Mostrando entradas con la etiqueta creer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta creer. Mostrar todas las entradas

sábado, 8 de diciembre de 2012

Interrupciones

Te solivanta el teléfono inoportuno, un vecino que aparece para recordar viejos cigarros y exámenes nuevos. La chica que limpia que viene a dejar un regalo.

Entonces un rumano llama a la puerta pidiendo con gestos, un mensaje que llega con un pitido para que recuerdes llevar alguna cosa, la hora de cambiar la goma de sitio para el riego, el humo que te piden los pulmones.

Quehaceres metidos en un horario áspero, en una tarde rellena, un fin de semana completo, un puente interminable. Un lunes festivo que te ataca, una semana santa que no lo parece, unas vacaciones que aprietan. Otras veces un viaje, una cita ineludible, alguien que te reclama y te necesita con urgencia.

Un niño que se acerca preguntando, un ruido por detrás de la puerta. A veces era un malentendido, una sombra de la memoria, una enfermedad de los otros, un ojo avizor al que despistar.

Inquieto miras por si hubiera un correo que no llega, un artículo que no se escribe, una mudanza que te deja sin herramientas, una desolación que te deja sin palabras, un descenso a algún infierno propio o ajeno.

Extrañas frases que se dejan a medias y producen significados difíciles, un espacio entre las palabras que escribes, una coma bien o mal puesta, un pensamiento que se cruza, el ratón que pierde las pilas, el copia y pega que no te permite, alguien que aparece en mal momento.

Relees un punto final tantas veces que consigues convertirlo en puntos suspensivos, la hora de los mensajes que pasa en vano, las manos que no saben qué decir, una lágrima que hace que se corra la tinta electrónica.

Ocurre que, a fuerza de interrupciones, se entrecorta el mensaje, se dispersa y, al llegar intermitente, dejas de percibirlo. Pero el mensaje, eso que quiero decirte, está aquí escrito, asolado por las interrupciones. Quizá lo encuentres y te lo creas.


Me llevo el silencio, todos los silencios.

Acarreo con la vida secreta de las palabras, mientras me persiguen los silencios y se queda una pregunta en el aire.

Me dejaré puesta la incomunicación, colgando a la deriva en el vacío de un papel en blanco que no sabe decidir si quiere ser mensaje cifrado o meterse en una botella.

Pero aquí dejo las veces que no me entiendes y este modo tan impersonal de explicarte la verdad que hay en la mentira.

domingo, 28 de octubre de 2012

Los legítimos

Me pregunto, señoría, quienes son los legítimos y qué los legitima. Si una orden, una ley, un edicto o un contrato. O un dios o alguna propiedad intrínseca de su ser. O si somos los demás quienes le otorgamos la legitimidad.

Si son ellos los que están en su derecho de equivocarse, y si no lo estamos todos. O si son los verdaderos, los únicos, los genuinos, los que acaparan todos los derechos y son aquellos a quienes hay que rendir cuentas y conciencia.

Señoría, uno siempre está en su legítimo derecho de interpretar la vida como le parece y ver a pie juntillas lo que cree con sus propios ojos. Y después, argumentarlo insistentemente en legítima defensa. Al fin y al cabo, cada uno tiene que ser el bueno en su propia película.

Señoras y señores del jurado, es legítimo afirmar que "cada uno es como es" y que "yo creía". Esa legitimidad siempre nos salva y hay que aferrarse a ella para no desmerecerse. Y si ahora no se es como se era entonces, y si ahora no se cree lo que se creía, es legítimo pasar página y empezar a escribir en otra nueva.

Quizás la legitimidad consiste en llegar el primero, en constatar que antes no estuvo escrito por alguna mano lo mismo que ahora ando yo pensando. Hacer efervescer en los productos ese algo auténtico que nadie sabe bien lo que es, fabricando a todo el mundo a imagen y semejanza de cómo uno mismo ha sido fabricado.

Señoría, convengamos que hay que estar legitimado hasta para acertar, porque si se atina sin ser quien para tal efecto, alguien se apropia legítimamente de los efectos y los hace tan suyos que parece que no puedan ser de otro.

Y por dulce que te lo pongan el pastel, no hay más remedio que tragar y digerir, porque la legitimidad es lo primero. Y limpiarse el polvillo después, no nos vaya a hacer estornudar.

Señoras y señores del jurado, les presento la prueba A. Es la caja que le regalaron al acusado. Lo pone con grandes letras rojas: "Los legítimos. Hojaldres de Guarromán".

La verdad es que están muy buenos, señoría.




ASPIRACIÓN LEGÍTIMA A UN ENGAÑO MENOR

Aspiro a ser el menos engañado en un mundo
convertido al engaño como quien se convierte
a un nuevo credo con el furor de una fe inédita
que acostumbra a alumbrar con nueva luz al converso.
Aspiro a ser el menos engañado haciendo uso
de mi romanticismo en las constantes vitales
que definen mi ser al objeto de entregar
lo mejor de mí mismo como ebrio don al mundo.
Aspiro a ser el menos engañado en la vida
como en el amor tras grabarme en la piel su huella
indeleble con el hierro candente que sirve
a los desbravadores para marcar sus reses.
Aspiro a ser el menos engañado en un mundo
que en subterráneos templos escucha la moral
del rebaño predicada a modo de evangelio
negro para arrebatarme mi libertad única.
Aspiro a ser el menos engañado en un mundo
del que sólo me evado en el poema teniendo
los pies en el suelo pero sirviendo al amor
con la miel en el corazón antes que en los labios.

