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domingo, 21 de octubre de 2012

Crisálida

He descubierto esta mañana una crisálida en el jardín que, colgando de una brizna de hierba doblada por el peso sobre el hormigón que separa los parterres, parece estar en el acantilado de una costa minúscula que se abre al océano de un charco.

Ahí en el filo, mirando abajo, el mar parece liso, inocuo, blando. El viento se restriega contra la espuma y te la deja respirar para que se llenen tus pulmones de aventura.

No parece tan alto el abismo cuando me revientan en las manos las ganas de volar. No parece tan terrible besar el agua, no te la imaginas tan fría como la que viene de la melancolía de mirar atrás con una lágrima en la mejilla.

El vértigo es juez y testigo de la endeblez de tus piernas cuando las llama el abismo con un eco imperceptible de ondas en azul. No se puede contener la inquietud que late en el pecho, ni las alas que da el deseo, ni la asfixia de la virtud.

Asomado al precipicio, en el borde del acantilado, nada importa saber si es pecado avanzar o cobardía retroceder. Ni si es mejor ganar o perder un equilibrio tan desesperado que sólo puede apoyarse en la imaginación.

Morir mariposa o vivir gusano. Ahora y desde hace un tiempo, en la crisálida del patio, esa es la cuestión.



EL ESPLENDOR DE LA METAMORFOSIS

Has ganado la punta de maldad que necesitan los buenos para
ser auténticamente buenos.

Has ganado la pizca de obscenidad que necesitan las mujeres
para ser auténticamente misericordiosas.

Has ganado la docena de escaleras, recámaras y dobles fondos
que necesitan los cerebros para ser auténticamente imaginati-
vos y precisos.

Has ganado un par de kilos, pero te sientan como a una diosa
anterior a la era de las liposucciones.

El cambio, de un día a otro, es infinitesimal. Pero los días se van
endeudando con semanas, las semanas imponen normas a los
meses, los meses profieren rigurosas últimas advertencias contra
los años, imperceptiblemente y sin claudicaciones

han pasado cuatro años y eres otra
la metamorfosis se ha cumplido.

Cuando te introduces en la cama a las seis de la mañana después
de haber trabajado toda la noche y quieres hacer el amor

desearía matarte desde luego, pero deseo mucho más

aunque me halle confuso como pez arrojado a la luz desde lo
más hondo del sueño submarino
hasta en tus pliegues más blancos y secretos follarte,
amiga dulcísima, mientras va amaneciendo a trompicones
en este barrio de cristianos bemeuves y glaciales céspedes ingleses
que no hemos elegido y del que esperamos poder escapar pronto.

Has esquivado la baba de la muerte prendida a un hilo de risa
y de miedo deslumbrante,

te has ganado la vida los días en que la vida era tormento
y también aquellos en que era juego,

estás aquí, intacta y recreada, inconcebible e inconfundible,
espejeante en la fuerza algebraica del deseo, en el exacto
esplendor de la metamorfosis.

¡Pero qué guapas sois las chicas morenas con los ojos claros!

Eres
mi
mujer

y estoy tan orgulloso que tenía que escribir este mensaje para
regalártelo, fax mediante, el 17 de diciembre de 1994.

(Jorge Riechmann)

lunes, 23 de abril de 2012

Leer un libro

Andaba en otros aires, volando bajo, pero sin tocar el suelo, con Alberti en la mesilla. Un ansia de mar solitaria le llevaba cada vez más adentro de sí mismo. No encontraba el rumbo como marinero en tierra.

Cuando quiso darse cuenta, ya la tenía dentro. No se supo percatar del asunto hasta que había pasado mucho tiempo y aún entonces dudó una temporada. Leía entonces como empedernido juanramoniano, todo verso endeble que caía en sus manos. Pero entre piedra y cielo, no quiso tocar la rosa.

Amor y literatura corrieron después de la mano de un Cernuda más partidario de lo imposible, de vivir sin estar viviendo, de escribir poemas para un cuerpo separado de la cabeza, que de los ojos centinelas.

Pero para cuando leyó el Aleph, ya estaba perdido en el laberinto, viviendo en la casa de Asterión, como en un cuento fantástico de Darío. Por Ende, atrapado en la prisión de la libertad. Y parecía que nunca iba a llegar al diván del Tamarit que Lorca le había prometido.

A pesar de todo y de Emilio Pascual, el fantasma anidó bajo el alero y no hubo modo de no notar su presencia en todas las horas fosforescentes del insomnio. ”Se lee lo que se quiere leer” , se dijo, ”como se escucha la misma canción concreta hasta que la vida hace coincidir sus metáforas con la letra”.

Ahora, tras el desconcierto, cuando se piensa con la claridad que da un final predecible pero imprevisible… ¿Hacia dónde ir? Y no sin miedo, ha encargado en la librería mujeres de ojos grandes, de Ángeles Mastretta. Porque se lee lo que se quiere leer. Quizás, precisamente, lo que se desea.

Y hoy es un buen día para que todos sepan que leer un libro es pedirle un deseo al pie de la letra.



