Algún día encontraré una palabra...
Algún día encontraré una palabra
que penetre en tu vientre y lo fecunde,
que se pare en tu seno
como una mano abierta y cerrada al mismo tiempo.
Hallaré una palabra
que detenga tu cuerpo y lo dé vuelta,
que contenga tu cuerpo
y abra tus ojos como un dios sin nubes
y te use tu saliva
y te doble las piernas.
Tú tal vez no la escuches
o tal vez no la comprendas.
No será necesario.
Irá por tu interior como una rueda
recorriéndote al fin de punta a punta,
mujer mía y no mía
y no se detendrá ni cuando mueras.
(Roberto Juarroz)
Deambulando por la noche, a las horas en que el universo cabe dentro de mí, he encontrado estas historias que me quitan el sueño, pero me dan la vida.
martes, 9 de octubre de 2012
La vida secreta de las palabras
jueves, 26 de julio de 2012
Impersonal
ESTRICTAMENTE PERSONAL
El dolor o el cansancio traen a veces
un desmedrado desfallecimiento
unas ganas terribles de olvidar
todo lo que no sea intransferible
-personal como dicen- pero luego
no se distingue ya lo que es de uno
y el egoísmo llega a ser total
a invadir el dominio de otra gente.
Y hoy padezco por algo que no es mío
por lo que ocurrirá con una chica
que no me pertenece: que tan sólo
camina y lee; se equivoca y riñe
casi todos los días en su casa.
No: no es posible dijo; pero sé
que aún guarda mi retrato y que ahora entiende
mis palabras; que hace años la llevaron
a extrañas situaciones. Y me mira
desde un sillón distante sin decirme
qué será de su vida. De la mía
ya sé que nada bueno. Y como esto
mucho tiene que ver con mi neurosis
termino aquí el asunto y a la calle;
me bebo un buen café y a la puñeta.
(José Agustín Goytisolo)
miércoles, 6 de junio de 2012
Si las paredes hablaran
EL RETORNO
Las paredes tienen oídos,
vientre y sangre.
Pero que no lo sepa el aire,
que lo ignoren el invierno
y el vendedor de esponjas;
que no se enteren mis fotografías que hablan;
que mi amor, oh montañas, oh cielos,
no levante su voz como raíz dulcísima.
Las paredes tienen oídos,
dientes, venas.
Pero que yo nunca, fumando,
diga su breve nombre de madera.
Que yo nunca sonriendo, pronuncie
su verdad: la cálida verdad.
Porque las paredes, como los sótanos,
tienen grandes oídos de herrumbre y frío,
desesperanza y pavor,
desconsuelo y locura.
Que yo nunca, en voz baja,
diga que he vuelto a amar.
(Efraín Huerta, La rosa primitiva, 1950)
sábado, 30 de abril de 2011
Mencionar la lluvia
A veces no sé qué decir, no encuentro las palabras. Sucede que no consigo fijar el pensamiento. Ni siquiera divago en mi interior. Las imágenes suceden a las palabras, las palabras a las imágenes, a tanta velocidad que no consigo articular ninguna de las dos.
Son malos días que vienen, que tienen que venir para darle valor a los buenos. Hago todo sin pensar, como un zombie o, me gusta más la comparación y la palabra, como un alucinado que vive por dentro en otro sitio y en otro tiempo del que le sucede por fuera.
Contesto lo primero que se me ocurre, monosílabos preferentemente, y, si me aprieta el silencio, ese tan incómodo que sucede con testigos que te miran fijamente, como dándote el turno de palabra, me limito a repetir lo último que he oído, como un loro sin pico, sin gracia y sin plumas de colores.
A veces no sé qué decir, pero sé que quiero pasar por aquí y dejar alguna señal. Casi siempre que escribo en el blog, lo hago también para mí. Me gusta dejar colgada una huella, un aviso al futuro, una sensación, una emoción o una pregunta para la que tal vez algún día, al releer estas líneas, encuentre respuesta.
Pero esta noche no sé qué decir. Supongo que lo mejor será que no diga nada. Si acaso, tan sólo mencionar la lluvia.
EN LOS DÍAS DE LLUVIA
A Mari Carmen
Sabrás por la presente que empeoré de vida.
Mariano MarescaMás o menos extraña
la vida fue pasando tibiamente
por tu cuerpo y el mío.Oigo la lluvia fría amontonarse
sobre las uralitas
y la noche me atrapa
en el sudor eterno de su tranquilidad.
Tal vez
debiera despertarte, hacerte compartir
este presentimiento
de lejana belleza
con el que me confundo apenas un instante
para volver a ti
que te abandonas
a la hermosa presencia
de tu respiración.Pasan lentos los coches.
Oigo también
tu corazón lejano
pasar de madrugada entre la lluvia
y me asusta la sombra
de tanta intimidad.Es tarde.
Uno escribe su vida en un poema,
analiza el amor
y se acostumbra
a seguir como está, junto a tu cuerpo
que quizá me recuerde todavía
desnudo entre las sábanas,o las noches de lluvia nos confirman
que la vida, posiblemente hermosa,
no siempre es un asunto disponible
y que a veces resulta incluso mucha,
temible como ahora,
mientras que tengo miedo de besarte al azar.Lo sé. Hemos sido extranjeros
hablándonos por señas demasiado cercanas,
ansiosos en las calles
de una nueva ciudad,
esperando tal vez que nos fotografíen
delante de este amor y de sus cicatrices,
eso que confundimos con nuestros sentimientos
o acaso
-en noches de locura-
con una sensación de humedad en los ojos.Pero en pocas palabras se resumen
casi todos los días,
sus sílabas contadas en mis versos
y la felicidad.
Tibiamente los años
nos descubren
que nada existe ya sin tu sudor y el mío,
que somos todavía demasiado solemnes
cuando nos sorprendemos
temblando de pasión,
llenos de instinto mal disimulado.Por eso, mientras llueve,
agradezco tu cuerpo entre las sábanas
y esta pasión desierta
de acariciar tus muslos,
más o menos extraños
y hermosos como un sueño
que acaba de llegar.(Luís García Montero)
martes, 19 de enero de 2010
Soliloquio
Te hablo de amor y no contestas. Pienso que tal vez he elegido una mala palabra, de esas que son tan delgadas que se pueden mirar al trasluz de una lámpara y no hacer ni sombra. Por razón de silencio he cambiado de tema y te he estado presentando íntimamente las manías y defectos que arrastro desde hace tiempo formando parte de mí. Pero sigues sin contestar.
Entonces pruebo a hablarte de sueños como quien explica la travesía un barco en mitad de una tormenta de arena. Pero no dices nada de mis sueños y me temo que tal vez pienses que no son sino tonterías pasajeras, tiritas contra las balas, engaños que solo sirven para conciliar el insomnio y no perder la esperanza.
Lo intento con la carne, con el sexo, con el ombligo, con los muslos, con el vello. Me quito la ropa para señalarte los efectos del deseo y de la temperatura, para enseñarte las huellas que aún no tengo y que están esperando tu cuerpo para quedarse marcadas y empezar a dolerme en cuanto se cierre la puerta y se haga la cama. Pero sé que no estás mirando, que no me rozas, que no me hueles, que no dices nada...
¿Sabes? No es culpa tuya, no puedes contestarme porque estás en otro lado aunque yo me empeñe en imaginarte aquí. Me he dado cuenta, claro que lo sé, no creas que soy tan tonto como me hago. Y, sin embargo ?¡cuánto esfuerzo requiere engañarse tanto!?, he cambiado de tema y te sigo hablando, no sé bien de qué.
El día que estés a mi lado, ya no sabré qué más decirte.