ARTE POÉTICA
Que el verso sea como una llave
que abra mil puertas.
Una hoja cae; algo pasa volando;
cuanto miren los ojos creado sea,
y el alma del oyente quede temblando.
Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;
el adjetivo, cuando no da vida, mata.
Estamos en el ciclo de los nervios.
El músculo cuelga,
como recuerdo, en los museos;
mas no por eso tenemos menos fuerza:
el vigor verdadero
reside en la cabeza.
Por qué cantáis la rosa, ¡oh poetas!
hacedla florecer en el poema.
Sólo para nosotros
viven todas las cosas bajo el sol.
El poeta es un pequeño Dios.
(Vicente Huidobro, El espejo del agua, 1916)
Deambulando por la noche, a las horas en que el universo cabe dentro de mí, he encontrado estas historias que me quitan el sueño, pero me dan la vida.
jueves, 5 de abril de 2012
Matarilerilerón
martes, 20 de marzo de 2012
La memoria del agua
(Noviembre, 2007)
sábado, 30 de julio de 2011
Las edades de la mujer
que se encarama a los balcones del sueño
agarrándose a la almohada.
Giras en la cama sin que nada se adivine
de ese otro mundo en el que habitas.
Nada se adivina, excepto tal vez
un pequeño extremo del viaje
que se te sale en una sonrisa
por la comisura de los labios.
Con la luz vas creciendo, el reloj
te lleva de la infancia de las sábanas
hasta la pubertad del muslo que aflora,
hacia la juventud del pie ingrávido
que se contorsiona y se desliza
y, en el último remoloneo,
poniéndole horario a la libertad
de la cama revuelta y adictiva,
saltas a la claridad desconocida del cuarto
con el gesto duro de una mujer decidida
que nadie sabe que no lo es tanto.
Cuando despiertas, pasas de puntillas
por todas las edades de la mujer
hasta encontrar la tuya y sincronizarte
con la edad que te dejaste ayer
esturreada entre la maleta y la mesilla.
Ahora puedo decirte cuánto me asombra.
Ahora puedo porque he sido testigo
de como van pasando tus edades y tus horas,
una a una, suavemente, como quien juega
a rayar el agua del estanque en que se mira.
domingo, 12 de septiembre de 2010
Gritarle al aire
Tenía yo una edad de esas que ya se confunden en la memoria cuando, en las copas de los nogales, a la hora en que todos los verdes se hacían el mismo, habitaban colonias inmensas de pájaros.
Entonces jugaba, siempre con pantalones cortos e imaginación larga, a castillos, a ladrones, a escondites. Casi siempre sólo, asunto que aún me queda pendiente de modificar, casi siempre con poca luz, casi siempre sin reloj.
Pero el sol, que era el albacea de mis pocas libertades, se decidía más tarde o más temprano a enviar señales para recogerme en la casa. Entonces veía los pájaros pasar por encima de mi cabeza y cobijarse también entre las copas frondosas y redondeadas de la plaza.
Me daba un poco de miedo ver los enjambres que volaban y piaban como llamándose al hogar, reconociéndose por la voz y por el aire de las alas, y sembrando las ramas de plumas que se iban quedando más quietas cuanto más noche caía sobre ellas.
Me gustaba, a esa hora oscura en la que se preparan las pesadillas y el mundo se hace pequeño alrededor de la luz de la luna, acercarme sigilosamente al pie de algún árbol y, una vez debajo, espantar con un grito a los pájaros.
¡Qué algarabía en el silencio de la noche! El árbol se desnudaba de repente y se vestía enseguida con los pájaros asustados en un revuelo que tapaba las estrellas y le ponía pecas a la luna redonda que mandaba en el cielo.
Me llamaban también a mí con un silbido -que yo nunca supe imitar- y volvía a casa para aseo, cena y libro. Dormir poco, más bien regular, que el insomnio es viejo amigo desde la infancia.
Aún me sigue gustando gritarle al aire de la noche para espantar los pájaros de mi cabeza. Claro que mis gritos de ahora, unas veces en verso y otras en prosa, ya no resuenan en las copas de los árboles, ni forman un revuelo caótico de plumas, ni alteran el silencio de la noche.
Aunque puede que todavía llenen de pecas la luna redonda de algunos ojos que, tal vez, un día, me llamen con otro silbido que nunca aprenderé a imitar y me tapen el insomnio.
Pero es duro gritarle al aire sabiendo que no habrá ya nadie a quien espantarle los pájaros.
[...]¿No son pequeños pájaros enloquecidos
estas breves palabras que te envío
a través de las tierras y a través
del Atlántico?
Recíbelos, bésalos, tócalos
y entrégales la magia de tu mejor sonrisa.
Yo estoy como caído, mejor,
como abrasado por una suave llama.
La llama en que te pienso a todas horas,
entre el himno de madera y metales
de la ciudad sin horas.(Efraín Huerta, Los poemas del viaje, 1949-53)
NOTA XXIX
no están muertos los pájaros
de nuestros besos/
están muertos los besos/
los pájaros vuelan en el verde olvidar/
pondré mi espanto lejos/
debajo del pasado/
que arde
callado como el sol/(Juan Gelman, Notas, 1979)