YO TE DESEO

Yo te deseo la locura, el valor,
los anhelos, la impaciencia.
Te deseo la fortuna de los amores
y el delirio de la soledad.
Te deseo el gusto por los cometas,
por el agua y los hombres.
Te deseo la inteligencia y el ingenio.
Te deseo una mirada curiosa,
una nariz con memoria,
una boca que sonría
y maldiga con precisión divina,
unas piernas que nunca envejezcan,
un llanto que te devuelva la entereza.
Te deseo el sentido del tiempo
que tienen las estrellas,
el temple de las hormigas,
la duda de los templos.
Te deseo fe en los augurios,
en la voz de los muertos,
en la boca de los aventureros,
en la paz de los hombres que olvidan su destino,
en la fuerza de tus recuerdos
y en el futuro como promesa
donde cabe todo lo que aún no te sucede…

(Ángeles Mastretta)

miércoles, 28 de marzo de 2012

Ciencia púrpura

La ciencia lo explica todo. Desde la adquisición del lenguaje hasta la lenta destrucción de la identidad que nos regala el Alzheimer. La gravedad y el magnetismo, el paso de las estaciones y las fases de la luna. La percepción sentimental de la brisa, el frío sordo de los campos de nieve y las longitudes de onda de la música.

Explica la geometría púrpura de tu sexo, la arquitectura perfecta y púrpura de una noche de abril a la hora del deseo y el color púrpura de la lluvia.

Su bisturí disecciona la vida, la enfermedad y la muerte, con tanta parsimonia y exactitud que produce escalofríos. Nos ilustra sobre esquizofrenias, alucinaciones y visiones ascéticas. Y esclarece la composición neuroquímica que desencadena el amor y el deseo.

Soy consciente de que mi ejército de queratocitos, distribuidos por todo el cuerpo, aún aguarda expectante tus manos. Que hierven miles de terminaciones nerviosas aferentes como cuando, con un dedo, recorrías mi cuello lentamente.

Ya puedo notar que mis células de Merckel están echando humo por entre los microblastos y que el colágeno que aún me queda, un milímetro más abajo del paso de tus dedos por mi nuca, se estira hacia el rastro que me dejaste en los rizomas de Paccini.

Todos mis corpúsculos de Meissner se han erizado a la vez, orientándose hacia otra piel que cada vez deseo más cerca. El hipocampo me empuja a recordar que esas son tus feromonas y que están clasificadas en la cúspide del placer.

Por eso sonríe el hipotálamo cuando envía la orden precisa por la corriente sanguínea. Mi cuerpo entonces lucha entre relajación y forzamiento, entre sueño y memoria, entre misticismo y carnalidad. Las endorfinas fluyen en oleadas que derriban las murallas que levanta el inconsciente.

El cuerpo cavernoso se rellena, se hincha, se yergue. Mucosas y cavidades desencadenan un torrente a su paso indeciso. Creo escuchar medias palabras incoherentes cuando tu rostro roza el mío. Y mi caracol y mi tímpano vibran hasta el desequilibrio cuando el mismo espasmo que a ti te traspasaba, me atraviesa después todas las membranas en un suspiro.

La ciencia dice explicarlo todo. Todo sobre todo. Todo sobre el amor y sobre el deseo. Sin embargo, no consigo que me explique cual de ellas es la causa y cual el efecto.

Necesito que la ciencia me aclare por qué escribo a máquina en la electrónica de este papel las cosas que desearía grabar para siempre, y a mano, en la memoria infinita de tu piel.

Y que me revele la diferencia, si es que hay alguna al respecto, entre sufrir por quedarse e irse sufriendo, si yo nunca quise causarte ninguna tristeza. Sino verte riendo bajo la lluvia púrpura.

viernes, 3 de febrero de 2012

Es copia fiel del original

Entreabrió los ojos como quien despierta de un sueño, con la cabeza vencida hacia el peso de la imaginación.

Me rozó el cuello con las manos para atraerme una vez más hacia su boca. Destensó la sonrisa tibia de su rostro y contrajo la respiración.

Con sólo medio paso pegó su aroma a mi cuerpo. Giró su cabeza, como siempre hace, hasta el ángulo justo que despierta el temblor del deseo en mi mentón.

Dejó que latiese su corazón tres veces consecutivas mientras, muy lentamente, posó el caramelo de sus labios en el espacio abierto que le ofrecían los míos. Cerró los ojos, como abandonándose, como cayendo suavemente hacia otro mundo de luces apagadas.

Y en ese instante de tanta oscuridad como resplandor, cuando el silencio exterior se traduce en un tumulto de sangres que laten y lenguas que se enredan, en ese instante, acaricié todos sus méritos.

Noté los mismos efectos, la misma piel cristalina, el mismo sabor. Era el mismo aire el que compartía, el mismo deseo, la misma saliva, el mismo pellizco de felicidad. Efectivamente, aquel trozo de amor condensado, aquel maravilloso beso artesano, era copia fiel del original.

