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martes, 9 de octubre de 2012

La vida secreta de las palabras

Me habló de su sueño con "tata de tocholate" y tuve que reírme a todo pulmón. Me invitó a asistir a una estancia rural y rechacé la oferta. Me contó sus problemas de intendencia como disculpa para las cervezas y me extrañó su acercamiento a estas alturas de partido.

Me pidió que arreglara un ordenador y le expliqué el mecanismo del enchufe. Me propusieron que arreglara otros dos más y les recordé las precauciones que no habían tomado. Me contó la operación de su madre y me alegré de que ya estuviera en casa.

Me dijo que su hijo estaba mejor y sonreí al saberlo. Me invitó a subir al coche y preferí bajar la cuesta, aunque luego me alegró que, cargado, a la vuelta, me la subiera sin pies.

Me comentó sobre una película con bolero y le recordé un chiste antológico. Me escribió "anexos" y yo respondí con "zafes". Me preguntó cuántos kilos de tomates y le dije que dos. "Fortuna" fue la palabra que le dije mientras me preguntaba con cara de circunstancias. Me dijo sin pronunciar ninguna erre que la tela de mosquitero estaba en la otra tienda y le di las gracias.

Me habló de su infancia valenciana y respondí con una frase genérica. Me dijo que vendría hoy y mañana, y le dije que cuando quisiera. Me pidió un número de teléfono y se lo dí con los dedos. "Bienvenido", parpadeó; y yo le dije "Retirada de efectivo". En tres mensajes apareció mi nombre, en la ventanita de una factura y en la foto de un comentario.

Primero fue "ni hao" y luego "zian jian". Ninnette dice que está embarazada y el señor de Murcia calla. Los muertos vivientes no dicen nada, solo muerden; y ella tampoco dice mucho, solo dispara. Hay que dejar la bellota una noche en agua antes de plantarla, dijo a la audiencia, mientras yo pulsaba el seis.

Estrategias metodológicas rezaba el apartado que borré por accidente. Le dejo escrito en una nota que me cobre los productos de limpieza que faltan. Su pedido ha sido confirmado, decía el email. "Es que no estoy en la casa, luego te lo digo" me dice cuando le pregunto por la cena. Suena el móvil con dos pitidos y al leer reflexiono que las palabras no deberían perderse con el suministro eléctrico. En todo caso, que se pierdan en el aire; o en la traducción.

Se me ocurrió decir algo para matar el silencio y darle ánimos, me respondió con una serie de catastróficas desgracias y un beso. Este texto se titula "la vida secreta de las palabras". Tecleo "palabras", "vida", "secreta", "decir", "contar", "hablar", "comunicación" y algunas otras etiquetas más. Le doy a "publicar".

Entonces releo el artículo y recuento todas las palabras propias y ajenas de hoy. Y echo de menos las que no he dicho, las que no me han dicho. Las pronuncio en voz baja, muy baja, tan sólo para mí; como si esas palabras tuvieran una vida secreta que se deshace cuando, otro yo, las lee o las escucha.

Y muy bajito vuelvo a decírmelas, mientras pienso que a dónde irán a parar -a qué oscuro pozo de memoria, a qué claro manantial del olvido-, todas las palabras que nacen y mueren en este nueve de octubre, y que no me han servido para nada.



Algún día encontraré una palabra...

Algún día encontraré una palabra
que penetre en tu vientre y lo fecunde,
que se pare en tu seno
como una mano abierta y cerrada al mismo tiempo.

Hallaré una palabra
que detenga tu cuerpo y lo dé vuelta,
que contenga tu cuerpo
y abra tus ojos como un dios sin nubes
y te use tu saliva
y te doble las piernas.
Tú tal vez no la escuches
o tal vez no la comprendas.
No será necesario.
Irá por tu interior como una rueda
recorriéndote al fin de punta a punta,
mujer mía y no mía
y no se detendrá ni cuando mueras.

(Roberto Juarroz)

jueves, 26 de julio de 2012

Impersonal

Y todo para confesarte -por si aún no te habías dado cuenta a estas alturas-, que no sé escribir como yo desearía, ni como tú quisieras. Que sólo escribo como puedo, como me sale, como yo mismo me dejo; con el único sustento razonable de que tú sí sepas leerme.

