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jueves, 10 de mayo de 2012

Crepúsculo

Tiene algo de sueño esta luz del crepúsculo cuando embadurna la tarde de misterio. Cuando las sombras, antes nítidas y refrescantes, se disuelven en recuerdo agradecido, cuando el mundo se contrae poco a poco hasta caber bajo el cono de una farola.

Pero algo de insomnio tiene esta luz, algo de resistencia a la noche. Y en esa lucha por no caer al horizonte, el sol despliega sus más hermosos colores sobre lo que antes no era más que paisaje sin alma.

También tiene algo de error consentido, algo de maquillaje, esta luz caprichosa que transforma las cosas y los colores. Esta luz que puede, como en un acto vandálico o milagroso, hacer que las flores de un mismo árbol no parezcan iguales.

Las estrellas, dicen, antes de morir en vano sobre el manto de un universo desperdiciado, es cuando más brillan, cuando más exaltan la parsimoniosa claridad de un acto tan único como inmenso.

Esta luz del crepúsculo, este amanecer de las otras estrellas anónimas, cuando la luna cobra sentido, tiene, definitivamente, algo de nostalgia.

Será por eso que, durante el crepúsculo, aquello que anda atrapado entre la salvación del recuerdo y la condena del olvido, luce más que nunca, con más ternura que siempre, con más esplendor que jamás.

Echarte de menos es esa luz con la que amaneces cuando mis ojos se hacen de noche, en un crepúsculo que dura duermevelas secretos, insomnios descosidos a letras y una canción que resuena mucho más allá de lo que dura, mucho menos de lo que pesa.





martes, 20 de marzo de 2012

La memoria del agua

En el carril escarpado graznaban las piedras al paso de las ruedas del vehículo. Era un día otoñal con cielo azul y sol de invernadero. Tras los cristales del coche, una cálida placidez de domingo en el campo mantenía cortas mis mangas.

El río que remontábamos había dejado atrás el impulso bravío de la montaña blanca. El agua brillaba entre la sombra de las mimbres y los picos ennegrecidos de los juncos de la orilla. La colina, orientada al sur, crispaba el aire con ocres y verdes descoloridos, salpicando el horizonte con su rampa inconstante de manchas oblicuas que apuntaban hacia las nubes.

Cuando doblamos el recodo que la serpiente del camino tenía trazado, encontramos, ahí mismo, el vado y la explanada que se abría en el otro margen del agua. Una algarabía de niños fuera de contexto rodeaba las mesas apostadas bajo la sombra de un caqui medio dormido.

Con un solo paso cruzamos a la otra orilla, porque el río —riachuelo en este tramo— se estrechaba y sosegaba como dando permiso para ser atravesado. Nos colocamos bajo la sombra de un nogal, amarillo, envejecido, deshilachado de otoño. Hubo que ponerse abrigo, porque el viento cortaba las mejillas con su canción invisible de frío, mientras se adornaba la tarde con lluvia de hojas marchitas.

Al cabo de un rato perdí mis pasos un poco más arriba, en donde el transcurso del tiempo sonaba en el agua como un cascabel claro y rellenaba una poza en la que se aplacaba la corriente hasta convertirse en cristal. Un niño, no sé si el que fui o el que aún llevo dentro, onduló la transparencia con un dedo, como dudando de su realidad.

Posé en la superficie una hoja amarilla, un barco a la deriva, acercando mis manos al cauce. Entonces me pareció reconocer la misma agua, la misma hoja, el mismo río que una vez pasó por mi infancia. Me agaché para hacerme pequeño y volver a mirarlo todo desde abajo, con los ojos abiertos de mi inocencia perdida. Me reconoció la memoria del agua cuando me miré en su espejo y me devolvió la sonrisa.

Atravesando el aire brotó una risa que rellenó el paisaje y disolvió la escena. Se hundieron mis recuerdos con la hoja flotante atrancada en una piedra. De entre el juncal de la ribera, de improviso, aparecieron niños en pandilla que jalearon a voz en grito:
-¡Vamos a echar barquitos!

Cuando el sol, ya bajo, terminaba de pintar de sombras la carretera, conduciendo el coche de vuelta a casa entre las nubes de mi cabeza, recordé que nadie se baña dos veces en el mismo río, ni bebe dos veces el mismo agua.

Sin embargo, llego aquí convencido -si es que hasta ahora no lo estaba- de que todos los ríos que atraviesan la infancia, siempre son el mismo río. Al menos aquella tarde, me pareció verme escrito en la memoria imborrable del agua.

(Noviembre, 2007)

domingo, 4 de diciembre de 2011

Hipoacusia

Pruebas, análisis, informes. Todo se resuelve en el centro de un puñado de aparatos.

"Todo bien", me dijo susurrando, "pero tiene usted un problema de hipoacusia bilateral simétrica". Le oí perfectamente, pero respondí con un "¿qué?" que completara la gracia.

Entonces me explicó que tengo pérdida de audición en ciertas frecuencias, exactamente las mismas en ambos oídos. Dichoso equilibrio, pensé yo, para esto es para lo único que me sirve.

"O el ruido de su trabajo, o cambios de presión, o alguna práctica que comprimiese el aire alrededor de sus orejas, pero usted no es tirador", añadió para no parecer tan circunspecto y rechazar mi broma sin estreñimientos.

