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sábado, 26 de mayo de 2012

La actitud del salmón

Por lejana que sea una película, siempre se puede encontrar algún detalle relevante, un fotograma hermoso, una canción delicada. De todos los ojos diferentes que somos capaces de ponernos, solemos encontrar algún par con el que mirar entornadamente lo que la gran pantalla esconde detrás.

La actitud del salmón, por ejemplo, la del salmón criado en la cautividad de unas aguas mansas del norte, que, soltado de improviso en el desaguadero de una presa yemení, deja de aceptar la corriente y decide seguir, como si fuese irrenunciable negarlo, ese instinto que nosotros le otorgamos en las enciclopedias de fauna salvaje.

Girarse, despreciar la inercia del agua y nadar contracorriente, saltar las pequeñas trampas del cauce de las aguas que fluyen; y volver al origen, al frío dulce de un nacimiento que también fue el suyo, al frío dulce de un final anunciado tras el desove. Resistirse al devenir.

Ella, como el salmón, se resistía, despreciaba la inercia de los acontecimientos. Al cabo, la actitud es lo que cuenta -eso estoy aprendiendo cada vez con más consciencia-, y no quería dar por terminado ese amor incipiente que, aún no acababa de encontrar, cuando ya se le había perdido y la había dejado perdida.

Y sin embargo, así perdida, cuando su antiguo novio reaparece de improviso en su vida, le trae un destino que le llega tarde y ella vuelve a resistirse a seguir al otro amor recién aparecido. Nadar contracorriente, siempre; y aferrarse al origen, que también es el fin.

En la actitud del salmón está la clave. Decidir en cada momento qué tentación es la que hay que vencer cayendo en ella. Dejarse arrastrar por la corriente o ir en contra. Saber que nadie se baña dos veces en el mismo río, que la ropa no puede guardarse mucho tiempo, oponerse lo justo para quedarse en el mismo sitio o perder el miedo a cambiar.

Por lejana que sea una palabra, siempre se puede encontrar un significado añadido, una nota brillante, una queja o un efecto del cariño. De todos los labios diferentes que somos capaces de ponernos para pronunciar un trozo de corazón, suelo encontrar algunos que rimen con los tuyos.

Por lejana que sea una palabra, siempre imagino que eres tú quien me la dice al oído. Y luego decidimos dejarnos arrastrar hasta la siguiente. Ir en contra, ya, es tan iluso como pescar salmones en Yemen.



LOS DÍAS VAN TAN RÁPIDOS

Los días van tan rápidos en la corriente oscura que toda salvación,
se me reduce apenas a respirar profundo para que el aire dure en mis pulmones
una semana más, los días van tan rápidos
al invisible océano que ya no tengo sangre donde nadar seguro
y me voy convirtiendo en un pescado más, con mis espinas.

Vuelvo a mi origen, voy hacia mi origen, no me espera
nadie allá, voy corriendo a la materna hondura
donde termina el hueso, me voy a mi semilla,
porque está escrito que esto se cumpla en las estrellas
y en el pobre gusano que soy, con mis semanas
y los meses gozosos que espero todavía.

Uno está aquí y no sabe que ya no está, dan ganas de reírse
de haber entrado en este juego delirante,
pero el espejo cruel te lo descifra un día
y palideces y haces como que no lo crees,
como que no lo escuchas, m hermano, y es tu propio sollozo allá en el fondo.

Si eres mujer te pones la máscara más bella
para engañarte, si eres varón pones más duro
el esqueleto, pero por dentro es otra cosa,
y no hay nada, no hay nadie, sino tú mismo en esto:
así es que lo mejor es ver claro el peligro.

Estemos preparados. Quedémonos desnudos
con lo que somos, pero quememos, no pudramos
lo que somos. Ardamos. Respiremos
sin miedo. Despertemos a la gran realidad
de estar naciendo ahora, y en la última hora.

(Gonzalo Rojas, Metamorfosis de lo mismo, 1998)

martes, 20 de marzo de 2012

La memoria del agua

En el carril escarpado graznaban las piedras al paso de las ruedas del vehículo. Era un día otoñal con cielo azul y sol de invernadero. Tras los cristales del coche, una cálida placidez de domingo en el campo mantenía cortas mis mangas.

El río que remontábamos había dejado atrás el impulso bravío de la montaña blanca. El agua brillaba entre la sombra de las mimbres y los picos ennegrecidos de los juncos de la orilla. La colina, orientada al sur, crispaba el aire con ocres y verdes descoloridos, salpicando el horizonte con su rampa inconstante de manchas oblicuas que apuntaban hacia las nubes.

Cuando doblamos el recodo que la serpiente del camino tenía trazado, encontramos, ahí mismo, el vado y la explanada que se abría en el otro margen del agua. Una algarabía de niños fuera de contexto rodeaba las mesas apostadas bajo la sombra de un caqui medio dormido.

Con un solo paso cruzamos a la otra orilla, porque el río —riachuelo en este tramo— se estrechaba y sosegaba como dando permiso para ser atravesado. Nos colocamos bajo la sombra de un nogal, amarillo, envejecido, deshilachado de otoño. Hubo que ponerse abrigo, porque el viento cortaba las mejillas con su canción invisible de frío, mientras se adornaba la tarde con lluvia de hojas marchitas.

Al cabo de un rato perdí mis pasos un poco más arriba, en donde el transcurso del tiempo sonaba en el agua como un cascabel claro y rellenaba una poza en la que se aplacaba la corriente hasta convertirse en cristal. Un niño, no sé si el que fui o el que aún llevo dentro, onduló la transparencia con un dedo, como dudando de su realidad.

Posé en la superficie una hoja amarilla, un barco a la deriva, acercando mis manos al cauce. Entonces me pareció reconocer la misma agua, la misma hoja, el mismo río que una vez pasó por mi infancia. Me agaché para hacerme pequeño y volver a mirarlo todo desde abajo, con los ojos abiertos de mi inocencia perdida. Me reconoció la memoria del agua cuando me miré en su espejo y me devolvió la sonrisa.

Atravesando el aire brotó una risa que rellenó el paisaje y disolvió la escena. Se hundieron mis recuerdos con la hoja flotante atrancada en una piedra. De entre el juncal de la ribera, de improviso, aparecieron niños en pandilla que jalearon a voz en grito:
-¡Vamos a echar barquitos!

Cuando el sol, ya bajo, terminaba de pintar de sombras la carretera, conduciendo el coche de vuelta a casa entre las nubes de mi cabeza, recordé que nadie se baña dos veces en el mismo río, ni bebe dos veces el mismo agua.

Sin embargo, llego aquí convencido -si es que hasta ahora no lo estaba- de que todos los ríos que atraviesan la infancia, siempre son el mismo río. Al menos aquella tarde, me pareció verme escrito en la memoria imborrable del agua.

(Noviembre, 2007)