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domingo, 23 de septiembre de 2012

Arrecia el pasado

Arrecia el pasado. Como un mar hecho de naufragios, cada cierto tiempo devuelve los restos de alguna de aquellas travesías que se quedaron a medio camino entre lo imposible y la tenue levedad de palabras disparadas al aire.

Todo parece igual cuando, esa misma memoria que embellecía rostros, no produce extrañeza en las arrugas. Uno se pregunta si el recuerdo de cada persona envejece con ella aun en la distancia o somos nosotros los que envejecemos tanto que le sacamos treinta años de ventaja.

Llega el momento de la tormenta, cuando uno, delante de esos restos depositados en la orilla, se juzga a sí mismo estrenando, en cada palabra, una misericordia nueva, una mentira adecentada, un complejo convertido en virtud.

Arrecia el pasado cuando la culpa siempre la tuvieron otros. O el azar, o la desdicha de no ser de ningún lado después de haber vivido tanto tiempo en todas partes.

Todo parece igual cuando el dolor antiguo todavía se transforma en lágrimas. Lágrimas lentas, esbozadas apenas en unos ojos que ya no distingo si son los mismos que fueron o son otros tan cansados como los míos.

Llega el momento de la tormenta y el recuerdo deja la carne ajena que habitó durante hora y media, para volver a su funda de niebla, a su estante de humo, a su rincón de luz pretérita y embellecida.

Arrecia el pasado. El futuro sigue empecinándose en ir llegando sin ruido y sin aviso. Cuando tus manos, aquellas que me conocieron tan de cerca, siguen el otro camino y se despiden nuevamente, como entonces, sin el consuelo de un abrazo que echar de menos.

Arrecia el pasado y, de repente, cuando ya empiezo a tener el paraguas preparado, escampa el mundo cruzando hacia el otro lado de la calle armado con un "¡claro que te llamaré!".

Y vuelvo a escribir sobre lo mismo que escribo siempre mientras, afuera de mí, en ese lugar que ya no importa que haya caído tímidamente en el otoño, arrecia el presente.



POEMA DEL NO

Me decías que no. Por tu mirada
pasaban barcos lentamente. Había
gaviotas en tus ojos, en tus blandos,
oscuros ojos grandes,
donde iba cayendo la amargura
como un anochecer de altas sirenas
en los puertos del Sur.
Me decías que no serenamente.
Era un no original, que ya existía
antes que tú, que hablaba por sí mismo
mientras que tú, impotente, absorta, fijos
en mí tus ojos, lo sentías vivo,
palpabas su raíz por tus adentros.
Era un no adivinado,
mudo, pesadamente silencioso.
Tu duro cuerpo tibio
me decía que no, sin causas, iba
replegándose, como
si volviese a la infancia. Tú no eras.
Me decías que no, y en tu mirada
cabalgaba un dolor que yo diría
maternal. Un dolor implorando
comprensión. Un no de contenida
pesadumbre, pero total, abierto,
levemente asomado
a las playas del llanto.
Me decías que no lejana, sola,
terriblemente sola, maniatada,
sin un porqué donde apoyarte, pero
era no, era no, sin gritos, no...

Los puertos, las sirenas,
los barcos en la noche, todo iba
perdiéndose, alejándose.
Yo, delante de ti, triste, abatido.

(Rafael Guillén)

jueves, 6 de septiembre de 2012

Inflexión

De todos los allí segados por el tiempo
en los que alguna vez estuve,
ahora ya estoy al otro lado.

Los miro despacio, ausente,
desafiando el salto,
acusando el vacío agudo y pequeño,
el vértigo, este remolino
de haber vivido tan solo
aquello que consigo revivir.

Como el niño sacado a punta de reloj
de la tarde de juego en el parque
que ve, durante un instante,
a través de la ventana,
el pulular de otros niños
que siguen jugando como si él
no hubiera estado nunca,
entiendo lánguidamente
que recordar es hacer recuento
de todo lo que se ha perdido sin remisión.

Soy lo que se me ha ido,
la imprecisa retahíla
de eso que recuerdo que fui
-y que es mentira-.
Pero si pudiera tocarlo nuevamente
y quedar impune, y salir indemne,
tal vez, entonces,
este mismo hombre que se lamenta en verso
podría dejar de ser lo que recuerda
y empezar a ser lo que le espera.




CRISTALES EMPAÑADOS

Se fue, no tan despacio que no hubiera
un desajuste tenue en la calima
del asfalto, y su falda
parecía más triste en el andar y hubo
como una duda, o tal vez no, y la acera
se fue estrechando al alejarse y, luego,
pareció, quizás fuera
su delgadez, sus hombros, que no iba,
que volvía a la infancia, y en la calle
apenas cabía el sol y mi mirada
y una música urbana que, tan joven,
surgió de un bar con soledad y miedo.
¿Te veías tú, acaso, dime, como
si te pudieras ver, de espaldas, sola,
pegada a la pared, andando, yéndote?

