a ladrones, a escondites. Casi siempre sólo, asunto que aún me queda pendiente de modificar, casi siempre con poca luz, casi siempre sin reloj.


Pero el sol, que era el albacea de mis pocas libertades, se decidía más tarde o más temprano a enviar señales para recogerme en la casa. Entonces veía los pájaros pasar por encima de mi cabeza y cobijarse también entre las copas frondosas y redondeadas de la plaza.


Me daba un poco de miedo ver los enjambres que volaban y piaban como llamándose al hogar, reconociéndose por la voz y por el aire de las alas, y sembrando las ramas de plumas que se iban quedando más quietas cuanto más noche caía sobre ellas.


Me gustaba, a esa hora oscura en la que se preparan las pesadillas y el mundo se hace pequeño alrededor de la luz de la luna, acercarme sigilosamente al pie de algún árbol y, una vez debajo, espantar con un grito a los pájaros.


¡Qué algarabía en el silencio de la noche! El árbol se desnudaba de repente y se vestía enseguida con los pájaros asustados en un revuelo que tapaba las estrellas y le ponía pecas a la luna redonda que mandaba en el cielo.


Me llamaban también a mí con un silbido -que yo nunca supe imitar- y volvía a casa para aseo, cena y libro. Dormir poco, más bien regular, que el insomnio es viejo amigo desde la infancia.


Aún me sigue gustando gritarle al aire de la noche para espantar los pájaros de mi cabeza. Claro que mis gritos de ahora, unas veces en verso y otras en prosa, ya no resuenan en las copas de los árboles, ni forman un revuelo caótico de plumas, ni alteran el silencio de la noche.


Aunque puede que todavía llenen de pecas la luna redonda de algunos ojos que, tal vez, un día, me llamen con otro silbido que nunca aprenderé a imitar y me tapen el insomnio.


Pero es duro gritarle al aire sabiendo que no habrá ya nadie a quien espantarle los pájaros.


[...]¿No son pequeños pájaros enloquecidos
estas breves palabras que te envío
a través de las tierras y a través
del Atlántico?
Recíbelos, bésalos, tócalos
y entrégales la magia de tu mejor sonrisa.
Yo estoy como caído, mejor,
como abrasado por una suave llama.
La llama en que te pienso a todas horas,
entre el himno de madera y metales
de la ciudad sin horas.


(Efraín Huerta, Los poemas del viaje, 1949-53)


NOTA XXIX


no están muertos los pájaros
de nuestros besos/
están muertos los besos/
los pájaros vuelan en el verde olvidar/
pondré mi espanto lejos/
debajo del pasado/
que arde
callado como el sol/


(Juan Gelman, Notas, 1979)