Deambulando por la noche, a las horas en que el universo cabe dentro de mí, he encontrado estas historias que me quitan el sueño, pero me dan la vida.
sábado, 17 de septiembre de 2011
El centro de la masacre
donde las palabras se inflaman
con la espuma de las olas como promesas
que el mar devuelve incesantemente hasta la orilla.
Porque para perder la esperanza siempre hay tiempo
quiero hacerme amigo del olvido
mientras me rezume esta inhóspita alegría
de haberle perdido el miedo
a no estar a la altura de la vida.
sábado, 30 de julio de 2011
Las edades de la mujer
que se encarama a los balcones del sueño
agarrándose a la almohada.
Giras en la cama sin que nada se adivine
de ese otro mundo en el que habitas.
Nada se adivina, excepto tal vez
un pequeño extremo del viaje
que se te sale en una sonrisa
por la comisura de los labios.
Con la luz vas creciendo, el reloj
te lleva de la infancia de las sábanas
hasta la pubertad del muslo que aflora,
hacia la juventud del pie ingrávido
que se contorsiona y se desliza
y, en el último remoloneo,
poniéndole horario a la libertad
de la cama revuelta y adictiva,
saltas a la claridad desconocida del cuarto
con el gesto duro de una mujer decidida
que nadie sabe que no lo es tanto.
Cuando despiertas, pasas de puntillas
por todas las edades de la mujer
hasta encontrar la tuya y sincronizarte
con la edad que te dejaste ayer
esturreada entre la maleta y la mesilla.
Ahora puedo decirte cuánto me asombra.
Ahora puedo porque he sido testigo
de como van pasando tus edades y tus horas,
una a una, suavemente, como quien juega
a rayar el agua del estanque en que se mira.
domingo, 24 de abril de 2011
Toy Story (un caso real)
La oscuridad del desván no le deja dormir. Hace calor aquí y eso no ayuda a conciliar el descanso con el sueño ni con la realidad. Hace tanto calor aquí que no hace más que dar vueltas en la cama, retorcer el cuello y esperar piedad del aire acondicionado.
El silencio del desván no le deja despertar. Le preocupa tanto silencio y, cuando se agazapa en la caja escrutando señales, un zumbido permanente se le mete en su cerebro de juguete y le impide dormir.
Tiene miedo de que crezca, de que vaya a la universidad. Por si no regresa; por si, al regreso, venga dispuesta a cambiar de costumbres. Por si deja de necesitarlo y se queda olvidado en la caja del desván.
Por eso esta inquietud de juguetes rotos que no le deja dormir ni despertar. Ya casi ni se atreve a soñar lo que siempre sueña: que ella vuelve, se pone su sombrero vaquero y le tira de la cuerda.
Entonces, en su sueño -que a veces le parece tan real-, él grita con todas sus fuerzas, con acento mejicano de los sesenta, que hay un ladrón en el abrevadero.
Y en el infinito de su sonrisa al escucharlo, él sueña con reconocer el más allá.