Me fui. Recuerdo que el vacío
aquél era ya parte
de mí. Porque me estuve yendo
todo el tiempo que, arriba, la buhardilla,
cama deshecha, sábanas con restos
de calor, vasos, deja
ya de fumar, me estuve
dejando ir en no querer ser pasto
de ciudad, y las calles
y el ruido estaba en mí y tus ojos, habla,
¿por qué te vas?, estaban
alrededor de mí; ser pasto
de ventanas cerradas, un quejido
o una sirena a media noche, esquinas
donde comprar la nada, el estallido
de la nada, acompáñame, me estuve
yendo de mí todo aquel tiempo tan hermoso.

Se fue y era de noche
en torno a su cintura y sus vaqueros
gastados. La bufanda, con su historia
ella también, entretejida, daba
una vuelta a la tibia
cadencia de su cuello y la seguía
a través de la lluvia y algún perro
y la insolente luz de los semáforos
poniendo en orden el desierto y, lejos,
la otra oscuridad, la que está hecha
de violencia y portales y mugrientas
escaleras.

Me fui de tanta prisa
por conocer, de tanto estar contigo,
de tanta juventud, frío empañando
los cristales, de tanto amor, la estufa,
libros y discos en desorden, altas
madrugadas del beso, tus preguntas,
café para el cansancio, las paredes,
tu pelo, el desconcierto de estar vivo.

Toda esta vida me sostiene ahora.
Todo este tiempo aquél que es lo que tengo,
lo único que tengo. Tanto irse,
tanto perder, tal desapego,
tanta sinceridad, tan armoniosa
desventura, tan sabio desvarío,
tal desesperación, tanta belleza.

(Rafael Guillén)

sábado, 23 de junio de 2012

Hamaca

Contar los nudos
para no desfallecer,
colgarse de ellos, mecerse,
estirarse sobre la noche
y amanecer al raso.

Contar los nudos
para entretener el miedo,
ahuyentar el silencio, cansarse
de volver a empezar
y apaciguar el sueño.

Contar los nudos
con la vista nublada,
equivocarse, entrar al aire
flotando sobre el futuro
y encenderse de espera.

El mundo se mueve
con la cadencia de la hamaca,
contar los nudos, extrañar
otro cuerpo anudado
que nos ancle a la tierra.

Contar los nudos
que se te clavan en la espalda,
abandonarse, huir hacia los lados,
mientras los ojos se entornan
hacia el vaivén que eres.

Contar los nudos
para no desfallecer,
perderse, oscilar con ellos,
esperar una palabra que duda,
liberar un sueño que va y viene,
desear un balanceo,
vacilar despierto siempre
con un corazón que nunca descansa.




VAIVÉN


1

Vuelve a la noche,
racimo de horas sombrías;
córtalo, come el fruto de tiniebla,
saborea la ignorancia


2

Con orgullo de árbol
plantado de pleno torbellino
te desvistes
con el gesto del agua
saltando de la peña
abandonas tus cuerpos
con los pasos sonámbulos del viento
te arrojas en el lecho
con los ojos cerrados
buscas tu más antigua desnudez


3

Caigo en ti con la ciega caída de la ola
tu cuerpo me sostiene como la ola que renace
el viento sopla afuera y reúne las aguas
todos los bosques son un solo árbol

Navega la ciudad en plena noche
tierra y cielo y marea que no cesa
los elementos enlazados tejen
la vestidura de un día desconocido


4

Desierto inmenso y fuente secreta
balanza del silencio y árbol de gemidos
cuerpo que se despliega como la vela
cuerpo que se repliega como la brasa
corazón que desgajo de la noche
escorpión que se clava en mi pecho
sello de sangre sobre mis años de hombre


5

(Hago lo que dices)

Con un Sí
la lámpara que te guía a la entrada del sueño
Con un No
la balanza que pesa la falacia y la verdad del deseo
Con un Ay
el hueso floreciendo para atravesar la muerte


6

(Hoy, siempre hoy)

Hablas (se oyen muchas lluvias)
no sé lo que dices (una mano amarilla nos sostiene)
Callas (nacen muchos pájaros)
no sé adónde estamos (un alveolo escarlata nos encierra)
Ríes (las piernas del río se cubren de hojas)
no sé adónde vamos (hoy es ya mañana en mitad de la noche)

Hoy que se abre y se cierra
nunca se mueve y no se detiene
corazón que nunca se apaga
Hoy (un pájaro se posa
en una torre de granito)
Siempre es mediodía

(Octavio Paz)

miércoles, 13 de junio de 2012

Algunos

Cuando ella las pronunció, en ese tipo de secuencia de plano contra plano que a veces parece simular que el espectador es un privilegiado contertulio de los protagonistas, sus palabras se me quedaron dentro de los oídos.