(Miguel Ángel Longás, La miel de lo visible, 2011)

jueves, 29 de marzo de 2012

Tres minutos

Perdona que te escriba de nuevo pero, ya ves, no puedo remediarlo. Necesito que me escuches un momento, no voy a entretenerte demasiado, lo prometo.

Créeme, no es una cuestión de soledad ni de tristeza por lo que te busco. En realidad, la vida me sonríe, más o menos, con los altibajos propios de un azar que no se propasa conmigo. ¿Melancolía?… Bueno… sí… puede que un poco, pero tampoco es lo que me mueve.

Más bien, sé que suena extraño, es un asunto de costumbre. Un vicio que se me ha instalado desde hace tiempo en los dedos. Una especie de adicción que, cuando no la hago, por lo menos un ratito todos los días, siento como si me faltara algo, sin saber exactamente qué. Seguramente no me falte nada y sea sólo que me ataca ese desasosiego común de las rutinas interrumpidas, ese misterioso acto reflejo de las usanzas, esa desazón que da la abstinencia imprevista.

El caso es que, aunque no tenga nada que decir, necesito creer que estás ahí. Hacerme a la idea de que me miras atentamente mientras escribo, como si te interesara adivinar mis pensamientos, como si te importaran mis palabras inútiles y mis rimas absurdas. Como si tú y yo existiéramos a la vez en algún lugar, en algún tiempo, en algún doblez de la realidad.

Ya está, estoy terminando. Al fin y al cabo, tanta palabra parece que no es nada, puro relleno. Pero para mí es mucho más, muchísimo más. Porque en el rato que he tardado en escribirte esto, un instante a lo sumo, y sin tú saberlo, como efecto inverosímil de la magia blanca, te han traído hasta aquí mis palabras. Incluso, no debería decir esto para que no dudes de mi cordura pero, me ha parecido que me las ibas leyendo en voz alta y de una en una.

Por eso, para agradecer tu visita y tratarte como te mereces, para dejar que eches la cabeza en mi hombro o espantarte los fantasmas o darle un descanso a tus dudas, quiero invocar la energía de todas las musas, de todas las fuerzas de la magia electrónica. Para que me permitan viajar a tu lado en un momento y estar contigo un rato, no sé, tres minutos si acaso, o lo que dure el instante que tardes en leer conmigo este texto.



POÉTICA

Yo sé que estoy aquí
para escribir mi vida.
Que vine poco a poco
hasta esta silla.

Y no quiero engañarme.

Sé que voy a contártela
y que será mentira:
Sobre la mesa sucia
una gota de tinta.

(Ángeles Mora, Contradicciones, pájaros, 2000)

viernes, 17 de febrero de 2012

Mudanza

Las llaves de la luz no están donde las busco,
donde creía que estaban. Me recorro el pasillo a oscuras,
manoteando mi fe en las paredes: yo me siento
extraño de una lisura desconocida y ellas
se extrañan del tacto de una mano inesperada.

El frío tiene otra concavidad
cuando me meto en una cama que no será la mía
y la textura del lado derecho de cada sábana
se va difuminando lentamente en el reloj.
En la cocina, el agua salpica de otro modo,
la espuma del lavavajillas huele a silencio.

Salgo a la terraza buscando el humo, pero no encuentro
más que ruido de lavadoras y un ojo de patio
que me contempla estático, reverberando
oquedades de cinco plantas.
Y vuelvo dentro y se me pierde de vista el horno,
el cable de la antena no me llega al corazón,
no acierto a encontrar un sitio conocido
donde ponerme a salvo de la tristeza.

Las cosas no están donde yo creía,
como ellas no pueden creerse dónde estoy.
El que cree se equivoca, pero también
cree el que acierta,
porque todo es creer y todo es mudanza.

Fíjate si me equivoco que,
cuando entro en mi vida
parece como si las personas no estuvieran donde creía,
como si estuviera vacía y solo quedara un eco lejano
de habitantes que se reparten
entre mudanzas y enmudecimientos.

Fíjate si me equivoco que,
a veces,
necesito creer que me equivoco de casa
para no equivocarme de corazón.




ELEGÍA Y POSTAL

No es fácil cambiar de casa,
de costumbres, de amigos,
de lunes, de balcón.
Pequeños ritos que nos fueron
haciendo como somos, nuestra vieja
taberna, cerveza
para dos.
Hay cosas que no arrastra el equipaje:
el cielo que levanta una persiana,
el olor a tabaco de un deseo,
los caminos trillados de nuestro corazón.
No es fácil deshacer las maletas un día
en otra lluvia,
cambiar sin más de luna,
de niebla, de periódico, de voces,
de ascensor.
Y salir a una calle que nunca has presentido,
con otros gorriones que ya
no te preguntan, otros gatos
que no saben tu nombre, otros besos
que no te ven venir.
No, no es fácil cambiar ahora de llaves.

