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lunes, 10 de diciembre de 2012

La última palabra

Vivimos rodeados de despedidas. Despedidas simples, pequeñas, imperceptibles.

Decimos la última palabra sin darnos cuenta de que lo es, como un ejercicio cotidiano de indiferencia. Decimos la última palabra en cada encuentro fugaz, confundiéndola a veces con la primera.

Decimos adiós sin saberlo. Vaciamos estantes y cajones llenos de recuerdos y los embolsamos en el olvido de la basura. Pintamos las paredes, removemos los muebles y nos deshacemos de aquellos enseres que una vez nos llegaron como tesoros.

Nos despedimos del pasado incómodo, alegando falta de espacio. De todo aquello que denuncia que ya no somos los mismos. De la ropa que ya no nos queda, de los mapas que anduvimos en vacaciones, de las entradas del concierto en donde nos vimos la primera vez…

Los demás se despiden también, dan pasos largos, se encuentran en los susurros y asoman el corazón un ratito, sin que se les note mucho. Entonces, no sé si con un pellizco de tristeza o con un gramo de miedo, te entregan su herencia de papeles de colores para creer, de este modo, que no se rompen del todo los lazos con el ayer y que los dejan en buenas manos.

A pesar de la inercia de lo leve, del espejismo del propio yo y de la infidelidad de la memoria, la vida está llena de despedidas cobardes y tristes. Y de despedidas alegres, valientes e imposibles. De adioses consentidos y de separaciones inconscientes…

Cuando me sonreíste pasando de largo y me quedé perdido entre unos renglones aparcados en doble fila, supe que ya no me quedaban más gotas de suerte. Por eso me empeño tanto en esta última palabra que escribo para verte.




Me llevo tu mundo fosforescente, ese que tus ojos entornados siempre me enseñan. Ese mundo tan grande y tan a ras de tierra que, en esta última maleta, ya no me cabe nada más.


viernes, 3 de agosto de 2012

Agosto

Entonces llegan las horas quedas
del entreacto del mediodía,
cuando se para la vida y apetece siesta.
Nos subimos a hurtadillas
al hogar del ascensor
para que sea de tu cuerpo el sudor
que me escurre por las costillas.
Para entrar en tu propio cielo ardiente,
quedarme encendido y mojado,
surtido y derramado, libremente encerrado
entre tus dos sonrisas diferentes
y perpendiculares.

Y aunque odio los veranos circulares
y el angosto calor de este sol,
me gusta cuando llega matando nubes,
mientras pasa la vida despacio,
mientras pasamos al amor,
pidiendo que te queme yo,
deseando que tú me sudes.


viernes, 27 de julio de 2012

Actos íntimos en el parque

Mientras yo le bordeaba los costados, la noche tenía ya encendidas las luces del parque. Iba enfundado en lo oscuro de la chaqueta y escondido tras la barba a medio afeitar, mirando a todas partes, pisando en cualquier sitio, buscando una hora y no un lugar.

No me vieron desde el coche rojo que había aparcado, allí, justo delante. Yo tampoco quise mirar cuando vi a los ocupantes aproximarse hacia un abrazo y juntar los labios. Los besos y los abrazos son actos íntimos, aunque se realicen en público o con publicidad.

Un recodo más allá, sobre el segundo banco de la derecha, según se mira hacia el ciprés solitario que se aburre entre tanto boje, dos chicas consolaban con media voz y gesto aterido a una tercera que lloraba. No quise mirar cuando suspiró con fuerza para poder así renovar el alivio de los pulmones. El llanto es un acto íntimo, aunque se prefiera el consuelo de hacerlo entre amigos.

Me crucé con el joven sin darme cuenta, sin previo aviso. Quizás salió de un coche recién llegado. Yo iba mirando a la chica delgada y con pelo largo que salía del portal con el móvil abierto, asintiendo con la cabeza y apretando el paso, como si huyera, hasta perderse detrás de una esquina.