Tres años estuve subiendo a una montaña y bajando una colina. Veinticuatro años de risas, cantos, quejas y llantos en el trabajo. Cuarenta y seis de truenos y relámpagos cuando se va extinguiendo el verano.

Pero yo no sé vivir sin mentirme, así que cuando llegué a casa tuve que inventarme una sombra que me preguntaba por cómo me había ido. Y le mentí a la sombra para tener un melodrama que llevarme a los sueños, cuando le dije:

-Cariño. Lo que el médico me ha dicho, es que no es bueno que aprietes tanto las piernas.

Hipoacusia bilateral simétrica y, posiblemente, imaginaria. Lástima, sombra, que mis mentiras nunca acaben siendo verdad y no te oiga bien y que si soy agua tú me llevas y que el horizonte no sea un muro que me quepa entre las cejas.



sábado, 8 de octubre de 2011

Las palabras

¿Y si detrás de la palabras no hubiese
más que aire? ¿Y si las palabras no fueran barcos,
si no pudieran morder más que un trozo de idioma?

Si todo fuese sudor, dolor, espanto,
realidad que se escancia y se pudre,
tiempo de marionetas que pasa inerte,
nos moriríamos lentamente de desencanto,
nos fallaría la respiración de tanto aire
desperdiciado, caeríamos redondos
ante el ataque de algún pensamiento perdido.

Si detrás de la palabras no hubiese nada,
moriríamos de amor. Moriríamos literalmente
de un amor inútil como se mueren los pájaros
en las jaulas, nos rezumaría el olvido de los peces,
moriríamos hastiados de deseo contenido,
por explosiones de alegría sin salida
o nos quedaríamos rotos, llenos de las telarañas
de cada tristeza sin lágrimas que nos arrollara.

Yo amo las palabras porque todo lo que tengo
son palabras, todo lo que me llevo, todo
lo que me cura o me envenena, todo, son palabras.
Porque los hechos duran un segundo
y el viento se los lleva, la realidad
está hecha con las alas de un colibrí,
el presente es una muralla que nadie sabe atravesar.

Tu piel me dura apenas un roce, tus besos
miden un suspiro, tus ojos me seducen una décima,
la felicidad no puede escapar de un ahora
y todo aquello que no transforma en palabras
la memoria, se escapa y se olvida.

Pero yo amo las palabras como si todo estuviera
por detrás de ellas, como amo a las sombras
más profundamente que a las vísceras,
porque son las palabras las que aman por mí.

Ojalá las palabras fuesen barcos que buscan puerto,
espero que pueden morder más que un trozo de tu idioma,
ojalá no vinieran esos días en que me voy muriendo
con el hambre feroz del vacío, con esta sed
del desencanto y la asfixia del aire
con el que pronuncio el miedo
de que no haya nadie detrás de tu nombre.


EL AMOR

Las palabras son barcos
y se pierden así, de boca en boca,
como de niebla en niebla.
Llevan su mercancía por las conversaciones
sin encontrar un puerto,
la noche que les pese igual que un ancla.

Deben acostumbrarse a envejecer
y vivir con paciencia de madera
usada por las olas,
irse descomponiendo, dañarse lentamente,
hasta que a la bodega rutinaria
llegue el mar y las hunda.

Porque la vida entra en las palabras
como el mar en un barco,
cubre de tiempo el nombre de las cosas
y lleva a la raíz de un adjetivo
el cielo de una fecha,
el balcón de una casa,
la luz de una ciudad reflejada en un río.

Por eso, niebla a niebla,
cuando el amor invade las palabras,
golpea sus paredes, marca en ellas
los signos de una historia personal
y deja en el pasado de los vocabularios
sensaciones de frío y de calor,
noches que son la noche,
mares que son el mar,
solitarios paseos con extensión de frase
y trenes detenidos y canciones.

Si el amor, como todo, es cuestión de palabras,
acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma.

(Luís García Montero)

sábado, 9 de abril de 2011

Todos los besos son derrotas

La ciudad extiende sus brazos
por debajo de los días y de las noches,
enciende cuestiones de trabajo,
vulnera discusiones, discursos, atascos,
parpadea y llena de semáforos oscuros
la piel de los pasos de peatones.


Llego de nuevo a esta ciudad,
que raramente sale en las televisiones,
sin haberme ido del todo, sin apenas
haberme quedado un poco perdido en sus rincones.


Me acaba de ver nacer lentamente,
me escucha pasear a malas horas,
hacer cola en la taquilla de las ilusiones,
asfaltando el final de las historias.


Vago por la ciudad de cemento y ascensores
como pirata del caribe perdido en una obra.
Todos los besos son derrotas, todos
los besos pierden aunque parezcan ganadores,
cuanto más saben a gloria los besos,
más señalan a los perdedores.


Voy llenando de cruces rojas
la ciudad de mis labios
que guardo en un mapa de Granada,
como escribo vivas en la memoria
todas las cosas que no existen
y aquellos besos que me diste
sabiendo que eran sombras.


La ciudad y sus brazos de calle
van alargando su longitud de onda
pero nunca terminan de abrazarme
cuando todos los besos son la misma derrota
que flota en el aire.


BESOS EN LA MULTITUD


En medio del apretujamiento
Del calor de tantos
Te volviste hacia mí
Me besaste
Tu beso nos dejó solos
En la multitud
Hizo sin palabras
Las palabras


(Gioconda Belli)