Aunque siempre arrastro esta impresión, impresa y triste, de que nunca he sabido decirte lo que te digo.



ESTRICTAMENTE PERSONAL

El dolor o el cansancio traen a veces
un desmedrado desfallecimiento
unas ganas terribles de olvidar
todo lo que no sea intransferible
-personal como dicen- pero luego
no se distingue ya lo que es de uno
y el egoísmo llega a ser total
a invadir el dominio de otra gente.
Y hoy padezco por algo que no es mío
por lo que ocurrirá con una chica
que no me pertenece: que tan sólo
camina y lee; se equivoca y riñe
casi todos los días en su casa.
No: no es posible dijo; pero sé
que aún guarda mi retrato y que ahora entiende
mis palabras; que hace años la llevaron
a extrañas situaciones. Y me mira
desde un sillón distante sin decirme
qué será de su vida. De la mía
ya sé que nada bueno. Y como esto
mucho tiene que ver con mi neurosis
termino aquí el asunto y a la calle;
me bebo un buen café y a la puñeta.

(José Agustín Goytisolo)

miércoles, 6 de junio de 2012

Si las paredes hablaran

He borrado las señales evidentes, los errores plasmados, la vida escrita a desconchones sobre la pared. Se han ido también las huellas de todos los roces, las marcas verticales del tránsito cotidiano, los agujeros equivocados que tapaban los cuadros.

He pintado de blanco el pasado, tapando con pintura todas las historias contenidas en el polvo, cambiando de tono la luz que entra por la ventana. He estirado los brazos hasta que no ha quedado nada por alcanzar, porque pintar es escribir sobre lo escrito, combinar el pasado con un instante nuevecito y reluciente.

Tienen memoria la vida, el corazón y el papel. Todo les deja marca y por eso es imborrable lo que en ellos he escrito. Pero el yeso no, y yo ando pintando paredes blancas, llenando el suelo de estrellas enanas que llevan en sus entrañas un universo plano.

Y si tengo el corazón vacío y la vida baldía y el papel en blanco, si vivo encerrado entre estas cuatro paredes que cambian de color lentamente por mi roce de mi mano, nada tengo que temer de la memoria del ladrillo. Si las paredes hablaran, las mías se taparían los oídos, como me los tapo yo para seguir vivo.

Si las paredes hablaran, estas cuatro paredes mías no sabrían qué más decirte.






EL RETORNO

Las paredes tienen oídos,
vientre y sangre.
Pero que no lo sepa el aire,
que lo ignoren el invierno
y el vendedor de esponjas;
que no se enteren mis fotografías que hablan;
que mi amor, oh montañas, oh cielos,
no levante su voz como raíz dulcísima.

Las paredes tienen oídos,
dientes, venas.
Pero que yo nunca, fumando,
diga su breve nombre de madera.
Que yo nunca sonriendo, pronuncie
su verdad: la cálida verdad.

Porque las paredes, como los sótanos,
tienen grandes oídos de herrumbre y frío,
desesperanza y pavor,
desconsuelo y locura.

Que yo nunca, en voz baja,
diga que he vuelto a amar.

(Efraín Huerta, La rosa primitiva, 1950)

sábado, 30 de abril de 2011

Mencionar la lluvia

A veces no sé qué decir, no encuentro las palabras. Sucede que no consigo fijar el pensamiento. Ni siquiera divago en mi interior. Las imágenes suceden a las palabras, las palabras a las imágenes, a tanta velocidad que no consigo articular ninguna de las dos.


Son malos días que vienen, que tienen que venir para darle valor a los buenos. Hago todo sin pensar, como un zombie o, me gusta más la comparación y la palabra, como un alucinado que vive por dentro en otro sitio y en otro tiempo del que le sucede por fuera.


Contesto lo primero que se me ocurre, monosílabos preferentemente, y, si me aprieta el silencio, ese tan incómodo que sucede con testigos que te miran fijamente, como dándote el turno de palabra, me limito a repetir lo último que he oído, como un loro sin pico, sin gracia y sin plumas de colores.