El joven tampoco me vio, porque no estaba mirando. Tenía la vista perdida en un punto infinito de la calle, como si le hubiese prestado el alma al interlocutor que se adivinaba en su mano inmóvil sobre el oído. No quise mirar cuando esbozó una sonrisa y se detuvo para envolverse en su propia sombra, un poco más allá de la farola de luz desvaída. La sonrisa es un acto íntimo, aunque se ejecute en público y sean otros quienes la provocan. Y también la huída.

Sé perfectamente que nadie me vio, que no quisieron mirar cuando vacilaron mis pasos dirigiéndome lentamente hacia ninguna parte. Porque la vida es un acto íntimo, aunque suceda en la noche de un parque desconocido y ante los ojos atónitos o distraídos de los demás.

Pero escribir es un acto público, por más que se le procure un entorno solitario y se realice en la más estricta intimidad. Y llegados a este renglón públicamente juntos, aunque quisieras, no podrías negar que has querido mirarme más adentro. Ni yo tampoco podría decir que eso no me reconforta.



POÉTICA

Yo sé que estoy aquí
para escribir mi vida.
Que vine poco a poco
hasta esta silla.

Y no quiero engañarme.

Sé que voy a contártela
y que será mentira:
Sobre la mesa sucia
una gota de tinta.

(Ángeles Mora, Contradicciones, pájaros, 2000)

lunes, 2 de abril de 2012

Mensaje cifrado

Que el cielo es vecino del infierno
puede saberlo cualquiera. Cualquiera
que sepa de la oscura medianoche
que siempre antecede a las despedidas,
cualquiera que conozca el ruido de las persianas
cuando se cierran las tiendas por vacaciones.

Por eso, algunas veces, las tormentas
pueden ahogarse en risa y el letargo de los días lentos
derretirse en haces de luz caligrafiada
con esa extraña ortografía rugosa
de los caprichos del azar.

Algunos días tristes y solitarios,
incluso en la más profunda de las derrotas,
traen escondidas travesuras cifradas
para que a los naúfragos de las botellas
les sonrían de medio lado
las mejillas del porvenir.

Que el cielo y el infierno son vecinos
ya se sabe;
que cada día dan en el barrio una fiesta
a la que todos estamos invitados,
como cualquiera sabe,
a reír llorando y viceversa.




domingo, 19 de junio de 2011

Gestos

He estado por la mañana en una multitudinaria exposición de gestos; interesantísima porque, al fin y al cabo, de gestos estamos todos hechos.

Contamos con los dedos cuando intentamos recordar, nos damos golpecitos en la cabeza para empujarle a la memoria y abrimos los ojos hasta la redondez cuando conseguimos que llegue la palabra que teníamos en la punta de la lengua.

Movemos el pie incesantemente, nos aferramos a un bolígrafo para no caer al precipicio o movemos los labios sin hacer ruido, como hablándole al fantasma que llevamos dentro.

Tenemos gestos para todo: para los nervios, para el dominio, para la ira, para el amor, para la desesperación. Gestos aprendidos de quienes nos rodean, transformados por nuestra propia usanza, pero reconocibles.

Hay gestos para la mentira y para la verdad, para la conquista y para la risa, para levantar barreras que nos separen de los otros y hay gestos para bajarlas.

Adoro a la gente que te toca cuando te habla, a quienes siempre sonríen cuando no saben qué gesto adoptar. Me gustan quienes echan el peso sobre una pierna mientras le enroscan la otra cuando se asoman a una barandilla.

Me encantan los ojos que me miran cuando me hablan y los que no se apartan cuando yo les apunto con los míos. Me gusta la gente que, al enseñarte algo que tiene en las manos, las orienta con el dedo gordo hacia arriba. Disfruto viendo a quienes se hacen caracoles en el pelo para ahuyentar el desasosiego.

Cada persona que conozco tiene una sonrisa distinta, reconocible, como una marca de agua. Hay risas que reconocería en cualquier parte, ojos que se abren para iluminar una estancia y manos que bailan mientras me cuentan historias de otro mundo.

Abrazar durante seis segundos es el gesto de cuerpo entero que más agradezco. Besar a corazón abierto, también.