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miércoles, 6 de junio de 2012

Si las paredes hablaran

He borrado las señales evidentes, los errores plasmados, la vida escrita a desconchones sobre la pared. Se han ido también las huellas de todos los roces, las marcas verticales del tránsito cotidiano, los agujeros equivocados que tapaban los cuadros.

He pintado de blanco el pasado, tapando con pintura todas las historias contenidas en el polvo, cambiando de tono la luz que entra por la ventana. He estirado los brazos hasta que no ha quedado nada por alcanzar, porque pintar es escribir sobre lo escrito, combinar el pasado con un instante nuevecito y reluciente.

Tienen memoria la vida, el corazón y el papel. Todo les deja marca y por eso es imborrable lo que en ellos he escrito. Pero el yeso no, y yo ando pintando paredes blancas, llenando el suelo de estrellas enanas que llevan en sus entrañas un universo plano.

Y si tengo el corazón vacío y la vida baldía y el papel en blanco, si vivo encerrado entre estas cuatro paredes que cambian de color lentamente por mi roce de mi mano, nada tengo que temer de la memoria del ladrillo. Si las paredes hablaran, las mías se taparían los oídos, como me los tapo yo para seguir vivo.

Si las paredes hablaran, estas cuatro paredes mías no sabrían qué más decirte.






EL RETORNO

Las paredes tienen oídos,
vientre y sangre.
Pero que no lo sepa el aire,
que lo ignoren el invierno
y el vendedor de esponjas;
que no se enteren mis fotografías que hablan;
que mi amor, oh montañas, oh cielos,
no levante su voz como raíz dulcísima.

Las paredes tienen oídos,
dientes, venas.
Pero que yo nunca, fumando,
diga su breve nombre de madera.
Que yo nunca sonriendo, pronuncie
su verdad: la cálida verdad.

Porque las paredes, como los sótanos,
tienen grandes oídos de herrumbre y frío,
desesperanza y pavor,
desconsuelo y locura.

Que yo nunca, en voz baja,
diga que he vuelto a amar.

(Efraín Huerta, La rosa primitiva, 1950)

lunes, 9 de enero de 2012

Dieta

Porque la vida consiste,
sobre todo,
en equivocarse primero,
reírse después de la caída
y dejar que la memoria
haga de cada fallo un acierto,
me propuse estar delgado.

Así puedo ir más tranquilo,
estar más fino y andar descuidado,
porque estando delgado
ya no habrá ningún modo
de que pueda cometer
un error gordo.




EL MAL DEL SIGLO

El paciente:

Doctor, un desaliento de la vida
que en lo íntimo de mí se arraiga y nace,
el mal del siglo... el mismo mal de Werther,
de Rolla, de Manfredo y de Leopardi.
Un cansancio de todo, un absoluto
desprecio por lo humano... un incesante
renegar de lo vil de la existencia
digno de mi maestro Schopenhauer;
un malestar profundo que se aumenta
con todas las torturas del análisis...

El médico:

—Eso es cuestión de régimen: camine
de mañanita; duerma largo, báñese;
beba bien; coma bien; cuídese mucho,
¡Lo que usted tiene es hambre!...

(José Asunción Silva, El libro de versos, 1896)

lunes, 28 de noviembre de 2011

Si te fijas

Si te fijas, todo lo que somos
lo puedes descomponer en palabras
que quisieras escribir de otro modo.

Te acordarás enseguida -porque la memoria
es un animal salvaje acorralado por el tiempo-
del abandono de los espacios en blanco,
de los naufragios en los puntos suspensivos,
del miedo a cambiar de renglón.

Si te fijas, de los aciertos y de las rimas
no queda ni rastro, si acaso,
un color indistinguible en la tinta,
una luz avejentada e invisible sobre las páginas.

En los errores está lo que somos,
lo que hemos sido, lo que seremos.
La huella que nos va esculpiendo, como desfile
de hormigas por un papel inmaculado,
consiste en los equívocos del corazón, en el espasmo
que nos dejaron los contratiempos, en la llama
del desamor que corría en pos de sombras,
en el combustible inacabable del miedo.

Si hubiéramos hecho aquello que queríamos,
si nos abarrotaran los aciertos y cada palabra
estuviese bien escrita y en su sitio,
viviríamos con el mundo en prosa,
ahogados por las lágrimas
que no tuvimos oportunidad de derramar.

Pero yo quiero estar en verso,
reconocer mis propios errores y después
volver a cometerlos, abrir cajas de pandora
envueltas en ojos tiernos,
amueblar una habitación en el infierno
y salir corriendo cuando ya no pueda
pagar el alquiler.

Si te fijas, los errores cometidos
que buscaban ser aciertos, las flechas
que no dieron en el blanco,
las notas desafinadas en la partitura,
son la única razón por la que sabemos
si estamos queriendo o no.

Si te fijas en cuánto me equivoco
deseando acertar y ser acertado,
sabrás cuánto te equivocas tú
no creyendo que nos amamos
como hay que amarse,
incrédulamente,
sin esperanza.