Sabía que, tarde o temprano, escribiría sobre ellas, que me iluminarían un trocito de pensamiento en los días siguientes y, aunque resultaran difíciles de asimilar sin poner algunas importantes objecciones, algo de ellas me llamaba.

"Algunos de los mejores momentos de la vida, fueron errores", decía Uma, clavándome su mirada azul sobre el sofá. Una contradicción, una paradoja, una frase comercial, un pensamiento inútil... quizás, sencillamente, una mentira.

Más tarde, cuando te hacen saber del ridículo que vino dos días después de haber sentido un alivio que tú hubieras vuelto a balbucear con alegría, piensas en los errores, en cuál es el motivo, la causa, que convierte el efecto positivo en negativo. En dónde está la línea que divide los errores de los aciertos y, sobre todo, en cuándo unos se transforman en otros.

Se me ocurre que los mejores momentos, esos que guardo dentro de una cajita del pecho, no son errores ni aciertos, y que nadie debería tener poder suficiente, ni siquiera uno mismo, para convertirlos en naufragios.

Porque no sabemos lo que sentiremos en el futuro, porque no sé lo que escribiré mañana, quiero mantener en la tinta de hoy y en el papel que atraviesa el tiempo las palabras que digo, para que me recuerden lo sentido antes de que la memoria y la luz de otros tiempos las conviertan en mentira.

Y, al respecto de la película, se me ha ocurrido modificar la frase para hacerla verdadera y escribir aquí, como contradicción, como paradoja, como frase comercial, como pensamiento inútil, quizás, como mentira, que algunos de mis mejores errores, primero fueron aciertos.

Aunque la verdad que nunca podrá ser mentira, el acierto que nadie trocará en equivocación, es que algunos de los mejores momentos de mi vida, los he vivido en ti, por ti, contigo.



AUTOBIOGRAFÍA

Como el náufrago metódico que contase las olas
que faltan para morir,
y las contase, y las volviese a contar, para evitar
errores, hasta la última,
hasta aquella que tiene la estatura de un niño
y le besa y le cubre la frente,
así he vivido yo con una vaga prudencia de
caballo de cartón en el baño,
sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
sino en las cosas que yo más quería.

(Luís Rosales, Rimas, 1951)



COLLAGE

Ligeras cruzan las edades, hay quien las cuenta en días,
y a través de su lluvia y su ceniza
cada vez más difícil resulta el resistirse
al perezoso vivir animal de la costumbre.
No sé por qué los versos que ahora escribo
parecen versos clásicos, y total para decir
que si después de tanto tiempo aún hoy
aprieto tu recuerdo entiendo que
estoy condenado
a naufragar todos los días
con la vejez que da el saber
que aunque me he equivocado en todo
esto es algo que especialmente he hecho
en lo que más quería.

(Santiago Montobbio, Ética confirmada, 1990)

lunes, 12 de diciembre de 2011

Queda un año

Exactamente dentro de un año, en un minuto como éste, todo estará resuelto.

Es el plazo, el último plazo que me dan los planetas. Sé que todo lo que ahora me preocupa se habrá olvidado o, al menos, estará en un rincón secundario de la infidelidad de mi memoria.

Entonces empezarán otros problemas, otras cuitas, otras miserias. Miraré alrededor para saber quien está conmigo, quien me llama o a quienes echo de menos.

Será un hermoso final convertido en principio, la necesaria renovación de las inquietudes y las esperanzas. Y hablando de esperanzas, también entonces te espero.

Y si no, si todo continua lo mismo, si me sigue preocupando todo lo que ahora me preocupa, no pasa nada, la vida no se para. Lo que sí prometo es que, entonces, dejaré de dar la lata y borraré todas la palabras que aquí tengo escritas.

Sí, justo en este instante que escribo, empieza el último año de esta vida. Es la hora.




LA HORA

Cada minuto de este oro
¿no es toda la eternidad?

El aire puro lo mece
sin prisa, como si ya
fuera todo el oro que
tuviera que acompasar.

(¡Ramas últimas, divinas,
inmateriales, en paz;
ondas del mar infinito
de una tarde sin pasar!)

Cada minuto de este oro
¿no es un latido inmortal
de mi corazón radiante
por toda la eternidad?

(Juan Ramón Jiménez, Canción, 1936)