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domingo, 27 de mayo de 2012

Cerezo

Sólo es un árbol quieto,
como todos los árboles. Cada año
lo circunda un nuevo anillo;
cada primavera, sus flores blancas
se despeñan hasta el suelo
en un último acto repetido
de belleza y brevedad.

Ancla sobre la tierra
no puede moverse con nosotros
que vamos viajando sin rumbo,
de sombra en sombra,
saltando de camino en camino,
intentando no llegar
a ningún sitio, esperando
que los puntos de partida
nos permitan regresar.

Movernos como un árbol,
estremecerse al viento,
quedarnos quietos y que alrededor
suceda el mundo.
Extraño viaje éste de amar a destiempo,
extraño destiempo el de nunca irse,
extraño irse sin haber llegado nunca.

Pero ahora... ¿qué hacer?
Si sólo es un árbol quieto habrá
que comerse las cerezas que le queden,
degustarlas de una en una,
añorar sus pétalos aquellos de nieve
y encender, cuando se seque,
con sus ramas melancólicas,
otro fuego que caliente
un invierno que nos espera.

Entretanto habrá
que dejarlo quieto, dormido,
como todos los árboles del invierno,
hasta la siguiente primavera,
cuando volvamos a pasar por aquí
yendo hacia ningún sitio.

miércoles, 4 de abril de 2012

Miedo de abril

Ahora sé que nunca hubo marcha atrás, yo sólo sé huir hacia adelante.

Confieso que los dedos se me han manchado de esa cierta tristeza de las firmas. Con la lluvia de decorado, con la música de fondo de una mentira que cae por su propio peso, apenas cuatro palabras y dos besos tímidos y desangelados.

La liturgia del desarraigo sucede cuando el mundo cabizbajo se parte en autobuses diferentes. Empiezan otros viajes, otras mentiras, otra soledad más intensa. Afuera llueve y llueve por dentro.

Todo sucede siempre en abril, ese es el punto de partida de la melancolía que irá formando escamas en la piel hasta que el olvido consiga ganar la batalla que ya se da por perdida.

Nunca hubo marcha atrás, sólo se puede huir hacia adelante. Y ahora, me toca correr despavorido hacia el porvenir.

Tengo un miedo nostálgico de las lágrimas, porque nunca supe llorar a tiempo. Tengo un miedo ausente de la amargura de los desayunos de los ojos pegados, porque sé que el tiempo no lo cura todo. Tengo un enorme miedo silencioso de no haber aprendido y repetir.

Y noto que me va penetrando hasta los huesos un agrio, turbio y viscoso miedo de abril.


INVENTARIO DE URGENCIA PARA SEGUIR ADELANTE

A veces, el pasado fue sólo aquel momento
en el que se confunden
amor y muerte, soledad y dicha.

Y porque entre unos brazos
al menos un instante me he sentido feliz,
procuro compartir este camino
hacia bellos sucesos como aquél
en que la luz fue nuestra.

Por eso me alimenta la esperanza.

Por eso llevo,
tatuada en el ansia de vivir,
como una hermosa referencia,
la cicatriz distinta de su cuerpo.

(Javier Egea, Paseo de los Tristes, 1982)

viernes, 14 de octubre de 2011

Punto de partida

Es cierto que pasamos, que después quedan las huellas, que se mira atrás cuando no se ve nada claro lo que hay delante. Que nada se aleja más que el pasado, que nada duele, sin embargo, tanto como aquello que no se hizo.

Reflexiono mientras paseo por esta orilla, busco los puntos de inflexión que me trajeron a esta curva, repaso las encrucijadas que me atraparon y recuerdo  con cierta nostalgia su esplendor y su miedo.

Me voy echando a las espaldas mi propia inconsistencia, el arcón de los defectos y la sal de alguna lágrima que se me pudrió dentro sin llegar a ver la luz. Me veo salir de mí mismo y me sorprendo -¿quién es este que voy a ser?-, me noto cambiar pero sigo en el centro, me noto vivir y morir a la vez.

Adoro esta incertidumbre que me mantiene despierto, disfruto mirando este desierto que me espera cálido y amenazante, este trayecto que no tiene más caminos trazados que los que dejan mis pisadas erráticas, torpes, sonámbulas, pero hechas a la imagen y semejanza de mis pies.

He dejado de caminar recto y, sin embargo, sé que no estoy más perdido de lo que antes estuve. He perdido la prisa porque ya nadie me espera, porque  yo sí que espero todo. Mantengo el miedo a llegar, no consigo sacudírmelo, pero he perdido el miedo atroz que me daba llegar solo.

De momento, sólo pretendo ocupar el espacio. Con eso me conformo hasta la siguiente cuenta atrás, hasta la próxima huida, hasta las equivocaciones que me acechan, hasta ese punto de partida que aún está por venir o por deshacerse en arena.





AUTOBIOGRAFÍA

Como el náufrago metódico que contase las olas
que faltan para morir,
y las contase, y las volviese a contar, para evitar
errores, hasta la última,
hasta aquella que tiene la estatura de un niño
y le besa y le cubre la frente,
así he vivido yo con una vaga prudencia de
caballo de cartón en el baño,
sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
sino en las cosas que yo más quería.

(Luis Rosales, Rimas, 1951)