Y mucho menos fácil,
ya sabes,
cambiar de amor.

(Ángeles Mora, Elegías y postales, 1994)

jueves, 5 de enero de 2012

Magos

Está lleno este tiempo de disfraces y coronas que, aún en estas fechas, todavía andan distribuidos por las tiendas. Tiendas frenéticas de gente nerviosa y con prisa, de niños corriendo o llorando detrás de cada estante, de quemadores de visa y carros repletos.

En esas tiendas, generalmente enormes, aún rechinan en un pedestal los hombres vestidos como los reyes en los que la imaginación popular derivó ”los magos de Oriente”. Que en ninguna parte dice cuántos eran, si tres o diecisiete, ni habla del color de sus barbas ni del de su piel.

Imagino que andarán por estas fechas un poco empachados de muchedumbre, hartos de que los niños quieran sentarse en sus rodillas y llenos de sarpullidos en la cara por efecto de las barbas postizas. Pero de algo hay que vivir y, aunque reyes, sin contrato ni seguridad social no hay más remedio que avenirse al horario y sonreír forzadamente a muchas caras por minuto.

Yo sólo me pregunto, si esos reyes a sueldo disfrutan, a estas alturas, de algún misterio. Si la ayudante del mago aún sigue creyendo en palomas. O si los que limpian la casa de la vidente destapan la bola para verse o saben leer los posos del café antes de meter la taza en el lavavajillas.

A veces dudo sobre qué será lo que piensa el ordenador de mí. Quizá, en el fondo, me desprecia mucho porque también él sabe, mejor que nadie, de mis misterios y que yo sólo puedo vender humo.

Ésta es la tarde, ésta será la noche. Aún sin creer en los misterios, con ilusión prestada y sin zapatos limpios que poner en la ventana, aún así, espero que las tres reinas magas y su camello cojito pasen, también, por aquí.




GLORIA FUERTES QUE ESTÁS EN LOS CIELOS

Gloria Fuertes que estás en los cielos
Con el Dios del anciano del parque,
con el Dios que tejiste en tus versos...
Con el dios que te hizo payaso
Gloria Fuertes que estás en los cielos...

Gloria Fuertes que estás en los niños
En los hombres y mujeres del pueblo.
Gloria Fuertes que un mes de noviembre
Te escapaste sin boli y cuaderno.
Gloria Fuertes que estás donde Philips
Donde Chelo, Asunción y otros muertos
Gloria Fuertes que ya sabes todo
Lo que pasa después del silencio

Gloria Fuertes que estás en mi vida
Te has llevado un buen trozo del pecho.
Gloria Fuertes que estás donde sea..
No me basta la voz del recuerdo...
Yo te quiero en tu casa y tus cosas
Con un wiskhy un pitillo y un verso.

(Belén Reyes)

viernes, 23 de septiembre de 2011

Incomunicación

Cuando intento en un poema pintar negra
la puerta de una noche, desorbitar un recuerdo
hasta que deje de dolerme y encerrar entre adjetivos
el tumultuoso goteo de un instante de lágrimas,
nadie me cree.

Entonces piensan, bah, poetas, mentidores,
engañantes juguetones que siempre hablan a medias,
que dicen nocturnamente no sé qué cosas
que parecen bellas hasta que el día siguiente amanece
y la vida las aplasta en su oquedad.

Nadie me cree triste porque me río en asonante,
porque parece que en los poemas
cualquier cosa cabe, porque los versos se tronchan
en metáforas que no provocan incendios,
ni pagan alquileres, ni te lavan la ropa.

Si escribiese aquí, qué sé yo, que te quiero,
no me creerías, no me crees, no te llega,
no impide que rueden tus lágrimas
una a una, no calma al perro que te muerde
en las noches de cristal, no libera el placer
olvidado en el otro lado de la cama.

Porque parece que en los poemas cabe
cualquier cosa que no pese,
nadie me cree, nadie,
como yo tampoco tendría que creer
a nadie que me lea, a nadie a quien no le pese
cualquier cosa de esas que todos tienen,
miedo, amor, soledad, cansancio,
y que nadie cree que me quepan a mí.



13

Los hay que mueren de silencio
de tragarse demasiadas palabras y del cólico fenomenal que sigue
y los hay que mueren por hablar demasiado
pues las paredes —al contrario que las tapias, que están sordas— oyen.

Los hay que mueren de cansancio
de todo lo que hay que cambiar para que nada cambie
y hay quien muere de aburrimiento
en esta feria universal donde continuamente ocurren cosas
y nunca pasa nada.

Hay quienes mueren de miedo
ante la mera sospecha de que podrían darse de bruces
con la verdad de sus actos
y hay a quienes les da tanto coraje
que alguien pudiera sospechar que hay una verdad tras sus actos
que sencillamente se mueren.

Los hay que no mueren nunca
porque ya están muertos.

(Jorge Riechmann, 27 maneras de responder a un golpe, 1993)