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viernes, 30 de marzo de 2012

Soy una hipótesis

Por mi condición de hombre, preguntas por el canalla, temes al mentiroso, te guardas de mis silencios y te escondes en ese lado femenino al que nunca llego. Te burlas suavemente, a veces, de mi falta de destreza y, otras veces, de la fuerza que no tengo.

Y yo, sin embargo, sé que no puedo con la carga de arrastrar mis ruinas, que convierto en bengalas mis pupilas dilatadas por la fiebre, que me agazapo en tus palabras para darte el espacio convenido. Y yo, sin embargo, vivo en tu lado masculino.

Por mi condición de solitario, estiras el hilo hasta que cruje el poliuretano, te abalanzas en pastillas sobre mis noches en vela, haces tartamudear los teléfonos en los semáforos impacientes y exhibes el confort de tu paraguas de manos justo después de cada lluvia que me cae.

Y yo, sin embargo, te agarroto los pentagramas de la deriva, engarzo libélulas en tus mejillas inmaculadas y voy devanándote madejas infinitas de versos, mojados en la tesitura de voz de un alcohólico sin nombre.

Por mi condición de desparejado, te desligas de los pliegues caóticos de las sábanas de la vigilia, te vendas los ojos fosforescentes en los porteros automáticos de la tarde y me escondes los vaivenes del buzón con las ofertas de la semana.

Y yo, sin embargo, apenas llego a la entrada de los anillos, en vano me diluyo en la sopa cotidiana de la pereza y me escindo en caminatas contra el colesterol que no resuelven ni el anuncio del sudor ni la parsimonia de las pestañas.

Por mi condición de tipo con letras, me miras como a una metáfora rota por el abuso, me tocas las rimas hasta que se desafina el mensaje, me enciendes el destino con un vaso de agua. Me espantas la lujuria embotellada en pronombres y me encandilas los poemas con la luz de las pantallas.

Y yo, sin embargo, tecleo mansamente los sueños de cuarenta y siete peces de acuario, recito las vísceras de los doce candelabros que se han ido apagando poco a poco en la cena y remuevo progresivamente las trescientas sesenta y cinco tazas de soledad con leche que me ha tocado digerir en la escena del hombre tranquilo.

Y yo, que dejé de ser una incógnita para convertirme en incertidumbre, a fuerza de estar en las condiciones en las que me ves, ahora soy una hipótesis. Una intrincada hipótesis genérica que busca descansar en un teorema.

Para demostrarme la vida palmo a palmo, tanto me busco como contraejemplo en los días sin conciencia, que llego a las noches por reducción al absurdo y al espanto.

Y tú, sin embargo, no me preguntas nunca por ti, que eres las alas rotas de mi condición de pájaro. Condición de pájaro que no sabe soplarle con ausencia a tantas velas, en un solo cumpleaños.






EL POZO SALVAJE

Por más que aburras esa melodía
monótona y brumosa de la vida diaria,
y que te amansa;
por más lobo sin dientes que te creas;
por más sabiduría y experiencia y paz de espíritu;
por más orden con que hayas decorado las paredes,
por más edad que la edad te haya dado,
por muchas otras vidas que los libros te alcancen,
y añade lo que quieras a esta lista,
hay un pozo salvaje al fondo de ti mismo,
un lugar que es tan tuyo como tu propia muerte.
Es de piedra y de noche, y de fuego y de lágrimas.
En sus aguas dudosas
reposa desde siempre lo que no está dormido,
un remoto lugar donde se fraguan
las abominaciones y los sueños,
la traición y los crímenes.
Es el pozo de lo que eres capaz
y en él duermen reptiles, y un fulgor
y una profunda espera.
En tu rostro también, y tú eres ese pozo.

Ya sé que lo sabías. Por lo tanto,
Acepta, brinda y bebe.

(Carlos Marzal, Los países nocturnos, 1996)

viernes, 9 de marzo de 2012

Caravaggio

"No tendrás el alma tan atormentada cuando pasan tantos días sin que escribas", me dice la voz que a ratos se hace conciencia y a ratos sucede por fuera.

Sus palabras me hacen reflexionar, como las que me inquieren sobre tendencias diagnósticas específicas y me disculpan, tras sopesar durante un segundo mi desconocimiento, añadiendo que "es que siempre estás pensando en la poesía".

Cada ciudad tiene sus propios atascos; cada recorrido, sus encrucijadas. Cada semáforo tiene un corazón latiendo en ámbar y parece que cada persona que escribe vierte su tormento con color de noche o de tinta.

"Tú, que en eso has tenido la cabeza más fría", me dicen aquellos dedos de burbujas que nunca me imaginan ardiendo. "¿Me habrás echado de menos?", le pregunto a los fríos del norte. "No iré a no ser que me digas que tienes muchas ganas de verme" y escucho un hilo que se tensa sin romperse, mientras que otro se rompe sin tensarse cuando me advierte que "no nos veremos el sábado, sino el miércoles".

Todo se palpa en el aire, a mi alrededor, mientras atiendo secanos y humedades, tiemblo miedos y risas, barajo dudas mezcladas con certezas y preparo el equipaje hacia los grandes salones de lo estático.

Sigo mi recorrido desde el principio de la oscuridad hasta los bordes del claroscuro. Y porque tengo un ángel en el pensamiento, se me clavan las teclas en los dedos como a San Mateo se le ensucian los pies.

En la espera está mi tormento, no en las letras ni en los silencios. En la espera inventamos todos los tormentos, del mismo modo que en la espera se haya, también, toda nuestra felicidad alumbrando desde dentro.