A veces no sé qué decir, pero sé que quiero pasar por aquí y dejar alguna señal. Casi siempre que escribo en el blog, lo hago también para mí. Me gusta dejar colgada una huella, un aviso al futuro, una sensación, una emoción o una pregunta para la que tal vez algún día, al releer estas líneas, encuentre respuesta.


Pero esta noche no sé qué decir. Supongo que lo mejor será que no diga nada. Si acaso, tan sólo mencionar la lluvia.


EN LOS DÍAS DE LLUVIA


A Mari Carmen


Sabrás por la presente que empeoré de vida.
Mariano Maresca


Más o menos extraña
la vida fue pasando tibiamente
por tu cuerpo y el mío.


Oigo la lluvia fría amontonarse
sobre las uralitas
y la noche me atrapa
en el sudor eterno de su tranquilidad.
Tal vez
debiera despertarte, hacerte compartir
este presentimiento
de lejana belleza
con el que me confundo apenas un instante
para volver a ti
que te abandonas
a la hermosa presencia
de tu respiración.


Pasan lentos los coches.
Oigo también
tu corazón lejano
pasar de madrugada entre la lluvia
y me asusta la sombra
de tanta intimidad.


Es tarde.
Uno escribe su vida en un poema,
analiza el amor
y se acostumbra
a seguir como está, junto a tu cuerpo
que quizá me recuerde todavía
desnudo entre las sábanas,


o las noches de lluvia nos confirman
que la vida, posiblemente hermosa,
no siempre es un asunto disponible
y que a veces resulta incluso mucha,
temible como ahora,
mientras que tengo miedo de besarte al azar.


Lo sé. Hemos sido extranjeros
hablándonos por señas demasiado cercanas,
ansiosos en las calles
de una nueva ciudad,
esperando tal vez que nos fotografíen
delante de este amor y de sus cicatrices,
eso que confundimos con nuestros sentimientos
o acaso
-en noches de locura-
con una sensación de humedad en los ojos.


Pero en pocas palabras se resumen
casi todos los días,
sus sílabas contadas en mis versos
y la felicidad.
Tibiamente los años
nos descubren
que nada existe ya sin tu sudor y el mío,
que somos todavía demasiado solemnes
cuando nos sorprendemos
temblando de pasión,
llenos de instinto mal disimulado.


Por eso, mientras llueve,
agradezco tu cuerpo entre las sábanas
y esta pasión desierta
de acariciar tus muslos,
más o menos extraños
y hermosos como un sueño
que acaba de llegar.


(Luís García Montero)

martes, 19 de enero de 2010

Soliloquio

Te hablo de amor y no contestas. Pienso que tal vez he elegido una mala palabra, de esas que son tan delgadas que se pueden mirar al trasluz de una lámpara y no hacer ni sombra. Por razón de silencio he cambiado de tema y te he estado presentando íntimamente las manías y defectos que arrastro desde hace tiempo formando parte de mí. Pero sigues sin contestar.


Entonces pruebo a hablarte de sueños como quien explica la travesía un barco en mitad de una tormenta de arena. Pero no dices nada de mis sueños y me temo que tal vez pienses que no son sino tonterías pasajeras, tiritas contra las balas, engaños que solo sirven para conciliar el insomnio y no perder la esperanza.


Lo intento con la carne, con el sexo, con el ombligo, con los muslos, con el vello. Me quito la ropa para señalarte los efectos del deseo y de la temperatura, para enseñarte las huellas que aún no tengo y que están esperando tu cuerpo para quedarse marcadas y empezar a dolerme en cuanto se cierre la puerta y se haga la cama. Pero sé que no estás mirando, que no me rozas, que no me hueles, que no dices nada...


¿Sabes? No es culpa tuya, no puedes contestarme porque estás en otro lado aunque yo me empeñe en imaginarte aquí. Me he dado cuenta, claro que lo sé, no creas que soy tan tonto como me hago. Y, sin embargo ?¡cuánto esfuerzo requiere engañarse tanto!?, he cambiado de tema y te sigo hablando, no sé bien de qué.


El día que estés a mi lado, ya no sabré qué más decirte.