Lo cual certifico para que conste a los efectos oportunos.



CANCIÓN DE ANIVERSARIO

"...incómodos
de no sentir el peso de los años".
J. Gil de Biedma

Son
extrañamente hermosos todavía,
estos labios de hace ahora tres años
y me parece inédito
el gesto de tu beso,
este llegar aquí cada vez más tranquilo,
con la serenidad
del que tiene por cómplice la vida
y su rutina.

Hoy sabemos que entonces,
cuando tus veinte años y mi primer abrazo,
empezamos por ser
sobre todo indecisos: la tímida torpeza
de la primera noche
y la dificultad
con que dejar las manos
en el hábito infiel de nuestros vicios.

Ahora
extrañamente hermoso estar aquí,
demasiado a menudo y decididos,
incómodo
de no sentir el peso de los años
aprendiendo contigo la premeditación
y escribiendo en tu piel mi alevosía.

Porque suele haber bancos donde se espera siempre,
aceras que prefieres por costumbre
o líneas de autobús al mediodía.

Y sin embargo tú
reapareces inédita en tu gesto
para decirme hoy
que le conteste al tiempo y sus preguntas
el práctico saber que tienes de mi cuerpo.

(Luís García Montero, Poemas de Tristia, 1982)

domingo, 1 de enero de 2012

Deseos de año nuevo

Porque llegó el tiempo de cambiar el pájaro en mano por los ciento volando, he pedido once veces al año nuevo que me enseñe a volar.

Que sé que tendré que caer si me dedico a sentir la brisa en el rostro, a comer uvas entre desconocidos, a contar los pasos que doy en círculos.

Que sé que tendré que caer si es que al final vuelo, pues el hombre está hecho para el ras del suelo y no para mirar las nubes, ni siquiera las de su cabeza.

Pero quiero notar el vértigo, el calor y el frío, la lucha de los cuerpos que enciende las noches, las alas rotas que sobresalen de los abrigos y mirar al horizonte desde mucho más arriba que lo que puede esta torpe criatura que siempre soy.

Once deseos imposibles, once deseos de aprender a volar, once deseos de que vueles conmigo. Y once veces he pedido que, si tengo que caer tarde o temprano, que sea desde lo más alto, sin miedo, que me parta los huesos con la sonrisa de las lágrimas de haber tocado el cielo con mis manos.

Aviones, helicópteros, globos, subir al mástil, a la torre Eiffel, al piso cuarenta y siete de mi vida, hacer parapente desde la sierra, montarme en un telecabina, asomarme al balcón de tu escote, mirar al precipicio de tus ojos y subirme a tu piel.

Y el deseo doce, siempre es el mismo todos los años. He vuelto a pedirle como último deseo a este 2012 que se me olviden los otros once. Ya sabes, por si acaso.




DON DEL VUELO

Y ahora que desperté sin calendario
a las puertas de un cielo terrenal
qué vas a hacer conmigo si no atiendo a razones,
si me entregué sin más a la algarada
de esta felicidad sin qué ni fundamento,
si el saludo se me vuelve pájaro en la mano
y los ciento volando
hacen cola para posarse en mi ventana,
si me declaro en fuga
tras la eléctrica chispa que aguarda en el instante,
si hablo como quien canta
en las crines del pulso secreto de las olas,
amenazo arrastrarte en un alud de espuma
y mis dedos te cercan, antorchas navegantes,
y se te caen las hojas amarillas,
y al contacto tu piel prende en mi abrazo,
qué vas a hacer conmigo sino entregarte entera,
desarraigarte toda
hasta que a las raíces les brote el don del vuelo,
levar anclas, surcar la ingravidez
preñada de centellas, con las manos
tendidas al encuentro, ven conmigo,
con rumor de campanas sobrevolemos los jardines,
ha llegado la hora, vamos, ven
a conocer la risa de los ángeles.

(Eduardo García, La vida nueva, 2008)

martes, 17 de agosto de 2010

Asterisco

-He estado mirando, pero me han dicho que todavía nada, que estaba en la lista, pero que no entraba en la siguiente llamada. Me han dicho que, en esta semana seguro que no, que quizás en la siguiente...
-Pues dijeron que iría todo más rápido, ¿no? ¡Qué decepción tanta espera!...
-¿Y qué le vamos a hacer? Eso sí, me han buscado en la lista y le han puesto a mi nombre un asterisco con un rotulador rojo, a ver si consiguen meterme en los que van a llamar la otra semana.


¡Dichoso universo! De los deseos de la lluvia de estrellas en lágrimas de santos, hay que pasarse a la fe de los asteriscos. ¡Benditos sean los rotuladores rojos!


¡Y pensar que hay quien no cree en la magia del abracadabra o de los bebedizos ecológicos!


Pero en cuanto abran las tiendas, voy a comprar un rotulador rojo y a llenar mi nombre de asteriscos por todos lados.


Sí, sí... Me llamarán loco... ¡Qué ignorantes! Pobres, no saben del poder de los asteriscos.