Para la espera me dejo todos los claroscuros a medio pintar. Entretanto, escribo.


106


No nos mata un momento,
sino la falta de un momento.
No nos mata una sombra,
sino la ausencia aleatoria de una sombra,
perdida probablemente en un declive
de esta insensata eternidad despareja.
No nos mata la falta de la vida,
sino el azar de un claroscuro
que se proyecta sobre una pantalla invisible.
No nos mata morir:
nos mata haber nacido.

(Roberto Juarroz, Séptima poesía vertical, 1982)

viernes, 27 de enero de 2012

Por si pasas por aquí

Podría haber pasado de largo por la página, haberles dado un enjuagón a las letras antes de colocarlas en este tendedero. Haber dormido la idea antes de ensuciarla con palabras.

Me gusta escribir, pero sabes que a veces me enfrento a los rectángulos con miedo de sus esquinas, con demasiada precaución de vértices. El asunto de ir alineando los renglones poco a poco, puede volverse trabajoso cuando los sinónimos se traban y los adjetivos se quedan pálidos en mitad de una frase.

No siempre estoy contento con lo que aquí dejo. A menudo siento la tentación de cambiar las rimas, los adverbios o los predicados. Aunque nunca cambiaría los pronombres, tú lo sabes.

Raramente consigo decir lo que quiero, sólo soy capaz de expresar lo que me dejo, lo que me asalta en ese maravilloso y grotesco momento de sentarme a hablar con nadie de mis nadas.

Pero... ¿Y si pasas por aquí y no me encuentras, ni te encuentro? ¿Y si no tiene recompensa tu esfuerzo de abrir los ojos para mí y hacer que exista durante un momento para ti?

Por eso esta noche he vencido la tentación del cansancio, el cansancio del desvelo y el desvelo de la vanidad, para dejarme escrito en este texto, tan feo y tan estático como yo mismo, para así intentar corresponder a tu amabilidad.

Por si pasas por aquí antes de acostarte, quisiera que no te fueras de vacío y me encontraras en este minuto y medio de teclas en el que los dos existimos el uno para el otro.

Lo que quiero decir es que hay una parte de la literatura que se parece al amor. Como hay una parte del amor que siempre nos parece literatura.




El amor es un género literario
(que le da sentido a la vida y a la literatura)


¿Qué recuerdo de ti?
La noche inevitable que arde como un rito,
la norma temeraria de castigar los límites
y el negro maltratado de tus ojos.

¿Qué recuerdas de mí?
La noche inevitable que arde como un rito,
la norma temeraria de castigar los límites
y el negro maltratado de mis ojos.

¿Qué sabrán de nosotros?
La noche interminable que ardía como un rito,
la norma temeraria de castigar los límites
y el negro maltratado de los ojos.

(Luís García Montero, Un invierno propio, 2011)

domingo, 4 de diciembre de 2011

La sombra del pájaro

A estas horas, mientras el día se va acomodando y nadie se acuerda de Santa Bárbara, este sol de invierno, blanquecino y tenue, entra por la ventana, me ataca por la espalda y deja impresa la sombra de mi cabeza sobre la pantalla.

Afuera, en el patio, un pájaro anónimo, ha pasado volando por la ventana un instante, el tiempo suficiente de dejar sus sombra de alas abiertas cerca de mí, sobre la pared primero y, brevemente, atravesándome la cabeza de lado a lado.

Me ha parecido un momento único, de esos que una cámara jamás podrá reflejar de forma exacta. Pero lo asombroso es que, durante la perplejidad de un pensamiento, el mismo pájaro anónimo u otro distinto, han vuelto a asomar su sombra grácil y minúscula sobre el encuadre de la pantalla y, en un aleteo, me ha despertado las metáforas.

Es cierto. Cierto pájaro con sombra ha transformado las nueve y poco en las nueve y pico, ha tornado un cuadro solitario en un paisaje, ha escrito en la sombra su propia silueta abierta de alas. Y el sol, siempre, a la espalda, blanquecino y tenue.

Nunca vuelven las oscuras golondrinas, ya tengo edad suficiente para aborrecer a Bécquer, pero el juego de las sombras me inquieta aún, me anima los sueños y me desvela las horas a las que me hago el dormido.

Así que escribo de la sombra de otros días y proyecto la silueta de mi cabeza quieta en la pantalla como una trampa de sombras hecha con letras. De tanto en tanto, algún pájaro anónimo cruza su sombra con la de mi cabeza y me deja unas huellas escritas, curiosamente, cuando ya el sol no percute en las ventanas.

Tal vez si la sombra que yo dejase aquí fuera la de mi corazón de hombre equivocado, me dolería con palabras cada vez que la sombra del pájaro la atravesara.




LA SOMBRA DE OTROS DÍAS


Pero, ¿alguien ha existido alguna vez
que no se retorciera de dolor por la dicha pasada?
John Keats

Bien lo sé, somos criaturas del aire,
de las corrientes aguas, puras, cristalinas,
de los árboles que se están mirando en ellas.
En un instante sube por nuestros brazos,
salvaje y espléndida,
la inmediatez de la vida;
al siguiente algo nos dice
que muy pronto será tarde y será octubre.

Pero seamos cautos:
a la sombra de otros días
esperan
el dulce veneno de los versos
y el mar abierto a la aventura.
A un paso del infierno
acecha el paraíso.

(Ángeles Carbajal, La sombra de otros días, 2002)